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FONTANA, Josep

Libros, autores, cómics, publicaciones, colecciones...

FONTANA, Josep

Nota Lun Ago 07, 2017 2:11 pm
Josep Fontana

Portada
(Wikipedia | Dialnet)


Introducción

    [fuente] Barcelona, 1931. Historiador. Doctor en Historia por la Universidad de Barcelona. Ha sido profesor de historia económica e historia contemporánea en las Universidades de Barcelona y Valencia. Fundador y director del Instituto Universitario Jaume Vicens Vives de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Historiador marxista, militante comprometido con la resistencia democrática al franquismo y con la causa del socialismo. Fue militante del PSUC desde 1956 hasta principios de los años 80. Ha dirigido colecciones de historia en distintas editoriales y recibido diversos premios a la investigación y doctorados honoris causa.

    [fuente] Josep Fontana Lázaro estudió filosofía y letras en la Universidad de Barcelona, por la que obtuvo los grados de licenciado en 1956 y de doctor en 1970. Desempeñó el puesto de lector en la Universidad de Liverpool (1956-1957) y, tras su expulsión de la universidad por motivos políticos (1966), fue ayudante de Jaume Vicens Vives en la Facultad de Ciencias Económicas de Barcelona (1968-1974). En 1974 obtuvo la cátedra de Historia Económica en la Universidad de Valencia y, dos años después, pasó a ocupar la de la Universidad Autónoma de Barcelona. Discípulo de Ferran Soldevila, de Pierre Vilar y del citado Vicens Vives, la obra de Josep Fontana Lázaro se inscribe en la línea de la historiografía marxista que concede especial atención al estudio de los factores económicos que contribuyen a acentuar las desigualdades sociales y la lucha de clases. Sus estudios, especializados en el siglo XIX español, se centraron en la transición del Antiguo Régimen al capitalismo, la retardada penetración en el país de la revolución industrial, las crisis de la Hacienda estatal y las revoluciones de 1820 y 1868 en España.

    [fuente] [...] Fontana ha cumplido su periplo académico en las tres universidades barcelonesas, y por un breve tiempo enseñó también en la de Valencia. Actualmente es catedrático emérito de Historia y dirige el Instituto Universitario de Historia de la Universitat Pompeu Fabra, instituto que lleva el nombre de uno de sus maestros: Jaume Vicens Vives.

    Fontana es, académicamente hablando, un maestro, un profesor de profesores, todavía, en una vida universitaria en que los maestros escasean. A él se le debe la extraordinaria floración de la historiografía catalana. Ha formado a varias generaciones de historiadores y científicos sociales, y su influencia se extiende tanto internacionalmente, entre éstos, como alcanza a muchas personas ajenas a su específico ámbito de investigación. A su propia y extensa obra, y a la de sus discípulos, se añade una segunda obra propia: el fomento deliberado y muy cuidadoso de ediciones y traducciones de numerosos historiadores y científicos sociales relevantes. Así, Fontana introdujo en España a la escuela británica de historiadores marxistas (Thompson, Hobsbawm, etc.) cuando aquí nadie le había prestado atención. Este aspecto de su trabajo constituye una tarea de innovación cultural y científica de gran peso, que incluye dignísimos trabajos de divulgación propios, para el gran público. En esta tarea no es habitual parar mientes, pero muestra una laboriosidad poco común en un trabajo intelectual intachable. La presencia de Josep Fontana en la vida cultural española va a ser duradera, y los años venideros agigantarán aún más su figura. Todos debemos congratularnos.

    Pero todo esto es sólo uno de los aspectos destacables de la actividad de Josep Fontana. También lo es su compromiso social y con la cultura catalana. Impulsó la celebración del Primer Congrés de Cultura Catalana a principios de los años sesenta. Fue un activo miembro del Partit Socialista Unificat de Catalunya siendo determinante en muchas de sus actividades, algunas con gran riesgo personal. Y ha impulsado iniciativas sociales y políticas de relieve en estos años de régimen de libertades: hay que destacar especialmente su toma de posición contra las guerras, su obstinación en la recuperación de la memoria de este país, su permanente estado de alerta ante las políticas antisociales.




Ensayo





Artículos





:str: Vídeos

    Entrevista realizada en el salón de grados de la Facultad de Derecho de la Universidad de Valladolid, el 25 de noviembre de 2011.


    Conversación en el marco del Congreso sobre "Historiografía, marxismo y compromiso político en España. Del franquismo a la actualidad", desarrollado en Madrid el 27 y 28 de noviembre de 2014 por la Fundación de Investigaciones Marxistas y la Fundación Domingo Malagón.


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Re: FONTANA, Josep

Nota Lun Ago 07, 2017 6:23 pm
fuente: https://www.diagonalperiodico.net/globa ... narse.html



Entrevista con Josep Fontana I Maestro de historiadores y exmilitante del PSUC

“Lo que es absolutamente inaceptable es resignarse”


Portada
Fontana nos recibe en su casa de Barcelona. / Jordi Borràs



Pablo Elorduy

Diagonal // 21 de mayo de 2016




Hijo de un librero de viejo, Josep Fontana (Barcelona, 1931) se crió en la Barcelona de los años de la Guerra Civil. En ese contexto comenzó su militancia en la escuela de activismo que fue el Partido Socialista Uni­ficado de Cataluña (PSUC). Tam­bién su carrera como historiador. En 2011 escribió un libro de referencia, Por el bien del imperio, que explica la historia del mundo tras la victoria militar de Estados Unidos en 1945 y permite rastrear las circunstancias que han producido un ciclo de cambio a escala global desde el comienzo de la década de los diez. Nos recibe en su casa de Barcelona. Llueve y la conversación se prolonga durante una hora y media.


Diagonal: Tiene siete años cuando ter­­mina la Guerra Civil. ¿Recuerda algo de aquellos días?

Josep Fontana: Claro. Hay recuerdos extraños que te quedan grabados no sabes por qué. Recuerdo la noche del 18. Porque aquí el follón fue el 19, un sábado. Recuerdo pasear con mis padres por la Rambla, a primera hora de la noche, y ver un grupo de gente que estaba con el sereno, tratando de entrar en una tienda en la esquina de Rambla con la calle Fernando, que era una armería. Recuerdo eso y después cosas concretas del 19 de julio, saliendo con mi padre. Yo vivía cerca del barrio de la catedral, recuerdo ir de la mano de mi padre y haber visto de lejos el incendio de la iglesia del Pino. Re­cuerdo una puerta de esas negras de madera apoyada en un árbol humeando y alguna escena después en la plaza nueva delante del Palacio del Obispo, donde están tirando cosas por la ventana, y sé después que lo que están diciendo es que han encontrado allí pruebas de que estaban conspirando, etc. Lo cual era verdad, que se reunían para preparar el golpe. Son recuerdos aislados, pero después, claro, la guerra tiene muchas cosas que son difíciles de olvidar. Las sensaciones que tienes cuando cae una bomba delante de tu casa, por ejemplo. De las puertas de los armarios que se abren, las noches cuando hay un bombardeo, cómo sales con tus padres para ir a un refugio. O el final de la guerra. En enero, cuando llegan a Barcelona, yo estoy en una torre con otra gente en Valldoreix, al otro lado de las montañas del Tibidabo y entra un soldado marroquí, fusil en mano, abriendo los armarios para ver lo que se puede llevar... Es muy difícil que estas cosas, que tienen tanta fuerza, no te dejen un impacto.


Diagonal: Luego la durísima posguerra.

Josep Fontana: Eso lo vivo primero simplemente como paciente. Como un niño que vive los problemas del racionamiento, del pan de maíz, etc. Y después, cuando empiezo a implicarme en la clandestinidad. Cuando ya estoy en la universidad empiezo a encontrar la línea de relación con el PSUC.

Es una historia que tiene un aspecto raro, que es el hecho de que lo que me tocara fueran multas y cosas por el estilo, y que no me llegara a tocar ir a la cárcel. Lo más que me llega es ir a pasar una noche a la Brigada Social, y otras cosas negativas, el pasaporte, etc. Pero no me toca ir a la cárcel como a mucha gente que está a mi alrededor.

Son cosas con las que vives y que te marcan. Te marcan los años de militancia, que se acaban con la decepción que te produce la forma en que luego se liquida todo. Eras perfectamente consciente de que la relación de fuerzas no iba a permitir que cuando acabase el franquismo viniese algo totalmente distinto, pero sí que esperabas, cuando menos, que el partido en el que estabas, en mi caso el PSUC, mantuviera por lo menos los mismos principios y los mismos objetivos, y siguiera luchando por ellos. Pensabas que había mucha gente que había pagado con la cárcel, y algunos con más que eso, porque estaban luchando por cambiar las cosas. Y por tanto, te parecía que el acomodo no era aceptable.

A partir de ese momento, no tengo militancia ninguna, aunque sigo teniendo simpatía por ese partido que pudo ser y no fue. Porque realmente había llegado un momento en el que tenía una influencia y un arraigo popular considerable. Todo eso se sacrificó porque llegó un momento que el señor Carrillo consideró, y los demás aceptaron, que la política se hacía en el Parlamento, se negociaba por arriba, y que la gente tenía que volver a sus casas y salir sólo cuando los llamaban.


Diagonal: Junto a ese proceso personal, usted desarrolla su vocación como historiador, que está completamente relacionada con aquellas ideas.

