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Chernobyl (Craig Mazin, Johan Renck, 2019)

Series, programas, reportajes, telefilms, productoras independientes, youtubers... el formato televisivo liberado para las masas.
Chernobyl
Craig Mazin, Johan Renck (EE.UU. de América, Reino Unido; 2019) [60 min cada capítulo]

Portada Portada
IMDb
(wikipedia | filmaffinity)


Sinopsis:


Fernando Mon, en facebook, el 3 de junio de 2019, escribió:No soy experto en el tema, pero tratar de entender lo que pasó en Chernobyl con una serie anglo-norteamericana es lo mismo que explicar la guerra de Afganistán de 1979 con "Rambo III".

Pascual Serrano, en twitter, el 3 de junio de 2019, escribió:Estoy viendo "Chernobyl". Si hubiese sucedido en EEUU, todos los que dieron su vida luchando contra los efectos de la radiación los hubieran presentado como héroes. Como fue en la URSS, aparecen como desgraciados llevados al matadero por la dirección soviética.

Emily Watson, actriz que interpreta a Ulana Khomyuk, según recoge Culto el 4 de junio de 2019, escribió:[...] trata sobre el manejo de la verdad y la naturaleza de la energía y cómo la controlamos. Parece que ambas cosas son desesperadamente urgentes y que las ruedas de la historia están girando ante nuestros ojos. Creo que es una pieza políticamente astuta e importante.

Johan Renck, director de la serie, según recoge Culto el 6 de junio de 2019, escribió:Hay un zeitgeist en la idea de mostrar realidades alternativas y fake news bajo un régimen totalitario. Pero también hay algo poético en algo que creo que es importante para la humanidad, nuestra relación con el planeta y nuestra fe en la capacidad para aprovechar cosas que realmente no somos capaces de aprovechar. Para mí "Chernobyl" es sobre el sacrificio humano. Hubo alrededor de 700 mil personas en la Unión Soviética involucradas en la operación de limpieza y uno entiende que esto nunca hubiera ocurrido en ninguna otra parte del mundo. Por esos días, un accidente similar en occidente y hubieran sellado el área y simplemente nadie habría salido de allí. Me reuní con exterminadores en Ucrania y había una sensación de que la gente hizo esto porque tenía que hacerlo. Hubo un propósito. Cuando las personas actúan sin considerar su propio bienestar, entiendes que hay algo profundamente humano en su propósito.

El comité de RbM, reunido para valorar esta pieza de propaganda, el 1 de junio de 2019, escribió:Esta serie pone el acento en dos puntos: la ineficacia administrativa pública y la eficacia casi divina de "los expertos".

Lo de la ineficacia, con la maquinaria de encubrimientos y distorsiones de estado en su corazón, se admite, y se agradece incluso el toque de atención. Pero una cosa es hablar de ineficacia y mentiras, y otra significar que todo ejercicio de planificación económica es la antesala necesaria del desastre o que lo peor que le ha pasado a los ucranianos cada día de sus vidas es la Unión Soviética, porque de ser así la energía nuclear no sería un riesgo sino bajo la incompetencia connatural al estatalismo y en ningún otro caso (qué hay de Three Mile Island y Fukushima, ambos en el capitalismo en su estadio más avanzado). Esta serie es antisoviética por lo segundo y anticomunista por lo primero, y en ese sentido hay prensa usándola de ariete en el mundo anglosajón contra las propuestas emergentes de tibio intervencionismo progresista (Bernie Sanders, Ocasio-Cortez y Jeremy Corbyn).

Hay además una exaltación constante de los "expertos", los "batas blancas", muy marcada ideológicamente. Cuando trabajan para el estado, son oportunistas y mezquinos (Anatoli Diátlov, Víktor Briujánov); cuando son "independientes" y descreen del socialismo, son audaces y estandartes de la verdad (Valeri Legásov, Ulana Khomyuk), héroes individuales obligados a abrirse paso histórico a codazos entre trabas burocráticas y la turba anónima. Nos guste o no, en nuestras sociedades "independiente" está semánticamente más cerca de "privado", "individualista" y "liberal" que de "autónomo", "individual" y "emancipado". Este tipo de caracterizaciones es un recurso recurrente entre quienes están convencidos de que viviríamos mejor en las venideras dictaduras tecnocráticas, limpitas y quirúrgicas. Es la "ideología de la gestión". Al loro, que la extrema derecha no es el único peligro para la democracia, también está en la charlas TEDx, los contenidos patrocinados por Iberdrola y el centro mercadotécnico neutro de Ciudadanos.

La serie no es sólo ideológicamente liberal, sino que es, sobre todo, propaganda razonada contra la democracia, pues da por hecho que no hay mejor gestión posible que la que acumula en pocas y meritocráticas manos las propiedades económicas (anticomunismo) y el gobierno de lo público (tecnocracia).


Ficha técnica


Reparto:


Idioma original: Inglés.





Secuencias (el comité de Rebeldemule ha escogido ex profeso las que subrayan el heroísmo colectivo y anónimo)






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Duración: ~ 60 min.


