RebeldeMule

BUENO, Gustavo (1924-2016)

Libros, autores, cómics, publicaciones, colecciones... La lectura refuerza poderosamente la razón.


Introducción

    [fuente] Gustavo Bueno Martínez (Santo Domingo de la Calzada, La Rioja, 1 de septiembre de 1924-Niembro, Asturias, 7 de agosto de 2016)​ fue un filósofo español que desde 1970 desarrolló el sistema filosófico denominado «materialismo filosófico». Es considerado uno de los mayores filósofos españoles del siglo XX e inicios del XXI.

    Su obra se ha construido en constante intercambio con las ciencias y la historia de la filosofía. Gustavo Bueno es autor de numerosos libros y artículos sobre ontología, filosofía de la ciencia, historia de la filosofía, antropología, filosofía de la religión, filosofía política, ateísmo y televisión, entre otros temas. En sus últimos años, además de escribir, grabó vídeos y audios con análisis de numerosas cuestiones filosóficas. Su hijo, Gustavo Bueno Sánchez, es también filósofo.

    En España es especialmente conocido por su participación en debates públicos y su aparición en programas de televisión. Algunos de sus libros han alcanzado notable difusión, como Ensayos materialistas, El mito de la izquierda, El mito de la cultura o Telebasura y democracia. Su obra ha dado lugar a un buen número de tesis doctorales y artículos de seguidores y detractores, y en torno a ella se publican las revistas El Basilisco y El Catoblepas. La Escuela de Filosofía de Oviedo se reúne habitualmente en la Fundación Gustavo Bueno, situada en la misma ciudad. Algunos de sus libros se han traducido al alemán, al inglés y al chino.


    Biografía

    Nacido en el municipio riojano de Santo Domingo de la Calzada, de donde fue nombrado hijo predilecto en 1997,​ estudió en las universidades de La Rioja, Zaragoza y Madrid. Tras realizar su tesis doctoral como becario del CSIC obtuvo a los veinticinco años, en 1949, una cátedra de Enseñanza Media, y comienza ese año su vida docente en el instituto Lucía de Medrano de Salamanca, donde ejercerá hasta 1960.

    En 1960 se establece definitivamente en Asturias, donde ejerce como catedrático de Fundamentos de Filosofía e Historia de los Sistemas Filosóficos de la Universidad de Oviedo hasta 1998. A partir de esta fecha desarrolla su labor en la Fundación Gustavo Bueno, que tiene su sede en Oviedo, ciudad que en 1995 le reconoció como hijo adoptivo.

    Miembro de la Fundación Defensa de la Nación Española (DNAES),​ no tuvo reparos en trazar un origen de la «nación española» en un pasado lejano.


    Obra: el materialismo filosófico

    Respecto del materialismo tradicional el materialismo filosófico tiene como rasgo común la negación del espiritualismo, la negación de la existencia de sustancias espirituales. Pero no reduce el materialismo a corporeísmo, como de hecho sucede con otros materialismos. El materialismo filosófico admite la realidad de seres materiales incorpóreos: por ejemplo, la relación real (no mental) de la distancia que existe entre dos botellas de agua que están encima de una mesa es tan real como esas dos botellas corpóreas; esa distancia es material incorpórea y nada tiene de espiritual.

    Este sistema se ha desarrollado en numerosos ámbitos entre los que pueden destacarse los siguientes: la ontología (general y especial); la gnoseología (teoría del cierre categorial); los análisis de determinadas ciencias (la química, la economía, la etnología, etc.); la filosofía de la religión (y el papel de los animales en la esencia de la religión); el ateísmo (esencial total); la crítica a la idea de cultura (como trasunto de la idea ontoteológica de gracia); la reinterpretación de la historia de la filosofía (desde la metafísica presocrática a los Grundrisse de Marx); la teoría del Estado (y sus 18 poderes); la crítica al fundamentalismo democrático y a los mitos de la izquierda y de la derecha; la idea de España (su unidad e identidad en la historia y en el presente); el análisis de la esencia de la televisión.


    Polémicas

    Ideológicamente a Bueno se le ha definido de muchas maneras: ateísmo católico (es decir, ateo esencial pero que no reniega del entorno cultural católico en que ha nacido); marxista heterodoxo (crítico con el «marxismo vulgar», ya que entendía el materialismo filosófico como una «vuelta del revés» del marxismo clásico); tomista no creyente (defensor de la tradición escolástica española iniciada en la Escuela de Traductores de Toledo); platónico (en el sentido de la filosofía académica de la Academia de Platón); de izquierdas (en el sentido de que renegaba del particularismo derechista, aunque pasó de un filocomunismo soviético antes de 1991 a postularse como parte de una izquierda materialista muy crítica con las izquierdas realmente existentes en España, lo que le valió la acusación por parte de aquellas de haberse vuelto conservador), y nacionalista español (entendiendo España como nación política en sentido ilustrado, concepto de España heredado de las Cortes de Cádiz). Por esta dificultad de encasillar su pensamiento y por la constitución dialéctica de su sistema, a lo largo de su carrera Bueno se vio envuelto en numerosas polémicas con diferentes grupos [...].




Ensayo





Artículos





Sobre G. Bueno (ensayos)





:str: Vídeos

    Debate entre Santiago Carrillo y Gustavo Bueno sobre la izquierda, emitido en el programa "Negro Sobre Blanco", en La 2 de TVE, el 24 de abril de 2009.


    "Gustavo Bueno en el espacio del marxismo": intervención de José Luis Moreno Pestaña, en el seminario de homenaje a Gustavo Bueno organizado por la UNED, el 20 de octubre de 2017




Relacionado:



[ Add all 31 links to your ed2k client ]

fuente: https://www.rebelion.org/hemeroteca/cul ... 1206dm.htm



El declive del materialismo asturiano



Carlos Javier Blanco Martín

Rebelión // 6 de diciembre de 2003




Un fantasma recorre el mundo. Es el fantasma del materialismo. La palabra ‘fantasma’ evoca la ambigüedad e inconsistencia de una imagen, ora habitante de brumas en pasillos objetivos, los pasillos de la Academia, ora huésped flotante de la conciencia subjetiva de alguna gente. Ser materialista es ser una cosa muy grande. Por tal militancia, bajo la conciencia misma de serlo, se amontonan los residuos “triturados” de una milenaria tradición. Pobres despojos: Platón y los estoicos, Spinoza, Kant, Hegel y Marx, todos son cadáveres que tuvieron una vez vida y ahora se ven arrojados desde un remolino destructivo (progressus-regressus). Estos pobres despojos le dicen al materialista: “esto fuimos, y ahora todo te lo entregamos. Saca de esta procesión de enanos el mejor jugo para tu materialismo. Nosotros sólo somos esto: tradición. Ya somos entregados”.

Y el materialista, albacea y legatario, se entrega efectivamente. Su puesto es el de vigía en una torre, llama sagrada que se mantiene viva en lo alto, cúspide de las más sacras tradiciones. Su saber “de segundo grado” lo tritura todo, aniquila sólo con la mirada. La tradición que le precede es “metafísica” que pasa por los dientes implacables de una “dialéctica”. Pero la historia de la dialéctica misma (desde Platón hasta Hegel y Marx) es también “metafísica”. Esta mala madre, paridera de materialismo, junto con todos sus “ismos” equivalentes (idealismo, monismo, vale decir, la ideología) ya ha pasado por el molinillo escondido en la Universidad. Se es “materialista” o no se es. El mundo exterior al materialismo debe recibir de inmediato este implacable veredicto: “idealista, ideólogo”. Unos severos jueces escondidos tras las montañas, truenan con desdén y mirada de basilisco sobre ese inculto entorno, nube de confusión. Los últimos ilustrados, paladines de la ciencia y la racionalidad, mantienen bien alta la antorcha de Atenea, y abren sus grandes ojos de búho, fulminan la falsa conciencia, angostan la superstición y la metafísica. Burbuja de razón en medio de gran hostilidad e incomprensión, creen que el silencio y el desdén hacia el no-materialista (“pensar es siempre pensar contra alguien” dicen los muy leninistas a ratos) puede ser recíproco.

La escuela materialista de Gustavo Bueno se ve a sí misma, a un tiempo, como la (única) depositaria legítima de una tradición filosófica inmensa y como la (única) vía abierta y original que le queda al análisis crítico (de segundo grado) de todas las formaciones ideológicas brotadas, en un primer grado, y que coexisten de forma desintegrada en nuestro entorno social, en nuestro presente.

La admirable obra de este filósofo no es cosa de ser analizada aquí, y no seré quien tenga que reseñar su trayectoria intelectual ni sus obras más importantes. Es preferible para mí la tarea de estudiarlas. En concreto, la Teoría del Cierre Categorial, junto a otras interesantes aportaciones a la filosofía de la religión y a la metafilosofía, no se pueden ignorar en el pensamiento contemporáneo, salvo por deliberada malevolencia, que en el fondo es ignorancia. Sé muy bien que en este país abundan las conspiraciones de silencio, y la obra de Bueno las ha padecido en fases, coyunturas y círculos determinados de la academia y de los mass media. Pero su caso no es único. Otros lo han padecido y lo padecen, sin esperanzas de recuperación. En cambio, Bueno se ha recuperado con creces de esta conspiración de silencio, y hasta es un filósofo de moda, amén de “fenómeno” televisivo.

El victimismo y la esclerosis intelectual de que hacen gala muchos seguidores de Bueno constituyen muy malos síntomas en el momento de evaluar una adecuada implantación académica de una escuela, si es que esta existe. Creo que una metodología, o mejor, un estilo filosófico que se reconozca en el aire de familia como “materialista”, sería muy saludable para la universidad española, y por irradiación desde ésta, en el descoyuntado y tecnocrático bachillerato actual. En vistas del triste panorama académico de la filosofía hispana, más bien propio de una colonia, una escuela “autóctona”, que salga de sus montañas y eduque a generaciones enteras en un estilo crítico, racional, dialéctico y materialista, sería una de las mejores lluvias que pudieran refrescar este erial académico y mediático llamado España. Pero la burbuja cerrada ya sólo entiende por materialismo filosófico lo que figura en un supuesto “núcleo duro” de consignas que, dicho sea de otra parte, sólo suelen aparecer en la obra del maestro como esquemas y expedientes muy laxos y “en ejercicio”.

Citemos, a modo de ejemplo, la férrea acepción fisicalista del concepto buenista de “operación”. Este es clave en su Teoría del Cierre Categorial y en verdad en toda su obra. Aproximación y separación de términos fisicalistas, donde el sujeto aparece como mero mediador entre dichos términos, desprovisto él mismo de construcción. Ese sujeto operatorio, puramente baconiano, y residuo de relaciones y transformaciones fisicalistas, es un ente postizo en una teoría gnoseológica que se reclama constructivista, pero que contiene en sus ejes un sector, el operacional, enteramente falto de evolución y construcción cuando es propuesto. Con un postizo así ¿qué valor poseen las declaraciones litúrgicas de escuela que pasan por marcar distancias entre su materialismo filosófico y los positivismos y fisicalismos? Si a fin de cuentas el sujeto operatorio es un autómata fisicalista, o un mero centro lógico de unión y separación mecánica de los términos, por qué tantas alforjas para un viaje como este?