Josep Fontana: Yo, siempre lo digo, he tenido tres maestros. Mi amigo Manolo Sacristán decía que no dijera eso, que era escandaloso, porque la mayoría de los españoles no había tenido ni uno. El primero, en clases que se celebraban clandestinamente en su casa, era Ferrán Soldevila. Era un hombre que había vuelto del exilio y que se mantenía con mucha dignidad. Él me empezó a inculcar el gusto por ver qué había detrás de los documentos y de las crónicas, etc. El segundo fue Vicens, Jaime Vicens Vives. Tenía una cosa muy clara: que el de historiador era un oficio que, o servía para implicarte con lo que estaba pasando a tu alrededor, o no servía para nada. Eso, cuando estabas viviendo en el franquismo, lo entendías muy bien. Las circunstancias y el propio Vicens acaban conduciéndome a Vilar. Re­cuerdo que, en las muchas conversaciones que habré tenido con Pierre Vilar, en Barcelona, en París, en Granada, etc, hablábamos de lo que pasaba por el mundo, no de libros ni del pasado. Por tanto, la idea de que ése era un oficio que servía para entender el mundo en que vives, la he tenido muy clara, y he intentado seguir manteniéndola. Siempre he tratado de entender ese trabajo como algo que sirve para entender el mundo en el que vives y, si no, no sirve para nada. Para entretener contando historias no merece la pena.


Diagonal: Dice que con Vilar hablaba de lo que pasaba por el mundo. Lo que pasaba era la Guerra Fría en sus distintas fases. Me imagino que usted ve el conflicto de Afganistán o la crisis de los refugiados y vuelve la mirada sobre aquella confrontación.

Josep Fontana: Intenté trabajar para descifrarme a mí mismo lo que era esa gran mentira de la Guerra Fría. Para eso hice un tocho como una catedral. Y creo que ha sido por eso, que luego he ido a hacer ese libro que aún no tiene título, que va desde el 14, y parte de lo que es el gran pánico que produce la revolución rusa del 17 y llega hasta la situación actual.

Todo el tema de la guerra islámica empezó con [Jimmy] Carter en Afganistán y sigue. Pero lo peor del caso no es que siga, es que no tiene solución posible. El único que he visto que hablaba con sentido de eso es Robert Kennedy jr., el hijo de Robert Kennedy –que precisamente fue asesinado por un asiático–, que plantea que lo que están recogiendo los americanos es lo que han sembrado durante años, y que la única solución es dejar a los musulmanes que arreglen sus problemas y construyan sus países sin meterse con ellos. Pero es una de esas voces que no va a escuchar nadie. Es evidente que mientras desde aquí lo que se les ocurra siga seguir yendo a bombardear, van a tener la lógica respuesta. Aunque liquiden lo que ahora hay en Iraq y en Siria, están teniendo cada vez más un montón de focos en África que no va a poder resolver. Eso está sucediendo al mismo tiempo que un problema inminente que es el gran desplazamiento de los refugiados, un gran movimiento de la pobreza del sur hacia los países más ricos. Que estamos recibiendo con un giro a la derecha, defendiendo la fortaleza. Estos problemas van a marcar el futuro. El otro gran problema que tenemos es el de la desigualdad.


Diagonal: La gran divergencia...

Josep Fontana: La gran divergencia que decía el Krugman. Precisamente Paul Krugman, que es un tipo raro porque por ejemplo está sosteniendo la candidatura de Hillary Clinton –un personaje que lleva consigo lo más sucio, lo más corrupto de lo que ha pasado– ayer o anteayer hizo un artículo de una extraña lucidez, “Las crisis de los Robber Barons”, donde plantea el panorama de unas sociedades en las que hay un auge de beneficios y riqueza que no se invierten porque, en realidad, son be­neficios de monopolio y que tiene como consecuencia que, al mismo tiempo que se siguen enriqueciendo mediante una economía “de rentistas”, esa economía no crece en el sentido de permitir que los niveles de vida de los demás mejoren y seguramente no va a permitir tampoco darles trabajo.

Si no fuera porque sabes que la especie ha sido capaz de plantar cara a los problemas y de salir adelante, dirías ‘me ha tocado una fase negra’. Me eduqué en un contexto que creía que vivíamos en un mundo de progreso indefinido, en el que se creía que el mundo iba a ir siempre para mejor y me ha tocado vivir después, de mayor, la fase de descenso en que en realidad las cosas van cada vez a peor, por lo menos en términos de bienestar social. Pero bueno, mi función como historiador, lo que Vilar llamaba “pensar históricamente”, es ayudar a la gente a pensar por su cuenta, a que entiendan el mundo en que viven y por tanto, que entiendan que lo que es absolutamente inaceptable es resignarse.


Diagonal: ¿Han sucumbido a los nuevos tiempos conceptos de entonces y que están tan relacionados entre sí como el de internacionalismo o el de lucha de clases?

Josep Fontana: Son dos temas distintos. El internacionalismo era un intento de conseguir llevar la solidaridad a escala global. Esa idea en buena medida se apoyaba en los sindicatos, en unos momentos en que el trabajador de fábrica era un elemento fundamental de la sociedad europea y la norteamericana. Ahora, eso se ha desplazado. Los trabajadores industriales hoy son mucho más abundantes en los países emergentes que en el mundo occidental. Aquí, el protagonismo de los trabajadores de fabrica ha desaparecido y seguramente eso dificulta esa solidaridad internacional.

Pero la lucha de clases está en la raíz misma de los mecanismos que generan desigualdad. El enriquecimiento proviene de que el PIB, cada vez va más a manos de esos, digamos, empresarios de las finanzas y cada vez menos va a parar a los trabajadores. Ese mecanismo funciona y se articula desde el control de la política, por tanto, claramente es un mecanismo de lucha de clases. Que las clases se definan de otra forma no quiere decir que esa disparidad social no se produzca. El Manifiesto Comunista habla de una lucha que en un momento determinado es entre campesinos y señores feudales pero que va cambiando de sentido. Ahora, en este momento, el que está arriba se parece cada vez más al rentista. Es evidente que los términos en que se define la contraposición hay que cambiarlos, pero la idea de que eso sigue funcionando es la idea que sostendría que en realidad la mayor parte de lo que hay de positivo en las luchas sociales de la historia es la lucha por la conquista de la libertad y la igualdad, del derecho a vivir de acuerdo con tus posibilidades y del derecho a acceder por una parte a los frutos naturales y por otra a los resultados de tu trabajo. Y eso es lo que está detrás del juego siempre. Los dos derechos, a la libertad y al trabajo, son coartados por las mismas fuerzas. Por decirlo de algún modo, la Reforma Laboral y la Ley Mordaza son dos partes de un mismo proceso.

Re: FONTANA, Josep

Nota Mar Ago 08, 2017 1:50 am
fuente: http://www.elperiodico.com/es/ocio-y-cu ... al-2331355


Entrevista a Josep Fontana

«El sistema está preparado para evitar el estallido social»



Ernest Alós

El Periódico // 3 de marzo de 2013




De la desigualdad a las crisis, de las crisis a la privatización de los servicios públicos, de la pérdida de derechos ciudadanos a la represión para mantener este nuevo estado de las cosas. Un proceso que empezó en los años 70, que Josep Fontana apuntaba en las conclusiones de su monumental Por el bien del imperio (2011) pero al que ahora dedica un breve y amargo volumen, El futuro es un país extraño. Una reflexión sobre la crisis social de principios del siglo XXI (Ed. Pasado & Presente).


- La tesis ya estaba en su anterior libro. ¿El nuevo es una actualización, un epílogo, un resumen?

- Lo que ha pasado es más bien lo siguiente: cuando acabé aquel libro la crisis siguió avanzando y tuve más claras algunas cosas. Que hay una inflexión muy importante, que posiblemente había intuido pero de la que no había acabado de ver la trascendencia. Acabé aquel libro cuando la crisis teóricamente aún parecía una crisis. Pero es un proceso de mucho más alcance, iniciado en los años 70 y que aquí ha tomado fuerza después del 2008, y por el que se ha aprovechado el tinglado de la recesión para ir a un proceso de destrucción del Estado del bienestar; no solo los costes de la sanidad pública, la educación pública o el sistema de pensiones, sino un cambio en las reglas del juego que vino claramente mostrado con la reforma laboral. La naturaleza de este proceso es de una gravedad y una profundidad que nadie preveía. La esperanza de que pudiese haber algún tipo de cambio de trayectoria no era una esperanza que hubiese desaparecido. En estos momentos, la profundidad del desastre y la evidencia de que se trata de un cambio de larguísima duración, que puede continuar y tener unas consecuencias catastróficas, es una evidencia muy clara.


- Un proceso que empezó en Estados Unidos pero que acaba llegando a Europa, sostiene.

- Quería explicar los procesos por los que esto ha ido avanzando, la ocupación de la política por los intereses económicos, que es cada vez más visible. Solo hace falta ver cuál ha sido la reacción de los estados europeos ante la crisis bancaria. Excepto en Islandia, se ha optado por preservar todo lo posible el sistema. Está claro que aquí no había ningún problema de deuda pública hasta que no han asumido la deuda bancaria. El siguiente paso es la privatización del Estado mismo, el proceso de vender a los ciudadanos, y el establecimiento de un sistema represivo eficaz. Debemos darnos cuenta de que esta no es una situación temporal de la que se saldrá. A lo mejor habrá ciertos elementos de crisis que se paren, aunque de momento los síntomas, por ejemplo en Inglaterra, no son estos. Pero incluso si saliéramos de la crisis, el mundo en el que usted vivirá no será el mundo en el que habrá vivido antes de ella, sino que habrá cambiado profundamente.


- Empieza diciendo que en ningún lugar está escrito que las cosas tengan que ir mejor. Pero acaba citando a dos autores que mantienen que la única oportunidad es que el sistema no resista que las cosas vayan aún peor.

- Para mí, la reflexión como historiador va más lejos. Fuimos educados en la idea de que la historia era una narración de progreso continuado, pero comienzas a ver que esta historia no era verdad, que hay progresos y descensos y que todo está vinculado básicamente a la capacidad de lucha que hay en cada momento determinado para exigir unos derechos sociales. Que las cosas vayan a peor no es imposible. La única cosa que podría dinamitar esto es que se llegara a un momento en el que se tuviera miedo a que un estallido social profundo pudiera poner en peligro las reglas del juego, como en los años 70 y 80 desempeñó el papel de la amenaza de la URSS a la hora de hacer posible la subversión del sistema. Lo que pasa es que este está bien preparado para evitarlo. Tiene unos recursos crecientes de información y capacidad para atacar y desmontar el tipo de protesta que se puede producir.


