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BALIBAR, Étienne

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BALIBAR, Étienne

Nota Dom Nov 15, 2009 6:34 pm
Étienne Balibar

Portada
(wikipedia | dialnet)


Introducción

    Nació el 23 de abril de 1942 en Avallon, departamento de l'Yvonne (Francia). Ha sido profesor de la universidad de París X - Nanterre hasta 2002, donde enseñaba política y moral, y actualmente es profesor de francés, inglés y literatura comparada en la Universidad de California (EE.UU.). Es también profesor de su departamento de antropología. Está casado con la física Françoise Balibar y es padre de la actriz Jeanne Balibar.

    En 1960, Étienne Balibar se licenció en la École Normale Supérieure, donde fue alumno de Louis Althusser, con el que coescribió el clásico Para leer El Capital. Ejerció como profesor asistente en la Universidad de Argel (Argelia) entre 1965 y 1967, año en el que regresa a Francia para dar clases primero en el instituto de Savigny sur Orge y luego en la Universidad París I, hasta 1994. En 1981, creó con Dominique Lecourt la colección "Prácticas teóricas" en la editorial Presses universitaires de France, de la que sería su director hasta 2004.

    Es miembro del comité de apoyo del Tribunal Russell para Palestina, cuyos trabajos se iniciaron el 4 de marzo de 2009.

    Es autor de Lire le Capital (con Louis Althusser, Pierre, Macherey, Jacques Rancière, Roger Establet; éditions François Maspero, 1965); Cinq études du matérialisme historique, éd. F. Maspero, 1974; Sur la dictature du prolétariat, éd. F. Maspero, 1976; Spinoza et la politique, P.U.F., 1985; Race, Nation, Classe (con Immanuel Wallerstein) La Découverte, 1988; Écrits pour Althusser, La Découverte, 1991; La Crainte des masses. Politique et philosophie avant et après Marx, Galilée, 1997; Droit de cité. Culture et politique en démocratie, Editions de l'Aube, 1998 réédition augmentée P.U.F, Collection Quadrige, 2002; Sans-papiers : l’archaïsme fatal, La Découverte, 1999; La philosophie de Marx, La Découverte, 2001; Nous, citoyens d’Europe ? Les frontières, l’État, le peuple, La Découverte, 2001; L'Europe, l'Amérique, la Guerre. Réflexions sur la médiation européenne, La Découverte, 2003; Antisémitisme : l'intolérable chantage - Israël-Palestine, une affaire française ? (ouvrage collectif), La Découverte, 2003; Europe, Constitution, Frontière, éditions du Passant, 2005; Très loin et tout près, Bayard Centurion, 2007; Pensées critiques : dix itinéraires de la revue Mouvements : 1998-2008 (ouvrage collectif), La Découverte, 2009.




Ensayo





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Nota Dom Nov 15, 2009 6:34 pm
original en francés: http://www.humanite.fr/node/292398

fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=16012


Entrevista a Étienne Balibar

“Vamos hacia un estatismo sin Estado”



Jérôme-Alexandre Nielsberg

L’Humanité // 23 de mayo de 2005

Traducido para Rebelión por Beatriz Morales Bastos



Pregunta:
En su último libro [1], usted escribe: «Estoy convencido de que la Europa política tiene un sentido y se convertirá en un verdadero “espacio público” concreto para sus ciudadanos a condición sine qua non de ser en la práctica una construcción institucional más democrática». ¿Le parece que el tratado que va a ser sometido a referéndum el día 29 de mayo va en ese sentido?

Étienne Balibar: El carácter más o menos democrático de una construcción institucional no depende únicamente de la letra de sus textos, no es precisamente a los lectores de L'Humanité a quienes voy a enseñar esta regla materialista. En una relación dialéctica también depende de las circunstancias, de las luchas, de las relaciones de fuerza básicas. Una de las razones por las que en la actual construcción europea se observa lo que se ha convenido en llamar un “déficit democrático” se debe precisamente a la división de los movimientos ciudadanos en Europa, que debilita los contra-poderes populares en el momento en que la globalización aumenta formidablemente la influencia política de los representantes del capitalismo. Nos encontramos, por lo tanto, en un momento decisivo. El proyecto de constitución comporta unos avances, en el ámbito de la extensión del control parlamentario y en el de la carta de los derechos fundamentales, pero son o bien muy tímidos o ambiguos o se pagan por medio de regresiones. Si se quisiera hacer trabajo constitucional para el futuro, esto es, hacer emerger verdaderamente un nuevo conjunto político, la norma debería haber sido progresar en relación al maximum democrático alcanzado en el marco nacional. Ahora bien, los “derechos fundamentales” enumerados aquí tienen un débil alcance normativo, poco vinculante, marcan una regresión en el plano social, ignoran aspectos fundamentales del problema de las libertades -en particular en el campo de la comunicación. Igualmente, la constitucionalización de la independencia absoluta del Banco Central, dotado de estatus que lo somete al dogma monetarista (en un momento en el que van a abandonarlo las demás grandes potencias financieras...), constituye una grave limitación de la soberanía popular. Finalmente la división de los poderes entre la escala comunitaria y la escala nacional -además de sus efectos paralizantes sobre la decisión- sigue asegurando un casi monopolio representativo a la clase tecnocrática que va y viene entre una y otra. Así pues, estamos muy lejos de un edificio “más democrático”. Lo que significa que hay mucho que hacer en el futuro para remediarlo, a condición para ello de encontrar en Europa una fuerza mayoritaria.

