3.2. STALIN: EL PROLETARIO PUROEn esos mismos fatídicos años 30, en la URSS el partido bolchevique se «suicida».
Zizek ha utilizado esa expresión para comentar en un artículo de la
New Left un libro que vuelve a bucear en los Procesos de Moscú, con la novedad de haber usado los archivos del CC del PCUS recientemente puestos a disposición de los historiadores. Su comentario nos servirá para realizar algunas consideraciones finales. En primer lugar, Zizek reproduce el mismo fondo analítico que se encuentra en un ensayo publicado anteriormente, a principios de los ochenta, entendiendo el operador fundamental del estalinismo como un saber
dècapitonné. La categoría lacaniana de «punto de acolchado» (
capitonné) muestra que el tratamiento del discurso freudiano por parte de
Lacan es el modo analítico con el que procederá Zizek para desentrañar la «anomalía» estaliniana. Tanto en el ensayo de 1983 como en el comentario a
The road to terror, en el 2000, Zizek procede por medio de una comparación del fenómeno nazi con el fenómeno estalinista. E insiste en las radicales diferencias entre ambos. «A diferencia de lo que ocurre con el fascismo, en el caso del estalinismo nos encontramos ante la perversión de una auténtica revolución. Con el fascismo, incluso en la Alemania nazi, era posible sobrevivir, mantener la apariencia de una vida cotidiana “normal”, siempre que uno no se implicara en ninguna actividad política de oposición y, evidentemente, siempre que uno no fuera de origen judío, mientras que en el estalinismo de finales de la década de 1930, nadie estaba a salvo, cualquiera podía ser denunciado, arrestado y fusilado inesperadamente, acusado de traición. En otras palabras, la “irracionalidad” del nazismo se “condensaba” en el antisemitismo, en su fe en la conspiración judía, mientras que la “irracionalidad” estalinista impregnaba todo el cuerpo social». No es esta, obviamente, la única diferencia que establece Zizek entre ambas «formas» sino tan sólo la diferenciación más general, que a nosotros nos interesa constatar, ni son todas las que nosotros pudimos encontrar. (Digamos, de paso, que la hemos escogido como primera cita para que separe al lector de toda esa literatura de mala propaganda anticomunista, «libros negros», etc. No es este el caso de Zizek, claro está).
Esta separación se desdobla, a su vez, en las de leninismo y estalinismo. Si en el escrito de 1983 Zizek establece la distinción a partir de uno de los cuatro discursos lacanianos, el discurso universitario (S2/S1a/$), es para aclarar que mientras
Lenin ocupa la posición de un saber objetivo neutro, (en tanto encarnación de la objetividad histórica) del que deduce el estatuto diferente del adversario político: (oportunismo, menchevismo, infantilismo de izquierda, etc. y sus figuras históricas
Martov,
Kamenev y
Zinoviev en el momento de Octubre, el
Bujarin del 18, etc.) que objetiva las intenciones subjetivas, esto es, la significación objetiva de los actos de los actores sociales sin tener en cuenta las intenciones subjetivas por sinceras que sean, Stalin se «desacolcha» de este discurso y subjetiva de nuevo esta posición objetiva, proyectándola sobre el sujeto mismo como su deseo secreto, o lo que es lo mismo: lo que tu acto significa objetivamente es lo que tú has querido de hecho. Entonces, el adversario estaliniano es el traidor y no el que no sabe, no entiende los procesos históricos o ignora la lógica de los hechos. No, el traidor sabe bien lo que hace y esto convierte al estalinismo en un discurso mortalmente amenazador. «Autrement dit, tandis que le léninisme reste un discurs universitaire «normal» (le savoir dans la position de l’agent produit comme son résultat le sujet barréhystérisé), le stalinisme accomplit le pas dans la “folie”, le savoir universitaire devient celui du paranoïaque et l’adversaire le conspirateur intentionné et “divisé” littéralment: rebut, déchet pur, qui a néanmoins l’accès au savoir objetif-neutre d’où il peut reconnaître la portée de son acte et avouer». Para el estalinismo la teoría no será una guía para la acción sino una justificación a posteriori de la acción. Otra consecuencia de no separar el imaginario del simbólico.