- ¿Y ese miedo no existe ya hoy?

- Se ha acabado una época, la de la vieja política más o menos socialdemócrata, en la que las cosas se negociaban. Es difícil darse cuenta de hasta qué punto durante 200 años ha habido efectivamente unos miedos que han justificado que quienes tenían los recursos en sus manos se aviniesen a negociar. Eran unos miedos irracionales. Pero eran miedos. Ahora, la exigencia a la gente para que se baje los sueldos se está convirtiendo en una cosa sistemática. Se ha acabado negociar. Han decido que las cosas tienen que cambiar y que vamos a un proceso de crecimiento de la desigualdad.


- ¿Y los movimientos de protesta?

- Pero no hay alternativas. Que salgan en manifestación chiquillos no importa a nadie. Mientras vayan a la Puerta del Sol o la plaza de Catalunya y sus padres voten al PP o a CiU, no hay nada que hacer. ¿De dónde tendría que venir este estallido social? El movimiento que parecía que iba a ser el futuro, el de Occupy y los indignados, sigue funcionando pero está completamente controlado, en el sentido de que está disgregado. Se están haciendo cosas pequeñas, aisladas, frente a unos medios para controlarlas que son cada vez más eficaces. Y eso que en Europa tienen mucho que aprender de EEUU, seguramente porque tienen pocas amenazas de las que preocuparse. Los movimientos de protesta y de queja son aún de naturaleza muy puntual. Representan solo intereses sectoriales y no consiguen movilizar nada en una gran escala. Movilizarse contra las hipotecas para conseguir la dación en pago es poner una cataplasma. Pueden dormir tranquilos por este lado, y evidentemente duermen tranquilos. Aunque de momento, desde el Ministerio de Justicia se empieza, por un lado, a penalizar la protesta de manera que te pueden llevar a la cárcel por cualquier cosa, y por el otro a dificultar los medios de acceso a cualquier tipo de reclamación.


- En su último artículo en El Periódico decía que los sobres a los políticos eran la calderilla.

- Lo importante es qué han dado las empresas para lograr contratos y concesiones. Las contrapartidas. El problema es una política comprada por los intereses económicos dominantes y contra la cual nuestra capacidad de reacción es nula, a excepción de la posibilidad de arrancarle alguna concesión mordiendo por aquí o por allá. Se ha pasado del juego de condicionar la política a privatizar el Estado mismo, a convertir esto en un sistema en que serás, fundamentalmente, un individuo que paga por cualquier servicio que necesites.


- ¿Entonces podremos hablar de ciudadanía o de servidumbre?

- Sí, en un sentido prácticamente medieval. Examinar lo que sucede en EEUU es bueno porque ves que son reglas de funcionamiento que tardarán un poco más en llegar, porque el colchón de la protección social es más grande, pero que llegarán. En EEUU les dicen que el nivel de educación es fundamental para lograr un puesto de trabajo bien remunerado, que la educación es cara y que es necesario que pidan préstamos. Y el drama que en EEUU significa la deuda que los estudiantes no pueden devolver es parecido al de aquí con los desahucios. Este es el grado de perversión de las reglas sociales, mientras el sistema tiene una capacidad increíble para seguir engañando y distrayendo a la gente. El retorno a un sistema feudal es gravísimo. Por eso hablo de crisis social, no económica. Démonos cuenta de que la historia ha dado un giro global, importante, que lleva hacia donde lleva, y que es necesaria una toma de conciencia.


- El debate de la independencia, al lado de todo de lo que hemos estado hablando...

- Evidentemente representa una explosión de malestar e indignación que buena parte de la gente canaliza contra un mal gobierno, y como el Gobierno es de Madrid, piensa: «Separémonos, que no iremos tan mal». Es el más grande reconocimiento a ese malestar y a que la gente tiene el derecho a decidir. Lo que es penoso e inmoral es que haya políticos que para conseguir sus fines engañen a la gente cuando realmente saben que este camino es inviable y no lo pueden seguir. Suponga usted que, efectivamente, hacemos un referendo y que da mayoría. Entonces, ¿qué hacemos? En un coloquio me contestaron «vayamos a Europa». Sí, donde hay una ventanilla que dice «demandas de creación de nuevos estados», y les llevamos el resultado del referendo... Normalmente ninguna independencia se consigue sin una guerra de la independencia. La separación de Chequia y Eslovaquia fue un hecho anormal que no tiene nada que ver. Las independencias de Yugoslavia se consiguieron con mucha sangre y con apoyo militar extranjero. Pensar que hay un plan viable y realizable que pasa por la celebración de un referendo y posteriormente negociar una separación, hoy día, es una fantasía chinesca.

Re: FONTANA, Josep

Nota Mar Ago 08, 2017 3:01 am
fuente: http://www.elespanol.com/opinion/201703 ... 214_0.html


Entrevista a Josep Fontana

"¿Independencia? Pero si la Caixa va a patrocinar al Real Madrid"


Portada



Alberto Gamazo

El Español // 12 de marzo de 2017




El historiador Josep Fontana (Barcelona, 1931) analiza el desmantelamiento del Estado del bienestar y la defunción -casi- de la la socialdemocracia en El siglo de la Revolución: una historia del mundo de 1914 a 2017 (Crítica). El libro se inspira en una sentencia del multimillonario Warren Buffett, que aseguró que los ricos habían ganado la lucha de clases.

En su opinión, sin más impuestos a las grandes empresas para mantener prestaciones y servicios, y sin un sindicalismo fuerte con capacidad de mejorar las condiciones de negociación, la situación es irreversible. En su entrevista con El Español mantiene que el populismo molesta al statu quo político pero no quita el sueño al poder económico. Advierte sobre la falta de expectativas de la juventud española y descarta que Cataluña vaya a independizarse.


Alberto Gamazo: ¿Cuándo comenzó en España el declive del Estado del bienestar y la involución de derechos -lo que usted denomina la “gran divergencia”-?

Josep Fontana: La situación de España es peculiar porque durante buena parte del XX anduvo con el reloj a una hora cambiada. Como no entró en la Primera Guerra Mundial no entró en la reestructuración posterior al conflicto; llegó la Segunda República cuando toda Europa miraba a la derecha, lo que suscitó miedo a que aquí prendiese el bolchevismo: por eso quedó aislada durante la Guerra Civil. La Segunda Guerra Mundial la perdieron las potencias fascistas excepto en España, lo que nos privó de la reconstrucción. Luego llegó la Transición, aunque el despegue económico fue algo anterior, en los 60.

Aquí se produce entonces una mejora respecto del franquismo coincidiendo con que en Europa el crecimiento se está agotando. El problema es que ahí empezaron los condicionamientos: los recortes a los sindicatos, los empresarios empezaron a poner límites a los impuestos que pensaban pagar para mantener el orden social. La crisis de 2008 lo acabó de desmontar todo: la austeridad es el precio del retroceso en progresos y derechos. La desigualdad en España no tiene parangón. Sólo en Grecia existe un paro juvenil como el que aquí tenemos.


AG: ¿En España hemos tenido muy pocos años de Estado del bienestar?

JF: Yo creo que sí. El reformismo del miedo ya comenzó con el franquismo, que tuvo que hacer algunas concesiones en materia de derechos sociales. Aquí no tuvimos lo que los franceses llaman los 30 años gloriosos, posteriores al 45. Por contra, pese a haber tenido pocos años de Estado del bienestar, la factura es muy alta.


AG: La socialdemocracia, otro logro de ese reformismo del miedo, también está en crisis: ¿no son recuperables la socialdemocracia y el Estado del bienestar?

JF: El Estado del bienestar es básicamente un proceso de redistribución y tiene dos bases: una es el apoyo político de los sindicatos para que negocien las condiciones de trabajo y salarios; y la otra es la imposición de cargas sobre los beneficios empresariales que permitan al Estado financiar los servicios sociales. Esto tuvo su auge entre el 45 y el 75 en EE.UU., Alemania, Reino Unido, Francia… y sustentó el Estado del bienestar. Pero ahora los empresarios han descubierto que no es necesario seguir pagando este precio porque no creen que su estabilidad esté amenazada.


AG: ¿A qué se refiere?

JF: Comprendieron que el peligro bolchevique había desaparecido, que la URSS era una potencia en retroceso -luego acabó derrumbándose en el 89-, que los hippies no iban a derrocar el Gobierno de EE.UU., que los estudiantes franceses del 68 tampoco iban a hacer ninguna revolución... Descubrieron que no era necesario pagar, mientras progresaban cada vez más en el plano político y reducían al mínimo el papel de los sindicatos. El Departamento de Trabajo del Gobierno de EE.UU. acaba de publicar un histórico sobre huelgas obreras con participación de más de 1.000 trabajadores muy esclarecedor: hasta 1974 se producían entre 250 a 450 al año, a partir de los 80 bajan en picado, y en estos últimos años el promedio es de doce.

Esto se corresponde también con el retroceso de la sindicación en las empresas privadas, que es del 6% ó 7% en EE.UU. En Inglaterra también estos han sido los años con menos huelgas. La caída de los sindicatos ha dejado a los trabajadores indefensos. Y desde Reagan los impuestos a los beneficios empresariales no han parado de disminuir por esa teoría económica del trickle-down o goteo hacia abajo que la realidad se ha encargado de desmontar.


AG: El círculo virtuoso.

JF: Se decía que bajar los impuestos a los empresarios les permitiría invertir más en sus empresas y generar trabajo y riqueza, pero no: está demostrado que ese remanente se destina principalmente a inversión de capital, a operaciones especulativas. Sin embargo, ese discurso se sigue manteniendo pese a que los Estados se han quedado sin recursos para pagar pensiones, sanidad, educación…


AG: ¿Cuando pactó la socialdemocracia con el liberalismo?

