RebeldeMule

Ciencia ficción rebelde

Aquí recopilamos toda clase de material relacionado con un tema o un director de cine concretos.

Nota Jue Ene 20, 2011 2:48 am
En mi opinión La Guerra de los Mundos está sobrevalorada respecto a la media de la obra de H. G. Wells. Siempre he pensado que su mayor logro es La máquina del tiempo, que es, desde luego, una de las obras más críticas del autor. También me gustó mucho En el país de los ciegos y a pesar de no tenerlo tan reciente, El hombre invisible me impactó mucho en su momento.

En comparación con estas novelas, La Guerra de los Mundos es un cuento de miedo bastante mediocre y moralista, a pesar de lo rompedor que pueda ser.
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Nota Mar Feb 01, 2011 1:34 pm
Otra película que me parece que también debiera figurar, aunque quizá no encaje exactamente con la ideología de la ciencia ficción, es "El Golem".

Le iré preparando una ficha en Cine --méritos tiene de sobra-- para luego enlazarla.

Además, me suena un relato de ciencia ficción "moderna" que se basaba en el tema de un general o un ejército "golem", de arcilla.

Además, me acabo de encontrar esta filmografía de Ciencia Ficción estadounidense de los años 50, aunque me temo que no sirva más que como contrapunto para resaltar la dignidad de la ciencia ficción soviética.

Nota Mié Feb 02, 2011 1:47 am
HerrK escribió:Además, me acabo de encontrar esta filmografía de Ciencia Ficción estadounidense de los años 50, aunque me temo que no sirva más que como contrapunto para resaltar la dignidad de la ciencia ficción soviética.


En DivXC tienen una recopilación de Scifi americana para cada década, aparte de la de distopías. Ya las he repasado todas y he encontrado alguna cosa interesante, pero, efectivamente, la mayoría no valen ni para entretenerse :twisted: .
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Nota Mié Feb 02, 2011 6:05 pm
El post correspondiente a la Saga de la Fundación de Asimov ya está publicable, aunque el apartado "Contenido político" solo llegue al primer libro de la trilogía inicial. Según vaya releyendo los libros, lo iré completando ;)

Acabo de tropezar con este enlace, y me ha recordado toda la serie de "Alien".

Nota Mié Feb 09, 2011 11:50 pm
bzzzbip, vía twitter, nos propone: "william gibson, bruce sterling, dan simmons, ballard... ah! y Neal Stephenson :)".

Nota Jue Feb 10, 2011 11:06 am
Los cantos de Hyperion es una saga excelente, da para reflexionar sobre unos cuantos temas, en especial el primer libro...

Yo recomiendo Mercaderes del espacio (novela), la historia que se cuenta da mucho que pensar en el momento que nos encontramos.

Es la primera vez que participo, espero ser de ayuda.

Nota Jue Feb 10, 2011 10:29 pm
:D Gracias a todos por las sugerencias, y bienvenido, Raistlin.

Con tu voto positivo, me pongo a leerme los Cantos corriendo, que ganas les tengo.
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Nota Jue Feb 17, 2011 8:55 pm
Acabo de tropezarme el posteo por marlowe62 de esta versión polaca de La guerra de los mundos: cine/tema9842.html

Además de la película, postea los siguientes enlaces que me parecen de interés:



Y una distopía yanqui: "Idiocracy".

Y una serie de TV yanqui también (puede ser interesante si mezcla las referencias bíblicas con la ciencia ficción, nunca se me hubiera ocurrido hacer eso): Battlestar Galactica (Richard A. Colla, 1978).

Para nuestro proyecto, yo, por mi parte, sigo leyendo y sacando el contenido político de Fundación e Imperio y En la arena estelar de Asimov, confío en publicar algo este fin de semana, es que como sabéis tengo además otros proyectos entre manos.

Nota Jue Feb 24, 2011 7:44 pm
A pesar de que valdría más como material adicional a una hipotética bibliografía de Stanislaw Lem que para este monográfico, pego aquí este artículo.

