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SAINT-JUST, Louis A. L. (1767-1794)

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Louis Antonie León Saint-Just

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(wikipedia)


Introducción

    Décize, Nièvre (Francia), 25 de agosto de 1767 - París (Francia), 28 de julio de 1794). Militante revolucionario francés. Sus partidarios le apodaron el "Nasuti" y sus detractores el "arcángel del Terror".

    Hijo de Louis Jean de Saint-Just de Richebourg (1716-1777), un militar condecorado con la Orden de San Luis, y de Marie-Anne Robinot (1736-1761), hermano de Louis-Marie-Anne de Saint-Just de Richebourg y de Marie-Françoise-Victoire de Saint-Just de Richebourg, según algunas fuentes estudió Derecho en Reims, donde también habían estudiado Jacques-Pierre Brissot y Georges Jacques Danton. Cuando su amiga de juventud se casó con un partido más ventajoso, robó unas joyas a su madre y huyó a París y, a petición de su progenitora, fue internado en un correccional durante seis meses a finales de 1786

    Este episodio tuvo una evidente influencia en la redacción de su poema satírico-erótico "Organt", crítica de la monarquía absoluta y de la nobleza. Participa desde sus inicios en la Revolución en París, aunque luego se marcha para reunirse con su familia en Blérancourt. Allí alcanza el grado de teniente coronel de la Guardia Nacional en julio de 1789. Este contacto con la población rural le servirá para efectuar su aprendizaje político, ya que Saint-Just se implicará mucho en la vida local. Revolucionario, participó en la Fiesta de la Federación en 1790, formó parte del dispositivo que escoltó a Luis XVI de regreso tras su intento de fuga. Conoció a Robespierre y se convierte en una de las personas más cercanas a éste. Al igual que este último, Saint-Just se siente fascinado por la cultura grecorromana (origen de la democracia y la República) y se compara con Bruto.

    Aunque se presentará para las elecciones en 1791 a la Asamblea Legislativa, se le niega el derecho a ocupar el escaño en razón de su edad. Resulta elegido por el departamento de Aisne en 1792 en la Convención y se une al Partido de la Montaña. Pronto se revela como uno de los principales oradores, tanto durante el proceso a Luis XVI (durante el que pronuncia estas frases que siguen una implacable retórica inspirada en Rousseau: "No es posible reinar de modo inocente", "Todo rey es un rebelde o un usurpador") como durante la redacción de la Constitución. Su vehemencia y su incontestable talento retórico harán de él una de las voces de la Montaña y luego del Comité de Salud Pública, batiéndose sin piedad contra sus adversarios girondinos. Tras las diversas conspiraciones del rey, se mostró partidario de ejecutar a Luis XVI y a su esposa María Antonieta, que también había recurrido a su familia en Austria para tratar de derribar por la fuerza de las armas el gobierno revolucionario.

    Miembro en varias ocasiones del Comité de Salud Pública, se le comisiona ante los ejércitos, junto a su amigo y compañero en la Convención Philippe Le Bas, desde el 22 de octubre de 1793 hasta mediados de enero de 1794, en el ejército del Rin. Restableció la disciplina y obtuvo el respeto y la consideración de los soldados, aunque también se mostró impasible a la hora de ejecutar a los disidentes, lo que le proporcionó reputación de ser uno de los más radicales en el periodo del Terror. Consigue tomar Bitche y liberar Landau.

    De regreso en París, es uno de los protagonistas en la caída de los dantonistas y de los hebertistas.

    Vuelve a salir comisionado el 28 de abril, partidario de la ofensiva a ultranza, que terminó con las victorias de Courtrai y de Fleurus.

    En la llamada reacción termidoriana, Saint-Just y Robespierre son detenidos por la Convención, atacados tanto por las fuerzas contrarrevolucionarias y moderadas, representantes de la burguesía liberal rica, asustada con el curso de los acontecimientos, como también por los representantes de la izquierda radical, descontentos con la política religiosa y con las ejecuciones de algunos líderes populares parisinos. En un momento en el que muchos de los antiguos colaboradores de Robespierre deciden traicionarle, Saint-Just da pruebas inequívocas de su integridad y le apoyará hasta el final. A pesar de que parte del pueblo de París se levanta en armas y libera a ambos, hay interpretaciones en el sentido de que Saint-Just se negó a organizar las fuerzas populares. Detenido otra vez por los thermidorianos, es ejecutado sin juicio en la guillotina junto a Robespierre y sus partidarios el 10 de Termidor.




Ensayo


Nota Mar Jun 08, 2010 12:35 pm
fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=43346


Actualidad de Saint-Just



María Toledano. Madrid, 1929. Periodista y escritora. Exiliada -junto con su familia- desde 1949. Formada en Francia e Italia, estudió Derecho y Filosofía, interesándose por el marxismo clásico, la teoría del estado y la sociología política. Militante antifranquista participó, desde las filas del PCE, en asociaciones y colectivos políticos. Ha colaborado en diferentes medios de comunicación. Ha sido redactora-jefe de Mundo Obrero.