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«Anarquista es, por definición, aquél que no quiere estar oprimido y no quiere ser opresor; aquél que quiere el máximo bienestar, la máxima libertad, el máximo desarrollo posible para todos los seres humanos»

Errico Malatesta

Jorge Forno, en "Las múltiples caras de Chernobyl", en Página/12, el 30 de abril de 2011, escribió:

Las abuelas empapadas en saber popular y las conspicuas Leyes de Murphy nos recuerdan que si algo puede salir mal, saldrá mal. Pero parece que algunos dirigentes soviéticos no escuchaban a sus abuelas ni leían grotescos compilados de máximas capitalistas, por lo que desconocían estas reglas vigentes para casi todo tipo de asuntos, desde los más pueriles hasta los más complejos, y en materia nuclear jugaron con fuego para mantener el abastecimiento energético de la inmensa Unión Soviética. En abril de 1986, la central nuclear de Chernobyl, en territorio de la por entonces República Socialista Soviética de Ucrania, fue escenario de un accidente originado en una desafortunada combinación de ingredientes que incluían a un reactor emplazado en una central nuclear de muy dudosa calidad y casi nula seguridad, la impericia o negligencia de sus operadores, y, luego de detectado el siniestro, la falta de un plan de contingencia adecuado.

Demasiados desatinos para un país que había sido pionero en el desarrollo tecnológico. Así como son recordados sus éxitos espaciales, la URSS también vivió tiempos de gloria en cuestiones nucleoeléctricas. En 1954 había puesto en marcha el primer reactor destinado a la producción de energía de origen nuclear en la ciudad de Obninsk, concebida además como la primera ciudad científica del mundo. Como casi todo hito de la Guerra Fría que se precie, el acontecimiento fue objeto de profusa difusión por parte de los soviéticos, aunque ha sido discutido por Occidente. Para el bloque capitalista, el reactor inglés de Calder Hall, puesto en funcionamiento en 1956, se llevaba los laureles por ser el primer reactor hecho y derecho, capaz de producir energía eléctrica en una escala mucho mayor al de Obninsk.


El reactor de tipo soviético

La Unión Soviética era un conglomerado de repúblicas de asombrosa extensión territorial, que atravesaba dos continentes. Mientras sus ciudades más pobladas y la mayor parte de su producción industrial se ubicaban en el sector europeo, sus reservas de gas, petróleo y carbón se encontraban en las regiones más alejadas de Europa o en Asia. Su abastecimiento energético resultaba muy problemático y costoso. Era necesario construir gasoductos de miles de kilómetros atravesando regiones climática y geográficamente poco amigables y sobrecargar la infraestructura de transporte para utilizar las generosas pero alejadas reservas de combustibles fósiles. La posibilidad de echar mano al recurso nuclear –que requiere poco volumen de combustible para generar grandes cantidades de energía– se convertía, por ello, en una opción muy considerable.

En el sitio web de la Agencia Internacional de Energía Atómica (IAEA) es posible encontrar documentos escritos en los años previos al accidente de Chernobyl. Allí los especialistas soviéticos defendían a capa y espada su programa de producción de energía nuclear. El producto estrella del programa era el reactor de tipo canal refrigerado por agua ligera y moderado por grafito (RBMK), orgullosamente bautizado como el Reactor de Tipo Soviético y heredero del mismo principio tecnológico de aquella central pionera de Obninsk. Los documentos resaltaban las ventajas de estos generadores, en cuanto a requerimientos de fabricación, sencillez, operabilidad y facilidad de montaje. La sugerencia de los especialistas era inundar la URSS de estos reactores baratos y de construcción rápida, que proporcionaban energía a un costo más que tentador y que eran capaces de trabajar siempre a destajo, aun durante el proceso de carga de combustible.


La otra cara del RBMK

Pero algunas de las supuestas ventajas del RBMK escondían increíbles fallas de seguridad que quedaron al desnudo en el accidente de la central de Chernobyl, ocurrido en la madrugada del 26 de abril de 1986. Según transcendió, todo comenzó cuando se intentaba realizar un experimento muy riesgoso: bajar drásticamente la potencia del reactor, diseñado para trabajar siempre al ciento por ciento y así aportar su grano de arena a la energéticamente voraz industria soviética. Esto ocasionó la descompensación del reactor a los pocos segundos, generándose una burbuja de hidrógeno que se combinó con el oxígeno para formar agua en una reacción explosiva (no fue una explosión nuclear sino de vapor que arrastró elementos radioactivos). En el RBMK, la sencillez de su construcción ocultaba la falta de un sistema de protección lo suficientemente robusto para soportar presiones elevadas, por lo que el techo del reactor voló por los aires desparramando una galería de partículas radiactivas. Como si fuera poco, el grafito usado como moderador –elemento que absorbe los neutrones para controlar la reacción en el núcleo– es también altamente inflamable y rápidamente se prendió fuego. El humo del incendio propagó los radionucleidos expulsados por la explosión de la planta a una vasta región de la URSS y de Europa. Los primeros indicios del accidente llegaron al mundo occidental tres días después, cuando se detectaron partículas radiactivas en la región escandinava. Eran tiempos en que el temor nuclear estaba muy presente, pero no tanto por las centrales nucleoeléctricas sino más bien por la amenaza que representaban los portentosos misiles de gran alcance que apuntaban a las ciudades más importantes de Europa y Norteamérica. La Unión Soviética debió admitir lo ocurrido cuando los reportes de radiación y las elocuentes imágenes satelitales daban la vuelta al mundo. Los habitantes de Prypyat, ciudad vecina a la zona de la explosión, fueron reubicados en sitios considerados seguros. La evacuación se extendió luego a un radio de casi 40 kilómetros e incluyó al ganado.