Toda escuela filosófica es autocrítica, mientras no se trata de una secta, y problemas de envergadura como éste deberán constituirse en focos de atención racional y de revisión, no en motivos de escisión, de herejía.

Otro ejemplo, con vistas a reconocer si tenemos a la vista un “materialismo filosófico” verdaderamente autocrítico, o por el contrario, sólo hay un mero grupo seguidor de consignas, y por lo tanto, nada que tuviera que ver con una escuela de filosofía: el geometricismo.

Pregunto: ¿es la geometría una feliz analogía o modelo para el modo de proceder racional y constructivo que debe caracterizar al saber filosófico?

La Teoría del Cierre Categorial es una gnoseología notablemente deudora de la Crítica de la Razón Pura de Kant. Las páginas, perdurables, en las que Kant nos previene contra el geometricismo filosófico parecen haber caído en saco roto entre muchos de los seguidores de las ideas de Bueno. La filosofía no debe contar, entre las ciencias positivas, con ninguna que sea su favorita, ni debe tampoco tomar una elegida como ejemplar. La tentación pitagorizante y platónica es muy fuerte en el materialismo filosófico, pero traiciona de pleno el proyecto nuclear de la Teoría del Cierre Categorial: reconocer la especificidad irreducible de cada ciencia. Es peculiar y muy diversa la potencia gnoseológica que cada disciplina ha alcanzado en su historia constitutiva. Hacer una valoración de la heterogeneidad de esos “racimos” de cientificidad mediante el arsenal de la Teoría del Cierre Categorial se opone frontalmente a cualquier proyecto reductor o monista. Ni siquiera “analógicamente” la geometría constituye el “primum” y ella misma es una ciencia única y autocontenida. El racionalismo barroco, lo mismo que el pitagorismo y el platonismo, no son, “sin más” la Filosofía. Forman, en el mismo sentido kantiano que retomamos aquí, verdaderos extravíos y tentaciones de todo punto desafortunadas a la hora de poder hacer un mapa o una panorámica de las ciencias tras los análisis oportunos de las disciplinas fácticamente existentes.

Razonar filosóficamente a golpe de demostraciones geométricas es un error de tipo material. Los términos, tal como se prestan en la pluralidad de la experiencia, no se ceñirán nunca a rígidos corsés formalistas, de igual manera que no todas las materias primas pueden recibir formas cualesquiera. Lo mismo que señalamos en gnoseología, cabe apuntarse en el terreno de la ontología. La idea –metacientífica y metafilosófica- de una geometría de las ideas, ni siquiera es una afortunada metáfora a la hora de concebir un sistema que es necesariamente laxo, y lleno de orgánicas interdependencias, un sistema que pueda organizar formalmente las ideas tal y como las concibe el materialismo filosófico. La rigidez pitagórica casa muy mal con la tradición materialista en filosofía, que siempre insiste en la propia estructuración de la materia, dada ésta en la experiencia a muy diversas escalas o capas de construcción [1]. Las ideas constituyen en realidad esquemas prácticos de acción específicamente humana, que trascienden los diversos campos o ámbitos de realización operatoria. Las ideas siempre parten de categorías (técnicas, económicas, físicas, etc.) previas, pero no se circunscriben a una sola de ellas. Como es lógico, estas ideas, trascendentales con respecto a sus campos de procedencia, no pueden encajar geométricamente entre sí, hablando en general. De manera inevitable estarán relacionadas unas ideas con otras, no por razones formales, sino porque todas brotan de y se refieren a la experiencia organizada de una sociedad humana al nivel que le permita el desarrollo de sus fuerzas productivas, y bajo la forma en que esta experiencia social se estructura dentro de unas determinadas relaciones de producción.

El geometricismo de la escuela de Bueno, discutible en ontología y en gnoseología, deja de ser inocente y exento de peligros cuando entramos con todo su aparato en terrenos abonados por problemas de ética y política. En ellos el filósofo ha de moverse no como el frío matemático que añora ser, sino como el esmerado artista y el prudente estratega que (una parte de la) sociedad espera de él. Pretender razonar “al modo geométrico” sobre la conveniencia ética y política de la pena de muerte, sobre la unión nacional del estado español, o sobre el papel de este estado en el concierto internacional, por dar algunos ejemplos, no puede ser síntoma de simple puerilidad. El materialismo filosófico entendido como tradición, y no como un sectarismo es, en tanto que filosófico, completamente abierto en este tipo de cuestiones. Desde el análisis crítico y exhaustivo de diversos argumentos en pro o en contra de alguna resolución práctica, no se podrá nunca adoptar una postura unívoca.

El materialismo filosófico como tradición no es otra cosa que el marxismo en los terrenos políticos, éticos y sociales. Siempre me sorprendió sobremanera que, a pesar de las abundantes adherencias al marxismo registradas en las declaraciones de la “Escuela de Oviedo”, o mejor dicho, de personas que dicen pertenecer a este ente, se repita sin parar una serie de dogmas y consignas que pertenecen más bien a la ideología acrítica del estalinismo. O sea, que la coyuntural alianza ideológica de esta filosofía haya de ser con el marxismo más degenerado, deleznable y de derechas: culto al estado (como si al margen de él, toda comunidad humana fuera mera basura “fenoménica”), centralismo político-burocrático, y positivismo (lo que fácticamente es, es lo racional, mientras que aquello que debería ser, no pasa de la utopía, o sea, basura, nuevamente). La crítica a todas aquellas causas que defiende la izquierda actual (no a la guerra, no a la pena de muerte, no al centralismo, no al trasvase del Ebro, etc.), sólo puede hacerse desde la derecha más rancia, que nada sabe del movimiento social, aunque este tenga sus carencias (que las tiene, sin duda). Sólo puede pasarse a la más extrema derecha política quienes ya desde siempre han vivido en ella, aunque hubiera una fuerte coloración roja en sus banderas: el estalinismo. Caída la unión soviética hay que buscar otros soles imperiales que calienten más.

Demasiado Stalin, y muy poco Marx, desgraciadamente. Y de éste último, muy poca filosofía materialista la que se aprovecha, realizándola. Muy poca filosofía marxista la que se estudia, no ya sólo en Oviedo, sino en la generalidad de la universidad española. En modo alguno, muchos de quienes nos dedicamos a la docencia y a la investigación dentro de esta gran tradición de materialismo filosófico, queremos aceptar dogmas y consignas completamente vergonzosas con las que no deseamos vernos confundidos. Trabajamos dentro de un estilo y un método íntimamente comprometidos con la emancipación humana. Por muy agudamente que Bueno y otros seguidores suyos esgriman tesis “provocativas”, debe tenerse siempre en cuenta que en éstos terrenos “no-geométricos”, los argumentos posibles y hasta plausibles, no son demostraciones. Los problemas antropológicos, éticos y políticos requieren no perder de vista, jamás, las líneas y composiciones de fuerzas sociales e ideológicas (realmente) presentes en una formación social. Y el filósofo materialista, lejos de creerse un Sócrates rompedor de los huevos que hay en la cesta, debería siempre formarse como un militante, un combatiente, incluso al lado de compañeros de viaje que pueden parecer ignorantes y obtusos, pero compañeros que podrán ser educados en primer lugar y de una forma correcta.

Hace ya una serie de años, cuando escribía mi primer borrador de “La Totalidad Social” [2] veía el panorama hispánico de la filosofía con irritación y malestar. Y eso me sucedía partiendo de la realidad más cercana, que era la realidad de la filosofía en Asturias. Lo que podría haber sido un rico semillero de filosofía viva y original, frente a la erudición acartonada y la mera filología que se practica en las otras tierras (salvo excepciones individuales, naturalmente), se había ido transformando a lo largo de los años 80 y 90 en un sectarismo de la mayor mediocridad. Conocí a personas semejantes a loros, repetidores de esas consignas-dogma y tomé nota de un curioso fenómeno de “culto a la personalidad”, centrado en torno a la figura de Bueno. Entre tanto, la producción de estudios realmente originales y valiosos había decaído de una manera pasmosa. Hacer un análisis gnoselógico de una ciencia determinada es tarea ardua por cuanto supone el estudio y el conocimiento de esa ciencia, además de la propia tradición filosófica. Otros ámbitos de investigación, donde se esperaba del materialismo nuevas contribuciones, en ontología, en política, sobre la técnica, la economía, la religión y el mito, la psicología, la ética, etc. empezaron a echarse en falta. Fueron campos abandonados, quizá por falta de personas debidamente cualificadas para abordarlos. En lugar de esto, un sinfín de escritos e inquietudes fáciles de satisfacer, cómodamente polémicas, se publicaron ad nauseam, casi todos referidos a temas de actualidad periodística, programas de TV, y el consabido “problema de España” entre las más diversas coyunturas políticas. El Culto a la Razón de los materialistas filosóficos fue sustituido por una especie de “filosofía del corazón”, complementaria de la prensa del mismo órgano. Tantos chascarrillos y vanas polémicas ad hominem a cargo de tantos filósofos de escuela tuvieron que coincidir puntualmente con la deriva mundana que las últimas obras de Bueno han tomado en dirección a los temas sociológicos y políticos. El afán “polémico” de toda esa producción (tanto de la escuela como del maestro) predomina ya sobre la verdadera lucha ideologica que se está librando en el país. En “La Totalidad Social” y en los escritos ulteriores, he denunciado el uso vulgar que este materialismo asturiano hace del marxismo. De la imponente tradición materialista de análisis y crítica social, aún no superada en nuestros tiempos, sólo se recitan ya algunas consignas groseras, como las críticas relativas al par base-superestructura, o algunos presupuestos claramente estalinistas referidos al papel de Estado (centralista). Se está tratando a Marx como si fuera un perro muerto, cegando de manera necia el afluente más rico de instrumentos para un análisis social, ético y político de una formación social capitalista, arsenal del que no es posible prescindir, y del que no se puede hacer burla. Si la filosofía aparece en la lucha política como una suerte de “ciencia ideológica” no lo será por su carácter falso o deformado, sino por la función emancipadora, crítica y racional en el seno de un sistema más amplio de ideologías ante las cuales puede y debe imponerse, en virtud de su mayor nervio crítico (de segundo grado), por su racionalidad ejercida en contacto con todo lo que le es próximo, incluido el marxismo, y que llega hasta su identificación con él.

Denostar de forma soberbia a los movimientos sociales y (potencialmente) revolucionarios no es lo mismo que ejercer la crítica dentro de ellos, educando a compañeros de viaje. Fundirse en un mismo coro “españolista” que sume sus voces al insulto permanente que la ultraderecha lanza contra todo planteamiento nacionalista e no tiene nada que ver con la filosofía, y menos con una “demostración racional” de la unidad de España, cosa por lo demás imposible, como imposible es ejercitarse en un método que ignora y desprecie los hechos históricos, desoyendo nuevamente a Marx. Este materialismo vive completamente ciego a las tendencias que vive el país, por lo que se niega a sí mismo, se anula como filosofía cuya suprema norma es transformar el mundo, interpretándolo. Y por lo que respecta a la triste realidad social asturiana, no parece ser sino la quintaesencia misma de su derrota y declive como país. Una país el asturiano que una vez fue avanzadilla cultural dentro del estado, como pocas comunidades, así como la punta de lanza de la conciencia obrera y social en medio del torpor español predominante.