La lógica desatada por Stalin estallará en los procesos de Moscú acentuándose hasta el paroxismo. Porque ¿a qué conduce ese saber «descosido»? ¿Lo podemos expresar con tanta brevedad como claridad? Sí, se puede. Conduce a la consideración de que hagas lo que hagas, harás mal. Si los jefes de la represión no conseguían descubrir y detener a los suficientes saboteadores contra el orden socialista, es que obraban como contrarrevolucionarios y, por tanto, tendrían que fabular conspiraciones y sabotajes; pero así también peligraban porque se les podría acusar de que, como parte de un complot al servicio del capitalismo aniquilaban a verdaderos comunistas. Zizek, en su comentario a
The road to terror, recoge entre otros el caso de
Yezhov, verdugo de Stalin en los procesos y finalmente condenado por organizar el asesinato de miles de bolcheviques inocentes. O el episodio de Shostakovich. Sin embargo, esta es una historia conocida en sus líneas generales sin necesidad de recurrir a este libro. Quizá ni sería necesario subrayar la diferencia con Lenin y su tratamiento en relación, por ejemplo, a Zinoviev y Kamenev, que sí cometieron una traición real al denunciar que el partido bolchevique se lanzaría a la toma del poder en octubre de 1917. Lenin los reprende y los acusa de ese acto inconcebible pero lo sitúa en el marco del retraso en comprender la dinámica de la revolución en curso. En
Teoría e historia de las formaciones sociales postcapitalistas y en este trabajo queda patente el acuerdo con los planteamientos de Zizek pero queremos dejar constancia en el diálogo teórico con sus posiciones críticas, de dos cuestiones: la novedad más interesante rescatada por Zizek del libro citado es el nuevo matiz aportado por la exhumación de los archivos del CC del PCUS en el «caso» Bujarin. Para nosotros tiene un valor grande porque
Teoría e historia de las formaciones sociales postcapitalistas se tuvo que conformar con los conocidos
Procesos y con otros testimonios accesibles. Nos vamos a fijar en lo que no comenta Zizek, en lo que creemos que no «ve», en lo que tampoco vio
Althusser y de lo que Lacan demandaba una explicación.
Zizek reproduce este fragmento del libro, que pertenece a un discurso de Bujarin ante el CC el 23 de febrero de 1937:
«Bujarin: No me pegaré un tiro porque entonces la gente dirá que me he suicidado para perjudicar al Partido. Pero si muero, por así decirlo, de una enfermedad, ¿qué perderán ustedes con ello? [Risas]
Voces: ¡Chantajista!
Voroshilov: ¡Canalla! ¡Cierre el pico! ¡Qué infame! ¿Cómo se atreve a hablar así?
Bujarin: Pero tienen que entenderlo, me resulta muy duro seguir viviendo.
Stalin: ¿Y nos resulta fácil a nosotros?
Voroshilov: ¿Han oído eso: «no me pegaré un tiro pero moriré»?
Bujarin: A ustedes les resulta muy sencillo hablar de mí. Después de todo, ¿qué tienen que perder? Miren, si soy un saboteador, un hijo de puta, entonces, ¿por qué dejarme con vida? No exijo nada de nada. Sólo estoy describiendo lo que me pasa por la cabeza, lo que estoy sufriendo. Si esto, de algún modo, acarrea algún perjuicio político, por menudo que sea, entonces, sin duda, haré lo que me digan. [Risas] ¿Por qué se ríen? No hay absolutamente nada de divertido en todo esto».
3.3. «SOBRE TUS HOMBROS»Tal vez Zizek, al fijarse en la risa (sin duda para analizar), pierde de vista lo que de pasada ha dejado caer Stalin: «¿Y nos resulta fácil a nosotros?». En efecto, ¿qué momento del proceso se está viviendo? La tarea titánica de industrializar la URSS, la tarea titánica de acabar con el campesinado para que no vuelva a poner al poder soviético en la tesitura de 1928, la tarea de preparar a la URSS militarmente para repeler una agresión imperialista, etc. Y esto queda confirmado de una manera espeluznante cuando más adelante Zizek cita estas palabras de Bujarin en su carta a Stalin de 10 de diciembre de 1937: «Sé perfectamente que los grandes planes, las grandes ideas y los grandes intereses tienen prioridad sobre todo lo demás, y sé que sería mezquino por mi parte parangonar el problema de mi propia persona con el peso histórico- universal que descansa, ante todo, sobre tus hombros». La fenomenología del espíritu rigiendo los procesos de Moscú: si no queréis ser verdaderos amos/(¿«esclavos»?) de una verdad definitiva y llevarla hasta sus últimas consecuencias, tendréis que aceptar morir, nos parece oír decir a Stalin. La Fenomenología es la tentativa pedagógica previa para habitar en el Espíritu Objetivo como excelentes ciudadanos. La reválida, la prueba de acceso a ese dominio reconciliado, no puede ser otra cosa que la familiaridad con el saber absoluto. La elevación del yo al nosotros.