Cifras de todo tipo

Inicialmente se reportaron 31 muertes por enfermedad de radiación aguda, en especial entre los bomberos que acudieron en los primeros momentos a combatir el siniestro sin saber exactamente a qué se enfrentaban. Una gran cantidad de trabajadores se expusieron a niveles muy elevados de radiación en la construcción del famoso sarcófago, erigido en forma urgente tras la tragedia. El sarcófago es un cajón de concreto y acero que hace de escudo contra la radiación y fue pensado para durar 25 años, por lo que actualmente está siendo reforzado por la construcción de una nueva estructura.

Estimar el número de víctimas en un asunto tan sensible no es tarea simple. Las cifras siempre aparecen teñidas de controversias de tinte político, social y económico. ¿Cómo determinar fehacientemente las causas de muerte directa o indirectamente relacionadas con el accidente nuclear? La falta de un consenso hace que se arrojen todo tipo de cifras. Algunos miden las muertes por decenas. Otros, basándose en datos epidemiológicos indican que hasta 2006 hubo aproximadamente 1800 casos bien documentados de cáncer tiroideo por absorción de yodo radiactivo en altas dosis, y finalmente hay quienes las estiman en millones.

Algunos medios, por sensacionalismo o ingenuidad, colaboraron para que la confusión sobre los efectos de Chernobyl sea mayor. Basta bucear por internet para toparse con historias de mutantes de toda laya: desde perros ciegos que olfatean la radiación hasta gallinas de dos metros de altura tan evolutivamente veloces que se denunciaron como aparecidas dos días después de la explosión. En medios pretendidamente más serios, cada tanto se repiten documentales mostrando casos puntuales de niños con leucemia o malformaciones nacidos en las regiones afectadas, que luego son extrapolados ligeramente hasta alcanzar cifras del orden de los millones. O sobrevivientes que requieren tratamientos médicos que pueden obedecer a una multitud de causas, pero que sistemáticamente se atribuyen a la radiación, un fantasma silencioso, invisible y muy taquillero.

La comunidad internacional, y especialmente los países europeos han brindado ayuda económica para solventar los costos de descontaminación, gastos médicos y pago de indemnizaciones a la población en la región afectada. Y en la zona de Prypiat, una ciudad hasta hoy desierta, comienza a promocionarse una especie de “turismo radiactivo” sólo apto para espíritus aventureros.


De Fukushima en adelante

Veniticinco años después, los grupos antinucleares y la prensa catastrofista se encontraron con el accidente de la planta nuclear de Fukushima en Japón, una remake del accidente de Chernobyl. El árbol nuclear tapó al bosque, en este caso un colosal terremoto seguido de un gigantesco tsunami que dejaron un tendal de muertos y daños materiales. La discusión se centró en la totalidad de la energía nuclear y no en un modelo de central como la de Fukushima, que estaba en revisión desde hacía varios años. Y que resistió bastante bien el fortísimo terremoto, pero sucumbió cuando el sistema de enfriamiento se quedó sin fuente energética alternativa –barrida por el violento maremoto– abandonando a su suerte no sólo a los reactores, sino a barras de combustible nuclear en desuso, depositadas en la central.

Fukushima no es Chernobyl. En este caso, el retaceo informativo provino de la empresa operadora de la planta, pero el gobierno japonés actuó rápidamente ante la contingencia. Sea como fuere, Fukushima renueva la polémica por el uso de esta fuente de energía, criticada por algunos ecologistas y defendida por otros. Tal es el caso de James Lovelock –un gurú de la guerra contra el cambio climático– que en un artículo publicado en 2004 señaló que la utilización de los combustibles nucleares es menos contaminante en términos planetarios que otras formas de energía convencionales. Según expresaba Loverlock, la generación nucleoeléctrica constituye la única manera de detener en el corto plazo el cambio climático, ya no hay tiempo para desarrollar otras fuentes renovables a gran escala.

Como la vida misma, ninguna fuente de energía está exenta de riesgos. Chernobyl y Fukushima nos enseñan que la falta de información –provenga de un Estado socialista o de una empresa capitalista– o la información falsa, conspiran contra la participación ciudadana y la posibilidad de tomar decisiones adecuadas para minimizarlos.

Yuri, en "Los tres superhéroes de Chernóbyl", en La Pizarra de Yuri, el 11 de abril de 2010, escribió:
Puede que salvaran a millones de personas sacrificando sus vidas, y ya nadie se acuerda.






Es una de las historias más conocidas de nuestro tiempo: el día 26 de abril de 1986, el reactor nº 4 de la central nuclear de Chernóbyl estalló durante el transcurso de una prueba de seguridad mal ejecutada, a consecuencia de 24 horas de manipulaciones insensatas y más de doscientas violaciones del Reglamento de Seguridad Nuclear de la Unión Soviética. Estas acciones condujeron al envenenamiento por xenón del núcleo, llevándolo a un embalamiento neutrónico seguido por una excursión de energía que culminó en dos grandes explosiones a las 01:24 de la madrugada.