Pregunta: Una de las tesis que usted defiende desde hace varios años en el marco del devenir europeo es la necesidad de renunciar al proyecto de una “Europa-potencia” en beneficio de una “política de paz” que se podría calificar de positiva...

Étienne Balibar: Evidentemente es necesario que se refuerce la influencia de Europa en los asuntos mundiales y que, en este sentido, se vuelva más “poderosa”, es decir, más independiente al tiempo que más activa. A la expresión “Europa-potencia” objeto dos razones estrechamente relacionadas entre sí: privilegia implícitamente el factor económico-militar cuyo objetivo es o bien hacer de Europa un neo-imperialismo capaz de “rivalizar” con las otras dos potencias cuya competencia se está agudizando, o simplemente, administrar su parte de las “responsabilidades” post-coloniales (como hace hoy Francia en África); tiene graves consecuencias en materia de fronteras y de ideología. Está relacionada con una concepción arcaica de la identidad europea, centrada en herencias exclusivas, en un momento en el que habría que entrar con audacia y ambición en la era de las reciprocidades, de las traducciones, del multiculturalismo. En resumen, antes que trabajar en el advenimiento del mundo tripolar de Orwell, habría que trabajar en el reequilibrio de las relaciones económicas y culturales con el sur, y en la redistribución de los poderes en las instituciones internacionales (la ONU, la OMC, etc) cuyo resultado sería una modificación de las relaciones de poder en el mundo. Europa tiene aquí un papel fundamental que desempeñar, quizá único.

Pregunta: Toni Negri invita a votar “sí” al tratado constitucional porque permitiría acabar con el Estado-nación, que él denomina “la forma de organización de las elites capitalistas”. ¿Qué piensa usted?

Étienne Balibar: Toni Negri, que tiene tras de sí una larga tradición internacionalista y que ha proporcionado a los movimientos sociales unos instrumentos de reflexión evidentemente discutibles aunque extremadamente estimulantes, tiene derecho a llamar a votar “sí”. No es el único que lo hace en la izquierda o en la “izquierda de la izquierda”. También es el caso de Monique Chemillier-Gendreau, cuya acción a favor de un nuevo orden democrático es ejemplar. Estas posturas tienen el mérito de señalarnos un problema, hacia el cual yo soy extremadamente sensible: el riesgo de que un “no”, especialmente francés, parezca la expresión de una reacción nacionalista y soberanista a la unificación europea, aún cuando se declare lo contrario. Una vez dicho esto, creo que se equivoca creyendo o permitiendo creer que la construcción actual represente menos que el Estado-nación “la forma de organización de las élites capitalistas”. La organización política del capital es a la vez nacional y transnacional, igual que lo es la organización de las resistencias. Podemos preguntarnos incluso si lo propio de la Europa actual, que yo he caracterizado en mi libro como un “súper Estado débil”, no es prefigurar las formas de un “estatismo sin Estado” (en particular sin “comunidad de los ciudadanos”) a las que tiende el capitalismo globalizado. Una vez más, lo esencial depende de una relación de fuerzas, pero las instituciones no son neutras.





Notas al pie de página

    1. Europe, constitution, frontière, Étienne Balibar, Éditions du Passant, mayo 2005, 164 páginas.

Nota Dom Jul 04, 2010 4:19 pm
fuente: http://blogs.publico.es/fueradelugar/147/"frente-a-los-nacionalismos-reactivos-nos-hace-falta-un-populismo-europeo"


Entrevista con Étienne Balibar

"Frente a los nacionalismos reactivos, nos hace falta un populismo europeo"



Amador Fernández-Savater

Público // 3 de julio de 2010



    Versión completa de la entrevista con Etienne Balibar aparecida el 3 de julio de 2010 en Público. Jordi Carmona me señaló las tesis que Balibar puso a circular el pasado 21 de mayo sobre la situación europea tras la crisis financiera griega. Tomás González me echó de nuevo una mano con la traducción.


Imagen



Etienne Balibar es filósofo. Referencia de la filosofía marxista europea durante años, actualmente es profesor de la Universidad de París X. Junto a Immanuel Wallerstein, escribió el clásico Raza, nación, clase. Durante los últimos años ha investigado en torno al desafío de una ciudadanía europea. Su reciente “llamamiento” a pensar cómo reinventar Europa desde abajo ha encontrado eco en medios intelectuales y activistas.

Se diría que la crisis es como una tormenta de granizo: por arriba se gestionan los efectos inevitables, por abajo sólo cabe agachar la cabeza y esperar a que pase. La verdadera política queda así neutralizada. Por tanto, reimaginar la crisis es el primer paso para poder intervenir políticamente en ella.


Dice usted que la crisis no ha hecho más que empezar.

La crisis financiera griega sólo es el comienzo. Un episodio nuevo y muy importante de la crisis global que se abrió hace dos años con el estallido de la burbuja inmobiliaria americana. La especulación apunta ahora a las monedas y a las deudas públicas. El euro constituye actualmente el eslabón débil de la cadena, y con él Europa. La crisis no se detendrá con las medidas de rigor presupuestario y de austeridad que se han impuesto en primer lugar a Grecia y luego ya veremos. Está llamada a desarrollarse, afectando muy profundamente a las relaciones entre Estados, las naciones y los pueblos europeos. Las consecuencias serán devastadoras.