Notas al pie de página

    [1] Véase mi artículo “Constructivismo”, pps. 148-153 en J. Muñoz y J. Velarde (eds.), Compendio de Epistemología, Madrid, Trotta, 2000.

    [2] Nómadas. Revista crítica de ciencias sociales y jurídicas. Nº 4, http://www.ucm.es/info/eurotheo/nomadas/4/cbmartin.htm

fuente: http://www.mundoobrero.es/pl.php?id=6057


Ha muerto Gustavo Bueno el hombre, no el filósofo


Portada
Gustavo Bueno ante los mineros asturianos invitado por CC.OO, PCA e IU.



Román García

Mundo Obrero // 10 de agosto de 2016




Señalaba Solón la imposibilidad de hacer la biografía de un hombre antes de que este acabase su vida, pues uno era hoy un monarca poderoso y mañana podía estar lleno de calamidades. Gustavo Bueno, en el prólogo a las Memorias de José María Laso, señalaba la imposibilidad de contar la vida, pues siempre sería una parte. En el caso de Gustavo Bueno, estas afirmaciones se complementan con que el hombre no nos interesa como tal, incluso narrar su interesante bios, que es un momento histórico de una relevancia importante en la historia reciente de nuestro país, nos interesa la fuerza de su pensamiento y es ahí donde todavía no podemos cerrar este capítulo, sino hacer un relato parcial, pues este no está finalizado. En este punto, cabría decir que sería mejor leer la obra de Gustavo Bueno y ver si las ideas que están ahí plasmadas son interesantes para el presente o no y si le resultan interesantes. Ahí tendríamos que darle la razón. ¿Pero si lo son para un lector y para otro no? Si incluso, son interesantes, pero no dejan de ser ocurrencias de un autor, desvaríos, o simplemente ingeniosidades momentáneas. Y ¿si no nos interesan? También es verdad que Gustavo Bueno Martínez es sobradamente conocido por su participación en debates, programas de televisión, incluso algunos de sus libros han sido best-sellers, lo cual provoca una distorsión, pues partimos de una animadversión o simpatía, que lejos de reflejar la obra del autor supone la coincidencia con nuestras opiniones o frustraciones. De hecho, Gustavo Bueno, en tiempos, gozaba de la fama de ser el Catedrático de Filosofía más odiado por sus colegas a excepción de muy contadas excepciones. Ser sospechoso de ser discípulo de Gustavo Bueno era más o menos estar vetado en la Academia Española, lo cual dice mucho de la situación de la Filosofía en España. Cabría plantear en oposición a estas mentes estrechas que gobiernan e imparten sabiduría en la universidad española que sus libros están traducidos al alemán, inglés y al chino. No sería ningún mérito, pues hoy podría hacerlo cualquiera por un precio asequible, como saben sabe la Fundación privada: Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (ANECA), sin embargo, no puede decirse lo mismo de la producción que ha generado. Sus publicaciones y pensamiento han dado lugar a decenas de tesis doctorales y artículos de seguidores y detractores, y no cabe duda que cuenta con un amplio grupo de discípulos que no solo se aferran a repetir lo que dice el maestro, sino que llevan su pensamiento a otros campos, lo amplían con otras corrientes e incluso mantienen polémicas entre sí. Es por eso que podemos contestar a todo lo anterior que no estamos ante un hombre, sino ante uno de los pocos filósofos españoles que pueden ostentar ese nombre. Y si hablamos de filosofía, no hablamos de gustos o disgustos, de amigos o enemigos, sino de ideas. En ese sentido el pensamiento de Gustavo Bueno es un pensamiento crítico, ácido, si cabe, desde el materialismo, cuestión que se plasma en uno de sus primeros escritos, Ensayos Materialistas, es crítico con el materialismo dogmático o corporeísta que reducía todo a sustancias que se pueden medir y pesar. Bueno, junto con Marvin Harris, han sido dos de los pensadores que más han desarrollado el materialismo en el siglo XX. Sin embargo, Bueno lo ha logrado desde lo que ha definido como materialismo filosófico, respecto al materialismo anterior, y compartiendo con este la crítica al espiritualismo, recuperar entidades materiales no corpóreas, incluyendo las relaciones o por lo menos algunas relaciones, como la distancia, los números, el concepto de infinito, etc. La distancia entre dos objetos es tan material como los objetos mismos, aunque no sea corpórea. El cero no es algo existente en el sentido de las cosas, es un concepto dialéctico: “el número que no es número”. Cuestión esta última que le puso como ejemplo a Marvin Harris cuando este consideraba la dialéctica restringida solo a las ciencias humanas. Cuestión quizá más importante es que algunas teorías consideradas tradicionalmente materialistas desde esta perspectiva eran consideradas sustancialistas y por tanto contrarias al propio materialismo. En ese sentido, Bueno, como filósofo que era, mantuvo la máxima que le liga a la izquierda como detractor del particularismo, “ser amigo de mis amigos, pero más amigo de la verdad”.

Desde el materialismo filosófico Gustavo Bueno se plantea como ateo, lo que significa, como suelen interpretar los deístas y agnósticos, la no existencia de un ente abstracto, cuestión que es imposible demostrar lógicamente, sino que el que mantiene la posición deísta es un impostor, pues se atribuye un conocimiento que no tiene, mientras que el agnóstico es un impostor vergonzante. Bueno supone un paso importante en el desarrollo de la teoría de la religión. Su crítica a las teorías psicologistas, sociológicas o fenomenológicas le llevan en 1985 a psicología El animal divino, donde desde una perspectiva filosófica establece la materialidad de la religión en las relaciones de los hombres con los animales, no como comida o fuerza de trabajo, sino como entidades corpóreas que interactúan con nosotros. La evolución de esta religión natural se trasformaría primero en mito y rito, después en religiones politeístas, para dar lugar, por negación teológica, a las religiones monoteístas y cuya última crítica o resultado sería el ateísmo. En ese sentido, algunas posiciones animalistas, o la creencia en extraterrestres sería una vuelta a las religiones primitivas como crisis de las religiones monoteístas.

Gustavo Bueno era un filósofo, quizá uno de los menos de diez que han existido en toda la historia del pensamiento español, pero ¿qué quiere decir esto? Su pensamiento no se reduce a unas meras pinceladas sobre temas candentes o coyunturales, ni tan siquiera a aportaciones importantes en cuestiones centrales de nuestra cultura. Gustavo Bueno ha desarrollado un sistema, el materialismo filosófico. Este sistema supone que ha desarrollado una arquitectónica que puede ser aplicada, como se ha hecho, a la ontología, la teoría de la ciencia, la filosofía de la religión (como hemos visto), la teoría y crítica de cultura, la historia de la filosofía, la teoría del Estado y la teoría de la imagen. Así mismo, este sistema ha desarrollado numerosas herramientas filosóficas que son de una utilidad fundamental en el despiece de las ideas. Herramientas como “los conceptos conjugados”, “la teoría del espacio antropológico”, “los ejes analíticos del cierre categorial” y un sin fin de ellas que se pueden ver en los análisis de sus discípulos. Herramientas que distan de ser citas del maestro.

La crítica trituradora de las ideas le llevó en numerosas ocasiones a la incomprensión de quien busca recetas en vez de ideas. La publicación de El mito de la izquierda llevó a los izquierdistas indocumentados (no nos referimos a los sin papeles, sino a los que no leen) a tildarlo de traidor. El propio Santiago Carrillo, en posiciones utilitaristas y tácticas le achacaba lo inapropiado del momento para un texto así que iba a ser utilizado por la derecha indocumentada. Mal favor se hace al pensamiento de izquierdas si este se convierte en ideología. Por poner un ejemplo en un campo que utiliza Bueno en otro contexto: durante la época franquista se hablaba de “demócratas antifranquistas”, cuestión que parece querer decir algo, de hecho lo dice, pero ¿quiénes componían esta categoría? Comunistas, demócrata cristianos, carlistas e incluso algunos falangistas y algunos de los cabecillas del régimen. Denunciar esta amalgama o señalar la inconsistencia de esta clase significa ser de derechas o por el contrario debemos considerar que la II República está restablecida en la figura de Felipe VI, dado que Juan Carlos I fue una figura instrumental para el restablecimiento del orden constitucional roto con el golpe de Estado del 17 de julio. En ese sentido, ¿cuando hablamos de izquierda, queremos decir lo mismo? Preguntar esto puede resultar incómodo, pero no preguntárselo ingenuo. ¿Es Podemos de izquierdas?, la respuesta supone que se pueda formar un gobierno u otro. Gustavo Bueno pensaba que no.

Si bien Gustavo Bueno se hizo famoso como filósofo de la izquierda a raíz de dos acontecimientos. Uno en 1975, cuando unos estudiantes maoístas de Barcelona le tiraron un bote de pintura, protestando por, según ellos, apoyar a la URSS frente a China en plena ruptura chino-soviética. El otro, en 1977, un grupo de extrema derecha le incendió el coche. Ello le llevó a dar clases de filosofía a los pozos mineros. De lo que aprendieron los mineros no sabemos nada, de los grupos de extrema derecha sabemos que llegaron a ocupar importantes cargos políticos. Sin embargo, de lo que estamos seguros es que ninguno de todos ellos había leído ninguna de las reflexiones que Bueno había realizado sobre el marxismo. Citamos especialmente el prólogo que hace al marxista portugués V. Magalhaes- Villena, Desarrollo científico y técnico y obstáculos sociales al final de la Antigüedad, publicado en 1971, y en el cual Bueno cuestiona algunas de las tesis ingenuas del marxismo, señalando la necesidad de una revisión crítica. No podemos olvidar que Marx, independientemente del paso de gigantes que da en el análisis social, no deja de ser un discípulo del padre del idealismo alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel y, más importante aún, en la filosofía materialista no puede haber dogmas o, al menos, estos deben sustentarse con argumentos.

Es precisamente la ausencia de dogmas, la necesidad de argumentos, uno de los elementos a debate en el materialismo filosófico y que si bien las fisuras y puntos de vista se centran en la idea de imperio y la idea de nación española, cuestión que a mi modo de ver es contradictoria, aunque para Bueno no lo sería porque seguramente, en cierto sentido lo identificaba, lleva inevitablemente a la idea de verdad. Ninguna posición de izquierdas, o que así pueda ser considerada, puede rehuir la necesidad del imperio, como Bueno lo entendía, porque ello supone ni más ni menos que la desaparición de la clase obrera. Sin embargo, a nuestro modo de ver el problema no está ahí, sino, en el problema de la verdad. Bueno, aún preso de la metafísica escolástica y en defensa de la idea de verdad, no se atrevió a dar el paso definitivo y aceptar el constructivismo que practicó en toda su obra y aplicarlo a la teoría de la verdad, por lo que planteó la figura del ego transcendental. Sea la verdad constructiva o transcendental, lo que no cabe duda es que Gustavo Bueno, la buscó y que no se puede ser de izquierdas ni filósofo si no se busca. Los vericuetos, los caminos que hay que volver a recorrer y los errores son propios de la búsqueda, pero quien no busca no puede equivocarse. La máquina de vapor no es el motor a reacción, pero no podemos negar que haya sido un gran paso para la humanidad.

