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El orden divino (Petra Biondina Volpe, 2017)

Drama, comedia, suspense; a veces a caballo entre la ficción y la realidad, pero siempre cine para pensar con sentido crítico lo social.
El orden divino
Die göttliche Ordnung
Petra Biondina Volpe (Suiza, 2017) [96 min]

Portada
IMDb
(Wikipedia | Filmaffinity)


Sinopsis:

    [fuente] En 1971, las mujeres todavía no podían votar en Suiza. Nora es una joven ama de casa y madre de dos hijos, vive en un pintoresco pueblo pequeño. Es una persona tranquila que cuenta con la simpatía de todo el pueblo. Cuando su marido le prohíbe aceptar un trabajo a tiempo parcial, la frustración la lleva a convertirse en el paradigma del movimiento sufragista de su ciudad. Su nueva fama conlleva humillación, amenazas y el posible fin de su matrimonio, pero ella se niega a dar marcha atrás y convence a las mujeres del pueblo para ir a la huelga mientras descubre aspectos sorprendentes sobre su propia liberación. Las tranquilas vidas de sus vecinos se verán afectadas por completo.

Lorenzo Sentenac, en "El orden divino", en El Diario.es, el 11 de marzo de 2018, escribió:El "orden divino" es un concepto que une a la idea de jerarquía la pureza de las formas geométricas, de ahí que Dios sea varón y habite en un triángulo. Según este esquema platónico, la mujer siempre será una curva imperfecta, imposible de encerrar en un círculo perfecto, muy distante del polígono hierático y frío con que representamos la divinidad. Esto explica que la serpiente del jardín primigenio, también sinuosa e inasible, tentara a Eva, más curiosa y atrevida ante el misterio del Árbol, que a un Adán empanado por el fútbol.

El "orden divino", según esta forma de ver las cosas, es además de divino imperturbable, y por ello todo cambio supone un riesgo de desorden que niega la mayor: es decir, que ese sea el plan definitivo y que Dios sea su artífice infalible. "Eppur si muove", y sin embargo se mueve. Las esferas celestes, las curvas terrestres, y los conceptos humanos, nada permanece igual y todo cambia. Un orden sucede a otro sin que se pueda negar la realidad del cambio, como ya adivinó Heráclito y confirmó Darwin.

Es la corriente del tiempo, la corriente de la vida, que lejos de ser de una rigidez matemática es de una dulce plasticidad. Y luego está el hecho extraordinario, paradójico si se quiere, de que el varón, como también Dios a su imagen y semejanza, tenga pezones -aunque estériles, eso si- que ya lo descabala todo y rompe toda frontera nítida entre el cielo y la tierra, lo masculino y lo femenino, el Yin y el Yang. Así no hay jerarquía geométrica posible. Una metáfora que el símbolo del Tao expresa mejor con sus curvas abrazadas y zonas compartidas.

A nuestra presunción posmoderna puede sugerirle una sonrisa condescendiente pensar que hubo un tiempo en que los más sabios de los sabios en el orden divino, afirmaban que la mujer no tenía alma y sin embargo los hombres (a pesar de sus pezones atrofiados) sí. Cosas del pasado, podríamos pensar, pero lo cierto es que en 1971 las mujeres de Suiza no podían aún votar, o bien porque no tuvieran alma, sede divina de las ideas, como opinaban los teólogos rancios, o bien porque teniéndola no interesaba que la expresaran, como opinaban (y aún opinan) muchos modernos retrógrados.

El "Orden divino" es también el título de una película sobre mujeres hecha por mujeres, y trata sobre esto, sobre la prohibición existente todavía en 1971 en Suiza (Europa) que impedía que las mujeres de ese país pudieran votar o decidir su propio destino en cuestiones tan importantes como el trabajo, etc., etc., estando por tanto supeditadas a la decisión, quizás interesada, quizás arbitraria, en todo caso ajena, del varón, hecho que puede sorprendernos ahora, que vemos con cierta normalidad que la mujer vote, aunque seguimos viendo, también con cierta normalidad, que ante un mismo trabajo la mujer no reciba un mismo salario.