JF: El momento significativo fue el de los gobiernos de Clinton, Blair y González… Yo creo que la socialdemocracia ya no tiene capacidad para volver a ser lo que fue. De hecho, nadie en España se plantea anular la reforma laboral.


AG: La gestora del PSOE no incluyó la derogación de esta ley en su ponencia económica, pero dice que sí la derogará si gobierna.

JF: Yo no creo que con la penetración del poder económico en el poder político sea posible. Están la financiación de los partidos, el papel de los grandes medios… Yo no creo que La Vanguardia, El País, El Mundo o los dos grandes grupos televisivos vayan a apoyar una subversión del sistema. Luego está el tema de la corrupción, que se ha utilizado en el caso de Cataluña. ¡Pero ojo! Para lo único que ha servido es para ilustrar cómo funciona este sistema aquí, en Madrid, en Andalucía y en todas partes.


AG: ¿La politización de los sindicatos, la corrupción y el despilfarro han minado el sentimiento de clase y la confianza en las administraciones del Estado?

JF: El desguace de los sindicatos empezó con ataques desde fuera. Me gusta señalar como punto de partida el 78, cuando los sindicatos norteamericanos le piden al Gobierno demócrata de Jimmy Carter, que dominaba las dos Cámaras, que renueve la ley de derechos de los trabajadores de Roosevelt para protegerse de los ataques de las entidades empresariales. Se aprobó en el Congreso pero aquello quedó dormido en el Senado. Un dirigente sindical del sector automovilístico redactó entonces una carta en la que dimitía y denunciaba la guerra abierta iniciada por los empresarios contra los sindicatos: era evidente, Margaret Thatcher también inició su particular guerra contra los mineros. Yo pienso que los sindicatos se habían acostumbrado a pactar y que en aquel momento deberían haber luchado con más fuerza. Desde entonces no han dejado de perder credibilidad.

Esta mañana leía un artículo en un periódico inglés en el que se advertía de que el abandono por parte de los obreros ingleses del Partido Laborista no empezaba con Jeremy Corbyn sino mucho antes: es evidente que ya [ni sindicatos ni partidos de izquierdas] no son una fuerza con la que se pueda contar para defender tus derechos.


AG: Y se produce también una pérdida de confianza en la Administración del Estado.

JF: Ahora se recurre al cuento de los populismos para no tener que pensar demasiado en lo que ocurre. Es verdad que hay una desconfianza generalizada en las élites. El brexit fue una lección clara de esto. Semanas antes del referéndum ya hubo quien advirtió del descrédito del sistema. Se planteó el brexit para que saliera el no y la gente dijo “Ahora me van a oír”. Tony Blair, que sabe de qué va, advirtió de que el sistema estaba fallando.


AG: ¿Qué quiere decir con el sistema?

JF: El sistema que ha gobernado casi todo el mundo ha sido el de un parlamentarismo dominado más o menos por dos partidos, uno conservador y otro laborista, al servicio de una misma doctrina económica, en alternancia. Ese turnismo se derrumba y a la derecha y a la izquierda surgen alternativas que no sabemos bien a dónde conducen. En EE.UU. Trump se convierte en esa tercera vía y gana prometiendo limpiar el pantano de Washington. En Francia los límites entre partidos de derecha civilizada y los socialistas de Hollande son difusos; y como tercera vía emerge el Frente Nacional.


AG: ¿En España no ha pasado algo similar?

JF: Es diferente. En España ese riesgo de crisis del sistema todavía no existe: quizá nuestro reloj sigue atrasado. En España sigue habiendo un inmovilismo respecto a la respuesta electoral, que es inmune a los escándalos de corrupción. En escenarios locales, en Baleares y en Valencia se ha votado al PP con entusiasmo pese al Palacete de Matas y pese a todo. Es verdad que el PP ha retrocedido, pero poco.


AG: En Cataluña también ha sido así.

JF: Sí, bueno, esa resistencia a castigar la corrupción, ese “que me quede como estoy”, es un principio que sigue dominando en España: tener seguridad de que el año que viene voy seguir cobrando la pensión o el subsidio y ya está. También es una garantía para el sistema de que las cosas no van a cambiar. En España, estando las cosas deterioradas como están, no estamos tan... La prueba es que aquí no han aparecido partidos de extrema derecha como en Polonia, Hungría, Holanda o Francia.


AG: Porque esas tendencias están contenidas dentro del PP, que es el partido hegemónico de la derecha.

JF: Sí, pero es la prueba de que esa quiebra del viejo sistema bipartidista dominante aún no se ha producido en España.


AG: Pero en la izquierda sí ha surgido Podemos.

JF: Sí, pero en ese nuevo equilibrio de aquí el PP se mantiene, con una cuota de voto que le permite dormir tranquilo; en la izquierda más o menos PSOE y Podemos representan una alternativa. ¿Pero es Podemos una alternativa de ruptura? Está por demostrar, puede serlo en algunos aspectos.


AG: ¿El debate entre reforma o ruptura sigue vivo?

JF: En los escenarios europeo y norteamericano hay una alternativa creíble y sólida por la izquierda: esa etapa posterior a la Segunda Guerra Mundial en la que los partidos comunistas volvieron a tener peso ha acabado. Las alternativas se están presentando por la derecha: y no hay que confundirlas con el fascismo porque el fascismo sí que se presentaba como una especie de plan revolucionario.


AG: Pero su revolución era principalmente retórica y estética.

JF: Sí, pero una de las cartas de Hitler era la reducción del paro y Mussolini iba a crear un gran imperio mediterráneo. Sin embargo, estos partidos nuevos de extrema derecha, salvo echar a los inmigrantes no tienen demasiado que ofrecer: es dudoso que un partido como estos, llegado al poder, pudiera revertir la situación y conseguir que las empresas paguen más impuestos y que los sindicatos vuelvan a tener fuerza, que son los dos elementos que sostienen el estado del Bienestar. Estamos más en un proceso de desmontaje del viejo aparato del Gobierno por las élites que en otra cosa, aunque la función de los historiadores no es hacer profecías.


AG: ¿Advierte en el populismo una sustitución de lo que fue el comunismo como amenaza: una amenaza que acaba siendo útil?

JF: Eso que llaman el populismo es una amenaza para el sistema político, pero no creo que les quite el sueño a los bancos. Puede ser una molestia que altere las cuestiones, pero fíjese lo que ha pasado en EE.UU., donde los grandes intereses económicos estaban contra Trump, se escandalizaron cuando ganó y ahora se han apuntado a Trump porque la Bolsa sube.


AG: Pero la doctrina de Trump es proteccionista, ¿cómo casa eso con el liberalismo?

JF: La doctrina de Trump no se sabe lo que es porque ofrece dudas cada día. Trump en teoría tenía en contra al Deep State, el Estado profundo que representa la alianza de las fuerzas armadas y la Inteligencia, que esperaba entusiasmado a Hillary Clinton. Pero ahora los generales vuelven a mandar y Trump promete disparar el gasto militar. Ha habido una ruptura con la política económica de Obama de grandes pactos internacionales para beneficiar a la gran industria deslocalizada. En el caso de Trump pesan más los intereses de la industria localizada, el carbón, el petróleo y el negocio financiero, Goldman Sachs… Pero todo está en un estado de fluencia. Los dirigentes de empresa se fijan sólo en los resultados del ejercicio y en un horizonte de 4 o 5 años, lo que pase después ya veremos...

Sí hay quienes advierten de que el malestar puede acabar con la gente echándose a la calle, pero nadie sabe cómo solucionarlo.

Sin embargo, también hay un fenómeno que ilustra toda esta inestabilidad y cortoplacismo: hay una especie de sentimiento de que todo este proceso que está incrementando la desigualdad es peligroso porque no se sabe qué puede pasar. Sí hay grandes empresarios que advierten de que esto puede acabar con la gente echándose a la calle, pero nadie sabe cómo solucionarlo. ¿Por qué? Pues porque la única respuesta es volver a un sistema de redistribución y no quieren.


AG: Hay intelectuales como Johan Norberg o Steven Pinker que se apoyan en estadísticas para asegurar que el mundo ha mejorado mucho en los últimos 50 años.

JF: Ya conozco esa teoría: con la estadística puedes hacer lo que quieras. Lo que nadie puede negar es que la desigualdad ha empeorado en los países desarrollados. Luego viene la trampa de decir que a escala mundial se ha mejorado, que la desigualdad ha disminuido, basándose sobre todo en el mayor desarrollo de China y la India. Además hay una enorme dificultad para establecer medidas de referencia a escala transnacional...

Vamos a suponer que la situación de África ha mejorado, cosa que no creo, cosa que niegan los propios africanos cuando se echan al mar. Pues, aún así, eso no alivia para nada la situación de sociedades como la española, la francesa, la norteamericana, etecé, en las que cada vez hay más trabajadores pobres. He leído que el 11% de las personas que van a albergues a dormir en Barcelona tiene trabajo: van del albergue al trabajo. Eso es algo nuevo. La compra en España por parte de capital chino no para de crecer y eso tampoco augura una mejora de nuestra situación. El aumento de la desigualdad en España no lo puede negar nadie: elucubrar sobre la disminución del hambre en el mundo no nos sirve. Además, ¿si es así por qué se están echando al mar?


AG: ¿La crisis de los refugiados no tiene más que ver con las guerras que con la miseria?

JF: De los refugiados del Oriente Medio la guerra ha sido un motivo, pero con ellos han venido muchos que buscan otra vida. Los que salen de África lo hacen por la pobreza. África es una bomba potencial porque sigue teniendo un crecimiento demográfico enorme, porque es un continente especialmente afectado por la desertificación y porque los países Occidentales siguen expoliando sus recursos, comprando tierras y echando a los campesinos que viven de una agricultura de subsistencia. Uno de los grandes delincuentes internacionales que nunca aparece es Canadá... Una de las empresas que más conflictos ha tenido por su actuación en la minería sudafricana está participada por la Iglesia de Inglaterra. Quiero decir que dejar de pensar en nuestros problemas, que bastante grandes son, con la idea de que el mundo está mejorando por fuera es un engaño.