Sobre Chernóbyl se han contado muchas mentiras. Y las han contado todos, desde las autoridades soviéticas de su tiempo hasta la industria nuclear occidental, pasando por los propagandistas de todos los signos y la colección de conspiranoicos habituales. Hay una de ellas que me molesta de modo particular, y es esa de que los liquidadores –el casi millón de personas que acudieron a encargarse del problema– eran una horda de pobres ignorantes llevados allí sin saber la clase de monstruo que tenían delante. Y me molesta porque constituye un desprecio a su heroísmo.

Y porque es radicalmente falso. Una turba ignorante no sirve para nada en un accidente tecnológico tan complejo. Los equipos de liquidadores estaban compuestos, sobre todo, por bomberos, científicos y especialistas de la industria nuclear; tropas terrestres y aéreas preparadas para la guerra atómica; e ingenieros de minas, geólogos y mineros del uranio, debido a su amplia experiencia en la manipulación de estas sustancias. Es necio suponer que esta clase de personas ignoraban los peligros de un reactor nuclear destripado cuyos contenidos ves brillar ante tus ojos en un enorme agujero.

Los liquidadores acudieron, sabían lo que tenían ante sí, y a pesar de ello realizaron su trabajo con enorme valor y responsabilidad. Cientos, miles de ellos, de manera heroica hasta el escalofrío. Los bomberos que se turnaban entre vómitos y diarreas radiológicas para subir al mítico tejado de Chernóbyl, donde había más de 40.000 roentgens/hora, para apagar desde allí los incendios (la radiación ambiental normal son unos 20 microrroentgens/hora). Los pilotos que detenían sus helicópteros justo encima del reactor abierto y refulgente para vaciar sobre él los buckets de arena y arcilla con plomo y boro. Los técnicos y soldados que corrían a toda velocidad por las galerías devastadas cantándose a gritos las lecturas de los contadores Geiger y los cronómetros para romper paredes, restablecer conexiones y bloquear canalizaciones en turnos de cuarenta o sesenta segundos alrededor de la sala de turbinas (20.000 roentgens/hora). Los mineros e ingenieros que trabajaban en túneles subterráneos, inundándose constantemente con agua de siniestro brillo azul, para instalar las tuberías de un cambiador de calor que le robase algo de temperatura al núcleo fundido y radiante a escasos metros de distancia. Los miles de trabajadores y arquitectos que levantaban el sarcófago a su alrededor, retiraban del entorno los escombros furiosamente radioactivos y evacuaban a la población. Salvo a los soldados, sometidos a disciplina militar, a nadie se le prohibía coger el petate e irse si no quería seguir allí; casi nadie lo hizo. Es más: muchos de ellos llegaron como voluntarios desde toda la URSS, especialmente muchos estudiantes y posgraduados de las facultades de física e ingeniería nuclear. Esta fue la clase de hombres y no pocas mujeres que algunos creen o quieren creer una turba ignorante y patética. Esto fueron los liquidadores.

Les llamaban, y se llamaban a sí mismos, los bio-robots, que seguían funcionando cuando el acero cedía y las máquinas fallaban. No lo hicieron por el dinero, ni por la fama, de lo que tuvieron bien poco. Lo hicieron por responsabilidad, por humanidad y porque alguien tenía que hacer el maldito trabajo. Hoy quiero hablar de tres de ellos, que hicieron algo aún más extraordinario en un lugar donde el heroísmo era cosa corriente. Por eso, sólo se me ocurre denominarlos los tres superhéroes de Chernóbyl.


El monstruo del agua que brilla en azul

Lo único que hay de cierto en estas suposiciones sobre la ignorancia de los liquidadores es que, en las primeras horas, no sabían que había estallado el reactor. Pero no lo sabían porque nadie lo sabía. La misma lógica errónea de los responsables de la instalación que provocó el accidente les hizo creer que había estallado el intercambiador de calor, no el reactor; y así lo informaron tanto al personal que acudía como a sus superiores. Hay una historia un tanto chusca sobre cómo los aviones que llevaban al lugar a destacados miembros de la Academia de Ciencias de la URSS se dieron la vuelta en el aire por órdenes del KGB cuando éste descubrió, a través de su equipo de protección de la central, que había explotado el reactor (además de sus atribuciones de espionaje por el que es tan conocido, el KGB "uniformado" desempeñaba en la Unión Soviética un papel muy parecido al de nuestra Guardia Civil, exceptuando tráfico pero incluyendo la seguridad de las instalaciones radiológicas).

Debido a este motivo, en un primer momento se echaron sobre el agujero millones de litros de agua y nitrógeno líquido, con el propósito de mantener frío y proteger así el reactor que creían a salvo y sellado más allá de las llamas y el denso humo negro. Esto contribuyó a empeorar las consecuencias del siniestro, pues el agua se vaporizaba instantáneamente al tocar el núcleo fundido a más de 2.000 ºC; y salía disparada hacia la estratosfera en forma de grandes nubes de vapor que el viento arrastraría en todas direcciones.

De todos modos, tenía poco arreglo: era preciso apagar los enormes incendios. Cuando el fuego quedó extinguido por fin, no sólo había pasado la contaminación al aire, sino que ahora tenían una gran cantidad de agua acumulada en las piscinas de seguridad bajo el reactor. Estas piscinas de seguridad, conocidas como piscinas de burbujas, se hallaban en dos niveles inferiores y tenían por función contener agua por si fuese preciso enfriar de emergencia el reactor. También servían para condensar vapor y reducir la presión en caso de que se rompiera alguna tubería del circuito primario (de ahí su nombre), junto a un tercer nivel que actuaba de conducción, inmediatamente debajo del reactor. Así, en caso de ruptura de alguna canalización, el vapor se vería obligado a circular por este nivel de conducción y escapar a través de una capa de agua, lo que reduciría su peligrosidad.