Argumentaban algunos varones (y mujeres) suizos por aquellas fechas, que si los extranjeros no podían votar en Suiza, las mujeres, como extranjeras y desterradas del orden divino, tampoco debían hacerlo. Lo dicta la Biblia. La heroína de la película, herida en su dignidad más íntima y reacia a compartir la injusticia pactada y consensuada, al principio sola, muy sola, luego poco a poco acompañada por más mujeres (no sin la oposición de otras mujeres, sacerdotisas del orden divino), logra contra corriente y en un medio rural, una victoria de la razón y el derecho contra la geometría inhumana del poder. Eso también es civilización.

Pude ver esta película el día 7, en el cineclub de Toledo (sala Thalía) en la víspera por tanto del 8-M. Todos éramos conscientes de la huelga programada para el día siguiente y en la presentación previa a la proyección se hizo referencia a la cita. Entre el público, hombres y mujeres, o mujeres y hombres. Emociones compartidas, risas cómplices, y al final aplausos. Un día después se manifestaban las mujeres para poner en cuestión, una vez más, el “orden divino” de los hombres. Lo conseguirán.


Ficha técnica


Reparto:


Premios:

    2017: Festival de Tribeca: 3 Premios, incluyendo el del Público (Cine internacional).
    2017: Festival de Gijón: Sección oficial largometrajes a concurso.
    2017: Satellite Awards: Nominada a mejor película de habla no inglesa.

Idioma original: Alemán, inglés, italiano, alemán de Suiza.





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Manuel Ligero, en "Unidas contra ‘El orden divino’", en La Marea, el 25 de junio de 2018, escribió:

Hay determinados temas en los que la democracia debe hacerse a un lado. No hay muchos, pero sí unos pocos. Si, por ejemplo, se convocara un referéndum sobre la esclavitud, el resultado sería moralmente irrelevante. Ni siquiera un 99% de votos a favor podría justificarla. De igual forma, resulta inconcebible plantear un plebiscito en el que los hombres decidan sobre el derecho de las mujeres al voto, y sin embargo eso es lo que ocurrió en Suiza en 1971. No es una errata: 1971. Ayer, como quien dice. Hasta entonces las mujeres no pudieron votar en el país donde todo se decide votando.

El sufragio femenino dependía de los gobiernos cantonales hasta esa fecha, en la que se impuso a nivel federal tras el referéndum, pero hubo algunos territorios especialmente contumaces: habría que esperar hasta 1990 para que el cantón de Appenzell Rodas Interiores (de habla alemana y religión católica) permitiera a las mujeres ejercer el voto en los asuntos locales. Y no lo hizo por voluntad propia, tuvo que ser el Tribunal Federal el que los obligara a terminar con aquel sinsentido. “Es un problema de ética, de pura ética, reconocer a la mujer, ser humano, todos sus derechos”, decía Clara Campoamor en 1931. “Solo aquel que no considera a la mujer ser humano es capaz de afirmar que todos los derechos del hombre y el ciudadano no deben ser los mismos para la mujer que para el hombre”.

La cineasta Petra Volpe narra la emancipación de las mujeres suizas en la película El orden divino y uno de sus aciertos es contar esta gran historia en minúsculas, desde la perspectiva de una ama de casa que un buen día decide que aquello tenía que terminar y se pone a la cabeza de la reivindicación en su pequeño pueblo. Nora (un personaje al que la actriz alemana Marie Leuenberger aporta una luz fascinante) está aburrida de pasar la aspiradora y lavar calcetines. Quiere trabajar fuera de casa, pero ni su marido (con buen fondo pero educado en el patriarcado más estricto) ni su suegro (el gran tirano de la familia) se lo permiten.

