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CARDÍN, Alberto (1948-1992)

Libros, autores, cómics, publicaciones, colecciones...
Alberto Cardín

Portada
(Wikipedia | Dialnet)


Introducción

    [fuente] Benigno Alberto Cardín Garay (Villamayor, 15 de enero de 1948 - Barcelona, 26 de enero de 1992) fue un ensayista y antropólogo español, uno de los activistas homosexuales españoles más importantes de la Transición y un autor destacado de la literatura gay española.


    Biografía

    Nacido en Villamayor, en Asturias, pero con un año y medio se traslada con su madre a México, donde su padre tenía una fábrica de camisas. A los nueve años regresa solo a Asturias para estudiar en el Colegio de Jesuitas de Gijón. Permanecerá en el colegio, inicialmente como interno y a partir de 1960 como externo, hasta 1965. Tras un breve paso por Deusto y tratar de hacerse jesuita, en 1968 pasó a estudiar Filosofía y Letras en Salamanca, para trasladarse en 1969 a Oviedo, donde se licencia en 1972 de Historia del Arte Medieval e Historia del Arte Contemporáneo.

    Tras un paso por México, donde recupera los recuerdos de su niñez y entra en contacto con los movimientos culturales que se estaban dando en Europa y América, en 1973 se instaló definitivamente en Barcelona. En 1974 comenzó a escribir para diversas revistas y periódicos, sobre todo para El viejo topo, pero también en El País, Ajoblanco y Diwan, de la que fue consejero redactor hasta 1981. A partir de 1981, sus colaboraciones fueron principalmente en Disidencias, Cuadernos del Norte, Diagonal, El Noticiero Universal y otras. Fue impulsor de diversos proyectos editoriales, entre los que destacan la mencionada revista Diwan (1978), La Bañera (1979) y Luego... cuadernos de crítica e investigación (1985). La mayor parte de su producción se encuentra en artículos de revistas y periódicos, que han sido recogidos en diversos libros.

    En agosto de 1985 dio a conocer públicamente que tenía SIDA en una entrevista de Lola Díaz, publicada en Cambio 16.​ En esa época el SIDA era todavía una enfermedad desconocida, que se solía relacionar con los homosexuales, que producía miedo y estigmatizaba a sus portadores. Cardín se convirtió así en uno de los mayores divulgadores y conocedores de la enfermedad en España.

    Consiguió el título de doctor en 1986 en la Universidad de Barcelona, con la tesis Dialéctica y Canibalismo, en la que trata de deconstruir el concepto de caníbal, con el que se ha tratado de difamar a menudo a los pueblos «primitivos».

    Cardín falleció el 26 de enero de 1992 enero en su domicilio de Barcelona, como consecuencia del sida. La biblioteca personal fue trasladada tras su muerte, ese mismo año, en marzo, al Departamento de Filosofía de la Universidad de Oviedo, por mediación de la Sociedad Asturiana de Filosofía. En mayo el Instituto Catalán de Antropología, el Instituto de Humanidades de Barcelona y la Universidad de Barcelona organizaron un acto de homenaje a Cardín.

    Fue uno de los redactores y firmantes del Manifiesto de los 2.300, manifiesto que reivindicaba los derechos de los hispanohablantes catalanes.

En Traficantes de Sueños se escribió:La incorporación de Alberto Cardín al tejido intelectual barcelonés coincide simbólicamente con la Ley de Reforma Política aprobada por las Cortes franquistas a finales de 1976 que ponía fin al régimen del dictador muerto. Alberto Cardín fue, durante cinco años (1977-1982), desde sus primeros textos en El Viejo Topo hasta sus últimas columnas en el suplemento Disidencias, labrada ya su irremisible fama de polemista, una de las voces más sonadas de la plana cultural alternativa. La dureza burlesca de sus consideraciones intempestivas, la brillantez de un discurso crítico apoyado en la sospecha y en la destrucción de la complacencia presentan una de las vías menos promocionadas de la Transición, la de aquellos que para construir un lugar mejor apostaron por el incendio. El olvido que pesa sobre Cardín es proporcional a la claridad con que la España oficial sigue narrándonos su historia reciente. [...]





Ensayo (cortesía en su mayor parte de Ernesto Castro)





Poesía





Artículos





Sobre A. Cardín (artículos)



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fuente: http://ctxt.es/es/20160518/Culturas/5965



Reseña de Mi más hermoso texto. Poesía completa, de Alberto Cardín

Cardín, no digo más



Guillem Martínez

CTXT // 18 de mayo de 2016




Hola. Esto no es una reseña. Es una crónica. Una crónica es ir a un sitio y explicar lo que pasa. Lo que indica que el libro del que aquí se habla es un sitio en el que pasan cosas. Algo no necesariamente frecuente. En esta crónica les presento tres, novedosas —en la vida, snif, no hay mucho de eso— y que vienen a confirmar un sign of the time. En el libro/sitio pasa, a saber: una generación, pasa también la transmisión de tradición cultural —una dinámica aplazada, por aquí abajo, cuando se aplazaron las generaciones y sus conflictos—. Finalmente, y en tercer lugar, pasa la vindicación de un autor elidido, perteneciente al, tal vez, último grupo generacional con pies y cabeza —es decir, sin subvención y sin vinculación con lo oficial— en Barcelona y en el Estado, anterior, por pocos minutos, a una formulación de la cultura que ha durado más de treinta años y que, sólo ahora, empieza a desfallecer.