¿Por qué le parece tan significativa la crisis griega?

Porque revela que en el actual “rescate” de la moneda común, no hay realmente ningún término medio posible entre las dos lógicas que se oponen a propósito de la “regulación” de los mercados financieros. O bien es la potencia pública la que impone reglas de prudencia y de transparencia a las operaciones especulativas. O bien es la exigencia ilimitada de los capitales líquidos, apoyándose en las especulaciones más rentables a corto plazo, la que obliga a una desregulación cada vez más completa. No pueden ser las dos cosas a la vez. La crisis ilumina a plena luz ésta y otras verdades que el discurso dominante se esfuerza en disimular.


¿Por ejemplo?

Me refiero a que hoy en día el conjunto de la economía es política y, al mismo tiempo, el conjunto de la política es económica. Los grandes bancos y los principales fondos especulativos se han convertido en actores políticos, en el sentido de que dictan a toda una serie de Estados, e incluso a los bancos centrales, las condiciones de su política económica y monetaria. Esta situación tiene consecuencias capitales sobre la capacidad de los cuerpos políticos tradicionales (pueblos o naciones de ciudadanos) para determinar su propio desarrollo. Quizá sólo el caso de China es distinto, ni siquiera EEUU. Pero no es la única lección que podemos aprender de la actual articulación capitalista entre el Estado y el mercado.


¿A qué se refiere?

Hay una correlación fundamental, a largo plazo, entre la manera en que se distribuyen las desigualdades sociales entre los “territorios” nacionales o en el interior de esos territorios, y las políticas puestas en marcha para incrementar su competitividad desde el punto de vista de la atracción de los capitales internacionales (por la presión sobre los niveles de los salarios o por la bajada de las retenciones fiscales que amenazan inevitablemente las políticas y las protecciones sociales). En esta perspectiva, los Estados podrían recuperar una parte al menos de su capacidad para determinar políticamente las condiciones económicas de la política: por ejemplo, optando por la defensa de un modelo de seguridad social. Pero esto no tiene lugar más que entre límites muy estrechos: por un lado, el que proviene de que, en la economía globalizada, un modelo de desarrollo económico y social sostenido por el Estado no puede ser escogido a voluntad, por una pura decisión independiente de lo que hacen los otros; y el otro límite proviene de que las “elecciones” políticas en materia de desigualdades sociales (y en el límite de exclusión o inclusión de poblaciones enteras) son más o menos soportados pacientemente por los ciudadanos, es decir que se encuentran expuestas a los que antes se llamaba la lucha de clases.


¿Y qué es lo que ocurre en la Unión Europea?

Bajo pretexto de una armonización relativa de las instituciones y de una garantía de ciertos derechos fundamentales, la construcción europea ha favorecido la divergencia entre las economías nacionales que teóricamente debía unir en el seno de una zona de prosperidad compartida: unas dominan a las otras, ya sea en términos de porciones de mercado o de concentración bancaria, ya sea porque unas transforman a otras en sub-contratistas. Más que un mecanismo de solidaridad y de defensa colectiva de sus poblaciones, Europa es hoy un marco jurídico para intensificar la competencia entre sus miembros y ciudadanos.


Se están empezando a producir protestas, comenzando por Grecia.

La cólera griega tiene buenas razones. Primero, la imposición de la austeridad ha venido acompañada por una estigmatización delirante del pueblo griego, señalado como culpable de la corrupción y las mentiras de la clase política (que ha beneficiado sobre todo a los mas ricos, particularmente bajo formas de evasión fiscal). Segundo, se ha decidido al margen de cualquier debate democrático, revocando todos los compromisos electorales del gobierno. Tercero, se ha visto que Europa aplica, en su propio seno, no tanto procedimientos de solidaridad, como las reglas leoninas del FMI, cuyo objetivo es proteger el crédito de los bancos por encima de todo lo demás, hundiendo al país en una recesión sin final previsible.


¿Es el fin del sueño europeo?

No tengamos miedo de responder: sí, inevitablemente, a mayor o menos plazo y no sin algunas violentas sacudidas, a no ser que consiga reinventarse sobre nuevas bases. Su refundación no garantiza nada, pero le da algunas oportunidades de ejercer una fuerza geopolítica, en su beneficio y en el de los demás, a condición de asumir los inmensos desafíos de una federalismo de nuevo tipo. Este desafío tiene un nombre: potencia pública comunitaria, es decir, algo distinto tanto de un Estado como de una simple “gobernanza” de políticos y expertos; igualdad entre las naciones (frente a la competencia) y renovación de la democracia en el espacio europeo (frente a la “des-democratización actual, favorecida por el neoliberalismo y el “estatismo sin estado” de las administraciones europeas, colonizadas por castas burocráticas). Frente a los nacionalismos reactivos, ahora nos hace falta algo así como un “populismo europeo”.


¿En qué piensa, a qué se parecería ese populismo europeo?

A un movimiento convergente de las masas o una insurrección pacífica donde se exprese la ira de las víctimas de la crisis contra quienes se aprovechan de ella (e incluso la mantienen) y que a la vez exija un control “desde abajo” de las relaciones entre las finanzas, los mercados y la política de los Estados.