Al mismo tiempo, ve cómo su sobrina de 15 años acaba en un reformatorio porque se fuga a Zúrich con su novio en un intento por escapar de un pueblo en el que se asfixia y donde la insultan por haber salido con varios chicos. Ese será el punto de partida para el gran cambio.

Algunos críticos han encontrado un bonito paralelismo entre el personaje de Nora y el de Heidi, ya que Petra Volpe firmó en 2015 el guion de una estimable adaptación del clásico de Johanna Spyri: el mundo de ambas dará un vuelco en sus incursiones en la gran ciudad. Heidi aprenderá a leer en Fráncfort y Nora aprenderá el feminismo en Zúrich, un viaje que empieza para apoyar una manifestación en favor del sufragio universal y que terminará en una charla-taller en la que se enseña a las mujeres a conocer y a amar su vagina.

Esta es precisamente la escena que más críticas ha recibido y lo ha sido por una razón: incomoda a mucha gente. Por eso, solo por eso, resulta fundamental, tanto en la película como en la realidad. Porque de lo que se trata es de forzar el cambio, de zarandear el statu quo y, por qué no, de ofender al patriarcado. “Lo privado es político”, le dice a su auditorio la excéntrica conferenciante, poniendo el dedo en una llaga que sigue abierta en nuestras sociedades: el cuerpo de las mujeres y su propiedad. Nora, en palabras de la propia directora, “es una mujer que despierta y se convierte en un personaje político”.

No es casualidad que Volpe haya elegido para la banda sonora la conmovedora canción de Lesley Gore "You Don’t Own Me" ("No te pertenezco"). La letra dice así: No te pertenezco / no soy uno de tus juguetes / no me digas que no puedo ir con otros chicos / no me digas lo que tengo que hacer / no me digas lo que tengo que decir / y por favor, cuando salgamos / no me exhibas. / Porque no te pertenezco / así que no intentes cambiarme de ninguna forma.

El libro con el que la protagonista del filme toma conciencia política también está escogido con exquisita intención. Se trata de La mística de la feminidad (1963), de Betty Friedan, la mujer que hizo saltar por los aires el mito de la esposa sumisa promocionada por la publicidad americana de los años cincuenta, con sus delantales inmaculados y su tarta de manzana enfriándose en el alfeizar de una casa con jardín. Como ocurre a menudo con las obras maestras, aquel libro comienza con un párrafo rotundo: “Era una inquietud extraña, una sensación de disgusto, una ansiedad que ya se sentía en los Estados Unidos a mediados del siglo actual. Todas las esposas de los barrios residenciales luchaban contra ella. Cuando hacían las camas, iban a la compra, comían emparedados de mantequilla de cacahuete con sus hijos o los llevaban en coche al cine, incluso cuando descansaban por la noche al lado de sus maridos, se hacían, con temor, esta pregunta: ¿Esto es todo?”.

En su película, Volpe refleja muy bien el azoramiento que la rebeldía de las mujeres produce en los hombres. Sigue ocurriendo hoy: la reacción extemporánea de algunos de ellos a las manifestaciones del 8 de marzo así lo demuestran, y es precisamente esa reacción (y no la liberación de las mujeres) la que evidencia la verdadera debilidad de estos hombres.

De igual forma, Volpe retrata con magnífica y perversa precisión a las mujeres que se oponen al feminismo. Entre las filas conservadoras ese tipo de respuesta no es extraña. Cristina Cifuentes, aún presidenta de la Comunidad de Madrid durante la huelga del 8 de marzo, fue muy clara cuando se hizo pública la convocatoria: “Ese día trabajaré aún más. Haré una huelga a la japonesa”. María Dolores de Cospedal, hoy candidata a presidir el Partido Popular, despreció aquel acto reivindicativo asegurando que no tenía “ni relevancia ni trascendencia”. Al día siguiente, la huelga de las mujeres españolas aparecía en las portadas de todos los periódicos del mundo. “El hecho de que las mujeres se pronuncien contra la igualdad con absoluta obediencia y más vehemencia que la mayoría de los hombres es un fenómeno que sigue observándose en la actualidad”, explica la directora de "El orden divino".