Pero, como dicen en la Comisión Europea, vayamos por partes.

Sobre la generación. Es difícil imaginar cómo acabará, y con qué formas y resultados, la ruptura cultural que, viniendo de más lejos, se formaliza en un plis-plas en 2011. Es, incluso, difícil describirla. Desde el 15M —por poner una fecha chachi—, la cultura ha dejado de ser monolítica. Carece de centro. Se fundamenta en el choque, no en la amabilidad ni los valores decorativos. Es diversa, hasta cierto punto inconexa, y ni transcurre, ni se forma y ni se explica a través de los medios ad hoc. A esa dificultad en su dibujo cabe agregar la ausencia, en los medios, de crítica que, estadísticamente, merezca ese nombre. La crítica —esa cosa parcial, arbitraria, personal, polémica y con mala folla— desapareció del biotopo en algún momento de los 80, cuando se decidió que la cultura no sería nunca jamás un mal rollo, sino el gran elemento cohesionador y, por lo tanto, desarticulado, sin capacidad de plantear grandes problemas.

No hay, por tanto, revistas especializadas, ni un punto concreto al que acudir a aplaudir o abuchear lecturas de la producción del momento, sea cual sea el momento en los últimos 30 y pico años. Bueno. Pese a todo ello, es posible intuir señales de lo que viene. Son señales que tal vez no aportan nada salvo lo obvio. Lo obvio: la beligerancia, la independencia, la cultura como campo de batalla se está traduciendo, curiosamente, en un auge del ensayo y la poesía, en detrimento de la narrativa que, como en los años 20-30 del siglo anterior —décadas que presentan cierto paralelismo con la actualidad—, está como alelada y a su bola. Las nuevas producciones parecen, además, distribuirse en un nuevo fenómeno: la pequeña librería, en ocasiones, una cooperativa, en la que no se suelen distribuir los libros de los que habla la prensa. La editorial, igualmente, suele ser pequeña. Un proyecto editorial preciso, con un trayecto decidido y empecinado como, tal vez, sólo sucedió en los 70.

En ese sentido, el libro del que les hablo es un poco todo eso. Un hecho generacional. Es la primera publicación de una pequeña editorial, dedicada a la poesía. Se trata de una aventura total —es decir, intelectual y vital; la vitalidad consiste, como ya sabrán, en comer tres veces al día— de Julia Echevarría (Barcelona, 1990), una joven editora, y de Unai Velasco (Barcelona, 1986), un joven poeta, perteneciente a una nueva emisión de poetas que se caracterizan, diría, no solo por sus propuestas formales —variadas y difíciles de acotar— sino por su conducta, alejada del chupatintas/pollas de Washington. De la poesía, en fin, como una práctica de promoción social e inofensiva. La poesía, el poeta eran, desde algún punto de los 70, en fin, un oficio tan parecido al funcionariado que, quizás por ello, atrajo a tantos funcionarios. Estas pequeñas editoriales pretenden subvertir e invertir el término de poesía, tal y cómo ha quedado visto para sentencia tras 40 años sin poesía/con una poesía vinculada sólo a sí misma y a su pequeña gran partida de póquer.

Sobre la transmisión intergeneracional de cultura. Se debe de señalar que, sí, ha sido poco probable desde el siglo XX. La imposibilidad de debatir con la tradición literaria, de despreciarla o potenciarla, de establecer cánones generacionales, no siempre ha estado, por razones históricas —es decir, snif, políticas—, al alcance de los lectores. La transmisión de la cultura, esa cosa que hacen las generaciones al elegir o desterrar antepasados, dejó además de ser una práctica usual desde los 80 —en una cultura cohesionadora, eso no se dice, eso no se hace—. Si, por ende, el Estado, a falta de crítica, en las últimas décadas ha ejercido de crítico y, mediante el premio, la seguridad económica y el honor, ha creado el canon en el grueso de géneros, en la poesía, esa dinámica ha sido ya de traca.

Por lo cual es bello y sorprendente ver cómo las nuevas generaciones están invirtiendo esa dinámica. Investigan el pasado, buscan cómplices y maestros y, como es el caso, van más allá y los editan. Lo acaban de hacer con Alberto Cardín (Villamayor, Asturias, 1948-Barcelona, 1992), en lo que es una metáfora de lo que está pasando. Lo-que-está-pasando: una generación no tiene suficiente con lo que le han dicho de los últimos 40 años, y se está construyendo otros 40 años. Lo hacen a su bola, con la tranquilidad y la naturalidad de quien considera que eso es lo natural y lo ético. Es importante. Están dibujando la percepción de lo que, en el futuro, se llamará Cultura de la Transición o cualquier otro nombre, poco épico, que englobe estas décadas no necesariamente brillantes, cuya producción ha quedado, de repente, pendiente de valoración. Es posible que el grueso de ella no supere la criba.

La vida y obra de Cardín —asturiano criado en México— se las traen. Llega a Barcelona en 1973. Es una Barcelona autosuficiente, brillante, que vive una suerte de Edad de Oro creativa y de libertad, fuertemente reprimida por un Régimen agonizante, y que finalizó abruptamente en los 80, en democracia, cuando —es un reduccionismo, pero sirve para entendernos— el nacionalismo catalán y el español —es decir, dos tipos de instituciones— tendieron a modular y agrupar las afinidades y problemáticas. Su llegada a la ciudad coincide, a su vez, con una eclosión personal.