Jesús Rocamora, en "Novela metafísica con zombi al fondo", en Público, el 24 de febrero de 2011, escribió:En un Londres apagado y desenfocado por la niebla, algunos cadáveres están empezando a levantarse por su propio pie desde diversas morgues de la ciudad hasta desaparecer sin dejar rastro. En un arrebato de pudor post mórtem, buscan algo que ponerse (una cortina, una bata) y dejan tras ellos una escena confusa para Scotland Yard, que intenta poner orden a unos hechos inexplicables. ¿Muertos vivientes? ¿Robo de cadáveres? ¿Obra de un bromista macabro o de un psicópata obsesionado? ¿Una nueva epidemia? Al frente de un equipo de la Policía de Londres se encuentra el incrédulo teniente Gregory, que se resiste a pensar que el origen de este caso sea un milagro.

Detrás de este argumento no está ningún autor contemporáneo lanzado a morder la tarta podrida que supone el revival actual de los zombis, sino el escritor polaco Stanislaw Lem (1921-2006), popular por mezclar ciencia ficción con otros ingredientes de mayor peso (filosofía, humor, ciencia). Es la historia central de La investigación, una novela publicada en 1959, que ahora es recuperada por la editorial Impedimenta, empeñada desde hace unos años en sacar al autor del "gueto de la ciencia ficción en bolsillo" y darle la dimensión que merece.

Considerada durante años como una obra menor dentro de su producción y publicada en español por Bruguera a finales de los setenta, La investigación no se cuenta entre las preferidas por los seguidores de los viajes interestelares y las fábulas robóticas de Lem. "Lo cual la relegó a un injusto segundo plano e hizo que la gente la sacara del canon Lem, y que no se apercibiera de que se trataba de una novela de un género diferente al que nos tenía acostumbrados: Novela Metafísica con Zombis al fondo", cuenta Enrique Redel, editor que, en contacto con la familia y herederos del polaco, ya se encargó de rescatar otra rareza, la novela realista El hospital de la transfiguración (1948). Esta nueva traducción pretende "volver a poner en valor un título injustamente descuidado", confirma.


Sospechando de la ciencia

A pesar de que en vez de pilotos interplanetarios haya muertos vivientes, La investigación es puro Lem: la novela negra y sus planteamientos (la presentación de los hechos, la descripción minuciosa de los métodos de investigación, el rol de los personajes) no es más que una excusa para que el escritor trate otros problemas puramente humanos, como la trascendencia, la religión, el papel de la ciencia y lo poco que conocemos sobre nosotros mismos y los misterios de la vida. Hay símbolos y obsesiones propias de Lem, así como la sofocante atmósfera presente en sus otras obras.

Como escribía el autor y editor Javier Fenández en el dossier que la revista Quimera dedicó a Lem el pasado mes de octubre, La investigación "se aparta de las convenciones del género negro para revelarse como un pormenorizado y angustioso análisis de los métodos tradicionales de la ciencia". Los sospechosos en esta novela, como dice Redel, "acaban siendo las leyes físicas, la inexorabilidad, el azar".

Pero lo que hace especialmente La investigación, para frustración de cierto tipo de lector, es plantear más interrogantes de los que resuelve. "Se llena de preguntas que acaban sin respuesta, pero que son tan geniales que justifican el libro. Lem parte de la idea de que hay cosas que no hace falta explicar para que causen una herida profunda en el lector. Es una idea muy posmoderna, en la que el lector rellena la mayor parte de los huecos, y donde las tramas abiertas y lo que sugieren en el lector conforman la estructura de la obra. Una tendencia propia de creadores como Lynch o J. J. Abrams, por lo que a estas alturas no debería resultarnos tan extraña", indica Redel.

Joanna Orzechowska ha sido la encargada de traducir La investigación y la obra maestra de Lem, Solaris, que Impedimenta sacará en abril y que hasta el momento sólo estaba disponible en una traducción desde el inglés. Para Orzechowska, si La investigación "se caracteriza por un tono de novela casi ligera, Solaris es un rompecabezas: frases complejas, descripciones imaginativas, neologismos".

Roberto Valencia, coordinador del dossier de Quimera, remata muy bien lo que supone la lectura de Lem: con el polaco, el viaje por el espacio está garantizado. "Pero no vamos en busca de guerreros medievales y sus maniqueas luchas galácticas. Perseguimos pensamiento crítico, cascotes de nueva sabiduría y conjeturas provisionales sobre la terrorífica extensión del universo".