En la película presenta a un personaje que es presidenta del llamado Comité de Mujeres por la Antipolitización, que trabaja en contra del voto femenino. “Desde la perspectiva actual, cuesta imaginar por qué multitud de mujeres lucharon en 1971 con tal intensidad contra el voto. A menudo eran mujeres formadas, intelectuales, damas del pueblo, que se habían acomodado y quizá simplemente no querían que sus cocineras también tuvieran voz”.

La diferencia de clase apuntada por Volpe es un argumento plausible para explicar por qué incluso en las corrientes progresistas ha habido voces en contra de conceder el voto a la mujer: Victoria Kent, por ejemplo, consideraba que las españolas no estaban preparadas para ejercer ese derecho en 1931. Su postura en aquel debate fue una cruz con la que tuvo que cargar toda su vida. Conviene que las mujeres que aspiran a ocupar un alto cargo político no lo olviden y empiecen a ponerse al día. Para empezar, podrían ver, por ejemplo, "El orden divino".

Ana Bernal-Triviño, en "¿Cuánto machismo queda en Suiza?", en Público, el 25 de junio de 2018, escribió:A finales de los años 60 se producen revueltas y cambios en varios países del mundo… pero no para la mujer suiza. El orden divino, película ganadora en el Festival de Cine de Tribeca y candidata al Óscar, recupera la vida tranquila y prácticamente aislada de la mujer en el país helvético. En un pequeño pueblo vive Nora, una joven ama de casa y madre de dos hijos. Es el “modelo” patriarcal de buena esposa y madre, y por ello bien considerada por todo el vecindario. El punto de inflexión llega cuando quiere volver a trabajar. Su marido, que debe darle el permiso, se lo niega. Esa frustración la lleva a convertirse en el paradigma del movimiento sufragista de su ciudad. Todo ello sin estar exenta de ser humillada, recibir amenazas y el posible fin de su matrimonio. Su integración en el movimiento feminista la convierte en una mujer nueva que reivindica sus derechos.

¿Cómo fue aquel movimiento y qué queda de aquella etapa? Lo que sucedió tras aquellos días fue inspirador para una joven llamada Cecilia Buhlman que, años después, sería parlamentaria del Partido Verde y encabezaría las principales luchas por la mujer en el país. 47 años después, una madrileña residente en Suiza comprueba que la desigualdad sigue presente. Hablamos con las dos para conocer más sobre la discriminación de la mujer.


Suiza en 1971: "La vida para la mujer era de presión, con un enorme control social"

Cuando Cecilia Buhlman tenía 21 años recuerda la imagen de las feministas en las calles pidiendo el derecho al voto. Pero también la sensación de injusticia que padecían en sus hogares. “La vida para la mujer era de presión, con un control enorme social. Para las mujeres casi todo estaba prohibido, como trabajar, llevar pantalón, salir con falda corta... Era una vida muy limitada en aquel tiempo. Estaba definido muy claro el papel de las mujeres, lo que podían o no hacer”, comenta Buhlman.

Aquel papel era que la mujer no trabajara y se dedicara al hogar y a sus hijos, donde el marido llevaba el dinero. “Así lo vivieron mis padres y si yo decía que no quería vivir así, no era lo normal. Una vez dentro del movimiento feminista comprendí que no era la decisión de las mujeres ni que era yo la única que me negaba, sino que era estructural”.