Ahora, después de la aniquilación, estas piscinas inferiores estaban llenas a rebosar con agua procedente de las tuberías reventadas del circuito primario y de la utilizada por los bomberos para apagar el incendio y en el vano intento de mantener frío el reactor. Y sobre ellas se encontraba el reactor abierto, fundiéndose lentamente en forma de lava de corio a 1.660 ºC. En cualquier momento podían empezar a caer grandes goterones de esta lava poderosamente radioactiva, o incluso el conjunto completo, provocando así una o varias explosiones de vapor que proyectasen a la atmósfera cientos de toneladas de este corio. Eso habría multiplicado a gran escala la contaminación provocada por el accidente, destruyendo el lugar y afectando gravemente a toda Europa. Además, la mezcla de agua y corio radioactivos escaparían y se infiltrarían al subsuelo, contaminando las aguas subterráneas y poniendo en grave peligro el suministro a la cercana ciudad de Kiev, con dos millones y medio de habitantes, en una especie de síndrome de China.

Se tomó, pues, la decisión de vaciar estas piscinas de manera controlada. En condiciones normales, esto habría sido una tarea fácil: bastaba con abrir sus esclusas mediante una sencilla orden al ordenador SKALA que gestionaba la central, y el agua fluiría con seguridad a un reservorio exterior. Pero con los sistemas de control electrónico destruidos, esto no resultaba posible. De hecho, la única manera de hacerlo ahora era actuando manualmente las válvulas. El problema es que las válvulas estaban bajo el agua, dentro de la piscina, cerca del fondo lleno de escombros altamente radioactivos que la hacían brillar tenuemente en color azul por [url]radiación de Cherenkov[/url]. Justo debajo del reactor que se fundía, emitiendo un siniestro brillo rojizo.

Así pues, como las máquinas ya no podían, era trabajo para los bio-robots. Alguien tendría que caminar, un paso detrás del otro, hacia el reactor reventado y ardiente a lo largo de un grisáceo campo de destrucción donde la radioactividad era tan intensa que provocaba un sabor metálico en la boca, confusión en la cabeza y como agujas en la piel. Viendo cómo tus manos se broncean por segundos, como después de semanas bajo el sol. Y luego sumergirse en el agua oleaginosa y de brillo tenuemente azul, con el inestable monstruo radioactivo encima de las cabezas, para abrir las válvulas a mano: una operación difícil y peligrosa incluso en circunstancias normales.

Ese era un viaje sólo de ida.

Al parecer, la decisión sobre quién lo haría se tomó de manera muy simple; con aquella vieja frase que, a lo largo de la historia de la humanidad, siempre bastó a los héroes:

– Yo iré.


Los tres hombres que fueron

Los dos primeros en ofrecerse voluntarios fueron Alexei Ananenko y Valeriy Bezpalov. Alexei Ananenko era un prestigioso tecnólogo de la industria nuclear soviética, que había participado extensivamente en el desarrollo y construcción del complejo electronuclear de Chernóbyl: cooperó en el diseño de las esclusas y sabía dónde estaban ubicadas exactamente las válvulas. Casado, tenía un hijo. Valeriy Bezpalov era uno de los ingenieros que trabajaban en la central, ocupando un puesto de responsabilidad en el departamento de explotación. Estaba también casado, con una niña y dos niños de corta edad.

Los dos eran ingenieros nucleares. Los dos comprendían más allá de toda duda que se disponían a caminar de cara hacia la muerte.

Mientras se ponían sus trajes de submarinismo sentados en un banco, observaron que necesitarían un ayudante para sujetarles la lámpara subacuática desde el borde de la piscina mientras ellos trabajaban en las profundidades. Y miraron a los ojos a los hombres que tenían alrededor. Entonces uno de ellos, un joven trabajador de la central sin familia llamado Boris Baranov, se alzó de hombros y dijo aquella otra frase que casi siempre ha seguido a la anterior:

– Yo iré con vosotros.

Era media mañana cuando los héroes Alexei Ananenko, Valeriy Bezpalov y Boris Baranov se tomaron un chupito de vodka para darse valor, agarraron las cajas de herramientas y echaron a andar hacia la lava radioactiva en que se había convertido el reactor número 4 del complejo electronuclear de Chernóbyl. Así, sin más.

Ante los ojos encogidos de quienes quedaron atrás, los tres camaradas caminaron los mil doscientos metros que había hasta el nivel –0,5, dicen que conversando apaciblemente entre sí. Qué tal, cuánto tiempo sin verte, qué tal tus hijos, a ti no te conocía, chaval, yo es que no soy de por aquí. O parece que hoy vamos a trabajar un poco juntos, igual podemos acceder mejor por ahí, yo voy a la válvula de la derecha y tú a la de la izquierda, tú ilumínanos desde allá, parece que va a llover, ¿no?, E incluso está bien buena la secretaria del ingeniero Kornilov, ¿eh?, ya lo creo, menudo meneo le arrearía, pues me parece que este año el Dinamo de Moscú no gana la liga. Esas cosas de las que hablan los bio-robots mientras ven cómo su piel se oscurece lentamente, se les va un poquito la cabeza debido a la ionización de las neuronas y la boca les sabe a uranio cada vez más, conteniendo la náusea, sacudiéndose incómodamente porque es como si un millón de duendes maléficos te estuvieran clavando agujas en la piel. Cinco mil roentgens/hora, llaman a eso.