AG: ¿España es un país peor que hace 45 o 50 años?

JF: Es difícil definir eso de mejor o peor. España emprendió el proceso de normalización con la Transición con grandes esperanzas y, durante bastantes años, vivió con un crecimiento que nos hizo pensar que estábamos entre las grandes potencias y que el crecimiento iba a ser ilimitado. Esto duró hasta que a Zapatero le llegó el garrotazo. Entonces vivíamos con un optimismo confuso: la prueba es lo mal que hicieron las cuentas las cajas y las inversiones de la banca en aventuras inmobiliarias insensatas.


AG: ¿Qué ha cambiado?

JF: Yo viví los años del franquismo con la esperanza de que las cosas podían mejorar cuando cayera el régimen. Empezábamos a participar del optimismo que se produjo tras la Segunda Guerra Mundial en Europa, cuando se creyó que se iniciaba una senda irreversible de progreso económico y de mejoras sociales y de derechos. Teníamos esperanzas incluso en los momentos más malos. Ahora, sin embargo, los jóvenes tienen unas perspectivas que difícilmente pueden suscitar entusiasmo. Todos damos por hecho que esta generación va a vivir peor que la de sus padres. Y la salida de esta situación no es nada clara. Por tanto, yo veo que en España hay unos que están mejor y muchos que están peor: una situación de desigualdad incluye eso...

A mí me queda poco recorrido, he hecho mi camino y mis angustias tienen que ver con el hospital. Pero a los jóvenes no les estamos ofreciendo las perspectivas de futuro que había en 1980 o incluso en 1960. Yo recuerdo que en aquellos años yo le escribía a don Ramón Carande, que para mí era un maestro y un amigo, y le explicaba las esperanzas que teníamos sobre cómo cambiaría la Universidad cuando acabase el franquismo y él me decía que lo que necesitaba el país no eran más universidades sino más colegios para educar a los españoles y que adquirieran conciencia… Yo diría que el horizonte de futuro de los jóvenes es peor.


AG: ¿No es posible que el miedo a los populismos alumbre una nueva etapa de derechos, como sucedió con el miedo al bolchevismo, o la situación es irreversible?

JF: ¿Pero quién va a reaccionar? Los partidos de la élite temen al populismo porque los echa a la calle, pero el sistema económico que sostiene el aparato político no tiene nada que temer del populismo. No es una amenaza. Si la variable fundamental es la redistribución de la riqueza, que sólo funciona cuando los trabajadores están en condiciones de negociar e imponer cargas a los beneficios empresariales para pagar los servicios sociales, ¿quién va a actuar? ¿Se van a crear nuevos mecanismos de redistribución? Ya veremos.


AG: Sin embargo usted ha mostrado su confianza en un “gran despertar colectivo”.

JF: En algún momento se puede producir. Lo estamos viendo no en nuestros países, pero sí en algunas partes del mundo. Pienso en América Central y América Latina, donde hay una guerra de los activistas campesinos por conservar la tierra y el agua: hay asesinatos constantes de dirigentes campesinos, hay una gran guerra y hay asociaciones, como el movimiento internacional rural Vía Campesina, que se plantean cosas de este tipo. En África también. Pero se trata de despertares muy lejanos.


AG: ¿Y en España?

JF: Hasta cierto punto el equivalente del movimiento campesino aquí es el activismo: la reivindicación de reformas sanitarias en Andalucía, la reivindicación de cambios en la educación… Uno puede conservar la esperanza de que todo eso puede acabar movilizando a la gente cuando los partidos lo que dicen es quedaos tranquilos que ya nos encargamos. Pero mis dones de profecía son nulos…

Los sistemas establecidos suelen tener una capacidad considerable de prevenir los males que conocen porque aprenden. En Cuba se produjo la revolución castrista porque nadie previó que se pudiera producir, si no EE.UU. lo hubiera impedido ipso facto. Pero después no se pudo reproducir nada similar en América Latina: el caso Guevara en Bolivia es la prueba de que habían aprendido cómo actuar. Las revoluciones se producen allí donde nadie las espera y cuando nadie las espera: esto lo vimos en la Revolución Francesa, en la Revolución Rusa, que empezó con una huelga de mujeres en Petrogrado mientras los dirigentes revolucionarios estaban todos o en Siberia o en el exilio...

En estos momentos nadie puede decir lo que pueda pasar. Ya veremos si hay un elemento de ruptura que responda a las necesidades y quejas de la gente. Si se supiera, ya se encargarían quienes se encargan de estas cosas de sofocarlo. En este libro he querido exponer una cosa muy sencilla, que ya explicó en su día Warren Buffett cuando dijo: “La guerra de clases existe y la ha ganado mi clase que es la de los ricos”. Esa es la historia de este siglo: parecía que iban perdiendo y cedieron y cedieron, pero finalmente la han acabado ganando.


AG: ¿Cómo valora el papel que puede jugar Podemos?

JF: A mí me parece que Podemos tuvo la virtud de saber recoger algo en lo que yo tengo muchas esperanzas, seguramente por ingenuidad, que son los movimientos sociales. Es decir, contra la incapacidad de los partidos para ocuparse de los problemas de la gente, surgió la respuesta espontánea de la gente, que se organizó contra los desahucios y tal. Podemos tuvo la habilidad de recoger ese malestar, pero no sabemos si tiene la capacidad de recoger eso para hacer una propuesta política a más largo plazo. Yo veo que tanto en Cataluña, como Valencia, como en Galicia esas fuerza más bien se les están escapando de las manos o están demostrando un grado considerable de autonomía. Dependerá de cómo actúen y de lo que planteen. A ver cómo resuelven esta duda sobre si las cosas se deben resolver en el Parlamento o en la calle. No lo sé.


AG: ¿Qué pasará con Cataluña?

JF: Eso no entra en mi libro.


AG: ¿Tiene solución el problema territorial en España? ¿Habrá un referéndum?

JF: Eso es entrar de nuevo en el terreno de la profecía. Vamos a ver, el referéndum, no lo sé. Pero vamos a suponer que se celebra, vamos a suponer que gana la opción independentista: ¿y después qué? Esa pregunta es de sentido común.


AG: ¿A qué se refiere?

JF: ¿Cómo organizas un Estado independiente si no tiene un ejército, si no tienes una Hacienda propia? Bueno, una Hacienda te la puedes inventar, aunque lo dudo. Por otra parte, habrá que ver por dónde van los intereses económicos porque las dos entidades financieras en Cataluña, el Sabadell y Caixabank, son entidades que tienen sus tentáculos en toda España, no olvidemos que la Caixa ha firmado un contrato de patrocinio con el Real Madrid. Vamos a no jugar a estas cosas.


AG: ¿Cómo ha afectado todo lo relacionado con la corrupción de Convergència a la reivindicación independentista?

JF: Las primeras muestras de independentismo se produjeron en septiembre de 2012 porque estaban hasta los mismísimos. Viendo esto, Convergència, que ya tenía el caso Pujol al descubierto, organizó unas elecciones y perdió el 8% de los votos. El PP ha cometido un error al sacar el tema de la corrupción porque siempre se le podrá decir dos cosas: primero, ¿y no lo sabía cuando pactaron con Pujol?; y segundo, ¿no se da cuenta de que la gente se va a dar cuenta de que esto es lo mismo que está sucediendo en todas partes? ¿por qué aquí van a reaccionar de manera distinta? Es decir, que hay o ha habido corrupción. ¡Pues ya lo sabemos, eso no sorprende a nadie!


AG: ¿Se ha fomentado desde el Gobierno la animadversión hacia Cataluña?

JF: Hombre, con eso se ha jugado. El gran disparate de 2010 no tiene precio: en 2004 se aprueba una reforma del Estatut recortada brutalmente, que se aprueba en el Parlamento español, que se aprueba aquí en un referéndum. Durante seis años funciona sin ningún problema pero el PP, que está en la oposición, interpone un recurso y en 2010 el TC lo tumba. Pues a la gente se le hinchó lo que se le tenía que hinchar y salió a protestar. También se ha utilizado ampliamente la idea de que si Cataluña se separa España no va a tener dinero para las escuelas. Fomentan el miedo y la desafección, que si los catalanes quieren más dinero, cuando estos lo que han pedido es simplemente más capacidad para administrarse. Pero todo esto es otra historia.

Re: FONTANA, Josep

Nota Mar Ago 08, 2017 1:42 pm
fuente: http://www.publico.es/politica/josep-fo ... ba-ya.html


Entrevista a Josep Fontana

"El sistema, tal como funcionaba, ya no convence a la gente"


Portada




Carles Bellsolà

Público // 21 de diciembre de 2016




Es, sin lugar a dudas, el gran historiador catalán vivo. Después de una carrera de seis décadas centrada en la historia contemporánea y de decenas de libros publicados, Josep Fontana (Barcelona, ​​1931) sigue plenamente activo, en una doble vertiente de investigador y de referente moral -especialmente de la izquierda, pero no sólo. "los historiadores -afirma- tenemos que enseñar a la gente a pensar por su cuenta", y no lamenta haber ido siempre "contracorriente". Con su característico pesimismo gramsciano, explica a Públic, desde su piso del barrio del Poble Sec de Barcelona, ​​que el mundo no va precisamente cada vez mejor, ero se muestra esperanzado con los movimientos de protesta que surgen "desde abajo".


Carles Bellsolà: "Hay una guerra de clases y la estamos ganando". Esta es una frase del magnate estadounidense Warren Buffett que usted ha citado en alguno de sus libros.