Cardín —autor de narrativa, de poesía, de artículos periodísticos, de crítica, de ensayo— es un personaje que está en la pomada de lo nuevo con especial intensidad. Participa de las grandes revistas y publicaciones del momento —colabora, por ejemplo, con El Viejo Topo, Ajoblanco, llega a ser articulista de El País hasta que se produce cierta homogeneización en su staff de opinión—. A través de su grupo —el grupo de Cardín; a saber: Biel Mesquida, Javier Rubio, Lluís Fernández y, aunque no se lo crean, Federico Jiménez Losantos antes de caerse de la mula—, crea y lanza revistas determinantes —posteriormente se vio que, snif, para poco o nada hasta ahora— e influyentes, en las que se conjuga la alta cultura, la polémica y la cultura libertaria, como Revista de Literatura, Diwan o La Bañera —en su último número Cardín dibuja por primera vez, en un artículo de despedida, lo que sería la Cultura de la Transición, una cultura desarticulada e institucionalizada, decorativa y al servicio del Estado o/y la autonomía—.

Paralelamente —o sincrónicamente, mejor—, Cardín, en lo que sería otro grupo concéntrico, vive su homosexualidad a lo ancho y con ambas manos, en el grupo de los Nazario, los Ocaña, la contracultura popular y las performances escandalosas y divertidas que exhibían cotidianamente en las Ramblas y, puntualmente, en actos de infarto, como una intervención, en las históricas Jornadas Libertarias de Barcelona —el acto más multitudinario de la Transición; más de un millón de participantes—, en la que, literalmente, varios abuelitos de la CNT llegaron a su límite cardiaco. Profesor de Antropología, muy recordado por sus alumnos de Bellas Artes de los 80, Cardín fue director del primer sello literario homosexual de España —El Rey de Bastos, Laertes—. Posiblemente fue, avant la lettre, la primera persona que formuló por aquí abajo lo queer —como todo en él, varias casillas antes—, no sólo a través de su vitalidad, sino de estudios sobre género y sexualidad. Murió en 1992 —año olímpico, fecha metafórica en la que los 70 barceloneses fueron enterrados definitivamente; en hormigón—, de sida. Por lo visto, en la soledad que dan las enfermedades que no molan y, por el mismo precio, los posicionamientos intelectuales críticos que, definitivamente, ya no molaban.

Mi más hermoso texto está planteado como una exposición y una reivindicación de Cardín. La cosa viene precedida por un prólogo de Ernesto Castro (Madrid, 1990), una descripción generacional —es decir, desde su generación— de Cardín, en el que queda planteado el atractivo del autor en su diferencia respecto de esa historia oficial que es la cultura española reciente. Le sigue la poesía completa de Cardín. Tres libros publicados en los 80's, en los que Cardín se aproxima a una estética culteranista, próxima al pack Novísimos y, a la vez, alejada de la opción novísima por una vehemencia vital. Los Novísimos, en fin, son más que los Novísimos. De hecho, en los 70 se editaron, con menor fortuna, otras antologías en las que variaron los nombres, pero no esa mezcla de alta cultura, pop, serie poética internacional —Pound, Lezama—, y apego por lo camp, que decían ellos —quizás el palabro actual sería lo postmodern—. Yo qué sé.

En lo que es un bonus track, el volumen finaliza con una pequeña y sorprendente antología de textos narrativos, seleccionada por los editores. Se trata de reseñas y noticias de la época sobre Cardín —para saber cómo se las gastaban—, artículos y entrevista a Cardín —para saber cómo se las gastaba—, y polémicas de Cardín —para saber cómo se gastó—.

Una juerga.

Delicatesen de gauche



Alberto Cardín

Los Cuadernos del Norte. Revista cultural de la Caja de Ahorros de Asturias, año 1, nº 0, 1980, pág. 88




No hacía falta que saliera en Interviú la magra efigie de Jorge Verstrynge en pijama, diciendo que a él la comida se le da un ardite, para que supiéramos que la derecha, incluso cuando es obesa, prefiere más la sólida consistencia de un salpicón o una olla podrida, que todos los Bocuse y Maytes de la tierra. Incluyendo en tal capítulo, igualmente a los de UCD, que van de los filetes de Ávila a las "reglas del refitolero", que aún deben presidir las cenas de D. Cierva.

La izquierda española, en cambio, que hasta el placer intenta imponer del brazo de la ética, ha pasado de recomendar las higiénicas marchas sobre el Guadarrama, a enseñar las delicias de cuantas neococinas y aledaños en el mundo son. Dos plumíferos de burina estripe nos meten semanalmente por las entendederas cuantos platos perdidos en los mesones patrios y platos encontrados en viajes fin-de-premio o principio-de-reportaje se les vienen a la pluma. De la mano de Pepe Carvalho la izquierda que vota PCE-PSUC se ha impuesto la obligación de probar desde los cachelos gallegos hasta el mole inventado por una humilde monja poblana, siglos ha. Mientras los ejecutivos progres del PSOE, comprenden, ilustrados por los neo-bodegones de Urculo, las comidas estacionales propuestas por el ex-68, ex-exiliado, y actual reportero-para-todo, Xavier Domingo: la estación apropiada para comer broquíl, cuándo hacerse una buena ensalada de aguacates, o simplemente dónde conseguir el restaurán neo-vasco o neo-baturro, dónde habérselas con un neo-pil-pil o unas neo-migas.