Hace mucho tiempo que se tendría que haber admitido esta evidencia: no se avanzará hacia el federalismo que se nos reclama ahora, y que efectivamente es deseable, sin un avance de la democracia más allá de sus formas actuales. Especialmente una intensificación de la intervención popular en las instituciones supranacionales. En cierta forma, es asunto de los pueblos de las naciones europeas, componentes de un “pueblo europeo” virtual, el devolver la vida a la democracia, sin la cual no hay ni gobierno legítimo, ni instituciones duraderas. En primer lugar, expresando vigorosamente su rechazo de las políticas fundadas sobre la perpetuación de los privilegios, e incluso su reforzamiento con ocasión de la crisis. Es lo que yo quiero decir cuando hablo de la necesidad de un “populismo europeo”.


Pero el populismo actual tiene poco que ver con esto, ¿no?

Sí, ahora es un nacionalismo (o regionalismo) agresivamente xenófobo, dirigido no sólo contra los inmigrantes venidos de fuera de Europa, sino también contra los otros europeos. Pero a esos populismos reaccionarios más o menos interconectados, que traducen la desmoralización de las clases populares y de las clases medias, la ausencia de perspectivas post-nacionales para hacer frente a la globalización y la regresión de los movimientos sociales, es totalmente ilusorio oponerles un simple himno moral a las virtudes del Estado de derecho y del liberalismo, porque estos sólo recubren en la práctica la perpetuación de las desigualdades y el dominio aplastante de los intereses de la propiedad y las finanzas.


¿Y entonces?

Hace falta una re-movilización popular cuyo motor no puede ser, al comienzo, más que una protesta. Estas iniciativas comportan ciertamente un riesgo, por eso hay que asociarlas a un compromiso democrático intransigente, a un imaginario “post-nacional” y a una construcción positiva.


Habla usted de una bancarrota de la izquierda.

Sí, la izquierda está en estado de bancarrota política. Ha perdido toda capacidad de representación de las luchas sociales o de organización de movimientos de emancipación. En general, está alineada con los dogmas y los razonamientos del neoliberalismo. Y en consecuencia se ha desintegrado ideológicamente. Los que la encarnan nominalmente sólo son espectadores y, a falta de audiencia popular, ejercen meramente de comentaristas impotentes de una crisis a la que no proponen ninguna respuesta colectiva: nada tras el choque financiero de 2008, nada tras la aplicación a Grecia de las recetas del FMI, nada para “salvar al euro” de otra forma que sobre las espaldas de los trabajadores, nada para relanzar el debate sobre la posibilidad y los objetivos de una Europa solidaria.


¿Cuál es la dificultad para reinventar un proyecto de emancipación?

Las cosas son menos simples y más inciertas de lo que quisieran los esquemas binarios, profundamente anclados en el imaginario de izquierdas. Es extremadamente dudoso que las fuerzas o los campos en las que se libra hoy la batalla política puedan ser definidos como “clases”, o incluso como antítesis entre un imperium capitalista y una “multitud” (o una masa popular) que sería su víctima y que, por ello, no espera más que una propuesta ideológica o un programa de organización para revolverse y abatir la potencia del dinero. Porque la multitud o la masa está implicada en el funcionamiento del capitalismo financiero desde el punto de vista de sus actividades (su empleo precario o estable, sus condiciones de trabajo…), de sus intereses materiales y de su supervivencia. Nada más falso que presentar un capitalismo financiero como un capitalismo parásito o “rentista”. Lo que la crisis de las subprimes ha puesto en evidencia es justo el hecho de que las condiciones de vida más elementales -en primer lugar, la vivienda- de toda la población, sobre todo la más pobre, depende inmediatamente de la generalización de las facilidades de crédito y de su capitalización por los bancos. No hay exterioridad alguna entre los intereses del capital y los de la población.


¿Hace eso imposible entonces el antagonismo?

No, eso significa simplemente que el combate no es entre dos grupos prexistentes (grandes y pequeños, explotadores y explotados, detentadores y víctimas del poder), sino que los antagonismos, las contradicciones y los conflictos atraviesan los modos de vida, los modelos de actividad y de consumo, los intereses y las formas de conciencia de los grupos sociales.

Re: BALIBAR, Étienne

Nota Jue Dic 08, 2011 8:16 pm
original en francés: http://blogs.mediapart.fr/blog/etienne- ... ise-et-fin

fuente: http://rebelion.org/noticia.php?id=106700

Traducido para Rebelión por Caty R.



Europa, ¿crisis y fin?



Étienne Balibar

Mediapart // 24 de mayo de 2010




Para reflexión y debate, ofrezco aquí algunas tesis sobre la situación europea inspiradas por los acontecimientos del mes pasado -hasta el 21 de mayo de 2010.


