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Soñadores (Bernardo Bertolucci, 2003)

Drama, comedia, suspense; a veces a caballo entre la ficción y la realidad, pero siempre cine para pensar con sentido crítico lo social.
Soñadores
The Dreamers
Bernardo Bertolucci (Reino Unido, Francia, Italia; 2003) [120 min]

Portada
IMDb
(Wikipedia | Filmaffinity)


Sinopsis:

    [propia] En París, dos niñatos clasemedianos acogen a un estudiante estadounidense, bastante niñato él también, como mascota para sus juegos psicosexuales aprovechando la brecha moral abierta por mayo del 68.

Comentario personal:

    De fondo, Historia del cine y algo que dice ser maoísta, pero, como en "El conformista" pasa con el fascismo de su protagonista, es una válvula de escape de lo que hasta ese momento han sido sociedades disciplinarias; reacomodos. Basta que papá les descubra el juego para ca(r)garse de culpa y volver al redil. Esta crítica certera desbalancea a la derecha cuando Bertolucci pone en el estadounidense la voz de la razón, y la razón en el centro liberal; el equilibrio frente al despiporre radical de sus primos franceses (revolución estadounidense vs. francesa; o Tocqueville vs. Robespierre; igualdad jurídica vs. equidad social). Una película que refuerza el topicazo de que mayo del 68 fue una revuelta de estudiantes de Nanterre y no un ciclo de luchas sociales cada vez más universales.

David Walsh, en "Director italiano Bernardo Bertolucci, artista de la 'Generación del 1968', encuentra su destino", en World Socialist Web, el 2 de marzo de 2004, escribió:[...] La película es tan horrenda que a veces da vergüenza. Sus fallas no son la de un individuo. Más bien la cinta expresa la decadencia intelectual y moral de toda una generación de artistas ex izquierdistas que no pueden rebasar sus límites y que no tienen nada nuevo que decirle al público de hoy. El argumento de la cinta se basa en una novela de Gilbert Adair y se desarrolla en París, 1968, antes y durante las rebeliones de mayo-junio que culminaron en la huelga general de 10 millones de trabajadores franceses.

Estamos en febrero, 1968. El gobierno francés despide al famoso director de la Cinémathèque Française, Henri Langlois, y estalla una manifestación en contra de dicha acción. Matthew (Michael Pitt), universitario norteamericano y cineasta, se topa con Isabelle (Eva Green) y su hermano mellizo, Theo (Louis Garrel). Ambos también son fanáticos del cine. El entusiasmo de los mellizos es tan intenso que convencen a Matthew de alojarse en el lúgubre apartamento de ellos durante la ausencia de los padres.

Los tres se encierran y se aíslan del mundo. Los hermanos introducen al huésped a varios juegos y ritos. En uno de ellos, la pareja presenta escenas o repite diálogos de películas famosas. Cuando el participante no puede nombrar al actor que pronuncia las palabras, o la película que corresponde, tiene que pagar cierto precio. Por ejemplo, Isabelle castiga a su hermano haciéndolo masturbar frente a una foto de Marlene Dietrich. "Ahora sí que hemos subido el precio", exclama Matthew con gran sabiduría. Llega el turno de Isabelle, pero ésta no puede constestar una de las preguntas. Theo la obliga a tener sexo con Matthew. Se descubre que es virgen.

Y así continúa la trama. Se oyen ecos de "Los niños terribles", de Jacques Cocteau, y de otras cintas similares; la película trata laboriosamente de crear un intenso ambiente sexual. Pero todo resulta tonto y poco plausible. Green y Garrel tratan lo más posible de parecer osados, belicosos y precoces, pero terminan por ser fastidiosos y carecer de naturalidad. El personaje de Pitt no tiene ninguna lógica. Parece un esteta, un dandy, pero esa personalidad era poco común en Estados Unidos durante 1968. Y la verdad es que ni la manera de expresarse, ni su visión del mundo, lo hacen parecer como tal.