No era, pues, extraño que la nueva colección patrocinada por Domingo en Tusquets se presentara en el Centro de reproducción de la realidad, financiado por Rania, para "crear la vida", y regentado por austeros y recoletos ex-franciscanos, que han conseguido dar al dicho centro un perfecto aura neo-opus, con toques ácratas, esenios, y sobre todo, evidentemente, lácteos.

Allí estaban en la mesa Faustino Cordón, que inauguraba colección con su Cocinar hizo al hombre, Beatriz de Moura, consejera editorial de Tusquets, uno de los ex-frailes "reproductores", y dos más bien como novicios de la orden láctea, criados por las "Zonas altas" barcelonesas.

Miraba Cordón, tuerto, con su cara de perro pachón pauloviano, a la de Moura, que escondía bajo los reflejos cobre de su pelo toda una teoría de bollos y tortillas editoriales, aunque ahora se decía más preocupada por el pan francés. Ella le dijo a Xavier Domingo que buscara alguien para iniciar a la izquierda en el uso de los cinco sentidos, éste encontró, claro, al ínclito bioquímico pauloviano, que se ha dejado los ojos y quemado las pestañas, demostrando la inverosímil tesis de que el hombre para vivir tiene que comer. Sólo un problema: él, D. Faustino, era un investigador, no un vulgarizador. Beatriz sonrió: "explíquelo como para que yo lo entienda". Y él, galante, hizo una introducción sobre la dificultad de llegar a la vulgarización.

Beatriz sonreía beatífica, escondiendo bajo una espesa capa de fondo de teint sus rasgos mulatos. El jefe de los cátaros lácteos explicaba la doble moral albigense expuesta por Cordón en su prólogo. Y éste, no pude ya oír si intentó defenderse, remitiéndose a Dobrinin y a Suslov, porque me fui.

Girard con nosotros



Alberto Cardín

El Día // 5 de mayo de 1984




No ayuda, pero consuela ver que el choricismo y la arbitrariedad teóricas, que creíamos patrimonio exclusivo de nuestros intelectuales, hacen también su agosto del otro lado de los Pirineos. La cosa viene de largo, y tal vez encuentre sus más lejanas raíes en la difusión misma de la cultura «Lycéenne», por más que una serie de figuras honestas y animosas siguieran manteniendo la ilusión del rigor discursivo hasta aproximadamente hace una década. Mayo-68 y sus desengaños parecieron abrir las compuertas del pirateo, la superficialidad y el apresuramiento teórico en busca de prestigio fácil y repentino.

En medio de la barahunda de los «Nuevos Filósofos» pudieron espumarse aún algunas figuras sustanciosas, pero fueron bastantes más los que, al retirarse la marea, quedaron al descubierto, mostrando sus mínimos: Glucksman, Sollers, Debray, Castoriadis... Ni siquiera un último y agónico reciclaje lacaniano (tan reticente y pirático como los mejores de aquí) logró salvar a los más de ellos.

Ninguno, sin embargo, en medio de semejante panorama, alcanza los niveles de desfachatez teórica y pretenciosidad intelectual de quien, como René Girard, parece haber logrado conectar los más brillantes fuegos fatuos de un cierto «paperismo» americano, con lo más superficialmente audaz del ensayismo literario francés. Su llegada a estas playas de la teoría no ha sido clamorosa, pero la rapidez con la que empiezan a sumarse traducciones, y las fáciles alabanzas que inmediatamente la han prodigado nuestros más aparentes filósofos (Trías y Savater se proclamaron ya viejos seguidores suyos), muestran que nos hallamos ante un caso evidente de afinidad electiva, aunque el encuentro magistral haya tenido que esperar hasta que una editorial prestigiosa como Anagrama se decidiera a publicar el «magnum opus» girardiano, La violencia y lo sagrado, mientras hace apenas dos años, la publicación por «Sígueme» de El misterio de nuestro mundo pasaba perfectamente inadvertida a los más sabios reseñistas.

Ahora, y mientras Anagrama prepara la edición castellana de la obra más reciente del teórico franco-americano, El chivo expiatorio, Gedisa ha aprovechado para sacar una colación de ensayos viejos y nuevos, en los que, a pesar de las «huellas terminicistas» de otras épocas que el mismo autor, en el prólogo, señala, quedan perfectamente tratadas tanto la problemática como el jesuita P. Valadier, subrayada en un artículo muy crítico de la Civilità Cattolica, al calificarlo de agnóstico y pretencioso.

Y, si el mismo pensamiento religioso se ve de tal manera obligado a un ataque, ¿qué puede quedar para el pensamiento que aún confíe en poder establecer conceptos generales a partir de datos observables?

Estos últimos, al parecer, importan poco como base de los conceptos por los que Girard cree poder explicar los fundamentos de la sociedad, hasta el punto de haberlo calificado Eugenio Trias, trémulamente, de «Hobbes de nuestra época». Un Hobbes que, en lugar del Leviatán, parece haber erigido como palanca explicativa de toda posible convivencia humana la idea de «deseo mimético» que encuentra a la vez su solución y su relanzamiento en el momento de la «crisis sacrificial», apoyándose en la ambigua figura de la «víctima propiciatoria».