1. La crisis no ha hecho más que empezar

En pocas semanas hemos visto la revelación de la deuda griega que el Gobierno había ocultado con la ayuda de Goldman Sachs, el anuncio del Gobierno de Papandreu de la posibilidad de un fallo en el pago de los nuevos intereses sobre su deuda, brutalmente multiplicados, la imposición a Grecia de un plan de austeridad salvaje en contrapartida del préstamo europeo; después la «rebaja de la calificación» de España y Portugal, la amenaza del estallido del euro, la creación del fondo de ayuda europeo de 750.000 millones de dólares (a petición, especialmente, de Estados Unidos), la decisión del Banco Central Europeo (contraria a sus estatutos) de rescatar las deudas soberanas, y la adopción de políticas rigurosas en una decena de países. Esto no es más que el principio, ya que estos nuevos episodios de una crisis que se abrió hace dos años por el hundimiento del crédito inmobiliario estadounidense, anuncian otros. Se demuestra que el riesgo de crac persiste, e incluso aumenta, alimentado por la existencia de una enorme masa de bonos «basura» acumulada durante el decenio anterior por el consumo a crédito, la titulización de los seguros y la conversión de los credit default swaps en productos financieros objetos de especulación a corto plazo. La «mona» [1] de los créditos dudosos sigue circulando y los Estados corren tras ella. La especulación se dirige ahora a las monedas y a las deudas públicas. Pero el euro constituye actualmente el eslabón débil de la cadena, y con él Europa. Las consecuencias serán devastadoras.


2. Los griegos tienen razón para rebelarse

El primer efecto de la crisis y del «remedio» que se ha aplicado es la cólera de la población griega. ¿Ésta tiene razón al rechazar sus «responsabilidades»? ¿Tiene razón cuando denuncia un «castigo colectivo»? Independientemente las provocaciones criminales que la han empañado, esa cólera está justificada al menos por tres razones: la imposición de la austeridad viene acompañada de una estigmatización delirante del pueblo griego, considerado culpable de la corrupción y las mentiras de su clase política la cual (como en otras partes) beneficia ampliamente a los más ricos (en especial en forma de evasión fiscal). Ha pasado otra vez (¡Una vez más!) por la revocación de los compromisos electorales del Gobierno al margen de cualquier debate democrático. Finalmente ha visto que Europa aplica, en su propio seno, no los procedimientos solidarios, sino las reglas leoninas del FMI cuyo objetivo es proteger los créditos de los bancos pero anuncia una recesión en el país sin un final previsible. Los economistas se ponen de acuerdo en pronosticar, sobre esas bases, un «fallo» seguro del tesoro griego, el contagio de la crisis y una explosión de la tasa de desempleo, sobre todo si se aplican las mismas reglas a los demás países virtualmente en quiebra según las «calificaciones» del mercado, como reclaman escandalosamente los partidarios de «la ortodoxia».


3. La política que no dice su nombre

En el «salvamento» de la moneda común del que los griegos han sido las primeras víctimas (pero no serán las últimas), las modalidades que prevalecen hasta hoy (impuestas especialmente por Alemania) ponen «en primer lugar» la generalización del rigor presupuestario (inscrito en los tratados, pero nunca realmente aplicado) y «secundariamente» la necesidad de una regulación –muy moderada- de la especulación y la libertad de los hedge funds (que ya se evocó tras la crisis de las subprimes y las bancarrotas bancarias de 2008). Los economistas neokeynesianos añaden a esas exigencias la de un avance hacia el «gobierno económico» europeo (especialmente la unificación de las políticas fiscales) e incluso planes de inversión elaborados en común, sin los cuales el mantenimiento de una moneda única será imposible.

Éstas son, obviamente, propuestas íntegramente políticas (no técnicas). Se inscriben en las alternativas a debatir por los ciudadanos, ya que sus consecuencias serán irreversibles para la colectividad. Pero el debate está sesgado por la ocultación de tres datos esenciales:

- La defensa de una moneda y su utilización coyuntural (apoyo, devaluación) conllevan bien un sometimiento de las políticas económicas y sociales a la omnipotencia de los mercados financieros (con sus «calificaciones» autorrealizadoras y sus «veredictos» presuntamente inapelables), o bien un aumento de la capacidad de los Estados (y más generalmente del poder público) para limitar su inestabilidad y privilegiar los intereses a largo plazo sobre los beneficios especulativos. Una cosa u otra.

- Con el pretexto de una relativa armonización de las instituciones y de una garantía de algunos derechos fundamentales, la construcción europea en su forma actual, con las fuerzas que la dirigen, no ha dejado de favorecer la divergencia de las economías nacionales que teóricamente debía acercar en una zona de prosperidad compartida: unos dominan a otros, bien en cuanto a las partes del mercado, bien en términos de concentración bancaria, o convirtiéndolos en subcontratistas. Los intereses de las naciones, cuando no los de las poblaciones, se vuelven contradictorios.

- El tercer pilar de una política keynesiana generadora de confianza, además de la moneda y la fiscalidad, a saber, la política social, la búsqueda del pleno empleo y la extensión de la demanda por el consumo popular, se pasa sistemáticamente en silencio, incluso por los reformadores. Sin duda a propósito.


4. ¿A qué tiende la globalización?