Josep Fontana: ​Lo reconocen los mismos que se benefician. En estos momentos, donde más se evidencia es en el crecimiento de la desigualdad. Las estadísticas en todas partes, en los EE.UU., en la UE, en España y donde se quiera, muestran que, año tras año, la desigualdad sigue aumentando. No ha habido ningún tipo de freno. Desde los años 70 del siglo pasado hasta ahora, este proceso se está incrementando. Y todos los mecanismos están montados para que esta situación no se detenga. De modo que aquí sí hay una clarísima contradicción de intereses entre un mínimo del uno por ciento o del uno por mil que se beneficia, y una gran mayoría que, por el contrario, pierde.


C.B.: Este proceso de crecimiento de la desigualdad, usted le llama 'la Gran Divergencia', y sitúa el inicio en los años 70.

J.F.: Este es un término equívoco, porque los historiadores lo utilizan para otra cosa, para las diferencias entre el crecimiento de Europa y del resto del mundo. Pero lo usó Paul Krugman para indicar lo que estaba pasando. Y es correcto. Esta divergencia gradual se manifiesta, por ejemplo, en la separación cada vez mayor entre la productividad del trabajo y las ganancias salariales. Que es lo que crea esta situación de acumular los beneficios sólo en la parte alta. También hay un fenómeno que ha aparecido en estos últimos, o al menos no se daba desde épocas muy anteriores, que es el de los trabajadores pobres. Cuando yo era joven, un individuo normal que tenía un trabajo de jornada completa se suponía que estaba capacitado para mantener una familia. Esto ha dejado de ser verdad. Es una realidad nueva y preocupante. Sobre todo teniendo en cuenta que todo indica que la tendencia es que esto se vaya agravando.


C.B.: ¿Qué desencadenó este proceso?

J.F.: En los años 70, una serie de factores de temor de que peligrara la estabilidad social nacida después de la II Guerra Mundial se acaba desvaneciendo. Estos temores estaban relacionados por un lado con la URSS como amenaza global –una amenaza relativamente falsa, pero que actúa con esta función–, y por otra parte con el miedo a la extensión del comunismo en las sociedades occidentales. En los años 70 está claro que esto ya no funciona. A finales de la década, la decadencia de la URSS está clara, y al mismo tiempo, y yo diría que sobre todo, la frustración de los intentos del 1968, que mostraron que no existía ningún potencial revolucionario que pudiera estallar. Entonces, por parte del mundo empresarial, empieza un claro recorte de concesiones.


C.B.: ¿Concesiones que se habrían otorgado, simplificándolo mucho, por miedo a la revolución?

J.F.: Por todo ello. También por el estado del bienestar, que se instala a partir de 1945 para tener un mundo en paz. En paz y con crecimiento capitalista asegurado. Este proceso se empieza a ver en Estados Unidos. durante la presidencia de Jimmy Carter. En aquel momento, con un presidente demócrata y las dos cámaras dominadas por los demócratas, no se aprueba una propuesta que hacen los sindicatos de una ley que los garantice la continuidad de los derechos que habían conseguido en la época de de Roosevelt. Este proceso se acentuará en los EE.UU. en la etapa de Ronald Reagan, y pasará en el Reino Unido en época de la señora Thatcher, con la lucha contra los sindicatos y su desarme, que debilita considerablemente el movimiento obrero. Posteriormente se extenderán al resto de Europa. Y se acentúan después de la gran crisis del 2007-2008, cuando una situación de crisis permite montar este tipo de doctrinas de la austeridad que dicen que, para volver a estar como antes, es necesario que 'os sacrificáis'. Porque la prueba que sólo se dirige a un sector es que esta doctrina nunca ha tenido en cuenta la necesidad de subir los impuestos que se cobran en el mundo empresarial. Al contrario, se han rebajado con la excusa que así se puede estimular la actividad, cosa que se ha demostrado largamente que no sucede.


C.B.: ¿Qué papel jugaría en todo ello el fenómeno de la deslocalización industrial?

J.F.: Es simplemente un elemento dentro de este juego. La deslocalización tiene la gran ventaja para las empresas de ir a buscar países en los que no sólo hay salarios más bajos sino que no tienen que asumir costes sociales. Esto es fundamental. En Bangladesh se puede hundir un edificio y morir miles de personas, y esto no lo pagan los que encargan los tejidos o las zapatillas deportivas. Pero también hay otro factor: la deslocalización de los beneficios. Cosa que, de hecho se ha tolerado. Ahora empieza a haber alguna protesta, como la reciente respecto a Zara. Pero no hay nadie que haya actuado ni que tenga intención ni capacidad de actuar. El mundo bancario practica este juego de una manera continuada. Todos nuestros grupos bancarios tienen una división de subcentrales y filiales que les permiten jugar de esta forma. Al fin y al cabo, los bancos controlan la política. La controlan por los créditos que dan a los partidos, y por los cargos que dan a los políticos cuando acaban con este trabajo. No hay ninguna posibilidad de que esta situación se modifique, si no cambian mucho las cosas. Se han apoderado de la política y la deslocalización no es nada más que un elemento de este fenómeno.


C.B.: ​​¿Se han apoderado también del pensamiento? Usted habla de la "Batalla de las ideas", que se habría desarrollado en paralelo.

J.F.: Es evidente que han saltado alarmas. Por un lado, ha habido actuación empresarial en el mundo universitario, sobre todo en el terreno de las ciencias sociales, a partir de las subvenciones y el mecenazgo. Es evidente que, si tú no eres 'de los buenos', no esperes que te vengan a ofrecer una ayuda para una investigación privada. Por otro lado, hay otro elemento fundamental que es el control de los medios de comunicación. El papel político de los medios es importantísimo. Menos el de la prensa de papel, que cada vez tiene menos actividad. Es grande el de la radio, pero sobre todo es importante el de las televisiones. Y está claro que las televisiones privadas tienen unos filtros muy claros respecto a lo que dejan pasar política e intelectualmente. Los noticiarios, que constituyen la base de la información que recibe un ciudadano medio, están perfectamente filtrados, hasta extremos a veces ridículos. Evidentemente, detrás están los intereses empresariales, que están claramente presentes.


C.B.: En este sentido, ¿cree que los valores ideológicos de las clases privilegiadas se han extendido al conjunto de la población?

J.F.: La función que ejercen los medios consiste sobre todo en determinar la opinión en cuestiones que tienen que ver con la política inmediata. En cuanto a influir en ideas sobre la sociedad... seguramente su función es más subsidiaria, a pesar de que pueden acabar influyendo. Pero tampoco se puede olvidar que, ante el choque entre la realidad y el mundo que te intentan pintar los medios, hay unas formas de rechazo y de repensamiento que se manifiestan, sobre todo, en reacciones desde abajo, en toda esta serie de movimientos de protesta que se producen en el tejido social. De hecho, yo diría que una de las grandes esperanzas de futuro reside justamente en esta función crítica que se está produciendo desde abajo, y que tiende a crear formas organizativas, más que en la función que pueden seguir teniendo partidos que, de alguna manera, ejercen una función educadora desde arriba. Es decir, que interpretan desde arriba. No puedes estar engañando y envenenando indefinidamente a la gente cuando el contraste con la realidad de cada día les obliga a la fuerza a reflexionar. Ahora, que de todo esto tengan que surgir fuerzas que tengan un peso fundamental en la transformación social, seguramente tendrá que pasar mucho tiempo para que sea así.


C.B.: Sobre estas formas de rechazo, usted se mostraba optimista el 2011, cuando surgieron toda una serie de movimientos de protesta contra las políticas de austeridad, ¿Piensa lo mismo ahora?

J.F.: Yo no he sido nunca optimista. No es una cuestión de ser optimista o no. Las grandes transformaciones de después de la II Guerra Mundial tuvieron a la socialdemocracia como un actor fundamental. Pero es evidente que, a finales del siglo XX, la socialdemocracia estaba totalmente sobrepasada. Es la etapa de triangulación entre Clinton, Tony Blair y aquí Felipe González, que acaban asumiendo un mensaje común para derecha e izquierda, que es lo del neoliberalismo, pero que administran con pequeñas diferencias, para funcionar. Esto, evidentemente, ha acabado con cualquier capacidad de la socialdemocracia para seguir haciendo esta función. Los partidos comunistas, obviamente, quedaron desbordados mucho antes, y no tienen claramente un sustituto. Lo que se ha producido últimamente, que preocupa a muchos y que seguramente no siempre se interpreta bien, es que se ha producido una erosión de este sistema bipartidista, que funcionaba prácticamente en todas partes, y que se esté agrietando.


C.B.: Y estos cambios, ¿hacia donde van?

J.F.: Es difícil saberlo. Lo que si se anuncia es que el sistema se erosiona. Yo no diría que sea el mismo problema en España, en donde de hecho el sistema todavía sigue funcionando muy activamente, a pesar de que sí que se muestra en algún aspecto. Es evidente que la función que ejercía el PSOE, como brazo izquierdo de este elemento, se desgasta. Lo que pasa es que el que lo tendría que sustituirlo no acaba de funcionar. Porque posiblemente sea muy difícil que funcione una opción que lo que pretendería es agrupar a todas estas fuerzas que salen desde abajo, de la protesta social. Es muy difícil coordinar estas fuerzas, y probablemente es imposible tratar de dirigirlas desde arriba para hacer un nuevo partido. Lo que parece claro es que el sistema, tal como estaba funcionando, se está desgastando rápidamente, porque ya no convence a la gente.


C.B.: ¿Cree que fenómenos como la victoria de Trump en Estados Unidos o el auge de la extrema derecha en Europa, son otra forma de rechazo popular?