Cuando se trata de escribir sobre el hombre inmortal, la obra, debemos no intentar caer en reduccionismos psicológicos, o partidismos gastronómicos. La filosofía de Gustavo Bueno, como decía su amigo inseparable, José María Laso, “hubo de cambiar las creencias teológicas y cosmológicas, heredadas de la sociedad en la que había nacido, por una concepción materialista de la realidad”, que se ha ido transformando a lo largo de su vida y que nos queda el legado de continuar. Una de las mayores aportaciones de Gustavo Bueno es la Teoría del Cierre categorial, obra planteada en quince volúmenes y de los que se han publicado cinco. No se trata de que Gustavo Bueno no pudiera acabar la obra, sino de resolver problemas con los que se encontraba en el volumen VI y que no se pueden resolver de forma metafísica o indocumentada. La teoría de la ciencia de Bueno exige saber ciencias.

No puedo finalizar esta semblanza del filósofo sin bajar al hombre, pues no deja de ser curioso que Gustavo Bueno muriese dos días después que Carmen, su mujer, por el dolor de esa pérdida. La filosofía de Gustavo nunca había contemplado los sentimientos, por temor al subjetivismo y ahí radicaba su polémica con uno de sus primeros discípulos: Ricardo Sánchez Ortíz de Urbina, quien ha llevado el materialismo filosófico a la fenomenología para recuperar estos para el materialismo. Quizá su muerte haya sido una forma de darle la razón o simplemente nos señala que el pensamiento no puede estar anclado. Eso es morir.

fuente: http://www.mundoobrero.es/pl.php?id=6061


Recuerdo y reivindicación de Gustavo Bueno


Portada
Santiago Álvarez, Adolfo Sánchez Vázquez, Francisco Erice, José María Laso, Azuela y Gustavo Bueno en el homenaje en Oviedo a Wenceslao Roces | Febrero 1993



Francisco Erice

Mundo Obrero // 14 de agosto de 2016




Conocí a Gustavo Bueno en mi primer año de estudiante en la Facultad de Filosofía y Letras de la universidad de Oviedo. Por entonces, junto con lamentables ejemplos de mediocridad académica e intelectual, tuve ocasión de tratar a algunos profesores estimables, preferentemente jóvenes. Pero lo de Bueno formaba parte, sin duda, de otra dimensión. Escucharlo en sus clases o asistir a sus seminarios era como presenciar el infrecuente espectáculo de la inteligencia en estado puro. Porque a Bueno se le escuchaba, no se le discutía. El desnivel entre el maestro y los oyentes era tan evidente y la pasión expositiva de don Gustavo tan afilada, que solamente quedaban dos opciones: asentir embelesado a sus discursos, subyugado por la fuerza de un pensamiento expresado en un estilo entrecortado y lleno de paréntesis y digresiones, que acentuaban la impresión de reproducir el esquema vivo e improvisado de su propio proceso interior; o bien aceptar resignado que no estabas a la altura ni siquiera para plantear tímidas objeciones, cuando lo que oías te generaba incomodidad o podías intuir que había en ello algo que no coincidía con tus expectativas. Esa incomodidad la he vuelto a sentir muchas veces, superada ya la admiración beata e incondicional de mi juventud.

No puedo decir que mi pobre marxismo de entonces, débil envoltura del deseo de racionalizar una incipiente rebeldía juvenil, se gestara en las clases o las charlas de Gustavo Bueno, puesto que se alimentaba de otras lecturas y procedencias. Lo que sucedió es que pronto me vi forzado a confrontar mis primeros balbuceos críticos con lo que el maestro me ofrecía o yo me imaginaba ver en él. Y con el tiempo creí entender, desde mi posición de lego en materias filosóficas, que Bueno suministraba un soporte materialista más potente que el vejo y enroñecido Diamat de los manuales al uso, para una concepción de la historia más compleja y razonablemente marxista. No era la mía la posición de un “saber mundano” que precisara de un “saber académico” y crítico para depurarse, por utilizar la distinción reelaborada en ese sentido por Bueno; más bien mi conciencia rebelde se alimentaba de materiales académicos y mundanos de aluvión, que necesitaban ser reevaluados y reconstruidos con cierta sistematicidad. Leí entonces al filósofo con pasión en cierto modo militante. Devoraba con fruición algunas de las que todavía forman parte de mis lecturas favoritas de Bueno: los Ensayos materialistas, El papel de la filosofía en el conjunto del saber, Etnología y Utopía, el Ensayo sobre las categorías de la Economía Política; y, por supuesto, sus artículos sobre el papel de los Grundrisse en la interpretación del marxismo, sobre las “fuerzas de la cultura”, etc.

Yo sabía, por supuesto, que Bueno había sido, casi desde su llegada a Oviedo, admirador de las luchas mineras, compañero de viaje del PCE –muy moderado para mis convicciones de entonces de infantil izquierdismo-, colaborador en sociedades y proyectos culturales de la izquierda antifranquista y formador –se quiera o no- de sucesivas generaciones de intelectuales críticos, muchos de ellos militantes en el PCE o cercanos al mismo.

Con el paso de los años, los malhadados derroteros de nuestra triste historia reciente nos fueron cambiando a todos, y Gustavo Bueno moduló y luego invirtió sus preferencias políticas, pero no –o así lo creo- sus sólidas convicciones filosóficas. Así se fue creando la imagen, en parte verdadera, pero falsa en algunos puntos sustanciales, de Bueno como una especie de gurú neoconservador o ideólogo de la derecha, algunos de cuyos sectores lo jaleaban impúdicamente como azote de una izquierda a la que el filósofo flageló una y otra vez, tal vez por considerar que no estaba a la altura de las circunstancias. Probablemente esta deriva de su etapa reciente tenga que ver con la crisis y la caída de la Unión Soviética, a la que Bueno (para mi incomodidad de entonces) siempre vinculó con el destino del marxismo; acaso por eso ya no volvió a hablar –que yo sepa- del socialismo como realización de la filosofía. Pero es cierto que Bueno nunca renegó de partes importantes del legado marxiano, aunque quisiera –como Marx con Hegel- volver del revés algunos de sus fundamentos, pero sin considerar en absoluto a Marx “perro muerto”, como se llegó a hacer en su día con el viejo maestro idealista.

En esta nueva etapa confieso no haber seguido tan de cerca al creador del “materialismo filosófico”, lo cual no significa que dejara de leerlo. Tal vez me repugnaban los aplausos de quieren lo coronaron como pensador conservador o anti-izquierdista, disculpándole incluso su materialismo y ateísmo impenitente. Me interesaron menos sus trabajos sobre la telebasura, sus diatribas contra el zapaterismo y la “memoria histórica” o algunos textos sobre la religión; leí con placer sus ensayos sobre la ciencia política o el sentido de la vida y marqué algunas distancias y subrayé mis cautelas con sus escritos acerca de España o sus teorías sobre los tipos de imperialismo… En cambio me aproveché de algunas de sus pequeñas joyas divulgativas (Qué es filosofía, Qué es una ciencia) o disfruté críticamente y de manera cómplice con su ensayo sobre El mito de la cultura. Me sitúe, en definitiva, en un “buenismo” crítico y abierto que me permitía –o así lo creo- separar el grano de la paja y valorar su filosofía materialista como una aportación más que relevante a la reconstrucción de un marxismo renovado. Me encantaba detectar los guiños “leninianos” –no siempre compartidos- de sus escritos sobre El mito de la izquierda, El fundamentalismo democrático o el más lejano Primer ensayo sobre las categorías de las ciencias políticas. Los escritos de Bueno han seguido siendo para mí un antídoto contra el utopismo vacuo o la autocomplacencia; además de un recurso contra las concesiones al pensamiento débil y el avasallador irracionalismo postmoderno. Aun en los textos más incómodos –por su complejidad o por sus contenidos- he creído encontrar perlas que, además, me vuelven a suscitar el deseo de releer al primer Bueno, al que me deslumbró en mis años juveniles.

Sospecho que, con el paso de los años, el pensamiento materialista que germinó con Bueno y que se alimentó de los mejores cambios históricos del pasado siglo, producirá mayores frutos. Y, como con Hegel, los “buenistas de izquierda” harán su necesario trabajo, contribuyendo con su lectura crítica a la reconstrucción de un patrimonio intelectual políticamente implantado que vuelva a situar en el socialismo (genéricamente entendido, como en los Ensayos materialistas) la realización de la filosofía y el pensamiento racional. Para ello, claro está, es necesario que sepamos separar el grano de la paja y no nos empeñemos en la autocomplacencia de las viejas certezas cerrando los ojos, mientras –como en el viejo tango- el mundo sigue andando.

fuente: http://www.mundoobrero.es/pl.php?id=6062


Gustavo Bueno: Un maestro y un filósofo


Portada
Gustavo Bueno, José María Laso y Santiago Álvarez tras el homenaje a Wenceslas Roces.



Francisco José Martínez

Mundo Obrero // 14 de agosto de 2016




Hay muchos Buenos posibles: el que trata de recuperar la derecha, el que trata de olvidar cierta izquierda, el que siguen de forma acrítica y sesgada la tercera generación de discípulos, el que añoran las dos primeras generaciones de sus discípulos, etc. El mío es un Gustavo Bueno como maestro y como filósofo. Como maestro de numerosas generaciones de discípulos sobre los que dejó una huella indeleble. Gustavo Bueno fue un maestro en el sentido de que tuvo una escuela, a la que por cierto no fue capaz de proveer de puestos académicos en relación con sus merecimientos porque Bueno lo que no fue nunca fue un cacique dispensador de prebendas académicas. Bueno fue un maestro porque proporcionó a sus alumnos no solo unos conocimientos sino también una forma de insertarse en la vida. Y Bueno fue también un filósofo, uno de los pocos que ha habido en España en la segunda mitad del siglo XX. Si entendemos por filosofo en un sentido estricto no al profesor de filosofía sino a un pensador que se esfuerza por pensar de forma no solo original sino también sistemática, ya que no hay filosofía propiamente dicha sin una pretensión de sistema, en España en esta época solo ha habido dos: Gustavo Bueno y Eugenio Trías.

Gustavo Bueno puso al servicio de su sistema, el materialismo filosófico, una cultura amplísima que abarcaba no solo la filosofía sino también las ciencias tanto naturales como sociales. Bueno es autor de una filosofía de la ciencia, la teoría del cierre categorial, basada en una reflexión profunda son solo sobre los clásicos de la filosofía de la ciencia, antiguos y modernos, sino fundamentada en unos conocimientos científicos positivos, matemáticos, físicos, biológicos, antropológicos, sociológicos, históricos etc., de los que la mayoría de los autodenominados filósofos de la ciencia carecen. De igual manera su sistema ontológico materialista partía de un profundo conocimiento de los clásicos de la filosofía desde los presocráticos hasta Marx, así como de una reflexión sobre los presupuestos ontológicos materialistas de las diversas ciencias.