Después de todo, ¿para qué reflexionar y debatir sobre el futuro de Europa o de su moneda (de la que varios países han tomado distancia: Gran Bretaña, Polonia, Suecia), si no tenemos en cuenta las auténticas tendencias de la globalización? La crisis financiera, aunque su gestión política permanece fuera del alcance de las poblaciones y los Gobiernos a los que concierne, les va a aportar una tremenda aceleración. ¿De qué se trata? En primer lugar del paso de una forma de competencia a otra: los capitalismos productivos de los territorios nacionales en los que cada uno, a golpe de exenciones fiscales y abaratamiento del valor del trabajo, intenta atraer más capitales flotantes que su vecino. Es obvio que el futuro político, social y cultural de Europa, y de cada país en particular, depende de la cuestión de saber si Europa constituye un mecanismo de solidaridad y de defensa colectiva de sus poblaciones contra el «riesgo sistémico» o bien, por el contrario (con el apoyo de ciertos Estados momentáneamente dominantes y de sus opiniones públicas), un marco jurídico para intensificar la competencia entre sus miembros y entre sus ciudadanos. Pero se trata también, más generalmente, de la forma en que la globalización está modificando la división del trabajo y la repartición de los empleos en el mundo: en esta reestructuración que invierte el Norte y el Sur, el Oeste y el Este, un nuevo incremento de las desigualdades y las exclusiones en Europa, la reducción de las clases medias, la disminución de los empleos cualificados y de las actividades productivas «desprotegidas», la de los derechos sociales, así como la de las industrias culturales y la de los servicios públicos universales ya están, por así decirlo, programadas. Las resistencias a la integración política con el pretexto de defensa de la soberanía nacional sólo pueden agravar las consecuencias para la mayoría de las naciones y precipitar el regreso (ya muy avanzado) de los antagonismos raciales que Europa pretendía haber superado definitivamente. Pero, a la inversa, está claro que no habrá integración europea «desde arriba» por un mandato burocrático sin un progreso democrático en cada país y en todo el continente.


5. Nacionalismo, populismo, democracia: ¿Dónde está el peligro?, ¿Dónde el recurso?

¿Se trata, pues, del fin de la Unión Europea, esta construcción cuya historia comenzó hace 50 años sobre la base de una vieja utopía y cuyas promesas no se han cumplido? No tengamos miedo de confesarlo: sí, inevitablemente, antes o después y no sin algunas violentas sacudidas previsibles, Europa morirá como proyecto político a menos que consiga refundarse sobre nuevas bases. Su estallido entregaría, todavía más, a los pueblos que la componen en la actualidad a los riesgos de la globalización, como despojos que lleva la corriente. Su refundación no garantiza nada, pero le da algunas oportunidades de ejercer una fuerza geopolítica, en su beneficio y en el de los demás, a condición de atreverse a afrontar los enormes retos de un federalismo de nuevo tipo. Dichos retos tienen nombres: «poder público comunitario» (diferente al mismo tiempo de un Estado y de un simple «gobierno» de políticos y expertos), «igualdad entre las naciones» (al contrario de los nacionalismos reactivos, tanto los de los fuertes como los de los débiles) y «renovación de la democracia» en el espacio europeo (en contra de la «desdemocratización» actual favorecida por el neoliberalismo y por el «estatismo sin Estado» de los gobiernos europeos colonizados por la casta burocrática que está también, en gran medida, en el origen de la corrupción pública).

Hace mucho tiempo que se tendría que haber admitido esta evidencia: no se avanzará hacia el federalismo que se nos reclama ahora y que efectivamente es deseable sin un avance de la democracia más allá de sus formas actuales, y especialmente una intensificación de la intervención popular en las instituciones supranacionales. Es decir, ¿que para revertir el curso de la historia, sacudir los vicios de una construcción sin resuello, hace falta ahora algo como un «populismo europeo», un movimiento convergente de las masas o una insurrección pacífica donde se expresen a la vez la ira de las víctimas de la crisis contra quienes se aprovechan de ella (e incluso la mantienen) y la exigencia de un control «desde abajo» de las transacciones entre las finanzas, los mercados y la política de los Estados? Sí, sin duda, porque no hay otro nombre para la politización del pueblo, pero a condición –si queremos conjurar otras catástrofes- de que se instituyan rigurosos controles constitucionales y de que renazcan las fuerzas políticas a escala europea que hagan prevalecer dentro de ese populismo «postnacional» una cultura, un imaginario e ideales democráticos firmes. Existe un riesgo, pero es menor que el de dejar vía libre a los diversos nacionalismos.


6. ¿La Izquierda en Europa? ¿Qué «izquierda»?

Esas fuerzas constituyen lo que tradicionalmente, en este continente, se llama La Izquierda. Pero también ésta se halla en estado de bancarrota política: nacional e internacionalmente. En el espacio que cuenta ahora, atravesando las fronteras, la izquierda ha perdido cualquier capacidad de representación de las luchas sociales o de organización de movimientos de emancipación; en general la izquierda está alineada con los dogmas y los razonamientos del neoliberalismo. En consecuencia se ha desintegrado ideológicamente. Los que la encarnan, de nombre, sólo son espectadores y, faltos de audiencia popular, comentaristas impotentes de una crisis a la que no proponen ninguna respuesta propia colectiva: nada tras el choque financiero de 2008, nada tras la aplicación a Grecia de las recetas del FMI (que sin embargo se denunciaron vigorosamente en otros lugares y en otros tiempos), nada para «salvar al euro» de otra forma que sobre las espaldas de los trabajadores y de los consumidores, nada para realanzar el debate sobre la posibilidad y los objetivos de una Europa solidaria…