J.F.: Todo esto que ahora llaman "populismos"... Cuando se produjo el Brexit, una de las personas que lo vio más claro fue el señor Tony Blair, que sabía de qué hablaba, y dijo que se estaba acabando la capacidad de las élites dirigentes para seguir convenciendo a la gente, y que lo que había por debajo se iba tanto hacia la extrema derecha como hacia la extrema izquierda. Este es un fenómeno nuevo que muestra que se están produciendo cambios. Cuando se habla de manera simplista de "populismos", creo que no se entiende que lo que hay detrás es mucho más complicado. Supongo que esto se acabará viendo en Estados Unidos, en donde evidentemente la respuesta ha sido un gran error, como se está viendo en la formación de su gobierno. Hay muchos testigos del mundo rural norteamericano que apoyaron a Trump porque pensaban que acabaría con la corrupción de Washington, y es evidente que lo que hará es establecer una corrupción todavía mayor. Trump subió [al poder] con dos promesas. Una, acabar con la corrupción del sistema. Y evidentemente, la idea de los demócratas de presentar como candidata a Hillary Clinton, que representaba lo más corrupto que pudiera haber, fue una equivocación brutal. Y segunda, Trump prometió a los trabajadores que acabaría con la deslocalización, pero no les dijo en ningún momento que acabaría con la evasión de impuestos. Eran promesas elementales que mucha gente entendía.


C.B.: ¿Es más fácil que a las clases populares, descontentas con la situación actual, les lleguen antes estas promesas de la extrema derecha o la derecha populista, por el hecho de ser más elementales, que las de la izquierda?

J.F.: Evidentemente. Han hecho un tipo de promesas que parecían responder al malestar de la gente. Cuando la señora Le Pen dice: "prohibiremos que vayan a la escuela los hijos de los inmigrantes"... La idea de expulsar a los inmigrantes, y así habrá más puestos de trabajo, es una idea muy primaria. Pero hablamos de esto y la gente se olvida de una cuestión a la que no se presta atención, o que se intenta esconder. Y es que el crecimiento de la desigualdad no se produce sólo en el interior de las sociedades desarrolladas, sino también a escala global. Hay un potencial de millones y millones de africanos famélicos, y de gente de toda una área que va desde el Próximo Oriente hasta el Afganistán que están preparados para saltarnos encima. Es una idea difícil de obviar, sólo hay que ver los números primarios de la demografía. En estos países, el empobrecimiento no lleva camino de desaparecer. De alguna manera, una de sus expresiones es el yihadismo.


C.B.: Los teóricos neoliberales dicen justo lo contrario. De hecho, esgrimen como gran punto a favor de la globalización el crecimiento económico de determinados países, sobre todo de Asia.

J.F.: Han crecido unos países determinados del Este asiático. Del resto, olvídese. El gran crecimiento es el de China, y además se ha producido con unas reglas diferentes, se mantiene con unas reglas diferentes y tiene unos proyectos de futuro diferentes. El crecimiento en India es más complejo. Sí que ha habido crecimiento, pero no disminuye la pobreza. Las estadísticas que dicen que la pobreza se ha reducido en el mundo son tramposas, porque la mayor disminución de la pobreza se ha producido en China, y el volumen de población de China las distorsiona. No ha habido disminución de la pobreza en África subsahariana, donde no está claro que haya desarrollo de ningún tipo.


C.B.: ¿Ve también un aumento del autoritarismo en el mundo, o una disminución de las garantías democráticas?

J.F.: ¿Ve también un aumento del autoritarismo en el mundo, o una disminución de las garantías democráticas?
Si se produce un aumento de los movimientos sociales, de actuaciones de base y de protesta, el autoritarismo puede ser una primera respuesta inmediata del sistema, para tratar de mantener el orden. Pero no tiene demasiada capacidad para el futuro. La idea de que un dirigente carismático puede resolver los problemas colectivos creo que cada vez tiene menos recorrido. Las situaciones son complejas, sobre todo cuando los sistemas no son homólogos. Tomemos el caso de China. Es evidente el papel dominante del Partido Comunista chino. Pero, por ejemplo, el desarrollo económico de China se produjo a través de mecanismos de descentralización: fueron pasando capacidades de dirección y de planificación a las entidades regionales y locales. Y no hay que olvidar que una de las bases del sistema chino es que las presidencias son temporales y no se repiten, de forma que no favorecen la aparición de líderes carismáticos. No se deben hacer transferencias demasiado simples de los tipos de modelo de las sociedades de Europa occidental. El caso de Putin, que en cualquier caso ha sido elegido, tiene que ver con una situación muy compleja, y evidentemente ha tenido mucho que ver con la forma que desde fuera se ha envuelto a Rusia. Estas cosas exigen un análisis muy fino.


C.B.: Volviendo al tema de las protestas, y centrándonos ahora en la izquierda, usted ha dicho alguna vez que los jóvenes que las protagonizan tienen mucho menos que perder que en 1968, porque ahora el sistema no es capaz de ofrecerles un futuro.

J.F.: Esto está claro. Cuando el 1968, en París, los estudiantes soñaban con cambiar el mundo, el Partido Comunista y el sindicato comunista no optan por apuntarse a la revolución, sino por negociar unas subidas salariales. Evidentemente, el sistema ahora no tiene la capacidad de dar satisfacción en este sentido. Si hay algún sector de la población que se pueda considerar como gran perdedor [del sistema], son evidentemente los jóvenes, porque la situación de un joven parado no es la misma que la de un adulto parado, que se puede reintegrar. Un joven parado pierde las capacidades de formarse, y el sistema no se preocupa ni sabe qué hará con toda esta parte de la población que margina. Aquí la gente hablaba mucho del paro, que sí un veinte-y-tantos por ciento... y mientras tanto el paro juvenil era del 52%. Esto no se soluciona con una política sectorial, para jóvenes. Hay que cambiar la forma de funcionar del conjunto de la sociedad. Y aquí volvemos a tener en un lugar central los impuestos –que es lo que permite ofrecer servicios sociales– y los salarios. O actúas sobre esto, o todo lo demás son cataplasmas.


C.B.: Hay quien habla directamente del fin del trabajo, porque el sistema ya no podrá ofrecer suficiente ocupación.

J.F.: Esto son sandeces. La transformación del trabajo se ha producido siempre. Refiriéndose a los robots, por ejemplo, un economista norteamericano decía que el problema será saber de quién son los robots, a quiénes beneficiarán. Es una tontería decir que la desaparición de trabajos mecánicos en la industria puede significar el fin del trabajo. Teóricamente, en una sociedad muy organizada, hay un sector en el cual las capacidades de absorción son ilimitadas. Es el sector servicios. Justamente, una de las enormes diferencias en la respuesta a la crisis de China y de los países occidentales es que la política del estado chino ha sido, en buena medida, la de absorber en el sector servicios buena parte de la gente que se quedaba sin oficio al desaparecer empresas que no eran rentables y que había que suprimir. Es evidente que la robotización puede hacer que se pierdan muchos puestos de trabajo, pero si los robots producen más beneficio, estos beneficios se tendrían que traducir en más impuestos, que permitan dar ocupación a más gente dedicada a servicios sociales. Si algo sabemos que falta en este país son médicos y enfermeras en los hospitales, en cantidad, y aquí no hay ningún robot que los pueda sustituir. Esto del fin del trabajo es una barbaridad. En todo caso, sería la de determinados tipos de trabajo.


C.B.: Después de décadas alejado de cualquier significación política, el año pasado decidió apoyar en Barcelona en comú cerrando la lista de Ada Colau en las elecciones municipales en Barcelona. ¿Por qué lo vio oportuno, tantos años después?

J.F.: Para empezar, yo sólo tuve actividad política en el tiempo del antifranquismo, que era cuando tenía un sentido. Después me he alejado. Y en este caso, yo apoyé a Colau, pero no tengo nada a ver con ella, no tengo ninguna relación. Sólo me pareció que, en aquel momento, era una opción correcta –que parecía absolutamente imposible que ganara–, y no me arrepiento. No quiero juzgar los errores que, evidentemente, también ha cometido su equipo. Pero, entre esto y un gobierno municipal Trias, yo no tenía dudas. Y no tengo ninguna actividad, participación ni, obviamente, beneficio.


C.B.: ¿Cree que el auge del [url=movimiento nacionalista catalán rebeldemule]independentismo en Catalunya[/url] en los últimos años ha catalizado, de alguna forma, un malestar social existente?

J.F.: El inicio de una presencia política clara del independentismo –que ha habido siempre, pero era marginal– se produce cuando la gente, no los partidos, reacciona contra el mal gobierno. Y la gente siente que el mal gobierno es el que viene de fuera. Cuando después de esto el señor Artur Mas se hace ilusiones y convoca unas elecciones inmediatamente, entonces pierde el 8% de los votos. Lo que determina que la gente no tuviera esta visión simplista, sino que realmente estaba protestando de manera muy global contra un mal gobierno.​


C.B.: ¿Qué papel tienen hoy en día la historia y los historiadores?

J.F.: Podemos tener varios, y no todo el mundo juega el mismo papel. Los hay que se contentan con apoyar el discurso oficial que conviene. Pero aquello que mis maestros me enseñaron, gente como Jaume Vicens Vives o Pierre Vilar, es que nuestra función esencial es despertar el espíritu crítico de la gente, enseñarles a pensar por su cuenta. Y eso hace falta, porque la ignorancia es absolutamente increíble. Un ejemplo: la comisión que da el premio Nobel de la Paz pidió que acudiera, para una sesión especial sobre la paz mundial, a un personaje como Henry Kissinger –a quien ya le habían dado el premio. Eso suscitó todo tipo de protestas, porque Kissinger tiene responsabilidad sobre centenares de miles de muertes. Con esta ignorancia de la realidad histórica, es bastante útil que haya alguien que esté dispuesto a hacer que la gente sepa dónde vive y por dónde van las cosas.


C.B.: ¿Y ya les hacen suficiente caso?

J.F.: Depende. Evidentemente, si tú eres una persona independiente y te atreves a ir a contracorriente, es evidente que encontrarás más bien rechazo. Pero eso mismo te da, por otro lado, el apoyo de mucha gente que sabe valorar lo que haces. Yo, en este sentido, no me quejo.


C.B.: ¿Cree que la historia, como otras ciencias sociales, se ha ido arrinconando en la enseñanza en los últimos años?