Hay algo sobre lo que querríamos saber más. Se trata de una declaración de Bujarin en estos términos: «…He confesado que entre 1930 y 1933 cometí muchos pecados políticos. He llegado a comprenderlo». ¿A qué pecados se refiere Bujarin? Aunque las fechas que indica son muy significativas (los años más duros de la colectivización, los más duros del primer plan quinquenal, los años en los que ocurrió el incidente del suicidio de Nadia, la mujer de Stalin y que cuenta
Svetlana Aliluyeva), está claro que lo que impresiona a sus ojos y a los de todos los bolcheviques es la máxima coherencia e intransigencia en cuanto a la realización de la voluntad de clase, a la estatalidad total, al cumplimiento del espíritu objetivo. Esas son las dudas que produce en todos ellos: «es un inhumano, un canalla, pero quién puede decir que sea un contrarrevolucionario», podría ser la fórmula condensada para el pensamiento último de los miembros del partido. Sobre tus hombros, viejo topo.
Hay que citar las consideraciones de
Mandel en su ya comentado
El poder y el dinero porque al repasar los sorprendentes escritos de Bujarin en sus últimos diez años se pregunta: «queda un gran enigma por resolver ¿cómo pudo un comunista, un marxista del calibre de Bujarin, conciliar este penetrante análisis de la degeneración del partido y la burocracia estatal con la renuncia a todo tipo de lucha sistemática contra los responsables de esta degeneración?». Y responde, tras descartar otras hipótesis, que la razón debe estar en la tesis equivocada de Bujarin de que la toma y el ejercicio del poder por parte de la burocracia eran atribuibles a fenómenos partidarios internos más que una regresión sociopolítica ocurrida a lo largo y ancho del país. Pero (y sin olvidar el tema recurrente del
Termidor), ¿no estaría Bujarin mejor encaminado para poder ver la relación de la burocracia con la clase obrera? Porque retengamos que el Termidor político coincide con los planes de industrialización y la ofensiva contra los
kulaks que en 1927 y 28 habían puesto en dificultades al poder soviético. Una extraña regresión política en medio de una ofensiva de clase económica.
No hay que quedarse en los elementos fenoménicos del estalinismo sino encontrar su causa. Zizek no puede verla en lo político-teórico y por eso da un rodeo por el psicoanálisis. Y habría que hacerlo al revés, primero la mirada política y después su muestra analítica. El proletariado, fuera de las relaciones de producción capitalistas, es una clase universal y única y el Estado se convierte en la voluntad de esa clase al tiempo que lo vertebra. Su objetividad, su inmanencia, es el Estado. El proletariado, como clase dominante, no necesita vivir a costa de otras clases pero no puede permitir que otras clases vivan fuera de los límites de la intervención estatal. No tiene nada de extraño que un pensador de la categoría de Apel identifique la ética marxista con la ética
hegeliana y, por tanto, siga sin ver la infraestructura ideológica del llamado
homo sovieticus.
Repitámonos: cuando Stalin alcanza el poder podría haber dicho: no sólo soy el Estado sino la voluntad general; por eso no necesitamos ni la democracia ni el ego, porque ¿quién va a representar mejor esa voluntad general, que ya no es una idea sino cuerpo político y social, que el Estado? La idea necesita intérpretes, el Estado defensores.
La segunda consideración que queríamos hacer se refiere al anclaje histórico de la «ruptura de todas la reglas» en este año de 1937. Zizek señala una explicación que parece provenir de
The road to terror. «Y lo que habría que recalcar una y otra vez, frente a la visión liberal estereotipada y demonizadora que presenta a Stalin como al Amo perverso que procede sistemáticamente de acuerdo a un plan diabólico de asesinatos en masa, es que este ejercicio supremo, brutal y violento de poder, como poder sobre la vida y la muerte, coincidía con o, más bien, constituía la expresión, el modo de existencia de su absoluto contrario: la total incapacidad de gobernar al país a través de la autoridad y las medidas ejecutivas «normales». Durante el terror estalinista, el Politburó actuaba sumido en el pánico, intentando desesperadamente dominar y regular los acontecimientos, tener la situación bajo control».
Pero, ¿es esto satisfactorio? El momento más difícil había pasado. Fueron los años del citado primer plan quinquenal. En 1936 y siguientes la situación económica estaba básicamente consolidada. De hecho, hay un período de conciliación tras el XVII congreso del partido.
Ahora bien, frente a la idea simplista de un partido monolítico después de la derrota de Bujarin, se confirma la hipótesis de la fuerte resistencia que encontró Stalin dentro del partido, incluso entre sus partidarios. Esta hipótesis, expuesta entre otros por Cohen, se confirma con los nuevos datos que van apareciendo. Un ejemplo es aportado por Bullock cuando plantea que la unanimidad del XVII Congreso de 1934 era una fachada. El propio Stalin se mostraba confiado. En un dilatado informe al congreso anunció el éxito total del plan quinquenal y lo comparó con la difícil situación por la que atravesaban los países capitalistas, devastados por la depresión. Según el relato de Bullock el auditorio no negó a Stalin su triunfo y las ovaciones acompañaron en todo momento sus palabras. Stalin respondió con una declaración que provocó, según los informes oficiales, «aplausos prolongados y ensordecedores».