El materialismo filosófico de Gustavo Bueno es una de las filosofías más potentes y sistemáticas, desde el punto de vista de la metafísica, del pasado siglo. La situamos en la constelación marxista por su vertiente ontológica materialista, ya que dicha obra contiene también una filosofía de la ciencia, la teoría del cierre categorial, que por su temática podía situarse en la constelación positivista a pesar de su relación crítica con dicha tradición. Por otra parte en su obra más metafísica, Ensayos materialistas, Bueno defiende la conexión entre el materialismo filosófico y el socialismo en el sentido de que el socialismo favorecería la realización práctica de la filosofía y por su parte la filosofía materialista sería la base del poder espiritual de la sociedad socialista. Por otra parte, la ontología de Bueno se opone al idealismo porque niega que la conciencia sea originaria respecto de la realidad material; para Bueno el materialismo supone la crítica al ego como espíritu o como substancia y lo entiende como fenómeno. La ontología materialista de Bueno distingue entre una idea de Materia como Materia ontológica general y las Materias determinadas, M1, M2 y M3 conformadas respectivamente por los cuerpos físicos, los fenómenos psíquicos e históricos y las ideas, la unión articulada de estos tres tipos de materialidades constituye el mundo. El materialismo de Bueno es pluralista y no reduccionista ya que no reduce toda la realidad a un solo nivel, como hacen los distintos formalismos. Aunque los cuerpos físicos gozan de un estatuto privilegiado desde el punto de vista gnoseológico ya que es a partir de ellos como los sujetos racionales que son sujetos corpóreos y operatorios elaboran el conocimiento, incluso de las realidades no corpóreas, pensamientos e ideas, dichos cuerpos físicos no tienen un privilegio ontológico. El punto de partida del materialismo filosófico es la idea de un sujeto operatorio corpóreo actuando entre otros cuerpos. El mundo, para Bueno, es una pluralidad a partir de la cual se puede extraer la idea de la Materia en general mediante un regreso crítico. Precisamente esta idea de Materia en general le sirve a Bueno para rechazar la idea de la unicidad del ser, ya que se refiere a una pluralidad indeterminada, infinita, en la que no todo está vinculado con todo, lo que supone el rechazo de un orden y una armonía universales. La idea de materia en Bueno es funcional, pluralista, abierta y codeterminada, es decir, piensa que las distintas realidades se codeterminan mutuamente según parámetros determinados y específicos ya que no todo influye en todo, como defienden los monismos holistas. Para Bueno, el materialismo es “el ejercicio mismo de la razón crítica filosófica” que se desarrolla como Ontología, general y especial, sin recaer en la Metafísica entendida como “monismo cósmico” que tiene al ser humano como el resultado del desarrollo progresivo de la realidad ni en el Nihilismo que hace de la Nada el principio y fin de la realidad y el pensamiento.

En el tardo franquismo Bueno se consolidó como uno de los filósofos que pretendía renovar la adusta y rancia filosofía académica de este país, que combinaba escolástica mal aprendida con espiritualismo de diversas índoles. Su esfuerzo por construir una filosofía académica sólida se enfrentó en una famosa polémica con los intentos de Manuel Sacristán de disolver la filosofía como disciplina autónoma en una especia de metodología de las diversas ciencias. Bueno construyó en la Universidad de Oviedo una facultad de Filosofía y Psicología a la que se esforzó en convertir en una referencia para la filosofía española, pero se encontró con un cordón sanitario que trató de aislarlo gracias al esfuerzo conjunto de los conservadores y de algunos progresistas que no podían olvidar sus propias vinculaciones eclesiásticas y a los que un pensamiento radical y militantemente ateo como el de Bueno ponía en evidencia. Sus críticas a la convivencia de cierta izquierda con el nacionalismo contribuyeron también a su marginalización.

Desde el punto de vista político la posición filosófica de Bueno, su materialismo, lo ponía claramente en el campo de la izquierda. En Asturias siempre colaboró con la izquierda comunista y con los sindicatos y su amistad con nuestro gran amigo José María Laso Prieto le llevó a participar estrechamente en las actividades culturales y políticas desarrolladas en Asturias por el PCE. Su enfrentamiento con el PSOE local por su defensa del nacionalismo y por algunas prácticas irregulares le llevó a aceptar el apoyo económico del PP ovetense para la constitución de su fundación, lo que tuvo costes políticos importantes para su proyección pública como hombre de izquierda. Su defensa de la URSS como referente institucional del marxismo tampoco favoreció mucho sus relaciones con la izquierda comunista que pretendía romper con su tradición filosoviética.
Como ejemplo de su lucidez se puede ver su última grabación del mes de mayo pasado en el que aborda la cuestión de la voluntad política destacando la ambigüedad de esta noción que mezcla elementos psicológicos en la estela de Wundt y W. James con consideraciones políticas. Bueno dice que una cosa es la constitución de grupos humanos con la voluntad de participación en política y otra la capacidad real para hacerlo ya que la política es el resultado de los pactos entre agrupaciones políticas con saberes específicos y persona especializado que compiten entre sí para dirigir el Estado. No basta con la voluntad política para intervenir efectivamente en la política, hacen falta además gestores especializados con saberes y competencias específicas y eso no se improvisa. Estas reflexiones ponen de relieve cierta ingenuidad visible sobre todo en los partidos emergentes en España que pretende canalizar los deseos de ciertos grupos de ciudadanos sin tener una estructura política consolidada. Esta intervención es un ejemplo, no tanto de crítica de la izquierda, sino más bien de advertencia frente a cierta ingenuidad que se puede comprobar en algunas actuaciones políticas presentes en la izquierda emergente actual en nuestro país. (http://fgbueno.es/med/tes/t132.htm, Tesela 132 grabado el 26 de mayo de 2016).

Sus últimos años se vieron empañados por una cierta deriva hacia posiciones derechistas favorecido por la cobertura que la derecha asturiana le proporcionó una vez que fue abandonado por la izquierda local que quería controlarlo. Esta deriva, que no se desprende en modo alguno de sus posiciones teóricas fundamentales y más bien las contradice, se vio favorecida por un esfuerzo, impulsado por su hijo y la tercera generación de discípulos, los Catobeplas, por convertir al filósofo en una estrella mediática que rompiera los límites académicos. Este lanzamiento mediático fue facilitado por las grandes dotes dialécticas de polemista que Gustavo tenia. Sometido a las leyes de los media había que mantener un perfil de provocador que le llevó a defender posturas muy vidriosas en temas como el aborto, la pena de muerte, la defensa del Imperio español, etc. Una crítica saludable de algunas de las carencias de la izquierda se fue convirtiendo poco a poco y gracias al amparo mediático de la derecha más extrema en una posición difícilmente compatible no solo con la izquierda sino también y fundamentalmente con sus propias bases filosóficas. Una operación que tenía en principio el objetivo de convertir al académico maestro y filósofo Gustavo Bueno en un intelectual mediático tuvo como consecuencia que sus controvertidas opiniones como tertuliano en lugar de prestigiar y poner de relieve su bagaje académico y profesional pudieran ser utilizadas para menospreciar y silenciar dichas aportaciones teóricas tan singulares.

Si trascendemos las limitaciones del espíritu subjetivo y nos referimos al ámbito de espíritu objetivo e incluso del absoluto, la evaluación de las aportaciones de Gustavo Bueno no pueden ser más positivas: un sistema sólidamente construido y argumentado, una escuela potente, unos proyectos de defensa institucional de la filosofía como es el proyecto Filosofía en Español ya asentados, una proyección pública muy consolidada especialmente en el campo de los profesores de filosofía en el enseñanza secundaria y en parte de la universitaria.

Con la desaparición de Gustavo Bueno la filosofía española pierde una de su referencias fundamentales de los últimos cincuenta años, Asturias un pensador y un hombre público de renombre, y sus discípulos a un maestro muy enriquecedor. Yo lamento su pérdida como filósofo y como maestro, sin ser nunca un discípulo directo, siempre defendí la obra y la postura intelectual de Bueno como referente esencial en el panorama filosófico español, y las veces en las que nos encontramos me acogió siempre con afabilidad y deferencia. La filosofía española está más pobre desde su muerte y esperemos que su legado tenga brotes fructíferos próximamente.

fuente: http://ctxt.es/es/20160824/Firmas/8050/ ... osofia.htm


Gustavo Bueno, el filósofo moderno



David Teira

CTXT // 26 de agosto de 2016




“Crítica es clasificación”, decía Gustavo Bueno, el gran clasificador. Abra cualquiera de sus obras y lo más probable es que se encuentre una “teoría de teorías”, en la que sus propias ideas se oponen sistemáticamente a cualquier alternativa. Sólo un genio de la clasificación puede permitirse desafiar así las intuiciones de sus lectores. Bueno era materialista, pero, a diferencia de los materialistas vulgares, defendía la realidad de las ideas (un “género de materialidad”). El de Bueno era un ateísmo católico, en el que la tradición escolástica contaba tanto como la filosofía moderna (y bastante más que la contemporánea). A Bueno algunos le conocieron como falangista (en los 1940) y otros como marxista (en los 1970). De cualquier proyecto político a él le interesaba su implantación efectiva, y la universalidad de su alcance. Lo mejor: un Imperio. “De no ser por la Iglesia católica, el cristianismo habría sido una secta judía más”, decía. Caídas la Alemania nazi y la URSS, Bueno se las ingenió para argumentar que, en el siglo XXI, España es lo más parecido a un proyecto imperial que les quedaba a los filósofos sistemáticos-materialistas-ateos-católicos.

Nuestro gran clasificador era, por supuesto, inclasificable. Nadie se atrevió a mezclar tantas ideas como Bueno a propósito de tantos temas como tocó en su extensísima obra. Él se presentaba como un “compositor” en un medio académico de “intérpretes y arreglistas”, como el español. Suya fue la reivindicación de la Symploké ontológica (“No todo está relacionado con todo”), el cierre categorial (la verdad de la ciencia no es la correspondencia entre teoría y mundo: es una forma de organización del propio mundo a través de las operaciones del científico), el animal divino (el terror prehistórico ante el animal sin domesticar es el origen del sentimiento religioso), y un largo etc. Aunque Bueno no fue nunca demasiado cuidadoso al citar sus fuentes, muchos lectores adivinaban de dónde bebía. Pero eso no disminuye su mérito componiendo: ni en su generación ni en las siguientes encontramos semejante fusión de estructuralismo y escolástica, análisis lógico y fenomenología. Pretendiendo ser, todo el tiempo, más consistente que cualquiera de sus interlocutores, pues para eso –decía– sirve un sistema.