Aparentemente, Theo es maoísta sin mucho entusiasmo. Su recámara la adornan objetos relacionados con el maoísmo, inclusive un afiche muy prominente de la película de Jean-Luc Godard, "La chinoise", que trata, con tono burlón, las actividades de una "célula" maoísta en un apartamento de París; idea que un año después ningún maoísta serio apreciaría. Theo le dice a Matthew que la Revolución Cultural es una gran película épica en la que las masas cargan libros, no armas de fuego. Matthew le contesta que esos Guardias Rojos que Theo tanto admira llevan un solo libro, pequeño y rojo, y que todos no son más que extras en una película que se imagina. Esta conversación es breve, pero muestra claramente la artificiosidad y la falsedad (creadas después del acontecimiento de los hechos verídicos) de las que sufre gran parte de la cinta.

Bertolucci de vez en cuando usa la música popular y ciertos recortes de otras películas (dirigidas por directores apropiadamente de moda en aquella época: Samuel Fuller, Josef von Sternberg, Godard, Buster Keaton, Howard Hawks), pero el objetivo de esta decisión no tiene nada de lógica. Este material, puesto que no sirve ninguna función narrativa o crítica, simplemente ha sido incluido para crear la nostalgia o tratar de ganarse al público joven con alusiones a ciertos momentos culturales. De todos modos, como uno de los críticos de la revista Sight & Sound razonablemente expresara, "en «Los soñadores», ser revolucionario en 1968 es más bien asunto de estilo de vida".

La desnudez contribuye muy poco. Las insinuaciones de bisexualidad e incesto y los embarres con fluidos corporales sólo sirven para excitar al público. Se nos ocurre que Bertolucci ("Antes de la revolución", "El conformista", "El último tango en París"), consciente o inconscientemente, ha tratado de crear un escándalo sexual, sobre todo en la manera que usa la belleza juvenil de su actriz principal. Es como si buscara la manera de evitar que su carrera sufra más fracasos. Su esfuerzo termina siendo cínico y repugnante.

La película tiene un sólo momento de calor humano y compasión en medio de todos los alborotos y acontecimientos triviales: una toma, bastante larga por cierto, de los tres jóvenes dormidos inocentemente en una bañera. Es como si la escena fuera una crítica al carácter explotador del resto de la película. [...]


Ficha técnica


Reparto:


Premios:

    2004: Premios del Cine Europeo: 2 nominaciones Premios del público.
    2003: Premios David di Donatello: Nominada Mejor montaje.

Idioma original: Francés.





Secuencias





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General
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Lorena G. Maldonado, en "La falsa revolución de Bertolucci: ‘Soñadores’, un detector de pijos de izquierda", en El Español, el 27 de noviembre de 2018, escribió:

Bertolucci murió marxista: mantuvo siempre vivos los valores de su padre, el poeta Attilio, y los canjeó en su obra cinematográfica, profundamente antifascista. “Basé mucho mi cine en la contradicción entre burguesía y revolución. Sigo tomando en serio la palabra ‘revolucionario’, pero debe manejarse con cuidado en lugar de banalizarla. Lo hacemos con demasiada frecuencia”, explicó en una ocasión. El cineasta tuvo que enfrentarse a sus propias incoherencias ideológicas. Sus ideales chocaban con el mercado. Recuerden cuando su adorado Godard -decepcionado porque Bertolucci se había vendido a una major- le regaló una fotografía de Mao en la que había escrito la frase: "Lucha contra el capitalismo, lucha contra el individualismo".

¿Cómo ser recto y puro en un mundo contaminado por las finanzas, cómo ser antisistema, inevitablemente, dentro del circuito? El italiano volvió a colar ese pálpito -nunca quedó claro si en tono de feroz crítica o de alabanza- en "Soñadores" (2003), donde revisita la revolución de mayo del 68 a partir de un carismático trío de jóvenes que organizan el motín a su manera, es decir, fornicando.

Lo cierto es que su idea de sedición era bastante estéril, puramente simbólica: los hermanos Isabelle y Theo centran su revuelta en invitar a su -lujosa- casa a Matthew, un joven estudiante estadounidense que ha llegado de intercambio a la ciudad. Él asiste, atónito, a la extraña relación que mantienen los dos gemelos, entre la obsesión y el erotismo. Acaba entendiendo que nunca dejaron de ser uno y que él no tiene cabida ahí, a pesar de su estrecho vínculo con Isabelle. Se ríen de él. Le utilizan para explorar su sexualidad, le miran como a un muñequito cargado del morbo del forastero conservador.