Especialmente buena la última frase. Ilustra muy bien de qué va, mismamente, este proyecto de monografía.
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Nota Jue Mar 03, 2011 1:33 am
He quitado "Metrópolis" de la lista. Mis recuerdos me han jugado una mala pasada. Recordaba el trasfondo de la sociedad futurista que describe la película, pero no recordaba su horrible moral religiosa, apaciguante y abiertamente opuesta a la toma del poder por parte de la clase trabajadora.

Se trata de una película que rezuma un positivismo final casi religioso que nada tiene que ver con la apabullante distopía que se desarrolla en la primera parte de la cinta. Por tanto, creo que no merece estar dentro de esta monografía de ciencia ficción rebelde, pues más bien atiende al interés contrario, al de contener la rabia con una vana esperanza de que todo será solucionado por la divina providencia.
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Nota Sab Jul 30, 2011 3:40 pm
Hola chicos, últimamente he estado buscando alguna buena historia de ciencia ficción, que nos dé una vision alentadora del futuro y que su historia sea emocionante. Estaba leyendo hace poco un libro llamado Genticks, el mismo me parece interesante dado que su protagonista es una chica y el futuro luce bien a pesar del trama de misterio que tiene. Creo que lo vi en amazon. Pero... ¿alguien tiene alguna otra idea de historia de ciencia ficción que sea buena?

Nota Sab Jul 30, 2011 11:37 pm
louisa1981 escribió:¿alguien tiene alguna otra idea de historias de ciencia ficción que sea buena?


A mí me encanta Ursula K. Le Guin.

fuente: http://www.lavanguardia.com/cultura/201 ... itica.html



Occupy Coruscant (una crónica política de Star Wars)


Portada



Pedro Vallín

La Vanguardia // 6 de mayo de 2018




La obra de un cineasta hippie que odiaba tanto a los grandes estudios que fundó su compañía (luego, un imperio, ironías de la vida) a medio millar de kilómetros de Hollywood solo podía ser política. George Lucas (Modesto, California, 1944) creó su relato heroico de Star Wars en 1977 siguiendo al dedillo la guía para la construcción del héroe ecuménico que estableció el antropólogo cultural Joseph Campbell en sus ensayos sobre el monomito, y la encajó en el canon aventurero del western, el cine de capa y espada y los seriales de ciencia ficción. Pero dejó que se empapara de política. Más que construir un discurso ideológico, Lucas dejó que las cuitas de lo contemporáneo se filtrasen en su relato. En realidad, es un rasgo común a todos los productos culturales de masas: de forma deliberada o inconsciente se impregnan de forma irremediable de lo que ocurre a su alrededor. Star Wars no fue concebida como una crónica política ni hoy lo pretende. Pero lo es, a la peculiar manera en que lo son las obras pop con marcada voluntad ecuménica, casi sin querer, incapaces de emanciparse del presente que las envuelve. Y en tal sentido, no son menos incisivos y complejos los discursos que está produciendo la franquicia, ahora que está en manos de Disney, que los que alumbrara en su día, cuando George Lucas, un rebelde confeso, lo mandaba todo.

Su primera trilogía, el ciclo de Luke Skywalker, nació empujada aún por una revolución cultural de los sesenta, convertida en impugnación, y por un idealismo que enfrentaba con enojo la degradación de la era Nixon, la resaca de Vietnam y el giro autoritario de la política. El medievalismo romántico abrazado por el movimiento hippie estaba colonizando los juegos de mesa y los cómics, lo que explica el éxito de la filiación de Lucas a Campbell.

El héroe juvenil, de raigambre artúrica, es pura ingenuidad en un mundo rural inhóspito y alejado de todo. Sueña con alistarse, combatir el autoritarismo de la política –la Antigua República se había convertido en Imperio– y viajar al centro de la acción para fundar un orden más justo. Se lo confiesa a su amigo Biggs Darklighter en una célebre escena eliminada en el montaje final que todo fan conoce, pues aparecía en el cómic y en la novela oficiales publicados entonces. Más tarde, Luke esgrime ante el viejo Ben Kenobi que no puede irse, que debe permanecer junto a sus tíos (acababan de tener una discusión al respecto), aunque confiesa un posicionamiento político: “No me gusta el imperio, lo detesto, pero yo ahora no puedo intervenir. Todo eso está muy lejos de aquí”.