Alguien, versado en la historia del pensamiento sociológico podría decir que esto no es más que una mezcla de Tarde con Robertson Smith; es decir, del sonambulismo social en que el fundador de la psicología de masas apoyaba su idea de sociedad, mas la teoría conmulgatoria del sacrificio que Smith extrajo de sus estudios sobre la religión semita (aprovechados por Freud en Totem y Tabú). Pero tal vez sea ésto reducir a sus antecedentes empíricos algo que Girard pretende poner por encima en toda discusión, al convertir el destino mismo de sus ideas en prueba empírica de su propia verdad: la teoría del «chivo expiatorio».

Tal vez porque, ingenuamente, aun piense yo que pueda trascenderse esa «mímesis» indecible en la que Girard funda toda sociabilidad y todo pensamiento, me atrevería a hacerle dos series de reservas, que quizás no sean sino picajosas observaciones de etnólogo molesto:

    1. Enfrentar a Girard con el mismo reproche bibliográfico que dirige a Freud: si hubiera leído la mitad de los etnográficos que Jones y Roheim proporcionaron a su maestro para la confección de Totem y Tabú, se hubiera dado cuenta de que son muchas las culturas que no presentan ceremonias sacrificiales, ni eligen siquiera a sus víctimas propiciatorias como forma de conjurar la violencia social, sino que disponen de otros mecanismos de cohesión vinculados con tipos de catarsis individual. Girard se ha dejado fetichizar (caso de no buscar conscientemente tal cosa) por la bibliografía etnográfica africana, donde la brujería y el papel piacular-propiciatorio de la monarquía divina son fundamentales. Hay, en cambio, culturas en las que el dios supremo es un deus otiosus (lo que hizo creer a algunos que eran ateos, y al padre Schmidt, que eran «monoteístas» avant-la-lettre), en ellos el piaculum no requiere sacrificios colectivos (sólo de la intervención apotropáica del chaman).

    2. Que la violencia en la sociedad humana es un hecho, no primario, sino derivado, por más que a Lorenz y a Torris se les haya metido en la cabeza transferido al ámbito humano desde determinadas observaciones sobre otras especies animales. Si, en vez de mencionar sólo de oídas la etología y no hacer la más mínima referencia a los fundamentos biológicos de la especie homo, Girard se hubiera preocupado por indagar un poco más en el campo de la biología evolucionista, se habría dado cuenta de que el «deseo mimético» es fruto de la congénita falta de especialización de nuestra especie, del carácter radicalmente epigenético de sus conformaciones neurológicas y de sus comportamientos sociales. Lo que, por otro lado, le hubiera proporcionado una mejor percepción del problema del mal (que no trata como causa básica) por la vía de la falta originaria lacaniana, si no por la del pecado original católico.

La dictadura de Robesbueno



    A modo de homenaje, el día de la muerte del filósofo Gustavo Bueno, se reproduce a continuación el panfleto redactado, reproducido y repartido por Alberto Cardín durante sus estudios en la Universidad de Oviedo (curso 1969/70) en el contexto del conflicto entre los profesores más o menos antifranquistas y los más o menos profranquistas. Siendo Cardín por aquel entonces un cohn-bendictiano a caballo entre el maoismo y el anarquismo, no se entiende la redacción de este panfleto sin tener también en cuenta el conflicto adicional, en el seno del bando antifranquista, entre los afines a la URSS (aglutinados en torno a Bueno) y los afines a la China de Mao (aglutinados en torno al profesor de antropología Ramón Valdés del Toro), conflicto sino-soviético que se saldó con el cubo de pintura que, a la puerta de una de sus clases, le arrojaron a Bueno, colgándole un cartel de “lacayo del capitalismo”, y el posterior exilio académico de Valdés del Toro a la Universidad Autónoma de Barcelona, arrastrando consigo a algunos de sus discípulos predilectos, entre los cuales se contaba Cardín. (Ernesto Castro — Madrid, 7 de agosto de 2016.)



La dictadura jacobina de Gustavo Robesbueno instaurada en la Comuna de Oviedo tras el derrocamiento del malvado Galmesbeau[1] junto con la instauración del Comité de Salud Pública y otras instituciones ejecutivas según la buena tradición revolucionaria burguesa.

La Comuna del 34, aquel horror de dinamita y brutalidad proletaria, había sido olvidada hacía tiempo. El criticismo lógico había superado absolutamente el caos proletario y preparado las condiciones del elemento estudiantil para llevar a cabo una revolución noématica que instauraría un nuevo orden de la Razón. Sólo era preciso que la clase estudiantil estuviera dispuesta a perder lo poco que tenía que perder y a romper de una vez por todas las cadenas que ataban su conciencia filosófica.

El primer paso del histórico hecho se produjo a instigación de los “dantonianos” del antiguo Club de San PaCo. Victoria Desmoulins, tribuna de la plebe, arengó al pueblo a constituir comités en los que se criticara la malvada constitución del tirano Galmesbeau. La plebe estudiantil se alzó contra la proposición ¡abajo los dantonianos! ¡nada de comités! Exigió la formación de una constituyente con la asistencia de Galmesbeau. El pueblo no sabía que los dantonianos habían establecido una alianza táctica con los secuaces de Robesbueno en los váteres del parlamento. Y a pesar de las advertencias de los “enragés”, erigió la presencia del “Incorruptible”.