Y bajo aquel cielo gris y los restos fulgurantes de un reactor nuclear, los héroes Alexei Ananenko y Valeriy Bezpalov se sumergieron en la piscina de burbujas del nivel –0,5, con una radioactividad tan sólida que se podía sentir, mientras su camarada Boris Baranov les sujetaba la lámpara subacuática. Ésta estaba dañada y falló poco después. Desde el exterior, ya nadie les oía ni les veía.

Pero, de pronto, las esclusas comenzaron a abrirse, y un millón de metros cúbicos de agua radioactiva escaparon en dirección al reservorio seguro preparado a tal efecto. Lo habían logrado. Alguien murmuró que los héroes Ananenko, Bezpalov y Baranov acababan de salvar a Europa. Resulta difícil determinar hasta qué punto tenía razón.

Hay versiones contradictorias sobre lo que sucedió después. La más tradicional dice que jamás regresaron, y siguen sepultados allí. La más probable asegura que llegaron a salir de la piscina y celebrar su victoria riendo y abrazándose a los mismísimos pies del monstruo, en el borde de la piscina; e incluso lograron regresar sus cuerpos, aunque no sus vidas. Murieron poco después, de síndrome radioactivo extremo, en hospitales de Kiev y Moscú. Aún otra más, que se me antoja casi imposible, sugiere que Ananenko y Bezpalov perecieron, pero el joven trabajador Baranov pudo sobrevivir y anda o anduvo un tiempo por ahí.

Esta es la historia de Alexei Ananenko, Valeriy Bezpalov y Boris Baranov, los tres superhéroes de Chernóbyl, de quienes se dice que salvaron a Europa o al menos a algún que otro millón de personas en miles de kilómetros a la redonda un frío día de abril. Fueron a la muerte conscientemente, deliberadamente, por responsabilidad y humanidad y sentido del honor, para que los demás pudiésemos vivir. Cuando alguien piense que este género humano nuestro no tiene salvación, siempre puede recordar a hombres como estos y otros cientos o miles por el estilo que también estuvieron por allí. No circulan fotos de ellos, ni han hecho superproducciones de Hollywood, y hasta sus nombres son difíciles de encontrar. Pero hoy, veinticuatro años después, yo brindo en su recuerdo, me cuadro ante su memoria y les doy mil veces las gracias. Por ir.





Lectura recomendada:

  • La verdad sobre Chernóbyl, con prólogo del Premio Nobel Andrei Sakharov (1991), escrito por el ingeniero nuclear Grigory Medvédev, un profundo conocedor de este complejo electronuclear y de la política energética soviética. Incluye un relato exhaustivo del accidente y haciendo honor a su título, es el que menos mentiras cuenta según mi opinión. Seguramente por ese mismo motivo, es el más difícil de conseguir. En España lo editó Heptada con el ISBN 84-7892-049-8; está agotado, pero siempre se puede intentar una llamada. En inglés fue editado con el ISBN 1-85043-331-3 (Tauris & Co, Londres) y está disponible aquí.

De visualización necesaria:

  • El corazón de Chernóbyl. Seguramente, el mejor documental que se ha filmado sobre las consecuencias humanas del desastre. Desde dentro; tan dentro que la directora de la ONG que lo presenta sufrió envenenamiento por cesio-137 durante la realización. Durísimo, pero absolutamente necesario. En inglés, disponible en YouTube: Parte 1, Parte 2, Parte 3, Parte 4. Si te apetece colaborar con esta ONG, puedes hacerlo aquí.

Pascual Serrano, en "Tiananmen y Chernobyl, del silencio comunista al espectáculo capitalista", en El Diario.es, el 11 de junio de 2019, escribió:Imagen

Estos días hemos asistido al remember de dos acontecimientos históricos sucedidos en el mundo comunista del siglo XX: las protestas de Tiananmen y el accidente de Chernobyl. No es objeto de mi reflexión discutir sobre la información que disponemos de aquellos acontecimientos, y la precisión o no de nuestro conocimiento. Lo que creo que sí vale la pena es observar la capacidad que tiene el mundo occidental y su maquinaria de información/entretenimiento/ideológica de convertir en actualidad acontecimientos pasados cuando le interesan, presentar el formato más atractivo de la historia y lograr que su versión desplace a cualquier discusión, debate o investigación sobre los hechos.

En el asunto Tiananmen, lo más destacable es cómo para el ciudadano occidental el nombre de una plaza va unido inevitablemente a unos acontecimientos de protesta contra el gobierno comunista chino. Directamente los medios hablan de 30 años de Tiananmen, el tiempo que ha pasado desde la protesta, a pesar de que la plaza tiene cuarenta años más. Nadie piensa en la masacre de 300 estudiantes en Tlatelolco cuando los medios citan ese complejo de la ciudad de México. De modo que Tiananmen es la plaza de una masacre pero la plaza de las Tres Culturas, donde se desarrolló la masacre mexicana, es un complejo arquitectónico.