Como ocurrió con muchos jóvenes de la época y como vemos en otras películas que hacen crónica de estos años –"Nacido el 4 de julio" (1989) o "Forrest Gump" (1994), por ejemplo–, Luke aprende sus habilidades de un hombre, Ben, pero aprende la política de una mujer, Leia Organa, comprometida con quehaceres institucionales desde muy niña, como su madre. Leia es una falsa reformista: sigue dando legitimidad al sistema en su puesto como senadora y en su desempeño consular, aunque en secreto colabora con la Alianza Rebelde que ella misma fundó (como narraban los videojuegos Star Wars: El Poder de la Fuerza I y II, atribuyendo un ambiguo papel de quintacolumnista al propio Darth Vader).

Leia cree que el Imperio es reversible, pero duda de que pueda hacerse desde las instituciones y por eso a la vez impulsa la sedición. Encarna la política obstinada que, al ser empujada por el Estado a la clandestinidad, se convierte en revolucionaria. El emperador disuelve al Senado Galáctico y Leia, ya sin credenciales diplomáticas y convertida en “una traidora”, se entregará a la subversión violenta. Luke, Leia y a la postre también Han Solo creen en la posibilidad de cambiar las cosas por la vía revolucionaria, confían en reconstruir la democracia y derribar a la tiranía desde el exilio, la clandestinidad y la violencia.

Por decirlo de forma sumaria, "Una nueva esperanza" (1977) responde a la América del Watergate, "El imperio Contraataca" (1980) expresa la fugacidad de Jimmy Carter y prefigura el éxito de Ronald Reagan en 1981 (George Lucas le puso un pleito de propiedad intelectual al presidente Reagan por bautizar Star Wars su carísimo y fracasado escudo antimisiles; pero lo perdió), y "El retorno del jedi" (1983), que es pura evasión, resume el estado de ánimo de los ochenta, expresando ese deseo naif de que todo cambie y el conflicto generacional pueda cerrarse en favor de los jóvenes. Es esta una trilogía narrada desde la periferia de lo institucional: nunca vemos la capital del Imperio, estamos aguas abajo de las decisiones de la política, extramuros del poder. Por eso se trata de un relato de carácter romántico y revolucionario.

Muy otro es el mundo que cobija la segunda trilogía de Lucas, que narra el ciclo de Anakin Skywalker, un relato simétrico al de Luke y por tanto con estructura de tragedia. Es una trilogía política en sentido literal, no metafórico, que está impregnada del fracaso del reformismo demócrata tras la caída del muro de Berlín, y en cierto modo se rebela contra los augures del fin de la historia en tanto heraldos de la resignación. Ahora, George Lucas señala con el dedo acusador a Bill Clinton y Tony Blair, cómplices de la opa hostil lanzada contra la democracia por poderes aledaños, por poderes financieros, y a mitad de su proyecto el 11-S le obligaría a volver a la fórmula más cruda de la política: la guerra.

La primera película, "La amenaza fantasma" (1999), desde su título hasta su sencilla metáfora del mal encarnado en el rostro oculto de un político ambicioso, era un aviso evidente o una crónica calculada de los vicios de lo inmediato y los riesgos de lo venidero. Una crónica, intramuros de la política, del rotundo fracaso emancipatorio de la democracia finisecular. La Federación de Comercio, unos industriosos insectos con piel de gusano –que, como veremos más adelante en su planeta de origen, Geonosis, semejan una plaga–, pondrán contra las cuerdas a las instituciones democráticas.

Hay un cierto desafuero político en el Lucas que escribe La amenaza fantasma, película en la que las sesiones del Senado Galáctico son troncales, y el trío de jóvenes protagonistas, Padmé Amidala, Obi Wan y Anakin, son reformistas de lo político, dos de ellos con cargos institucionales en el aparato del Estado. El tercero, un niño que ansía el poder para acabar con la esclavitud en la galaxia. El fin perseguido es personal (su madre es esclava) y obsesivo, así que no reparará en los medios.

La caída de las Torres Gemelas llevó a Lucas a replantearse "El ataque de los clones" (2002) cuando estaba casi acabada, incluso a rodar nuevo material para modificar la trama y aligerar la dura crítica política que en origen había vertido en ella contra George Bush Junior (el primero, antes de Donald Trump, en ganar unas elecciones que había perdido). Eligió ser prudente, convencido de que en el estado de shock en que había quedado el país tras los atentados no iba a entenderse su discurso antirrepublicano. Con todo, el modo en que los afanados socialdemócratas (los miembros del Consejo Jedi y sus aliados en el Senado) son enredados por los poderes del capital (la conspiración separatista la forman la Federación de Comercio, el Clan Bancario, la Unión de Industrias Tecnológicas y otras organizaciones comerciales que podríamos resumir en los sintagmas “la CEOE y el Ibex”, o bien en la expresión “es el mercado, amigo”) para ir a una guerra que no desean es elocuente expresión de la opinión de Lucas sobre el devenir de las izquierdas no apocalípticas (integradas, según las canónicas categorías de Umberto Eco) en el cambio de siglo.