“Pensar es pensar contra alguien”, sostenía una y otra vez Bueno. Contra el propio Bueno, sin embargo, no ha pensado todavía nadie. Como sucede en cualquier escuela, los estudiosos de su materialismo filosófico suelen ser más arreglistas e intérpretes que compositores. Fuera de su escuela, nadie se ha tomado la molestia por ahora. Lo cual no dice mucho de sus méritos intelectuales. Así somos en España: ¿quién piensa hoy contra Zubiri, García Bacca, Amor Ruibal o García Calvo? Dice bastante, en cambio, de su implantación mundana. Como demuestran los obituarios publicados estos días, Bueno fue muy generoso con quienes se interesaban por su obra. Pero tenía también un talento enorme para excluirlos, si se distraían. Como a menudo le oí repetir a su hijo Gustavo, gestor de tantas de sus empresas académicas, al final “vale quien sirve”. Tan divertido como hiriente en el insulto, arbitrario en sus decisiones, atrabiliario en sus formas, muchos de sus colegas dejaron de tratar a Bueno (y de leerle) simplemente para evitarse disgustos. Yo entre ellos: duré dos números en el consejo editorial de su revista (El Basilisco), sin haber pedido ni entrar ni salir. “No se enfade usted, señor Bueno”, le rogaba el presentador en una de sus incendiarias intervenciones televisivas. “No me haga usted enfadar, que es muy distinto”, le respondía él, airado.

Gustavo Bueno podía enfadarse fácilmente y mucho. Lo cual, de nuevo, no prejuzga nada sobre el valor de sus ideas. El suyo no ha sido el único carácter difícil de la Historia de la filosofía y sus vaivenes políticos no son mayores que los de otras ilustres luminarias del XX. Bueno se quejaba de que él leía a todos sus colegas, pero ninguno le correspondía. Quizá les intimidase intelectualmente. Quizá temiesen su reacción si se atrevían a opinar. O quizá, simplemente, les aburriese. De lo que no se daba cuenta era de que no le pasaba sólo a él. Javier Muguerza, paradigma de la cortesía académica, decía a menudo eso de que “de los libros de los amigos no sólo hay que hablar bien; hay que leerlos”. Yo leí mucho a Bueno cuando era estudiante y sus tesis me parecieron siempre más interesantes que los de cualquier otro de sus coetáneos españoles, aunque sólo sea por menos aburridas/predecibles. Para una generación como la mía, que habla inglés y accede a Internet antes de salir de la Facultad, resultó fácil encontrar por ahí versiones mejores de casi cualquier argumento escrito en español en los últimos cincuenta años. Por una parte, porque somos muchos ya los filósofos de lengua española que usamos directamente el inglés para publicar. Por otro, porque al inglés se traduce más filosofía que a cualquier otra lengua. Entre todo lo que yo he leído, Bueno destacó siempre por la originalidad de sus argumentos.

Pero la originalidad no es todo lo que se debería buscar en un filósofo. Cualquier idea de las que interesaron a Bueno, y en particular todas las que se refieren a las ciencias, están discutidas con infinitamente más información y detalle en el mundo filosófico anglosajón. Tanta información y detalle que difícilmente darán lugar a un sistema tan ambicioso como el que pretendió construir Bueno. Aquí está el reto para su materialismo filosófico: ¿habrá entre sus discípulos algún otro compositor que acierte a ponerlo al día y obtener el eco académico que no obtuvo su fundador? ¿O como en tantos palacios de la antigüedad, los lectores de Bueno irán arrancando piezas de su sistema para levantar sus propios argumentos, ajenos ya a la composición original?

“El universo mudanza, la vida firmeza”, decía Bueno con los estoicos. Quizá algún día una biografía intelectual nos descubra cuánto cambió realmente Bueno en sus seis décadas de escritura académica. Hoy sólo podemos admirarnos de su fecundidad filosófica y recordar los buenos ratos que (a algunos) nos ha hecho pasar con sus diatribas. Si estáis contentos, aplaudid al actor.

fuente: https://www.infolibre.es/noticias/opini ... _1023.html



Gustavo Bueno


Portada



Ignacio Sánchez-Cuenca

InfoLibre // 8 de agosto de 2016




Sonará como una exageración, pero creo que Gustavo Bueno ha sido el filósofo más potente que ha tenido España desde el final de la Guerra Civil. Fue un hombre de una inteligencia portentosa y de unos conocimientos oceánicos, creador de una obra extremadamente original. Con el paso del tiempo, cuando se vayan olvidando sus intervenciones públicas más estridentes y se sumerjan en el olvido sus libros tardíos sobre temas de actualidad y política, irá quedando claro que su sistema filosófico, lo que llamó “materialismo filosófico”, y más específicamente su teoría del cierre categorial, son contribuciones fundamentales a la historia del pensamiento. Resulta asombroso que fuera capaz de aportar ideas nuevas en áreas tan distintas, metafísica, filosofía de la religión, antropología, filosofía política, lógica, teoría del conocimiento, filosofía de la historia, historia del pensamiento, etc. En cada uno de estos campos, aplicó su esquema filosófico general, ofreciendo análisis sorprendentes y profundos.

Bueno distinguía tres tipos de filósofos por analogía con la música: los intérpretes (el especialista en algún autor o escuela, que comenta las ideas elaboradas por otros), los arreglistas (el generalista que trata de dialogar con escuelas y puntos de vista diversos, buscando una síntesis o elaborando un compendio) y compositores (el creador de una obra nueva y original). Bueno, claramente, era un compositor: se quejaba de que la filosofía académica estuviera protagonizada fundamentalmente por intérpretes y arreglistas.

Entendía la composición al modo clásico y arquitectónico. En una época escéptica con la idea misma de un “sistema filosófico”, en la que parece dominar más bien un ímpetu fragmentario, o incluso aforístico, Bueno se empeñó en construir desde la base (comenzando por sus Ensayos Materialistas) un sistema nuevo, de fuerte inspiración hegeliana y marxista, pero expresado con la terminología y el estilo de la vieja escolástica medieval. Lo hizo al margen de las principales corrientes intelectuales del siglo XX, desde su cátedra en la Universidad de Oviedo, rodeado de fieles y discípulos, que formaron algo parecido a un “círculo”, el de Oviedo, muchos de cuyos miembros reproducían hasta el estilo oral y gestual del maestro, incluyendo su deje garrulo para hablar sobre los temas más abstrusos.

A mi juicio, el desarrollo más fructífero del materialismo filosófico fue la teoría del cierre categorial. Bueno se embarcó en un proyecto muy ambicioso, decimonónico, que preveía la publicación de 15 volúmenes sobre dicha teoría, de los cuales vieron la luz los primeros cinco, que eran solamente preparatorios. Comprenderá el lector, ante tamaña magnitud, que resulte muy difícil resumir en unas pocas líneas el contenido central de la teoría. No obstante, lo intentaré: en esencia, la idea rectora establece que las ciencias realmente existentes se constituyen a través de aparatos categoriales propios, es decir, clases de términos que, al combinarse entre sí, producen términos nuevos que siguen perteneciendo al campo categorial original. Se produce, así, un “cierre” que hace que la química, la lingüística, las matemáticas, la biología, etcétera, se organicen como campos categoriales propios, cerrados sobre sí mismos. Los términos de los campos categoriales se construyen materialmente a través de operaciones realizados por los sujetos que hacen ciencia. (El lector interesado puede encontrar una exposición del propio Bueno en esta conferencia impartida en la Fundación Juan March en 1978).

La aplicación quizá más espectacular de la teoría del cierre categorial fue la que llevó a cabo sobre las ciencias humanas, materializada en seis volúmenes inéditos escritos en 1973 como memoria final de una beca de la Fundación Juan March que Bueno recibió. Consiguió ir más lejos que nadie en el análisis de los problemas filosóficos que se plantean cuando el sujeto operatorio trata de explicar desde premisas científicas lo que hacen otros sujetos operatorios. Para ello, distinguió dos tipos de metodología, la alfa-operatoria y la beta-operatoria. En las ciencias alfa-operatorias, se cancela la naturaleza operatoria del sujeto reduciéndolo a categorías que no son ellas mismas operatorias, como cuando se intenta dar cuenta de la conducta humana a partir de condicionamientos genéticos. En las beta-operatorias, por el contrario, el conocimiento científico se construye a la misma escala de las categorías que utiliza el sujeto estudiado. Así ocurre, por ejemplo, en la teoría de juegos, que, mediante modelos matemáticos, trata de determinar científicamente la conducta de los sujetos apelando a sus planes, deseos y creencias. Esta distinción tan básica le permitió a Bueno analizar muchas de las tensiones que surgen entre las distintas ciencias humanas y los problemas clásicos asociados a la autonomía causal de los seres humanos y su grado de libertad a la hora de actuar.

Como he apuntado antes, Bueno fue mucho más allá de la teoría de la ciencia y filosofó sobre temas y cuestiones muy distintas (los libros más destacables, a mi modo de ver, son, entre otros muchos, Ensayos materialistas, El animal divino, Etnología y utopía y El mito de la cultura). Su obra testimonia una mente poderosa y original, que despertó la admiración de sus muchos seguidores.

A pesar de sus logros, Bueno, sin embargo, no recibió nunca el reconocimiento institucional que merecía. Ni los poderes públicos ni los medios de comunicación le trataron en vida como el gran pensador de nuestro país. De hecho, tenía innumerables detractores. Su carácter fuerte, iracundo y aun furioso le ganó múltiples enemistades.

También su displicencia hacia todos aquellos que no compartieran sus planteamientos y no reconocieran el materialismo filosófico como un sistema superior a los demás provocó el rechazo de muchos. El hecho de que en su “círculo” hubiera aduladores e imitadores de poca valía intelectual no hizo sino consolidar la impresión de que se trataba de una escuela cerrada y dogmática. Sus intervenciones “mundanas”, en los medios de comunicación o en conferencias públicas, le dieron una imagen, podríamos decir, poco “civilizada”, y sus opiniones políticas siempre se caracterizaron por un desprecio hacia el modelo de democracia liberal, ya fuera, durante mucho tiempo, desde posiciones muy izquierdistas, ya fuera, en tiempos más recientes, desde posiciones casi falangistas.

Todo esto se explica, en buena medida, por las condiciones de producción de su obra. Como tantas otras veces en España, Bueno fue uno de esos heterodoxos que desarrolló un pensamiento propio en un aislamiento intelectual muy acusado. De ahí la fuerte carga esotérica de su filosofía, que requiere familiarizarse con una terminología propia y con ese estilo de tratado medieval que tenían sus trabajos, plagados de interminables distinciones, escolios y clasificaciones antes de llegar a la cuestión titular. Como consecuencia de ese aislamiento, la influencia de Bueno no ha traspasado las fronteras de la filosofía escrita en lengua española. A pesar de que Bueno siempre reclamó la necesidad de una filosofía académica y sistemática, su obra terminó siendo demasiado idiosincrásica, no se “socializó” nunca académicamente a través de la confrontación de tesis e ideas entre iguales. Fue una creación enteramente original, ligada a la figura irrepetible de Bueno, por mucho que intentara institucionalizarla a través de su escuela o círculo. Cabe especular con el desarrollo que habría tenido su pensamiento de haberse producido en un medio académico más favorable: quizá hubiera sido su filosofía menos “salvaje” y menos genial, pero habría podido formar parte del núcleo central de la filosofía contemporánea.

fuente: http://www.jotdown.es/2016/08/materiali ... l-utopismo



El materialismo filosófico contra las supersticiones del utopismo


Portada



Gustavo Bueno

Jot Down // 10 de agosto de 2016




En la muerte de Gustavo Bueno

El pasado domingo 7 de agosto murió en su casa de Niembro (Asturias), a los noventa y un años de edad, el filósofo Gustavo Bueno, una de las figuras más importantes, influyentes y polémicas del pensamiento español contemporáneo. La nota necrológica recogida por la prensa destacaba en el titular que su fallecimiento se producía justo dos días después del de su mujer, Carmen Sánchez Revilla, a los noventa y cinco años de edad.