Una de las paradojas de las protestas de Tiananmen es que la foto más emblemática de la represión es precisamente un tanque que se detiene para no aplastar a un manifestante. Se me ocurren muchas movilizaciones y protestas en el mundo donde las fuerzas del orden no respetaron a un manifestante similar y no han pasado a la historia por sangrientas represiones como sucede con la plaza china. Desde el caracazo venezolano a la masacre de El Mozote en El Salvador. Y, por supuesto, creo que hay muchos países donde no hay que desplazarse 30 años atrás para encontrar represión y masacres de sus ejércitos.

El otro tema traído a la actualidad ha sido el accidente de Chernobyl gracias a una serie de HBO, del mismo título. Al igual que los acontecimientos de Tiananmen, Chernobyl ha sufrido por parte de las autoridades comunistas un gran secretismo, lo que ha permitido a occidente hacer sus propias interpretaciones y manejar los datos que ha considerado oportunos. Para empezar, en lo referente al número de víctimas que, en ambos casos, se mueve en una horquilla amplísima. En el caso del accidente nuclear porque el cálculo supone no solo las muertes en el accidente, apenas unas decenas, sino los fallecidos como consecuencia de las radiaciones recibidas.

Lo que es evidente es que las lagunas respecto a lo sucedido, el secretismo que rodeó la tragedia, característico de una guerra fría que todavía coleaba, y la estigmatización del gobierno comunista de entonces eran ingredientes estupendos para un producto audiovisual con el formato de ficción en lugar del documental. No es mi intención justificar ni blanquear las responsabilidades de aquellos gobiernos, me limitaré a sospechar la oportunidad de tanta insistencia y en la forma en que se hace. Que una serie de ficción, con escenas dramatizadas, con algunos personajes creados especialmente para la serie (la física bielorrusa Ulana Khomyuk), sin ofrecer fuentes rigurosas, ni tampoco documentos sea la vía principal de conocimiento del accidente de Chernobyl para la población occidental de hoy no supone ningún avance de acercamiento a la verdad. No se puede comprender que la única persona que se molestase en investigar el motivo del desastre fuese una física de la república vecina de Bielorrusia que fuese a Chernobyl por su cuenta a entrevistar a los técnicos moribundos en el hospital. Y que, encima, terminase detenida por el KGB. Lo lógico es que el propio estado soviético, aunque no tuviese ninguna intención de transparencia, intentase saber lo ocurrido. Se me podría argumentar que solo es una serie, no pretenden presentarse como los investigadores y reveladores de una verdad, pero eso es irrelevante, la realidad es que la "documentación" que los ciudadanos tendrán de aquellos acontecimientos será la historia que han visto en HBO.

Uno de los principios éticos del periodismo televisivo es renunciar a la dramatización de las noticias, es decir, no contar una violación o un atraco a un banco mediante una teatralización de actores por lo que eso supone de manipulación de la emoción de las audiencias. Imaginen la reacción de unos espectadores ante un acusado de violación y asesinato si, en la información sobre el juicio, se exhibe la dramatización de ese crimen con todo tipo de detalles, sangre, terror en la víctima y maldad en los gestos del asesino. Pues eso es la serie de Chernobyl. En ella, la intencionalidad está cuidada al milímetro sin importar el rigor. Hasta la responsable de vestuario Odile Dicks-Mireaux reconoció que el director, Johan Renck, "dio la directriz de que quería un vestuario feo". Y reconoce tranquilamente que en la serie "han añadido algo de decadencia" y "la ropa es más de la URSS que la de entonces de Pripyat, donde se veían vaqueros, zapatos de colores y ropa que estaba llegando del extranjero". Si había que proyectar una imagen decrépita del comunismo pues se hacía. Pocos se dieron cuenta, y muchos menos recuerdan, que en la película "La vida de los otros", el color se vuelve alegre y brillante o sórdido y apagado según las imágenes correspondan a los disidentes o a las autoridades, según se esté en la Alemania Occidental o en la Oriental.

En cualquiera de las películas norteamericanas a las que estamos acostumbrados, los que sacrifican su vida o la ponen en peligro por los demás se presentan como héroes, en cambio esos mismos en la serie de HBO los vemos llevados al matadero por la dirección soviética. Militares, policías, bomberos y médicos mueren todos los años en muchos países del mundo cumpliendo con su trabajo y por las órdenes de sus superiores y, en última instancia, sus gobiernos. Sin embargo, en "Chernobyl" son presentados engañados y empujados por el gobierno comunista. Muchos de ellos eran profesionales que conocían bien el riesgo, difícilmente pudieron ser engañados, sin duda fue su sentido de la solidaridad lo que les motivó, como se aprecia en algunos momentos de la serie. A pesar de ello, esas decisiones heroicas y voluntarias nos las escenifican precedidas de miserables intentos de engaño por el gobierno.

Si la alternativa al ocultismo soviético es el espectáculo occidental de una serie de ficción, lo único que se ha demostrado es una mayor inteligencia para pastorear a los ciudadanos de unos que de otros. Resulta paradójico que quienes en su desenlace final en el último capítulo de la serie, hacen del rigor científico y de la verdad un baluarte, son sencillamente los creadores de una serie de ficción audiovisual sin aval científico ni documental. La frivolidad y el espectáculo imperante en occidente ha supuesto que un producto de ficción televisivo quiera darnos lecciones de historia y veracidad científica. Si lo del gobierno soviético fue un burdo comportamiento de quienes creían que con el silencio y la mentira podían engañar a un pueblo, lo de occidente es una brillante actuación de espectacularidad que pretende sustituir aquel silencio y mentira por exhibición y entretenimiento recurriendo a todos los recursos narrativos necesarios y audiovisuales con tal de que el resultado sea atractivo para los espectadores. Y lo que es peor, sentando cátedra sobre el valor del rigor y verdad.