El posterior giro autoritario de la política en la Guerra contra el Terror, que llevará al mundo a la catástrofe y el conflicto irresoluble, contaminará cada línea de "La venganza de los Sith" (2005). Tras la carrera armamentística y la guerra, una guerra que gana el poder legítimo, el Estado, están las leyes de poderes especiales (Patriot Act), que a su vez conducen a la transformación de la democracia en tiranía: “Así es como muere la libertad, con un estruendoso aplauso”, lamenta la senadora Padmé Amidala al constatar el triunfo por aclamación de Palpatine en el Senado. Lucas aún se permitirá, como apéndice, una crónica descreída de las catastróficas campañas de Afganistán e Irak en la serie de TV "Las guerras clon" (2008-2015), un tipo de conflicto que conocía bien por ser él coetáneo en su juventud de la primera guerra en la que Estados Unidos perdió el objetivo y el relato: Vietnam.

Aún sin conocer el desenlace de la nueva trilogía, el ciclo de Rey, no es difícil apreciar en los dos filmes estrenados, "El despertar de la fuerza" (2015) y sobre todo "Los últimos jedi" (2017), lo muy alejado que está su contexto político del de las seis predecesoras. Lo señalaba con acierto Noel Ceballos en el estreno del episodio VII: “Así como Luke y Leia eran adolescentes de los 70 (la sensación de no pertenencia, el impulso contestatario frente a la guerra y la autoridad), Rey y Finn son dos jóvenes desencantados de ahora mismo”. En un mundo en ruinas, el de la crisis económica y el colapso de legitimidad de las democracias liberales, la serie vuelve a alejarse del ejercicio nuclear de la política y desaparecen la capital y el Estado, estallando en un plano fugaz y rutinario, y con ellas se evapora cualquier sueño de praxis institucional, mientras los protagonistas se encarnan en indignados sin utopía ni futuro.

La acción vuelve a la periferia de un mundo arruinado, donde se enfrentan militares golpistas reunidos en una organización de carácter fascista, la Primera Orden, con un grupo revolucionario en retirada, la Resistencia. El cambio de nombre es elocuente de todo lo que ha cambiado Occidente: la Alianza Rebelde de 1977 ha dado paso a la Resistencia en 2015. Rebelarse o resistir, he ahí un dilema no menor para los nuevos compromisos políticos de una generación que ha hecho verter ríos de tinta a los teóricos del materialismo histórico.

La resistencia, como nos enseña la historia de la II Guerra Mundial, no es propiamente un grupo revolucionario sino lo que hoy definiríamos como un grupo terrorista que hostiga con sus sabotajes al directorio militar nazi aplicando técnicas heredadas de la guerrilla. Por cierto, esta atrevida revisión crítica del concepto de terrorismo también se asoma al ex cursus bélico "Rogue One: Una historia de Star Wars" (2016), en el que es difícil obviar que se narra la historia de un comando suicida. La referencia a la inmolación terrorista se volverá explícita en la muerte de la vicealmirante Holdo, en "Los últimos jedi".

Es importante constatar que Rey, la nueva protagonista, tiene tantos elementos en común con Luke –ser pobres, habitantes de un desierto remoto o desconocer su origen– que son precisamente sus patentes diferencias las que hablan de lo que ha cambiado el mundo en que nacen ambas películas. Así, mientras el héroe de 1977 trabaja en una granja de humedad (instalaciones que extraen agua del vapor suspendido en el aire, es decir, factorías que construyen civilización), ella malvive rebuscando en la basura, revendiendo para reciclaje los escombros de la revolución; o sea, Rey vive de saquear la ruina de la civilización y de sus guerras. Unas escorias que luego vende a un perista bajo las nuevas reglas del mercado, alejadas de la intersección de oferta y demanda y próximas a una economía feudal: Comida por trabajo, sin capacidad de negociación. Luke era un presunto huérfano al cuidado de sus tíos. Rey encarna una juventud huérfana, al cuidado de nadie.