La aparición de Robesbueno al día siguiente fue apoteósica. Sus intervenciones en el podio eran orquestadas por aplausos sin cuento. Y el malvado Galmesbeau, que resultó ser un pobre hombre, cuando quiso retirarse del poder espontáneamente, fué mantenido en la presidencia para que el derrocamiento fuera verdaderamente revolucionario. El “Incorruptible” fué elegido presidente e instauró inmediatamente un Comité de Salud Pública bajo la presidencia de su portavoz Rosendo Saint-Just [2], mientras él y su camarilla se retiraban al Club Jacobino, para comenzar la elaboración de las leyes y la firma de los decretos. La guillotina levantada en la plaza del Parlamento comenzó a funcionar: Ningún líder podía hacer la competencia al “Incorruptible”.

La plebe empezó a reunirse todos los días en Asamblea Nacional. El resto del día plantaban árboles de la libertad o cantaban la Marsellesa Crítica. Las Asambleas iniciadas y acabadas con los slogans de rigor: Libertad, Igualdad, Fraternidad, eran presididas por el gran Saint-Just cuyos discursos interminables desquiciaban los nervios de la plebe. Los decretos del “Incorruptible”, prolífico como nunca, eran leídos al pueblo aclamaba de inmediato: Jamás Razón y plebe se habían identificado de tal manera. El criticismo lógico probaba en la práctica su eficacia y la posibilidad del devenir del mundo de la filosofía. Era la plasmación de “la vuelta a la caverna” que el gran Robesbueno preconizara en su Manifiesto.

Labor negativa (guillotinamiento de la reacción) y labor positiva (decretos y leyes) se interprenetraban día a día según una dialéctica permanentemente aclarada por el “Incorruptible” a la plebe, a través de su fiel vocero Saint-Just. Olvidados los slogans y la Marsellesa Crítica, la clase estudiantil comenzó a realizar lo que ninguna de las Comunas de la Historia había logrado hacer: la consumación práctica de los decretos Robesbuenícos ratificados por la Asamblea —¡Oh terrible eficacia del criticismo lógico!. No hubo potencias intervencionistas, ni cordón sanitario, y el “Incorruptible”, que como el Bautista era profeta humilde, empezó ya a anunciar al que había de venir, del que no era digno de desatar el cordón de su sandalia. Los ataques verbales al monopolismo y a la tecnocracia de los primeros tiempos se habían diluido en el monopolio y la manipulación tecnocrática realmente instauradas. Y cuando Brumario y Termidor llegaron, Robesbueno, el “Incorruptible”, el Gran Jacobino, pudo anunciar a su pueblo que lo predicho estaba allí. La plebe entonces entonó la Marsellesa Crítica en medio del ruido de las computadoras y las máquinas superautomatizadas, que como trompetas del juicio final, ratificaban su futuro irreversible de obreros cualificados.

The End.





Notas al pie de página

    [1] Álvaro Galmés de Fuentes, filólogo, dialectólogo y arabista, decano de la Facultad de Filología de la Universidad de Oviedo.

    [2] Rosendo Merino Franco, propietario de una multicopista con la que se ganaba la vida reproduciendo y vendiendo apuntes a los estudiantes de la universidad.

Por qué voto Convergencia



Alberto Cardín

Diario 16 // 27 de abril de 1984




No sé si el mío es un caso estadísticamente común. Tal vez sólo pueda considerarse típico desde un punto de vista patológico, lo que nos llevaría a una larga discusión sobre las causas intrapsíquicas o sociales de las disfunciones individuales. Como quiera que sea, expondré mis razones con todo el lujo argumental del paranoico.

Hasta hace aproximadamente un año podía considerarme un anticatalanista connotado, bien que bastante pasivo. Y subrayo lo de «podía», porque es difícil saber hasta dónde uno es lo que es, y hasta dónde se lo hacen ser. Lo cierto es que mis actividades contra Catalunya, si así pueden llamarse, se redujeron a convencer que la papeleta de Pujol era la del PSA, en las primeras elecciones al Parlament, la firma del ya olvidado manifiesto de los 2.300, dos o tres artículos, entre jocosos y agresivos, publicados en este mismo periódico contra Aina Moll y otros capitostes de la Generalitat, y a nivel más cotidiano, maldecir a los socios del Barça cada vez que gana un partido y se pasan horas formando un guirigay por Ramblas, y negarme a decir en las tiendas «¿quí es l'ultim?» para coger la vez.

Curiosamente, nada de lo que, envidiosamente, pudiera haberme movido en otro tiempo a tomar posiciones contra las nuevas modalidades autonómicas ha cambiado: los escritores cataloparlantes siguen repartiéndose becas y canonjías; la Generalitat compra para sus bibliotecas sólo los libros publicados en catalán, en las oposiciones el dominio de la lengua sigue suponiendo una prima de puntos, y todos los agravios comparativos concomitantes que se quieran. No obstante, lo cual, mi actitud hacia todo lo catalán en el último año ha sufrido una mutación: ha pasado de una actitud ambigua, presidida por el rechazo, a una positiva y casi amorosa aceptación de mi entorno.