¿Qué ocurrirá, en estas condiciones, cuando entremos en las nuevas fases de la crisis que todavía tienen que llegar? ¿Cuando las políticas nacionales cada vez más centradas en la seguridad se vacíen de su contenido (o de su excusa) social? Movimientos de protesta, sin duda, pero aislados, eventualmente desviados hacia la violencia o recuperados por la xenofobia y el racismo, ya galopantes, que finalmente producen más impotencia y más desesperación. Y sin embargo la derecha capitalista y nacionalista, si no permanece inactiva, potencialmente está dividida entre estrategias contradictorias: lo hemos visto a propósito de los déficits públicos y de los planes de reactivación, y lo veremos todavía más cuando esté en juego la existencia de las instituciones europeas (como lo anuncia quizá la evolución británica). Entonces habrá una oportunidad que hay que aprovechar, un resquicio. Esbozar y debatir lo que podría ser -lo que debería ser- una política anticrisis a escala europea, definida democráticamente, que camine sobre sus dos piernas (el gobierno económico y la política social), capaz de eliminar la corrupción y de reducir las desigualdades que la mantienen, de reestructurar las deudas y de promover los objetivos comunes que justifiquen los intercambios entre naciones solidarias entre sí. Ésta es, en cualquier caso, la función de los intelectuales progresistas europeos, se declaren revolucionarios o reformistas. Y no tienen excusas para zafarse.





Nota de la traductora:

    [1] Juego de cartas en el que se reparte un número impar de naipes con los que hay que formar parejas. Quien se queda al final con la carta impar pierde el juego.

Re: BALIBAR, Étienne

Nota Vie Dic 09, 2011 12:54 am
fuente: http://www.presseurop.eu/es/content/art ... sde-arriba

original en francés: http://www.liberation.fr/economie/01012 ... ar-en-haut



Unión Europea

Una revolución desde arriba



Étienne Balibar

Libération // 23 noviembre 2011






¿Qué ha ocurrido entonces en Europa entre la caída de los Gobiernos griego e italiano y el desastre de la izquierda española en las elecciones de este domingo? ¿Una peripecia en la historia de los reajustes políticos que se esfuerzan por correr detrás de la crisis financiera? ¿O se ha superado un umbral en el propio desarrollo de la crisis, que produce que lo que sucede en las instituciones y en su modo de legitimación sea irreversible? A pesar de las incógnitas, es necesario arriesgarse y hacer balance de la situación.

Las peripecias electorales (como la que quizás se produzca en Francia en seis meses) no merecen grandes comentarios. Hemos comprendido que los electores culpan a los Gobiernos de la creciente inseguridad en la que vive actualmente la mayoría de los ciudadanos de nuestros países y no se hacen demasiadas ilusiones sobre sus sucesores (aunque habría que puntualizar que, después de Berlusconi, es comprensible que Monti, de momento, bata todos los récords de popularidad).

La cuestión más seria es la relativa al momento crucial de las instituciones. La conjunción tanto de la fluctuación de la presión de los mercados, que hacen subir y bajar los tipos de los préstamos, como de la afirmación de un "directorio" franco-alemán dentro de la UE y de una entronización de los "técnicos" relacionados con las finanzas internacionales, aconsejados o supervisados por el FMI, únicamente puede generar debates, emociones, inquietudes y justificaciones.


La revolución está en marcha

Uno de los temas más recurrentes es el de la "dictadura de los comisarios" que interrumpe la democracia con el fin de recrear la posibilidad de que ésta vuelva a surgir, una noción definida por Bodino en los inicios del Estado moderno y más tarde teorizada por Carl Schmitt. Los "comisarios" hoy no pueden ser militares ni juristas, sino que deben ser economistas. Es lo que escribe el editorialista de Le Figaro el 15 de noviembre: "El perímetro y la duración del mandato [de Monti y Papademos] deben ser lo bastante amplios para permitir que sean eficaces. Pero en ambos casos deben limitarse para garantizar, en las mejores condiciones, el retorno a la legitimidad democrática. Ni que decir tiene que Europa únicamente se construye con el apoyo de los pueblos".

Sin embargo, antes que esta referencia, prefiero otra: la de una "revolución desde arriba" que, con el látigo de la necesidad (el hundimiento anunciado de la moneda única), intentarían llevar a cabo los dirigentes de las naciones dominantes y la "tecnoestructura" de Bruselas y Fráncfort. Sabemos que esta noción, inventada por Bismarck, designa un cambio de estructura de la "constitución material" y por lo tanto de los equilibrios de poder entre la sociedad y el Estado, la economía y la política, como resultado de una "estrategia preventiva" por parte de las clases dirigentes.

¿No es lo que está sucediendo con la neutralización de la democracia parlamentaria, la institucionalización de los controles presupuestarios y la fiscalidad por parte de la UE, así como con la sacralización de los intereses bancarios en nombre de la ortodoxia neoliberal? Sin duda, estas transformaciones se encuentran latentes desde hace mucho tiempo, pero nunca se habían reivindicado como una nueva configuración del poder político. Por lo tanto, Wolfgang Schäuble no se ha equivocado al presentar como una "auténtica revolución" la elección del presidente del Consejo Europeo por sufragio universal, lo que conferiría al nuevo edificio un halo democrático. Salvo que la revolución ya está en marcha, o al menos se esboza.