Al contrario que Luke, no busca ir al centro del mundo (y más adelante tampoco hay centro del mundo al que ir, ha sido borrado del mapa por el Starkiller) ni tendrá más conciencia ideológica que la certeza de ser carne de cañón, no aspira a desempeñar un papel activo en cambiar las cosas (su voluntad es permanecer en el mundo-basurero que es Jakku esperando un eventual regreso de sus padres, a los que apenas recuerda) y se verá envuelta en la lucha política por puro accidente. Finn, el soldado de asalto, no es más que un desertor de los paramilitares de ultraderecha cuyo objetivo único es huir del conflicto, si puede ser al extremo más alejado de la galaxia. Acaba alistado por pura contingencia y por un motivo afectivo, despolitizado: rescatar a Rey. Él y no Poe Dameron es el Han Solo del nuevo ciclo: el héroe accidental, desideologizado. Como veremos, su aprendizaje de la política de nuevo vendrá de mano femenina: Rose Tico.

Las mujeres dirigen ahora la acción y postulan una revolución no viril, donde es la astucia y no la heroicidad la que conduce al éxito, que no es tanto destruir al adversario como sobrevivir a él y proteger a los próximos. El cuidado antes que el triunfo. Las mujeres envejecen como generalas mientras que los hombres se van ajando como perdedores melancólicos, eremitas exiliados de sí mismos, envueltos en el consuelo romántico de una derrota que consideran épica. Ellos son la vieja izquierda estadounidense, que se encoge de hombros ante la magnitud de su fracaso.

El paladín es desprovisto de forma expresa de su valor de mártir y sus audacias bélicas se miden por su coste en vidas, destruyendo el canon romántico de héroe sacrificial promotor de dinastía en favor de un modelo de campeón pragmático y plebeyo: la batalla que abre "Los últimos jedi" es un calco de la que cerraba "Una nueva esperanza" cuarenta años atrás, pero aquí, el sacrificio de tantos por una victoria épica será leído en sentido inverso, como un error sangriento.

En estos nuevos episodios, los ricos, reunidos en un paraíso fiscal de patente inspiración en Mónaco, aparecen descritos por primera vez como “la peor calaña de la galaxia” (epíteto que cuarenta años atrás se dirigía a peligrosos delincuentes de Mos Eisley, parias agresivos, cuando la violencia criminal en Estados Unidos era un problema mucho más grave que hoy día y las drogas y el desarraigo de los veteranos de Vietnam hostilizaban las calles) y volvemos a tiempos semifeudales o dickensianos (incluso manchesterianos), con niños famélicos esclavizados soñando una revolución mientras sirven al entretenimiento de los acaudalados.

Pero la recriminación va mucho más lejos y nos interpela como espectadores y seguidores de la saga. El reproche a los hijos de mayo del 68, hoy casta con prostatitis, verdugos involuntarios de la democracia y del progreso social, se plasma en "Los últimos jedi" con un juego asombrosamente provocador: la película desafía y amonesta a los fans originales, les reprocha su credo, quema sus libros, se burla de cómo su devoción original ha derivado en fanatismo religioso, desmitifica a los jedi y su soberbia aristocrática, desmantela el sentido de su condición dinástica y hasta se ríe de su pretensión de envolverse en la dignidad taciturna del perdedor. Los aludidos lo han entendido, vaya si lo han entendido, de ahí el cisma que el filme ha causado entre los seguidores más veteranos, que no le perdonan a Rian Johnson, director y guionista, que se haya atrevido, además, a poner esa colosal impugnación herética del discurso convencional del mito galáctico en boca del más respetado maestro, el venerable Yoda, que vuelve para oficiar los funerales de nuestro puritanismo y nuestra mitomanía.

Así ha tomado partido Star Wars por los jóvenes del presente, los nuevos desposeídos, señalando con el dedo acusador a sus padres, que se creían inmunes, ungidos por el fuero del fundador, titulares de la indulgencia plenaria del pionero. Faltan dos años para saber si, como ocurrió en 1983, también se les ofrecerá a esos padres precursores una redención postrera. Pero antes, así lo señala el canon, habrán de pedir perdón por tantos pecados. Perdón por haber arruinado el mundo.


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