    «Matthew: Creí que tenías muchos amantes… cuando te vi en la cinemateca con Theo. Parecías distante, tan sofisticada como una estrella de cine.

    Isabelle: Lo era. Estaba actuando, Matthew.

    Matthew: ¿Cómo empezasteis Theo y tú? ¿Cómo empezó vuestra relación?

    Isabelle: ¿Theo y yo? Fue amor a primera vista.

    Matthew: Pero nunca ha estado dentro de ti.

    Isabelle: Él siempre está dentro de mí.»

Matthew representa en el filme al extranjero perdido, al pobrecito huésped que se deja engatusar por los juegos lúbricos de dos hermanos que buscaban la libertad. Y la buscaban sin urgencia, porque vivían más que cómodamente, porque podían tomarse todo el tiempo del mundo en descubrir sus cuerpos y sus posibilidades, en comentar películas, en reventar de stendhalazos y teorizar sobre si Dios se parecería a Clapton o a Hendrix.

Hasta Eva pudo ser la Venus de Milo en una de las escenas más arrebatadoramente poéticas. Porque tenían el estómago lleno. Porque no se partían la cara por nadie. Sólo a ratos salían a las revueltas populares, como mero aderezo de su vida privada, ansiosa de épica. La película se desarrolla, en gran parte, en interiores; es decir, en el espectro individual, no en el social. Estos amables chicos tenían conciencia colectiva de boquilla.


Revolución estética

A pesar de que la crítica ha considerado este filme una obra menor del cineasta, son muchos los adeptos que se han enganchado a sus imágenes icónicas y las han enarbolado como si de la insurrección definitiva se tratase, cuando no eran más que un hermoso ejercicio estético: ahí Eva Green, Michael Pitt y Louis Garrel corriendo de la mano por los pasillos del Louvre; llenos de espuma en una bañera de patas y reflejados en un espejo de tres piezas; tumbados juntos en la cama o fumando en una cena mientras debatían sobre las grietas políticas del mundo.

“Mis hijos creen que son sus manifestaciones y encierros tendrán la posibilidad no sólo de provocar a la sociedad, sino de transformarla”, gruñía el padre de los jóvenes subversivos. “¿Y qué sugieres? ¿Que deporten a inmigrantes y den palizas a estudiantes y nos quedemos mirando?”, reprendió su hijo, antes de que el progenitor pidiese un poco de lucidez. “O sea, que todos se equivocan menos tú: en Francia, en Italia, en Alemania, en América”, insistió el niño.

“Escúchame, Theo: antes de cambiar el mundo tienes que saber que tú también formas parte de él. No se puede juzgar mirando desde fuera”. El adolescente le reprochó también que no hubiese firmado en contra de la guerra de Vietnam, a lo que el padre respondió que él era poeta, y los poetas no firman peticiones. “Una petición es un poema. Y un poema es una petición”, cerró Theo, en una de las frases más célebres de la película.


Feminismo y liberación sexual

Bertolucci nunca intentó hacer de este filme un testimonio social o político: más bien, según sus palabras, quiso dibujar ese ambiente fresco, curioso y creativo de las revueltas lideradas por jóvenes. Finalmente, el retrato refleja a unos chicos caprichosos de izquierda a los que les cuesta dejar de remover la pelusa de su propio ombligo.

El cineasta mantenía que los jóvenes de hoy ya no conocen el significado de mayo del 68: “Fue sobre todo un fenómeno social que venció a las individualidades de aquel tiempo y que son la carta de naturaleza de nuestros días. No cambió nada en la política de forma inmediata, pero el mundo y sus costumbres han sido capaces de cambiar desde entonces. Se revigorizó la revolución sexual y se lanzó definitiva e irreversiblemente el movimiento del feminismo. El mundo actual sólo se comprende desde las consecuencias de aquellos hechos”, explicó.

Y tal vez en estos dos pilares se sustente la película: en la importancia de la figura femenina de la protagonista y en la verbena sexual que se traían entre ellos. No más. "Soñadores" nunca ha dejado de ser la película favorita de los estetas que no tienen nada que decir. Ni les importa. Bertolucci miró a estos impostores con indulgencia. La izquierda crítica, no.


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