J.F.: La historia, y no hablo de su lugar en la enseñanza, sino en líneas generales, es difícil que se margine por una razón elemental, y es que está presente cada día en un montón de cosas. Por ejemplo, el año que viene es el centenario de la revolución rusa: no puedes hacer desaparecer una realidad como esta, que volverá a ser objeto de discusión. En este sentido, la necesidad de usar la historia para entender el mundo en el que vivimos no se puede ignorar. La manera de traducirse después en el mundo de la enseñanza... eso es una cosa más compleja. Pero es evidente que la intención de los gobiernos, desde hace mucho tiempo y casi en todas partes, es controlar lo que se enseña.


C.B.: ¿En esto juega algún papel el hecho de que las empresas intervengan cada vez más en las enseñanzas superiores?

J.F.: Sí. Pero esta función, las empresas la dejan un poco en manos de los aparatos de Estado, que son los que tienen la misión de ocuparse de estas cosas.


C.B.: Si antes decía que la función de los historiadores es ayudar la gente a pensar por si misma, ¿el objetivo de este arrinconamiento de la historia sería privar al pueblo de elementos para poderlo hacer?

J.F.: Esto es evidente. Desde este punto de vista sí que el mundo empresarial, cuanta menos educación tenga la gente con la que ha de tratar –excepto, evidentemente, las habilidades necesarias para hacer el trabajo que les encargan–, mejor. Esto se ha visto claramente en Estados Unidos, donde el papel de las empresas sobre todo en la educación universitaria es considerable. Por ejemplo, los hermanos Koch, que son propietarios de empresas químicas y de carbón, gastan millones financiando cátedras, naturalmente destinadas a explicar las cosas que les conviene que se expliquen, como por ejemplo valorar la libertad de empresa o negar el cambio climático. En este sentido sí que las empresas intervienen directamente. En nuestro país creo que todavía no les ha hecho falta.

Re: FONTANA, Josep

Nota Mar Ago 08, 2017 2:26 pm
fuente: http://www.laizquierdadiario.com/revolu ... os-soviets



Josep Fontana, historiador catalán reconocido internacionalmente, acaba de publicar un nuevo libro sobre la Revolución Rusa. Lo entrevistamos.

“La revolución vio nacer el poder de los soviets”


Portada




Josefina L. Martínez

La Izquierda Diario // 11 de marzo de 2017



Fontana es catedrático emérito de Historia de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona y autor de más de una decena de libros. El intelectual catalán acaba de publicar, a los 84 años, un libro dedicado a analizar el impacto que de Revolución Rusa en la historia de los últimos cien años.

El siglo de la Revolución recorre los principales acontecimientos mundiales desde la guerra de 1914, la Revolución de octubre, el contagio de los Consejos obreros hacia Europa y su derrota -debida fundamentalmente al papel de la socialdemocracia-, el ascenso del fascismo, la crisis de los años 30 y la represión del estalinismo. En sus páginas se encadenan, a través de un relato ágil, los sucesos que llevan a la Segunda Guerra Mundial, el período de entreguerras, los vientos de cambio del mayo francés y, finalmente, el gran reflujo de la lucha de clases con el auge del neoliberalismo.

A diferencia de la historiografía liberal que demoniza la Revolución rusa, Josep Fontana propone “recuperar la historia de aquella gran esperanza frustrada en su dimensión más global, que encierra también nuestras luchas sociales.”
A propósito de la publicación de su último libro, lo entrevistamos y nos responde desde su casa en Cataluña.


LID: En su último libro, El siglo de la Revolución, señala que la Revolución rusa de 1917 ha marcado la trayectoria de los cien años siguientes. ¿En qué sentido ha sido así y por qué?

JF: Lo que trato de explicar es hasta qué punto el miedo, no tanto al nuevo estado soviético como a la expansión de las ideas del comunismo, marcó la evolución política del mundo a lo largo de estos cien años, combinando la represión con el “reformismo del miedo”, al cual debimos conquistas como el “estado del bienestar”. Hasta que la desaparición de este miedo, hacia 1975, inició el reflujo que nos ha llevado a la actual situación caracterizada por una desigualdad creciente.


LID: La derrota de la Comuna de París en 1871 marcó un reflujo de la lucha de clases y un rumbo reformista para la socialdemocracia, que renunció a la revolución como vía de transformación social. Usted señala que la Revolución rusa marca una trayectoria opuesta, un nuevo modelo de praxis revolucionaria. ¿Qué herramientas y estrategias claves aporta esa experiencia?

JF: La revolución rusa empezó en febrero de 1917 de una forma que nadie había previsto. Con los dirigentes revolucionarios en Siberia o en el exilio, una huelga de obreras de las fábricas textiles desencadenó un movimiento que acabó con la monarquía y vio nacer el poder de los soviets o consejos de trabajadores, soldados y marineros. Eran unas condiciones nuevas, que Lenin pensó que podían permitir que se iniciase un proceso como el que Marx había previsto en la “Crítica al programa de Gotha” de 1875, en que desautorizaba el modelo evolutivo y reformista que proponían los partidos socialdemócratas.


LID: La historiografía liberal sostiene la tesis de que la Revolución Rusa no fue una revolución, sino un golpe de estado minoritario. Usted, en cambio, sostiene que fue un proceso social profundo, basado en las demandas de obreros y campesinos. ¿Puede señalar algunas cuestiones centrales que desmienten las tesis liberales sobre la Revolución de 1917?

JF: La toma del Palacio de Invierno en octubre de 1917 hubiera quedado en una mera anécdota si la revolución no hubiese tenido desde el primer momento el apoyo, no solo de los obreros, sino también de los soldados, los marineros y, sobre todo, de los campesinos.


LID: Richard Pipes, el ex asesor de la CIA en tiempos de Reagan, dice en una entrevista publicada en España hace unos días que “la Revolución Rusa fue uno de los sucesos más trágicos del siglo XX. No hubo absolutamente nada positivo ni grandioso en aquel acontecimiento. Entre otras cosas, arrastró a la humanidad a la II Guerra Mundial”. ¿Qué respuesta merece esta afirmación?

JF: Pipes no sólo era un asesor, sino que dirigía el “team B” que pretendía corregir las deficiencias de la CIA. Las delirantes previsiones de Pipes, que suponía que la economía de la URSS estaba creciendo a un ritmo acelerado, cuando había iniciado su decadencia, y que Moscú se estaba preparando para realizar un ataque nuclear a los Estados Unidos, valiéndose de nuevas armas de una fantástica potencia, fueron rápidamente desautorizadas. Lo que cuesta entender es que alguien recurriese a este personaje en 2017 como una autoridad historiográfica en este campo.


LID: En Rusia, las verdaderas dificultades no estuvieron en el momento de la Revolución y la toma del poder, sino que comenzaron después, con la guerra civil. La gran pregunta es: ¿cómo resistieron los bolcheviques y cómo logró perdurar la revolución?

JF: La guerra civil se ganó con el apoyo del nuevo ejército rojo, pero también, y yo diría que, ante todo, con el de los millones de campesinos que no estaban dispuestos a volver atrás, devolviendo sus tierras y su libertad a los señores. Reconstruir una economía destruida por estos años terribles obligó a empezar de nuevo la construcción de la nueva sociedad, en condiciones mucho más difíciles de las que existían a fines de 1917, cuando Lenin pensaba que se podía avanzar en unos pocos meses. Era un nuevo comienzo y exigía un nuevo programa.


LID: ¿Había posibilidades reales de que la Revolución se expandiera a Europa? ¿Qué papel jugaron los partidos socialdemócratas?

JF: Parece claro que Lenin era demasiado optimista cuando en abril de 1917 dijo en la estación de Finlandia: “Esta guerra entre piratas imperialistas es el comienzo de una guerra civil en toda Europa. Uno de estos días la totalidad del capitalismo europeo se vendrá abajo. La revolución rusa que vosotros habéis llevado a cabo ha preparado el camino y ha inaugurado una nueva época”. Tan solo en Alemania pareció que era posible repetir algo semejante; pero la alianza del Partido socialdemócrata con el ejército lo hizo imposible.


LID: Usted afirma, basado en nuevos documentos desclasificados en los últimos años, que entre 1936 y 1939 fueron fusiladas en la URSS alrededor de 700.000 personas por el estalinismo. ¿Cómo fue ese período y qué consecuencias tuvo para el curso de la Revolución?

JF: Es posible que la revolución se hubiese podido salvar por la vía que proponía Bujarin, prolongando la NEP y desarrollando los programas de planificación que se estaban preparando en los años veinte. Pero Stalin optó por la industrialización forzada, que exigió desde el primer momento el uso de la violencia y que condujo a despilfarrar los recursos de la economía campesina. La nueva oleada de represión de 1936 a 1939 surgió de un miedo irracional a los enemigos que se suponía que amenazaban la continuidad del estado soviético. Una de sus consecuencias fue que los recursos se destinaran ante todo a consolidar y reforzar el estado, en lugar de a desarrollar la transformación de la sociedad.


LID: A 100 años de la Revolución Rusa, ¿qué legado piensa que es importante retomar para las nuevas generaciones?

JF: En la medida en que el ejemplo de la revolución rusa alimentó en todo el mundo las esperanzas de millones de hombres y mujeres que aspiraban a establecer sociedades más igualitarias y democráticas, pienso que hay que valorar lo que significó a escala global. Sin ese impulso no se hubiesen conseguido grandes conquistas como la descolonización de África o la eliminación de la pobreza y el hambre en China. Ni otras, menores si se quiere, pero significativas, que se lograron en muchos países. Por poner un solo ejemplo local: sin la fuerza que Comisiones Obreras habían alcanzado a la muerte de Franco, sus sucesores no se hubiesen visto obligados a pactar una transición a un régimen formalmente democrático. En momentos de retroceso social como el presente pienso que la lección que habría que retener es que, ante los grandes problemas, cuando el reformismo es insuficiente, es necesario aspirar a cambiar el mundo.


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