Podría tratarse de un fenómeno de conversión esquizoide-paranoide, en la que a una fase persecutoria siguiera otra de identificación con el objeto de agresión. Pero este tipo de explicaciones psiquiátricas, en la medida en que se aplican a comportamientos observacionalmente normales, resultan poco pertinentes. Más adecuado resultaría explicar esta especie de transformación interior en términos existencialistas, aplicándome aquello que Sartre decía de «comprender es transformarse». Pero creo que tampoco serviría como explicación, en la medida en que mi compresión intelectual de los hechos es la misma de antes, habiendo cambiado tan sólo los afectos.

Yo mismo me asombro a veces, y asombro, por supuesto, a quienes me conocen, admirando la prestancia de Pujol en los carteles propagandísticos, cuando hasta hace bien poco su imagen me parecía la suma de todas las más odiosas características catalanas: la retranca pactista, la doblez declarativa, la untuosidad del tendero, paradójicamente mezclada con fantasías de grandeza cultural, y un juridicismo, fundado más en la idea de agravio que en la de equidad.

Todos estos rasgos, que podrían deducirse aún de la efigie electoral de Pujol, desglosada en actos y palabras, interpretados a la luz del conjunto de España y acompañados de su leyenda más frecuente («Ningú no fará mès per Catalunya»), me parecen ahora el colmo de la veracidad, y por tanto de la dignidad, cuando no de la belleza en el sentido que el Aquino le atribuía como «esplendor de la verdad».

Comparo la ambigüedad posibilista de ese «ninguno hará más» con la vaguedad estetizante de los carteles de Obiols («El perfil de un presidente»), y me quedo con la imagen de abuela de Pujol frente a la boquita de piñón y la onda aclarada del candidato socialista. Subrayando que, en este caso, la elección estética no tanto se deduce de la antes definición escolástica, como de las elecciones artísticas y estilísticas implícitas en este mini-Estado de obras que es de hecho la Generalitat —cualquier Generalitat—: el noucentisme y el posmodernismo arquitectónicos propiciados por los socialistas desde el Ayuntamiento, frente a la estética entre minimal («diseñi») y casera que propugna la Generalitat convergente.

No tengo por qué pensar que el burocratismo nepotista de los socialistas andaluces, los ensueños kuwaitíes de los socialistas murcianos, los sueldos y las dietas de fantasía de la autonomía socialista madrileña, y la rebatiña de puestos públicos de los socialistas del resto del Estado tengan que convertirse en austeridad y honradez en Catalunya, tal como frente a Pujol predica Obiols.

Tal vez esas mismas palabras (más el anticatalanismo que ya no predica el PSC) resultan creíbles en boca del PSUC, como una inútil añoranza de cuando tenían dos consellers en la Generalitat provisional. En boca de los Obiols, los Bricall y los Castellet (conseller «in pectore» de Cultura), resultan tan vacua palabrería como el vacío inatractivo —física y moralmente— cartel del aspirante socialista.

La «Cataluña Viva» que, con anagrama de MacDonald's cuatribarrado, presenta la actual Generalitat en el Palau Robert, con sus nuevos puestos de trabajo de pega, su ruinosa y aburridísima TV-3, su asistencia sanitaria hecha de pegatinas contra la droga y carteles preventivos de las ETS (un servicio fundado por el meritísimo doctor Capdevilla mucho antes de la instauración del Gobierno autonómico), sus centros de información para colocar militantes y su remozamiento de todos los palacios habidos y por haber para instalar oficinas full-confort, sería exactamente la misma que pudiera presentar en su gestión la alternativa socialista, que por lo mismo no ofrece más que la jeta de Obiols y la promesa de una igualdad de oportunidades para los castellanoparlantes, aún más cínica que todo lo otro, porque los dirigentes del PSC son tan catalanistas o más que los de CiU.

¿Qué de extraño puede haber en que, en una situación que es tan fiel reflejo de la del resto de España, opte por la opción menos engañosa?, ¿y qué más lógico, psicológicamente, que dotar de virtudes amables a aquello con lo que se ha de convivir, cuando la lucha resulta inútil? Obligado a elegir, no el mal menor, sino la plasmación estética más conforme con los hechos, ¿qué puedo hacer sino felicitarme por haber sabido tan bien limitarme a la parquedad de lo elegible? Nada tan senequistamente bienaventurado como ejercer un voto de este estilo.

fuente: https://medium.com/@ErnestoCastro/primi ... eee2ed34e1



Primitivo



Alberto Cardín



En términos estructurales, la principal diferencia entre esos dos tipos extremos del continuum de las culturas que llamamos “culturas primitivas” y “culturas complejas”, en lo que hace a la concepción del espacio, radica en que, mientras las primeras pretenden una saturación simbólica de su merkwelt, o “espacio virtual cognitivo” (sería ésta la mejor manera de traducir el término de Von Uexküll), correlativa a un cierre simbólico-circular del tiempo, las segundas han elegido como estrategia adecuada a su dinámica intrínsecamente expansiva una simple referenciación convencional del espacio, que varía en relación con un tiempo linealmente concebido.