Confiesa que asumir esa idea fue liberador pero, ¿por qué no las mujeres suizas no consiguen el derecho al voto hasta el año 1971? “Yo creo que en Suiza fue tan tarde por dos razones. Una, porque tenía que ser votado en referéndum por los propios hombres. No era una decisión parlamentaria, como en otros países. Además de votar por cantones. Y, por otro, todos los países de nuestro entorno habían formado parte de la Segunda Guerra Mundial. Países donde muchos hombres murieron y donde las mujeres tuvieron un papel político. Eso no pasó en Suiza. Aquí todo estaba parado. Los hombres siempre estaban en casa, y las mujeres siempre estaban al cuidado”, considera.

También señala la dificultad de llegar a las mujeres y difundir el mensaje feminista en núcleos no urbanos. Recuerda cómo en 1963 Suiza ingresa en el Consejo de Europa, pero no ratifica el Convenio Europeo para la Protección de los Derechos Humanos y de las Libertades Fundamentales (CEDH), porque no había reconocido aún el derecho de voto a las mujeres. Ese era el gran argumento que las feministas llevaban en sus manifestaciones, con las críticas dirigidas al gobierno. Y así se llegó hasta la votación que aprobó el sufragio femenino por un 64%. No fue igual para el cantón de Appenzell-Rodas, que negó el voto a la mujer hasta 1990, ya obligado a reconocer la igualdad de derechos por orden del Tribunal Federal.

Tampoco se lo ponían fácil algunas mujeres. En la película, algunas instruyen a otras en la conciencia de ideas patriarcales como que “la igualdad de sexos es un pecado contra natura” o que la mujer no puede politizarse. Buhlman no protagonizó la lucha del sufragio femenino pero sí la siguiente. No todo se resolvía con el derecho al voto, así que fue precisa una “nueva lucha feminista que duró veinte años después. Yo, con otro pequeño grupo de mujeres, conseguimos entrar en el parlamento y nos unimos para reivindicar nuestros derechos. Pedimos el permiso de aborto en un plazo de seis semanas, la baja de maternidad pagada, que la violación en el matrimonio fuese delito oficial… había mucho por resolver”. Dice, con razón y orgullo, que todo se consiguió con mucha lucha. Que nada fue regalado. Entre ello, combatir el mensaje de grupos políticos de derecha, ante todo.

Buhlman aprendió del feminismo de los años 70 que lo personal es político y es consciente de todo lo que queda por hacer, de que “la verdadera discriminación estaba y sigue estando en casa, cuando la mujer interrumpe la carrera para cuidar de los hijos, cuando tenemos que seguir debatiendo de la brecha salarial, o de que a una mujer del ámbito rural le cueste encontrar una guardería para sus hijos. Las diferencias entre los servicios urbanos y rurales dificultan muchísimo la igualdad”.


Suiza en 2018: "No hay estadísticas de violencia de género. Meten lo peor bajo la alfombra y venden lo mejor que tienen"

Desde su librería Ibercultura, Fátima del Olmo tiene conversaciones con sus clientas y alumnas de clases de español, que dan una idea de cómo piensa la mujer suiza en la actualidad. Esta española se trasladó muy joven al país y se percató del machismo. Escuchándola, parece que poco han cambiado las cosas de puertas para dentro en pleno 2018.

“Recuerdo que una profesora me comentó, en el año 2005, que en un debate en clase sobre la aprobación de la baja de maternidad cubierta por el Estado, las jóvenes estaban en contra. Los argumentos eran que si una mujer quería darse el ‘capricho’ de trabajar y tener hijos porque así lo consideraban, tenía que asumir las consecuencias y no pagarlo el resto de la sociedad. Y que, aunque estudiaban, admitían que cuando tuviesen a su lado a alguien que les permitiese vivir sin trabajar, lo harían”. Recuerda que aquella profesora narró la situación abochornada y con cierta amargura porque “en su juventud fue muy militante por los derechos de la mujer, desde trabajar a tener autonomía emocional”.