Todo parece indicar que hubo un consenso para utilizar el Congreso como una demostración ostentosa de reconciliación. Stalin dijo: «Si en el XV Congreso tuvimos todavía necesidad de demostrar que la línea del Partido era acertada y de luchar contra determinados grupos antileninistas, y en el XVI Congreso hubo que acabar con los últimos adeptos de estos grupos, en este Congreso no hay que demostrar nada y, a lo que parece, nadie a quien combatir. Todos ven que la línea del Partido ha triunfado». Y añadió este final aparentemente tranquilizador: «Hay que reconocer que el Partido está ahora más unido que nunca». Por supuesto Stalin volvió a repetir algo que no debemos echar en saco roto y que era su motivo conductor desde hacía diez años: que la victoria del socialismo en un solo país era plenamente posible.
Los opositores del pasado pudieron hablar con la condición de expresar su error y el acierto de la línea general. Produce vértigo conocer el tenor de las retractaciones teniendo en cuenta el destino inmediato de los sujetos. Así Kámenev consideraba muerto al que había combatido contra el partido entre 1925 y 1933 ( otra vez las fechas) y no quería seguir arrastrando su viejo cadáver tras de sí. Al mismo tiempo que constataba que la era en la que vivían era la epoca de Stalin al igual que la precedente fue la de Lenin. A algunos se les permitió pasar a ser miembros (
Piatakov) o suplentes (Bujarin,
Ríkov y
Tomski) del Comité Central.
Pero dos cosas tuvieron que inquietarlo: una, el discurso de Kírov que fue interrumpido una y otra vez por «aplausos atronadores»; otra, la votación para el CC. La insatisfacción de Stalin con respecto a la elección de los miembros del Comité Central podemos imaginarla al descubrirse que en esta votación secreta se registraron tan sólo tres votos en contra de Kírov, mientras que 270 delegados (casi la cuarta parte de los votantes) emitieron su papeleta contra Stalin. Cuando le comunicaron estos resultados insistió en que tan sólo podía haber tres votos en su contra, el mismo número de votos en contra que tenía
Kírov. Una comisión especial del Comité Central, que examinó los informes del XVII Congreso en 1957 después de la muerte de Stalin, descubrió que faltaban 267 votos. Bullock ha utilizado otro de los documentos que van apareciendo sobre este período. Se trata del diario de
Mikoyán, publicado en 1987, en el que se refleja la reacción de Stalin hostil y vengativa hacia todo el congreso y, por supuesto, hacia el propio Kírov. El hecho de que el congreso fuera también «el escenario de las más exageradas alabanzas a Stalin», tal como se consigna en la misma historia oficial del partido, ha llevado a sugerir a
Adam Ulam que podría haber en él una «conjura de la adulación» destinada a ensalzar la megalomanía de Stalin, y a persuadirle no a que bajase sino a que subiese aún más y se dedicase a los asuntos de política exterior, militares y estatales. Robert Tucker ha indicado que el congreso de la reconciliación al que hacíamos referencia se convirtó en el congreso del distanciamiento definitivo de Stalin del partido bolchevique. Pero el partido no se suicida.
Al situarse sobre el imaginario mitologizado del proletariado, Stalin efectúa la perversión fatal del leninismo: la del vencedor cuyo triunfo está garantizado de antemano por la historia. Hay un chiste polaco que cáustica y cruelmente ironiza la lógica estalinista: tras el toque de queda a las diez de la noche, las patrullas tienen derecho a disparar sin previa advertencia. Alguien con prisa atraviesa una calle cuando son las diez menos diez. Un policía le dispara. Cuando su compañero le pregunta por qué disparó si faltaban aún diez minutos para el toque de queda, aquel responde que conocía al tipo y que viviendo tan lejos de aquí no podría llegar a tiempo a su casa.
No podemos resistir la tentación de rescatar un sorprendente apunte en el diario de
Anaïs Nin de marzo de 1937: «Algún día, estos mismos obreros oprimidos se convertirán en los tiranos, y serán también “jefes” codiciosos e inhumanos». Mientras,
Machado no podía sino sentir que Rusia era el «más firme sostén de la independencia de los pueblos». Tal vez los dos podrían ser el último trazo de la geometría a la que aludíamos en el capítulo anterior.
Una constante niebla, la penumbra de lo desconocido, se apodera del tiempo que viene. La vida se hace tierra y piedra y los sujetos de la historia se vuelven progresivamente marionetas de un espectáculo que los ciega y desconcierta. La realidad que querían controlar comienza a independizarse y la persistencia de la agresión florece como un hecho natural, pareciendo elegirlos a ellos como juguetes de sus estragos, para mecerlos finalmente en la deforme presencia del castigo. Toda la «vieja guardia» parece vivir prendida en el lejano brillo del 17, la claridad del crepúsculo.