Nacido en Santo Domingo de la Calzada en 1924, Gustavo Bueno estudió filosofía en las universidades de Zaragoza y Madrid, se doctoró como becario del CSIC con una tesis sobre filosofía de la religión y a los veinticinco años aprobó unas oposiciones de enseñanza media en Salamanca, donde empezó a pergeñar los rudimentos de su gran obra inacabada, la Teoría del cierre categorial, merced a sus visitas a un laboratorio de fisiología. Allí también aprovechó para empaparse de las sutilezas racionalistas de la escolástica española de los siglos XVI y XVII, en un ejercicio de virtuosismo filosófico que él, melómano declarado, comparaba con «tocar polifonía para un instrumentista romántico». En 1960 consiguió la cátedra de Fundamentos de Filosofía e Historia de los Sistemas Filosóficos en la Universidad de Oviedo, en la que siguió impartiendo clases hasta su jubilación.

Marxista prosoviético hasta la caída del Muro, «ateo católico» y materialista platónico de por vida, con enemigos recalcitrantes en todos los bandos ideológicos, Bueno encarna la imagen de un pensador libre y radical ―triturador de mitos, erudito brillante, polemista infatigable, filósofo intempestivo sin miedo al qué dirán― que resulta imposible de reducir a etiquetas.


El triturador de mitos: un nuevo Teatro Crítico Universal

Al concluir su labor docente como catedrático emérito en 1998, Gustavo Bueno optó por lanzarse a la conquista de los medios de comunicación y alcanzó en poco tiempo una popularidad que le permitió ―sin apenas cambiar su forma de hacer filosofía, de una densidad conceptual y metodológica difícil de digerir, sobre todo para el lector no especializado― labrarse un éxito considerable en el mercado editorial español, tan reticente por lo general a la producción filosófica.

Con el objetivo de «triturar» de forma sistemática los principales mitos de nuestro tiempo, Gustavo Bueno fue componiendo, a la manera de su admirado fray Benito Jerónimo Feijóo, una suerte de Nuevo Teatro Crítico Universal en el que, sirviéndose de un enorme arsenal de conocimientos (acumulados a lo largo de toda una vida dedicada al estudio) y aplicando su artillería dialéctico-crítica, sometía a un análisis demoledor a todo ese entramado ideológico de conceptos vacíos, buenas intenciones y falsas creencias que se ha ido consolidando en nuestra sociedad bajo la máscara de lo políticamente correcto, cuyas supersticiones suelen originarse a raíz de distintas formas ―más o menos camufladas― de utopismo. Bueno subrayaba en todo momento el carácter ideológico-filosófico de esas ideas, que son expresadas en la sociedad y que conforman lo que él denominaba «filosofía mundana» (frente a la «filosofía académica», propia del gremio de los profesores de filosofía). La filosofía, que para Bueno es un saber del presente y acerca del presente, tiene que encargarse del análisis, clasificación y sistematización de esas ideas.

Además de impulsar numerosas actividades desde la fundación que lleva su nombre, en los últimos veinte años de su vida Gustavo Bueno dio a la imprenta títulos como El mito de la cultura, España frente a Europa, Televisión: apariencia y verdad, Telebasura y democracia, ¿Qué es la bioética?, El mito de la izquierda, Panfleto contra la democracia realmente existente, La vuelta a la caverna: terrorismo, guerra y globalización, El mito de la felicidad, España no es un mito: claves para una defensa razonada, Zapatero y el pensamiento Alicia, La fe del ateo, El mito de la derecha y El fundamentalismo democrático. Eran libros más o menos de encargo sobre temas de actualidad, que trataban de responder a un interés mediático y a una demanda social. No sabemos cuántas personas de las que compraban sus libros también se los leían (intuyo que serían pocas), pero lo cierto es que su fama televisiva le granjeó notables tiradas y buenas cifras de ventas.

Para quien quiera aproximarse de forma más directa a la concepción filosófica de Gustavo Bueno, recomiendo sobre todo la lectura de sus dos magníficos ensayos breves ¿Qué es la filosofía? y ¿Qué es la ciencia?, editados por Pentalfa en 1995. En ellos encontrará, formulados con gran claridad, los principales ejes rectores de su pensamiento.

En lo que respecta a su gran obra en marcha, la Teoría del cierre categorial, solo se han publicado cinco de los quince tomos inicialmente proyectados. En una entrevista Bueno explicó que en 2006 había decidido retomar la redacción de la obra pero que justo por entonces su mujer sufrió un ictus, quedando impedida en silla de ruedas, y él prefirió centrarse en su cuidado. Además, esgrimía el filósofo, el poco interés que su sistema de teoría de la ciencia había despertado incluso entre los propios científicos parecía eximirle de tener que completarlo. Una lástima.


El polemista infatigable: «Pensar es siempre pensar contra alguien»

Para Bueno la filosofía tiene una función pública y surge del conflicto entre personas y del enfrentamiento entre grupos o sociedades. La idea de que «pensar es siempre pensar contra alguien» presidió en todo momento su concepción de la filosofía y su propia actitud intelectual. Todo lo que se afirma se hace desde una posición, desde un lugar, no flotando angélicamente en el éter o en el vacío. Y para este denodado fabricante de tesis y teorías aquellas opiniones que no tenían detrás de sí un sistema carecían de valor.

En coherencia con todo lo anterior, Bueno no solo no rehuyó sino que potenció la polémica. Ya a finales de los años sesenta protagonizó uno de los escasos debates interesantes que se han celebrado en el monótono campo filosófico español, con su obra El papel de la filosofía en el conjunto de los saberes, en la que respondía al opúsculo de Manuel Sacristán Sobre el lugar de la filosofía en los estudios superiores. Posteriormente trasladaría ese mismo afán polemista al ágora posmoderna de la televisión, convirtiéndose en el terror de cualquier contertulio de buena fe (más de uno debe de estar arrepintiéndose aún de haber osado compartir debate con él). En los «cara a cara» de la contienda de ideas, Bueno no sabía de costumbres versallescas ni hacía distingos entre contrincantes: lo mismo ridiculizaba sin piedad a un futurólogo de tres al cuarto que sacaba de sus casillas al circunspecto educador José Antonio Marina.

Pero no se trataba de debatir por debatir, de lanzarse al campo de batalla dialéctico por deporte o por diversión, sin importar las ideas o los contenidos esgrimidos. Ni mucho menos. Provisto de una poderosa artillería de conceptos y protegido por un férreo sistema filosófico, el Gustavo Bueno mediático era como un Sócrates agresivo, nervioso, sarcástico e insolente que venía respaldado desde casa por un Platón ordenado, frío, sistemático, riguroso. La combinación perfecta para una maquinaria dialéctica despiadada e invencible.


El pensador intempestivo: la vuelta del revés de Marx de un ateo católico

Intempestivo y heterodoxo, Bueno se convirtió en sus últimos años en el principal azote intelectual de esa izquierda autoproclamada «progresista», hurgando con antipatía y brillantez en sus heridas, reincidiendo en la volatilidad e inconsistencia de sus utópicos planteamientos. Es quizá en esa lucha contra la utopía donde se encuentra la mayor potencia política del planteamiento buenista, que no pretende mirar hacia el futuro sino «mantenerse en el análisis sistemático del presente, tratando de “ver lo que hay”, en política efectiva, como una consecuencia o corolario de lo que ya ha ocurrido antes en el pretérito», como dice al final de su Panfleto.

El materialismo filosófico de Bueno entronca con la corriente hegeliano-marxista, si bien desde una lectura personal. Al igual que Marx volvió del revés la concepción del mundo de Hegel, Bueno le dio la vuelta del revés a Marx sustituyendo la lucha de clases por una dialéctica de Estados y situando como clave de bóveda de su filosofía política la idea de Imperio. Además, su pensamiento se mantiene en diálogo permanente con la filosofía clásica griega, examina las formulaciones de las ciencias a la luz de los avances técnicos previos y adopta las sutiles categorizaciones de la escolástica española de los siglos XVI y XVII.

El pensador riojano siempre se consideró a sí mismo un escolástico puro y se llegó a definir como ateo católico, recogiendo por un lado la evidencia de la educación que recibió y el ambiente familiar en que creció («los españoles, aunque quieran, no pueden dejar de ser culturalmente católicos») y por otro lado sus propias conclusiones filosóficas generadas en el rigor de su sistema materialista («No es que Dios no exista, es que no puede existir»). Esta paradoja aparente quedaba ilustrada perfectamente en una anécdota que solía contar: recordaba cómo de pequeño iba a misa de doce en la catedral de Santo Domingo de la Calzada y allí lo pasaba muy bien porque se sentaba en los bancos de la nave central, frente a un retablo de Forment, y leía el Tratado teológico-político de Spinoza «que había metido en un devocionario muy ad hoc de mi tía Ángeles, que era muy devota».

Desde que pronunciara su conferencia «España» el 14 de abril de 1998 y con la subsiguiente publicación de su libro España frente a Europa, que provocó un profundo cisma entre las filas de sus seguidores, se le ha tachado en muchas ocasiones de conservador, facha, fascista y poco menos que loco peligroso de extrema derecha. Con cierta perplejidad distanciada, pude asistir en mi universidad (UCM) a los ecos de alguno de aquellos rifirrafes que parecían bastante desgarradores y cruentos, al menos para los interfectos, como el que protagonizó su discípulo aventajado Juan Bautista Fuentes Ortega, por entonces profesor mío. Un melodrama filosófico entre la catarsis política del trotskismo y el asesinato freudiano del padre putativo. Lo que está claro es que a Bueno nunca le importó el qué dirán ni se plegó jamás a la corrección política. Si algo queda inutilizado en un pensamiento de altura como el de Bueno son los conceptos pobres y las etiquetas de escaso alcance que se manejan en el presente. Simplemente no sirven. A quien supo desvelar la entraña mitológica de conceptos tan nucleares en política como los de «izquierda» y «derecha», poco daño pueden hacer ciertas imprecaciones o invectivas. Supongo que con el tiempo se podrá leer e interpretar su obra con mayor ecuanimidad, al margen del ruido ambiente y de las luchas viscerales a favor y en contra que él mismo gustaba de propiciar a su alrededor.

Como es preciso entrar un poco en harina para calibrar el sentido de lo que vengo diciendo, analicemos brevemente a continuación, por ejemplo, las ideas sobre la democracia y la globalización que expuso en dos de sus libros más controvertidos.