Rebelión // 19-12-2006



Los que hacen las revoluciones en el mundo, los que quieren hacer el bien, sólo deben dormir en la tumba.

- Saint-Just, 10 de octubre de 1793.




Louis Antoine Léon de Saint-Just, revolucionario francés, murió en la guillotina en julio de 1794. Su nombre -perseguido y condenado por la historia- parece una proclama, un grito de guerra, casi un manifiesto subversivo. Estaba en la tribuna de oradores y le detuvieron. Los girondinos, espejo del orden, los mismos que defendían las libertades individuales, la autonomía de la voluntad y sus privilegios económicos, no le dejaron terminar. Allí, mientras hablaba, fue vapuleado y detenido. “No soy de ninguna facción -argumentaba-, las combatiré todas…”. No le dejaron continuar. Teniente coronel de la Guardia Nacional en julio de 1789, elegido dos veces diputado, destacado colaborador militar y jurídico de Robespierre, portavoz de los jacobinos de la Montaña, Presidente de la Convención, Delegado -hoy diríamos comisario político- de los ejércitos del Rin y del Norte, miembro del Comité de Salud Pública. Había ganado batallas militares contra Austria y reorganizado el ejército, combatido la corrupción de los generales, facilitado la llegada de alimentos a las ciudades, concebido impuestos para las grandes fortunas y redactado un proyecto de Constitución que se aprobó, en 1793, casi en su totalidad. “No se puede reinar inocentemente: la locura es demasiado evidente. Todo rey es un rebelde y un usurpador”, proclamaba el 13 de noviembre de 1792. La potencia y radicalidad de sus ideas, el impulso de clase que tenía su pensamiento era un atentado cotidiano contra la tímida burguesía ilustrada. El Viejo Topo ha publicado -Barcelona, 2006- un libro de discursos y textos de Louis Antoine de Saint-Just, La libertad pasó como una tormenta. Textos del período de la Revolución Democrática Popular, edición de Carlos Valmaseda.

“El gobierno no debe ser solamente revolucionario contra la aristocracia: debe serlo contra aquellos que roban al soldado, que pervierten el ejército con su insolencia, y que, por el derroche del dinero público, llevarían al pueblo a la esclavitud y el imperio a su disolución por el infortunio. Tantos males tienen su fuente en la corrupción de unos y en la ligereza de otros”. En los pocos retratos que se conservan -es una figura maldita- aparece con aire inocente, pelo largo y mirada incisiva. Dicen las crónicas sobre la Revolución, salvo excepciones, que implantó un drástico gobierno de Terror -la leyenda crece cuando la historia se escribe desde la victoria- para asesinar a todo aquel que se opusiera a sus deseos. En realidad, combatió con las armas las frecuentes insurrecciones de la derecha preservando los principios democráticos y su alianza con los sans-coulottes, el pueblo. La revolución popular pasaba por consolidar el imperio de la ley y luego, quizá, suprimir toda institución represora, incluido el Estado. Todo el poder para las comunas, proclamaba en sus textos jurídicos, para los municipios. Ningún dirigente que no sea elegido directamente por el pueblo carece de capacidad ejecutiva. Saint-Just, como tantos revolucionarios, desconfiaba de la burocracia y de la desidia de los políticos. Igual que hizo años después Lenin, combatió el radicalismo infantil, el izquierdismo. Pese a la apariencia, Saint-Just era un centrista frente a los hebertistas y otras fuerzas radicales. La única estrategia que conocía era la ofensiva, el combate y los discursos. En 1917 hubiera sido bolchevique. Un bolchevique, eso sí, con innumerables contradicciones.

Lo mejor de contribución, si acaso es posible deslindar acción y reflexión en su actividad política, está en sus textos jurídicos, en las Instituciones republicanas y en el discurso Sobre la necesidad de declarar el gobierno revolucionario hasta la paz. Ahí se encuentra la esencia de su concepción revolucionaria del estado, un estado que se construye bajo la idea de comunidad. Era un demócrata -el término ha sido desvirtuado- e imaginaba un gobierno sustentado sobre la virtud. Como dice Yannik Bosc, “¿Cómo era este Terror cuyo esfuerzo durante el año II consistió en mantener la libertad pese al estado de guerra (en el sentido de Locke)? La Convención termidoriana, que nació de la ejecución de 108 robespierristas (entre ellos Saint-Just), definió el Terror como la tiranía de la anarquía, ese mismo momento en el cual, precisó Boissy d’Anglas (líder de los conservadores, presidente de la Convención en 1795), los ricos eran sospechosos, el pueblo delibera sin cesar, la oposición está organizada, el poder ejecutivo debilitado y reconocido el derecho a la insurrección. Para sus enemigos, terroristas y derechos del hombre están asociados. Desaparecido de la historia, el fantasma de Saint-Just recorre a caballo el norte de Francia. La ley y la sangre le acompañan.


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