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BERKMAN, Alexander (1870-1936)

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Introducción

    [fuente] [...] Alexander Berkman, célebre anarquista judío ruso-norteamericano, compañero inseparable de Emma Goldman durante muchos años (Villa, 1870-París,1936).

    Proveniente de una familia acomodada —su padre fue autorizado, como judío, a vivir en San Petersburgo, y ejercía el comercio mayorista de calzado—, Berkman fue un rebelde precoz: a los quince años fue expulsado de la escuela por insubordinación y ateísmo; a los diecisiete, ya huérfano, tuvo que emigrar a los Estados Unidos, después de no poder estudiar en las escuelas oficiales y ser perseguido por sus actividades conspiradoras; según parece influyó poderosamente en su evolución ideológica su tío Maxim, al que Paul Avrich ha identificado como Mark Andreevich Natanson, una de los personalidades más destacadas del primer populismo ruso, creador virtual del grupo de los Chaikovtsy, en el que también participó el joven Kropotkin.

    Berkman llega a Norteamérica en un período especialmente convulsivo desde el punto de vista social. Acababan de ocurrir los sucesos de 1886 que dieron lugar al asesinato de los mártires de Chicago, todo lo cual le llevó a acercarse a Johann Most. Más tarde pasó a colaborar con el periódico yiddish Pioneros de la Libertad.

    Preparaba su retorno a Rusia cuando, el 22 de julio de 1892, protagonizó el atentado que le haría famoso y que le llevaría a las mazmorras. La víctima tenía que haber sido el brutal gerente de las acererías Carnegie, Henry Clay Frick, principal responsable de la ma­tanza de once obreros durante una huelga, un detalle sin apenas importancia para el “talón de hierro”. Pero, mientras que Clay, levemente herido, no tuvo que rendir cuentas por este asesinato masivo, Berkman fue condenado a 22 años de cárcel, cuando la sentencia prevista por un atentado frustrado era de siete.

    Cumplió nada menos que catorce años, durante los cuales leyó, estudió y escribió, al tiempo que sufría unas condiciones carcelerias a veces infrahumanas y, por supuesto, desesperó muchas veces. Cuando salió a la calle reanudó sus vínculos con Emma Goldman, y se mostró sediento de acción militante, aunque por entonces ya era muy crítico con la acción terrorista individual que pregonaba el terrible Johann Most. Fueron años de una intensa actividad propagandística a través de mítines, conferencias, manifestaciones y trabajos para la prensa libertaria. En 1912, Berkman tomó parte en la creación de la Ferrer Modern School de Nueva York, donde también ejerció como profesor intentando propagar los métodos de Ferrer i Guardia.

    Había dirigido anteriormente una revista con Emma Goldman, la mítica Madre Tierra, y publicado sus Memorias de prisión de un anarquista, que había ofrecido infructuosamente a Jack London que se inspiró en los recuerdos de cárcel de Berkman para escribir El vagabundo de las estrellas, obra que causó la profunda indignación de Alexander, que se sintió estafado por el famoso novelista que, empero, consiguió una de sus obras más logradas e inclasificables. Años después, Berkman trató de componer un guión cinematográfico con el que trató de convencer entre otros a Lionel Barrymore, pero no le hicieron el menor caso.

    Berkman se marchó después a California donde publicó, en San Francisco, una revista pro­pia, La explosión, entre 1915 y 1916. Junto con Emma fue uno de los principales artífices del movimiento contra la intervención norteamericana en la guerra europea, desarrollando una intensa propaganda contra el militarismo y la guerra. Esta actividad le llevó de nuevo a prisión durante siete meses, y fue deportado. Favorable con matices a la revolución dirigida por los bolcheviques, Berkman regresó con Emma a la Rusia de su juventud y fue recibido como un revolucionario perseguido por el capitalismo.

    Su actuación se inició bajo el signo de la colaboración crítica pero también entusiasta y durante la guerra civil trabajó sin problemas en un frente amplio. Luego continuó intentando contrarrestar la represión contra los anarquistas para llegar finalmente a la ruptura con ocasión de los acontecimientos de Kronstadt. Sobre toda esta experiencia publicó varios libros: La rebelión de Kronstadt (ver. I. L. Horowitz, Los anarquistas. 2. La práctica, obra aparecida en alianza en dos volúmenes), La tragedia rusa: reseña y perspectiva y, sobre todo, El mito bolchevique, que supuso uno de los primeros alegatos doctrinales del anarquismo contra el curso que tomaba la revolución, un curso que Alexander y Emma veían más desde el ángulo de lo que “tenía que ser” que desde “lo que podía ser” en unas circunstancias que, si no justifican toda la actuación bolchevique, sí la explican bastante.

    Para Berkman, El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo, la autocrítica leniniana contra la “línea de ofensiva” expresada en los dos primeros congresos de la Internacional Comunista, y especialmente en las acciones de los recién constituidos partidos comunistas en lugares como Hungría y Alemania, no era parte de un debate político necesario, sino que, lisa y llanamente, era algo que “negaba todo lo que él había creído desde siempre”. Como si la revolución fuese una línea recta determinada por la grandeza de los ideales emancipadores.

    En diciembre de 1921, Berkman se marchó a Alemania ilegalmente, y después a Francia, donde vivió, cada vez más solitario y desesperanzado, amenazado constantemente con la expulsión y trabajando como publicista y traductor. En París escribió su último libro, ABC del comunismo libertario (Júcar, Madrid, 1981) por encargo de la Federación Anarquista Judía de Nueva York. Este libro muestra el alto grado de dominio de las concepciones anarquistas de Berkman, encarando un riguroso análisis del capitalismo y a sus instituciones (religión, tribunales, cárceles. escuelas, familia, parlamento, etc.) con una crítica simultánea de la experiencia bolchevique.

    Para Berkman: "La libertad plena es el aliento mismo de la revolución social; y no se olvide nunca que el mal y el de­sorden se curan con más libertad, no con su supresión". Toma parte amargamente en las disputas que enfrentan a las diferentes tendencias del anarquismo ruso en el exilio, mostrándose contrario a las posiciones de Archinoff. Enfermo, desfondado en plena penuria, se suicidó disparándose una bala en Niza, el 28 de junio de 1936. Emma Goldman, en el prefacio del ABC, escribe en sus memorias: "Se entregó a su ideal y le sirvió resueltamente, excluyendo cualquier consideración de sí mismo. Si hubiera anticipado remotamente la llegada de la revolución española habría hecho un esfuerzo para continuar viviendo a pesar de su psiquismo quebrantado y de otros muchos handicaps...".

    La edición de estas memorias publicadas en Editorial Melucina (Madrid, 508 págs., 20 euros) son una primicia que es justa resaltar del que Howard Zinn definiría como “uno de los héroes perdidos del radicalismo americano, una voz pura e insólita de la rebeldía”. Se trata de un fragmento autobiográfico que oscila entre el estilo memorialista de El Conde de Montecristo y unas pautas que recuerdan la narración cinematográfica. En su momento causó una auténtica conmoción, y es que por aquellas fechas no era habitual que un libro contara de una manera tan abierta el comportamiento criminal en la hermética sociedad carcelaria, la homosexualidad o la extorsión.




Ensayo


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