Por supuesto, una buena narrativa requiere eliminar las partes que no interesan. La URSS no dejó nunca de homenajear a los liquidadores, todas las personas que se expusieron para paliar los efectos del desastre. Los diferentes monumentos en pie muestran que no hubo intención en olvidar lo sucedido. Y tampoco se quedó en meros homenajes, hace unos años un bombero ucraniano denunciaba que "cuando existía la Unión Soviética, nos cuidaban, nos curaban, se ocupaban de nosotros. Ahora los gobiernos nos han olvidado". Hubiera sido un buen final de la serie, buscar cómo les va hoy a esos héroes, ya "liberados del yugo soviético".

También podrían haber investigado dónde fueron atendidos y asistidos durante años los afectados por la radiación y contar que, tras la caída de la URSS, 26.000 personas fueron a Cuba, un gobierno que seguía siendo comunista, a recibir tratamiento médico gratuito.

Pero contar todo eso hubiera supuesto visitar ahora los lugares, recoger testimonios y declaraciones y el resultado sería un riguroso documental en lugar de una atractiva serie de televisión con efectos especiales y dramas ficcionados. Demasiado aburrido para nuestra sociedad del espectáculo.

Juan Manuel de Prada, en "Chernóbil", en ABC, el 24 de junio de 2019, escribió:No cabe duda de que las series se han convertido en el libro de los que no leen, que son legión y se han subido al machito. Ahora, en cualquier reunión social o cena de postín, se te sienta al lado un pelma que quiere dárselas de cultureta y se tira toda la velada dándote la tabarra con la serie que se ha embaulado bulímicamente durante el último fin de semana, que no duda en calificar como la «mejor de la Historia» (al menos hasta la semana que viene). Pues el consumidor bulímico de series es siempre un optimista tremendo; y a su condición gregaria suma un bajísimo nivel de exigencia. Por supuesto, si no has visto la «mejor serie de la Historia» de la última semana no molas nada de nada.

La nueva «mejor serie de la Historia» se titula «Chernóbil»; y se presenta con unas pretensiones naturalistas lindantes con lo que antaño se llamaba «docudrama». Afirman los gurús que su recreación de la Unión Soviética de los años ochenta es magistral; pero viéndola me ha parecido que más bien recrea la imagen tópica que sobre la Unión Soviética se ha consolidado en el imaginario occiental, de un feísmo y una pobretería acongojantes, con la añadidura de presentar a todos los personajes (tanto masculinos como femeninos) con una facha realmente horrenda; no como ocurre en el mundo capitalista triunfante, donde todos somos guapísimos y vivimos como rajás. Resulta, por otro lado, muy llamativo que en ninguna de las críticas (siempre ditirámbicas) de la serie se haga mención de sus manipulaciones históricas burdas; prueba inequívoca de que las series se están convirtiendo en una poderosísima vía de infiltración ideológica. El gran villano de la serie es el «sistema soviético». Pero lo cierto es que, cuando se produjo la catástrofe de Chernóbil, el sistema soviético estaba siendo desmantelado por ese lacayuelo sistémico llamado Gorbachov, tan agasajado por Occidente en pago por sus servicios. En la serie, Gorbachov aparece como un baldragas a merced de una burocracia política, impersonal y nebulosa, que funciona como una gran fábrica de mentiras (¡como si las burocracias del «mundo libre» actuasen de un modo distinto!); pero se cuidan mucho de atribuirle ninguna responsabilidad personal. También resulta chistosa la división neta que la serie establece entre apparátchiks y científicos, presentando a estos últimos como adalides insobornables de la verdad, para exagerar la vileza de los primeros. Pero lo cierto es que los científicos con cargos de responsabilidad fueron siempre el meollo del cogollo del bollo del «sistema soviético».

Todas estas bazofias palidecen, sin embargo, al lado de la endeble construcción de personajes que exhibe la serie. Personajes esquemáticos, sin progresión dramática ni matices psicológicos, meras carcasas o testaferros sin alma que los guionistas bosquejan con fines puramente utilitarios, para después arrojarlos en la cuneta, tan pronto como dejan de necesitarlos para sus manejos maniqueos. Personajes despersonalizados que no generan empatía con el espectador, cuyo heroísmo se nos presenta como un producto del miedo o del lavado de cerebro oficiado por el «sistema soviético», nunca como una expresión de la abnegación y el sacrificio que han hecho indestructible el «alma rusa» frente a cualquier enemigo externo. Paradójicamente, estos guionistas sistémicos, incapaces de empatizar con sus personajes, nos brindan en cambio un capitulito grimoso con el que pretenden que el espectador lloriquee porque, para que no propagaran la contaminación atómica... ¡los desalmados soviéticos mataron sin piedad a todos los perritos y gatitos de Chernóbil! Pura alfalfa sistémica, que exige su cuota animalista.

En fin, que «Chernóbil» es la mejor serie de la Historia (al menos hasta la semana que viene).


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