El fin de Europa como proyecto colectivo

Aún así, no podemos ocultar que el éxito de esta tentativa no está en absoluto garantizado. En su camino se presentan tres obstáculos que pueden conjugar sus efectos para desembocar en una crisis agravada y por lo tanto en el "fin" de Europa como proyecto colectivo. El primero se debe a que, por definición, ninguna configuración institucional puede tranquilizar a los mercados, nombre en clave de la especulación, ya que ésta se alimenta a la vez de los riesgos de quiebra y de las posibilidades de ganancias que ofrecen a corto plazo. Es el principio de la proliferación de los "productos" derivados y del diferencial sobre los tipos de los préstamos. Las instituciones de inversión que alimentan las operaciones bancarias en la sombra necesitan llevar los presupuestos nacionales al borde de la ruina, mientras que los bancos necesitan contar con los Estados (y los contribuyentes) en caso de crisis de liquidez. Pero tanto unos como otros constituyen un circuito financiero único. Mientras no se vuelva a cuestionar la "economía de la deuda", que rige las sociedades de arriba hacia abajo, no será viable ninguna "solución". Pero la "gobernanza" actual lo excluye a priori, aunque para ello sacrifique cualquier crecimiento durante un tiempo indeterminado.

El segundo obstáculo es la intensificación de las contradicciones intraeuropeas. No sólo se inscribe en los hechos "la Europa de dos velocidades", sino que se convertirá en una Europa de tres o cuatro velocidades y a cada instante surgirá la amenaza del estallido. De los países que no forman parte de la eurozona, algunos (los subcontratistas de la industria alemana en el este) buscarán una mayor integración, mientras que otros (sobre todo Reino Unido), a pesar de su dependencia del mercado único, acabarán rompiendo o suspendiendo su pertenencia.

En cuanto al mecanismo de "sanciones" anunciadas contra los malos alumnos del rigor presupuestario, sería iluso pensar que sólo puede afectar a algunos países "periféricos". Y basta con observar cómo ha dejado a Grecia sin fuerzas, al borde de la revuelta, para imaginar los efectos que tendría la generalización de estas "fórmulas" en toda Europa. Por último, y no por ello menos importante, el "directorio" franco-alemán, trastocado por el desacuerdo sobre la función del Banco Central, tiene pocas posibilidades de fortalecerse en estas circunstancias, a pesar de los intereses electorales de sus miembros, y sobre todo del presidente francés.


El chantaje del caos

Pero el obstáculo más difícil de superar será el que imponen las opiniones públicas. Sin duda el chantaje del caos y la amenaza suspendida permanentemente de una rebaja de la nota pueden paralizar los reflejos democráticos. No pueden aplazar indefinidamente la necesidad de obtener la autorización popular para realizar cambios a través de una revisión de los tratados, por limitada que sea. Y toda consulta implica la posibilidad de volverse contra el proyecto, como ya ocurrió en 2004. A la crisis de estrategia se añadirá entonces una crisis de representación, que también se encuentra avanzada.

En estas condiciones no nos sorprenderá que se expresen las voces críticas. Pero lo hacen en direcciones opuestas. Unos (como Jürgen Habermas) apoyan un "refuerzo de la integración europea", pero afirman que únicamente es viable con la condición de que conlleve una triple "redemocratización": restablecimiento de la política en detrimento de las finanzas, control de las decisiones centrales mediante una representación parlamentaria reforzada, vuelta al objetivo de solidaridad y de reducción de las desigualdades entre los países europeos.

Otros (pensamos en este caso en los teóricos franceses de la de la desglobalización) ven en la nueva gobernanza el resultado de la sumisión de los pueblos "soberanos" a una construcción supranacional que sólo puede servir al neoliberalismo y a su estrategia de "acumulación por desposeimiento". Los primeros son claramente insuficientes y los segundos se encuentran peligrosamente expuestos a fusionarse con los nacionalismos que pueden llegar a ser xenófobos.


La revuelta de los ciudadanos

La gran preguntas es saber cómo se orientará la "revuelta de los ciudadanos", cuya intensificación no ha dudado en anunciar hace unos días Jean-Pierre Jouyet [presidente de la Autoridad de los mercados financieros y responsable de regular la plaza financiera de París], ante la "dictadura de los mercados", a los que los Gobiernos sirven de instrumentos. ¿Se volverá "contra la instrumentalización de la deuda" que traspasa las fronteras, o bien designará en "la construcción europea como tal" un remedio peor que la enfermedad? ¿Intentará, allí donde la gestión de la crisis concentra los poderes de hecho o de derecho, crear contrapoderes, no sólo constitucionales, sino también autónomos y si fuera necesario, insurreccionales?

¿Se conformará con reclamar la reconstitución del antiguo Estado nacional o social, hoy carcomido por la economía de la deuda, o bien buscará alternativas socialistas e internacionalistas, los fundamentos de una economía del uso y de la actividad, a escala de la globalización en la que Europa en el fondo tan sólo es una provincia?

Podemos apostar que el factor determinante para que cesen estas incertidumbres será la extensión y la distribución por Europa de las desigualdades y de los efectos de la recesión (en especial del paro). Pero la capacidad de análisis y de indignación de los "intelectuales" y los "militantes" será la que alumbre, o no, los referentes simbólicos.



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