Del Olmo señala la gran distancia entre la igualdad de papel y la real. Uno, la baja maternal que antes comentaba, aprobada en 2005 por “los pelos, porque fue rechazada antes por referéndum. Solamente se cubren tres meses y medio de baja con el 80%, no cubre el 100%”. Comenta que la baja compartida ni se menciona y los padres reciben solamente un día libre tras tener un hijo, por ley.

Otro tema son las guarderías y comedores en colegios que “están bajo mínimos”, según Del Olmo. Reconoce cómo el hecho de la guardería es casi imposible si se vive fuera de las ciudades, y también que existen diferencias entre la Suiza alemana, más conservadora; y la francesa, que defiende más los derechos. Explica que en Infantil apenas hay niños escolarizados, porque “socialmente es inaceptable. La conciliación es nula, como la reivindicación tampoco”. Recuerda que en el colegio donde estudia su hija preguntaron a los padres sobre la necesidad de un comedor escolar: “El 70% dijo que no. No se contempla la conciliación porque se supone que la madre está en casa para los hijos. Existe un concepto que es ‘rabenmutter’ o sea, ‘mala madre’, pero nunca he oído ‘mal padre’. Otra palabra es “emanze”, emancipada. Es despectivo para la mujer”. Lo mismo produce la palabra “feminismo”, porque es “casi heroico decir en un sitio en voz alta que eres feminista”, explica.

Esta española apunta a una gran asignatura pendiente en Suiza: el reconocimiento de la violencia machista. “No hay estadísticas, meten lo peor bajo la alfombra y venden lo mejor que tienen. Los datos se mezclan con todos los crímenes a lo largo del año, y no se desglosa por tipos de violencia ni siquiera por género. Hay estudios no oficiales, en este país tan pequeño, y se dice que tiene uno de los índices más altos de violencia machista de Europa pero es muy difícil trabajar el problema sin una información fiable. Se ha intentado hacer un teléfono de denuncia, pero no funciona bien y apenas se publicita”.

Pero junto a ello desvela otro dato preocupante. Del Olmo explica que, a pesar de esa imagen “pacifista” de Suiza, el hombre debe pasar por un servicio militar que dura años. “Son civiles armados, y en esos 15 ó 20 años que dura, llevan las armas a casa. Perdimos un referéndum hace tres años sobre la prohibición de que las armas del Ejército estuvieran en casa, sobre todo para evitar los suicidios, que tiene tasas altísimas aquí. Nadie habló de la violencia machista, mientras hay mujeres que mueren de un tiro en la nuca pagado por las armas del Estado”.

Otro tema es la prostitución, comenta Del Olmo. “En Suiza es legal. Y, al igual que en Alemania, se ha disparado. La idea de la ‘vida laboral’ de las prostitutas es un cuento. Sabemos que no es así. Desde entonces ha aumentado la sexualizacion de la mujer y la objetivización de la mujer”.

Tras este recorrido por los últimos años en Suiza, comenta el menor impacto que ha tenido la campaña del #MeToo. Ella cerró su librería el 8 de marzo pasado, pero la inmensa mayoría no realiza ningún acto ese día. “Sólo recuerdo aquella jornada un artículo durísimo en la prensa, donde una periodista llamaba a las mujeres suizas a espabilar. Por ejemplo, pedía reaccionar contra algo tan básico como reclamar su apellido, y no usar el de su pareja”.

Fátima reconoce que, cuando se quedó embarazada, le inquietaba tener una hija, por la sociedad suiza que estaba descubriendo. Al final, tuvo una niña, a la que educa desde el feminismo más absoluto, y la ha hecho consciente desde pequeña del machismo que existe en cada esquina. “Lo ha aprendido pronto, desde el sexismo en los juguetes hasta los libros infantiles, que aquí es lo peor. De forma literal, hay pasillos de ‘libros para niños’ y ‘libros para niñas’. Ellas de rosa, con cuentos de príncipes, delfines, unicornios y brillantina. Ellos de oscuro, con piratas, astronautas y deportistas”.


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