Panfleto contra la democracia

En Panfleto contra la democracia realmente existente Gustavo Bueno, reformulando la crítica tradicional a la democracia (cuya nómina estelar estaría encabezada por el imprescindible Platón), hizo un análisis crudo de ese «fundamentalismo democrático» que le otorga al orden político existente la capacidad de ser una realización más o menos plena de la idea pura de democracia en tanto que «gobierno de todos», cuando en verdad es mero gobierno de la mayoría, y como legítima expresión de una quimérica «voluntad general», que en todo caso solo podría ser una suma de voluntades individuales. Frente a esa posición idealista o utópica se sitúa el «funcionalismo democrático», que considera a las democracias realmente existentes, no ya como realizaciones deficitarias de esa idea pura de democracia, sino como realizaciones determinadas por los hechos, por la realpolitik, que, partiendo del poder de la mayoría, buscan el equilibrio entre las diversas minorías o grupos y el alejamiento de cualquier forma de despotismo o tiranía.

Desde este punto de vista, que podemos calificar sin más como «realista», no tiene sentido seguir hablando de «soberanía popular» (el pretendido autogobierno de la sociedad civil es una doble ficción), ni aludir a un atávico «contrato social» o a un profético «fin de la historia», ni agarrarse a un concepto meramente formal o procedimental de la democracia, pues, a fin de cuentas, esta no se puede concebir al margen de la «materialidad» de la sociedad política, es decir, del Estado (que tiene el monopolio de la violencia y debe garantizar el cumplimiento de la ley), ni fuera del ámbito del mercado de consumidores y usuarios.

Dicho de otra manera: sin Estado no hay derechos y sin mercado no hay bienestar. Pero que nadie se llame a engaño: en esta constatación del vínculo necesario entre la democracia y la sociedad de consumo no hay ninguna exaltación del individualismo liberal, ni mucho menos; pues para Bueno el individuo es una abstracción, no significa nada (tampoco conceptos como «libertad individual» o «libre decisión»). El individuo solo se concibe en tanto que formando parte de un grupo, que a su vez está en relación con otros grupos.

Después de todo, decía Bueno, «una sociedad democrática, en general, no tendrá por qué sufrir “crisis de gobernabilidad” siempre que los ciudadanos sigan disponiendo, en el Estado de bienestar, antes de recursos que les permitan vender y comprar bienes o servicios, que de ideales como solidaridad, igualdad o respeto mutuo». Además, «la fuerza del Estado de derecho no estriba en la literalidad de sus normas o en la de las sentencias de los jueces, sino en la capacidad coactiva del Estado realmente existente para hacerlas cumplir, o para ejecutarlas. Si esta fuerza no existe o no actúa, el Estado de derecho desaparece, porque él no obra en virtud de su idea pura». A partir de aquí, deducía Bueno algunas de las conclusiones más controvertidas de su libro, pues consideraba que es absurdo continuar pidiendo «más dosis de democracia» ―es decir, seguir apelando a ciertos valores considerados intrínsecamente democráticos, como si fuesen la panacea de la justicia y de la felicidad― para solucionar algunos problemas que seguramente necesitarían de la utilización de otro tipo de métodos. En el caso del terrorismo etarra, Bueno se mostraba partidario de aplicar legalmente la «eutanasia procesual», que es como él denominaba a la pena de muerte. Nunca se le perdonaría tamaña ocurrencia o salida de tono.

En definitiva, Bueno reflexionaba sobre algunas de las contradicciones que corroen por dentro a las democracias «homologadas» tal y como estas se desarrollan efectivamente en nuestro sistema de partidos políticos y de separación de poderes, que, tras la desaparición en Europa de los totalitarismos, se presenta como la única forma posible de Estado y de organización de la sociedad, a pesar de las permanentes denuncias sobre su carácter encubierto de partitocracia, oligarquía o plutocracia.


Contra el pacifismo

En La vuelta a la caverna: terrorismo, guerra y globalización, Gustavo Bueno aplicó su crítica sistemática al análisis de las manifestaciones del «¡No a la guerra!» y los llamados «movimientos antiglobalización». Insistía Bueno en que las reivindicaciones de estos grupos tenían también un carácter ideológico-filosófico (de «filosofía mundana»), pues utilizaban ideas generales tales como las de Guerra, Paz, Globalización, Género humano, Libertad, Identidad, Dios, Humanidad, etc., cuyo significado es preciso estudiar desde una perspectiva filosófica. Parafraseando el célebre título de Sartre, podemos decir que en el fondo del análisis que Bueno hacía de esas ideas latía la convicción de que «el humanismo es un utopismo». Al fin y al cabo, argumentaba Bueno, ningún hecho parece refrendar ese optimismo antropológico que confía en el progresivo avance del género humano hacia la armonía, la libertad y la paz perpetua, idea de clara inspiración kantiana que constituye la base de muchos mitos del presente.

En cuanto a la idea de Guerra, Bueno se oponía a esas corrientes pacifistas que atribuyen la guerra a la «parte animal» del ser humano, como si fuese un vestigio de su crueldad salvaje o de su animalidad prehistórica. Bueno denominaba «pacifismo fundamentalista» a esta ideología de la Paz que canaliza todos sus sentimientos y pensamientos en un «pensamiento único» excluyente y simplista: «¡Paz! ¡No a la guerra!». Frente a eso, consideraba Bueno que hay que asumir la realidad de la guerra como un hecho característico y propio de la civilización, unido indisolublemente a la política y, más en concreto, a las operaciones tácticas de los Estados. Contraponer guerra y paz como si se estuviese contraponiendo lo salvaje y lo civilizado es, por tanto, un error. Ya decía Clausewitz que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Por eso para Bueno no tiene sentido hablar de guerra justa o injusta, sino solo de guerra prudente o imprudente (según favorezca o no el mantenimiento de los Estados). Después de todo, solo hay justicia dentro de un ordenamiento jurídico, esto es, dentro de un Estado; eso del derecho internacional —decía Bueno— es una ficción jurídica inventada por iusnaturalistas. Tampoco tiene sentido pedir la Paz, así, en abstracto, puesto que esta supone un orden establecido por la victoria (hay una pax romana, o cristiana…), y para el vencido la paz no es sino sumisión. La disociación entre la esfera de la política y la ética era un presupuesto metodológico para Bueno, que definía las normas éticas por su objetivo material: «la salvaguarda de la fortaleza de los sujetos corpóreos».

En cuanto a la globalización, Bueno trataba de desenmascarar el idealismo metafísico contenido tanto en la ineficaz filosofía antiglobalización, formada por esos rousseaunianos de nuevo cuño —al estilo de Mayo del 68— que denunciaban los mecanismos represivos de las instituciones en general (empresas, familia, escuela, cárcel, etc.) y del sistema capitalista en particular, como en la influyente filosofía oficial de la globalización, que se había consolidado gracias al acatamiento por parte de los Estados de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y con la extensión a casi todos ellos del régimen de democracias parlamentarias; en este último caso, consideraba Bueno que «es metafísico ese supuesto de que los hombres, entregados a su libre y esforzada creatividad, lograrán encauzar al género humano hacia Estados de progreso creciente, de libertad, de bienestar y de felicidad. Un supuesto que se empeña en desconocer el hecho de que la resultante de la composición de múltiples operaciones teleológicas inteligentes (individuales o de empresa), no tiene por qué ser teleológica e inteligente».

El fenómeno de la globalización era definido como el proceso de desbordamiento del orden o sistema económico-político internacional que había quedado establecido tras la Primera Guerra Mundial y que giraba en torno a las economías políticas o nacionales, propias de cada Estado soberano, como si fuese este su «lugar natural»; este proceso de desbordamiento se hizo visible para todos a partir de la caída de la Unión Soviética y la expansión sin límite de las multinacionales. Ahora bien, pueden hacerse varias interpretaciones de este fenómeno y, por eso, hay distintas ideologías de la globalización.

En el fondo, con sus libros sobre la democracia y la globalización, lo que Gustavo Bueno estaba poniendo en cuestión era, respectivamente, los conceptos mismos de Estado totalitario y de género humano, elementos de referencia necesarios para poder hablar de aquéllas. Se trataba, por lo tanto, de un obús con enorme capacidad destructiva.


Adiós al genio filosófico

Como suele decirse casi de manera automática, el hombre ha muerto pero su pensamiento sigue vivo. Nos quedan sus libros, sus artículos y sus declaraciones, así como multitud de conferencias colgadas en internet. La videoteca de Gustavo Bueno es una Facultad de Filosofía on line, alternativa, permanente y gratuita, a simple tiro de clic. Basta con entrar en su canal de YouTube y dejarse imbuir por su sabiduría. Sus antiguos alumnos de la Universidad de Oviedo aducían una destreza especial del maestro para enganchar a la audiencia con su discurso, en unas clases que no dejaban de resultarles adictivas. La influencia en algunos de ellos era tan absorbente que terminaban expresándose con las mismas modulaciones de voz que el profesor y emulaban hasta los más leves gestos de sus manos.

Igual que ocurre con el Diccionario de filosofía de Ferrater Mora, la tarea unipersonal de Gustavo Bueno se nos antoja inmensa, hercúlea, irrepetible. Pese a su insistencia en que no hay individuos sino grupos, no parece probable que sus numerosos discípulos ni las entidades vinculadas a su figura (la Fundación Gustavo Bueno, la llamada Escuela de Oviedo, los «nódulos materialistas») puedan continuar con la altura, el rigor y la originalidad necesarios la labor emprendida por el filósofo riojano. Maestro solo hay uno, como ha quedado demostrado en los intentos (fallidos) que se han hecho hasta el momento. De lo que se trata ahora es de pensar desde, con y contra él, sirviéndose de las potentes herramientas conceptuales que nos dejó en herencia. No, Gustavo Bueno no era un grupo ni una institución; era un individuo —brillante, genial, irrepetible—. Sí podrán esas personas y entidades, por supuesto, dedicarse al cuidado, ordenación, interpretación, publicación y propagación de su obra completa. Es, de hecho, su principal deber para el futuro, con la cautela de no acabar degenerando en mera repetición pueril, escolasticismo hagiográfico o doxografía huera. Y esperamos que el extraordinario «Proyecto de Filosofía en Español» pueda tener la continuidad que merece.

Como se puede comprobar con la Tesela nº 132 grabada el pasado 26 de mayo, donde analiza la expresión «voluntad política», Gustavo Bueno murió como quería: con las botas puestas, pensando hasta el final. Hasta su muerte a los noventa y un años (casi noventa y dos), este filósofo intempestivo no ha dejado indiferente a nadie y ha seguido sacudiendo conciencias, removiendo las creencias más arraigadas y obligándonos a pensar, aunque sea en su contra.

Hola, compañeros. Me gustaría pediros, a ser posible, que resubáis los archivos de Gustavo dado que me ha sido imposible descargarlos.

Muchas gracias y buenas tardes.


Volver a Biblioteca

Antes de empezar, un par de cosas:

Puedes usar las redes sociales para enterarte de las novedades o ayudarnos a difundir lo que encuentres.
Si ahora no te apetece, puedes hacerlo cuando quieras con los botones de arriba.

Facebook Twitter
Telegram YouTube

Sí, usamos cookies. Puedes ver para qué las usamos y cómo quitarlas o simplemente puedes aceptarlo.