Dicho lo anterior como introducción, quiero repasar en voz alta, compartir con vosotros, algunos de los títulos que más adecuados he considerado, de momento. En este foro ya se han mencionado algunos muy interesantes. La filmografía del italiano Enzo D'Alò es excepcional: "Momo, una aventura contrarreloj", basada en la novela de Michael Ende, es un canto al juego como acción colectiva y una crítica a la sociedad burocratizada/racionalmente organizada en favor del interés capital/Estado. Los enemigos son "los Hombres Grises", expresión corporativa de la clase dominante cuya base material de su existencia es la expropiación del factor plusvalía/tiempo, es decir, viven para robar el tiempo de los humanos para que éstos produzcan (sus) beneficios. Esta obra es calificable -casi- de brechtiana. Otras películas de interés del mismo autor serían, como ya se ha mencionado, "Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar", basada en el cuento del escritor izquierdista chileno Luis Sepúlveda (quien últimamente amarillea bastante en sus posiciones políticas), o "La flecha azul" ("La Freccia Azzurra"), de la que no tengo constancia que esté doblada al castellano.
Aunque en este foro alguien se ha pronunciado en sentido contrario, la filmografía del director japonés Hayao Miyazaki, el "antidisney" japonés, es muy recomendable, con todas las críticas que pueda merecer. Miyazaki es un declarado antifascista, antibelicista y ecologista. "Mi vecino Totoro" es un canto a la esperanza que desmonta la ideología del miedo: los niños descubren el mundo/la naturaleza sin vallas ni ventanas, interactúan directamente con él sin los prejuicios ni las prerrogativas de los adultos. "El viaje de Chihiro" evidencia el divorcio entre el mundo mecanizado capitalista/mundo natural en la imagen de un parque de atracciones abandonado. El carácter antifascista y antibelicista de Miyazaki se expresa transparente en "Porco Rosso", ambientada en la Italia de los años 20-30. “El Castillo Ambulante” promociona un amor basado en el reconocimiento y no en fundamentos estéticos (apariencia, edad, prejuicios morales), y desmonta el mito de la “guerra buena”, demostrando que no es más que el compendio de los intereses creados de distintos Estados. En todas ellas, además, el mundo no se expresa bajo el esquema cristiano de Ley-moral/pecado-inmoralidad, no es un mundo de buenos y malos: hay matices, claroscuros, lugar a la contradicción y las tensiones sociales, como en el nuestro. Es normal encontrar personajes que se enfrentan primero al protagonista y luego se unen a él, superada la etapa del mutuo reconocimiento (desarrollo de una conciencia política).
De las dos películas de Kirikú ya se ha hablado algunas cosas. De las dos prácticas manifiestas que son el corazón de sus películas, destaco dos: primero, adiós al racismo y al etnocentrismo; segundo, lo dicho ya en el punto Miyazaki, adiós a la moralidad y bienvenido el análisis de la situación concreta, con todas sus contradicciones. La Bruja contra la que combate Kirikú en beneficio de su pueblo es una representación: hay proceso, dialética, es quien es porque una forma de violencia sistémica la produjo de tal forma, no es “malvada por sí y para sí”. Si algo se echa de menos en las películas de las sociedades capitalistas avanzadas es que nunca, nunca, nunca hay proceso. Todo es inamovible, la dinámica social está cerrada, la correlación de fuerzas está dispuesta según el orden moral buenos/malos: es el Fin de la Historia de Fukuyama y otros gusanos intelectuales. Es imprescindible que los niños puedan “leer” la lucha de clases, sobre todo la lucha de la burguesía. Si siguen incorporando a su percepción, naturalizando su visión del mundo en, el esquema lineal teleológico principio-fin, alfa-omega, buenos-malos, nunca entenderán que no hay un fin de la Historia, sino que la Historia es proceso, la Historia se gana por la lucha y ellos son los protagonistas de la misma.
La factoría española también nos ha dejado algunas joyas: recomiendo “El desván de la fantasía” (J. R. Sánchez, 1978) y “El mago de los sueños” (F. Macián, 1966). También la serie de dibujos animados emitida sólo una vez por TVE “Mofli, el último koala” (1986).
Por lo demás, coincido con el compañero Ivanjoe: cualquier material es útil, si se “enseña bien”, para introducir la sospecha en el niño de que en este mundo “algo no marcha” y que las cosas se pueden hacer “de otra manera”. No hay que despreciar un material a priori porque sea de “la casa Disney” o de un oligopolio capitalista de la producción masiva cinematográfica. Películas como “Shreck” o “AntZ” (“HormigaZ”), aunque al final se rijan por la lógica ideológica dominante (“acepta tu lugar en el mundo”), pueden ser útiles para provocar algunas de las dudas razonables sobre, precisamente, nuestro lugar en el mundo.