Esta diferencia tiene connotaciones tanto ecológicas como semióticas. Desde el punto de vista ecológico, es lógico que grupos, como los llamados “primitivos”, que han desarrollado una estrategia de la parsimonia (reducción a un ámbito ecológico concreto, a cuya producción espontánea han decidido amoldar su demografía), conviertan a este pequeño mundo, desde el punto de vista simbólico-cognitivo, en El Cosmos sin más, limitando incluso la idea de humanidad a los habitantes de dicho entorno, y pensándolo en intensión más que en extensión.

En tanto que las sociedades surgidas del desarrollo de la agricultura (estrategia cuasi-decisionísticamente implantada, y no mecanismo causal coercitivo, como suelen explicar las posiciones marxistas sobre los “orígenes de la civilización”) parecen haber elegido una pauta — “desarrollista” en el más moderno sentido de la palabra — , fundada en un incremento de la producción artificial de bienes (iniciada con la domesticación de las plantas y los animales), correlativo a un incremento demográfico que acaba desbordando los moldes de los segmentos sociales primitivos (familias, clanes y linajes, concebidos como módulos mecánicamente ensamblados que se amplían por “clonación”, en las épocas de abundancia que permiten una cierta flexibilización de la estrategia parsimoniosa), para configurarse en sociedad de clases (es decir, ordenada de acuerdo con el papel que cada individuo ocupa en el proceso de producción).

Desde el punto de vista semiótico, esta dualidad de estrategias remite a dos concepciones distintas del signo, como fórmula generadora de la concepción del mundo: 1) una estrategia semiótica fundada en la idea de símbolo, en la cual la relación significado/significante es vertical, alegórico-arquetípica, quedando el mundo visible sometido a las representaciones del mundo invisible — la propia de las culturas “primitivas”; y 2) otra estrategia fundada, como ha dicho Kristeva, en “un encadenamiento metonímico de diferencias que dispara una creación progresiva de metáforas”, o lo que es lo mismo, basada en una concepción horizontal de las relaciones significado/significante, en la que lo que hay es traducción continua de significantes, que crean “operativamente” significados por conmutación, o si se quiere, una concepción puramente pragmática e historicista del signo.

En la primera estrategia, tipológicamente global, pueden discernirse tres modalidades semioespaciales:

a) La que podríamos llamar “saturación narrativo-simbólica del espacio”, que es la propia de las sociedades australianas, y que tan bien ha descrito Chatwin en Los trazos de la canción: el espacio natural aparece redoblado hasta la saciedad de relatos otorgadores de sentido, relacionados con las gestas de los ancestros del “tiempo de los sueños”.

b) La modalidad “metafórico-descendente” stricto sensu, cuyo modelo canónico es la concepción del espacio habitacional de los dogon: tanto la disposición del poblado como la construcción de las casas, se amolda a la anatomía mítica de Nommo, el hijo antropomorfo de la Divinidad Generadora, mientras que el ciclo de las cosechas y la distribución de los sembrados sigue el modelo vorticial del desarrollo germinativo de kize uzi, la Semilla Primigenia.

Una variante de esta modalidad es la adoptada por la mayor parte de los llamados por Wittfogel “Imperios hidráulicos”, donde la metáfora fundante ya no es tan invisible (es el Palacio Imperial, concebido como axis mundi), el espacio de todo el territorio dominado se modeliza sobre dicho lugar onfálico, y los momentos cruciales del ciclo vital se disparan ritualmente desde este centro.

c) La modalidad “metafórico-metonímica”, encarnada modélicamente por los ndembu estudiados por Turner: las metáforas básicas que tienen que ver con las concepciones de la vida y la muerte, están fundadas en el modelo cosmológico dado por el Dios (ocioso) creador, Nzambi, pero esas metáforas básicas (bastante abstractas, por cierto), se conectan con los objetos visiblesmediante un complicado proceso de desplazamientos metonímicos, en el cual cada cosa es lo que es por lazos de contigüidad, más que de semejanza, con las metáforas primordiales.

La diferencia de concepción occidental del espacio respecto de estas tres modalidades semioespaciales es más que evidente, y puede resumirse en tres puntos.

1) La concepción occidental del espacio social es funcional y no simbólica (incluso cuando el espacio urbano aparece concebido en términos de la llamada simbología del poder”): no está relacionada con metáforas primigenias, sino con repartos operativos del universo sígnico (de carácter mudable y diacrónico).

2) La relación vital de los miembros del grupo con dicho espacio no es de tipo simbólico sino praxístico (no praxeológico: no está movida por la idea de eficacia). Lo que quiere decir que, ni la deambulación ni la fijación de las balizas de referencia están sometidas a metáforas in genere, sino a determinantes estocásticos distribuibles estadísticamente, similares a los que dictan la elección del gusto y la distribución por clases.

3) La idea de tiempo prima sobre la de espacio, tanto en la concepción como la utilización praxiística del espacio: la memoria pretende fijarse (en unas épocas más que otras: la idea de monumento arqueológico en Occidente no se remonta más allá del Renacimiento, y en términos reales, no más allá del siglo XVIII) mediante determinados hitos de carácter signicamente más permanente, pero la idea de cambio lineal (“progreso”) prima de tal modo sobre la de significatividad espacial, que la memoria del espacio, incluso cuando éste no varia materialmente demasiado, es básicamente interpretativa (es decir: traduce entre signos, no arquetipiza).


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