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CASTRO CÓRDOBA, Ernesto

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CASTRO CÓRDOBA, Ernesto

Nota Mié Abr 19, 2017 7:25 pm
Ernesto Castro Córdoba

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Introducción

    [fuente] Madrid, 1990. Autor de Un palo al agua: ensayos de estética (Murcia, 2016) y Contra la postmodernidad (Barcelona, 2011). Coordinador de El arte de la indignación (Salamanca, 2012) y Bizarro (Salamanca, 2010). Colaborador en Indignación y rebeldía (Madrid, 2013), Humanismo-animalismo (Madrid, 2012) y Red-acciones (Valladolid, 2010).




Ensayo





Artículos



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Marxismo y partidos comunistas en América Latina
(Conferencia sobre filosofía de la praxis, teología de la liberación y economía de la dependencia por Ernesto Castro en el doctorado de la Facultad de Filosofía de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla el 28 de febrero de 2017.)







Del materialismo
(Debate sobre el materialismo moderado por Miguel Ballarín y protagonizado por César Rendueles, Carlos Fernández Liria y Ernesto Castro a raíz de la publicación del ensayo de Rendueles, 'En bruto. Una defensa del materialismo histórico', en el Círculo de Bellas Artes de Madrid el 27 de octubre de 2016)


Re: CASTRO CÓRDOBA, Ernesto

Nota Mié Abr 19, 2017 10:10 pm
fuente: http://ernestocastro.tumblr.com/post/11 ... -estibador



De mayor, estibador


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Ernesto Castro

Culturamas // 25 de noviembre de 2013




He leído multitud de payasadas sobre el llamado posfordismo. Las cosas que escribe Sergio Bologna no se cuentan para nada entre ellas. Bologna me dejó patidifuso con su conferencia sobre el nazismo, Nazismo y clase obrera, una investigación sencillamente deslumbrante que cuestiona la lectura oficiosa del camino que conduce desde la República de Weimer hasta Adolf Hitler como una historia de pequeños burgueses enloquecidos y proletarios con los brazos caídos cuando estos últimos plantaron en verdad una batalla importante (a pesar del bozal de los partidos obreros) y nada claro está todavía qué coño eran los primeros en términos sociológicos (Bologna analiza cómo el pequeño burgués alemán del primer tercio del siglo XX tiene mucho que ver con el trabajador precario o falsamente autónomo de nuestro tiempo, hasta qué punto los reajustes en el modelo productivo tras 1929 son una suerte de preludio de relaciones laborales y modelos de organización extendidas por doquier desde los años 90). Estamos hablando, para que puedan hacerse una idea del personaje, de una conferencia pronunciada en una casa okupa con un aparato bibliográfico realmente mastodóntico. Varias decenas de páginas plagadas de fuentes primarias y secundarias. Ya quisieran algunas tesis doctorales manejar estos volúmenes de papel y saber. Importa también subrayar la cuestión del dónde: en un centro okupado, recuperando una necesaria vinculación entre teoría y práxis capaz de sortear las inclinaciones canallistas (canalla, según Marx, es quien «busca acomodar la ciencia a un punto de vista que no deriva de ella misma»).

Pueden imaginar entonces las sensaciones encontradas que suscitaban en mi interior el consultar (tarde y mal) la recopilación de artículos de Bologna publicados por Akal en 2006, Crisis de la clase media y posfordismo. Por una parte temía que Bologna hubiera quedado desfasado en el interín por la situación económica vigente, que tiene tanto de posfordista como un Telecall puede tener de trabajo cognitivo. Aunque tenía ganas de volver a bucear en su manejo de datos duros, segundas partes nunca fueron buenas, y el propio término «clase media» casi como que parecía apestar desde la misma portada. Fueron cautelas, claro está, inútiles. Los textos de Bologna ignoran las fechas de caducidad intelectual por una razón sencilla, la neutralidad investigadora siempre será joven, a diferencia de la pantomima ontológica, que suele nacer casi siempre muerta de la imprenta (por decirlo con David Hume).

¿Cuales son los aciertos de Bologna? Para empezar el saber desmontar con tremenda solvencia empírica la identificación entre posfordismo y trabajo cognitivo (sinónimo de creativo para muchos catedráticos con vacaciones pagadas y pensión garantizada). Y lo hace, en primer lugar, recordando que la principal estrategia que asumieron las empresas europeas en vistas a competir en el mercado global del cambio de siglo (dejando de lado las operaciones financieras) tuvo que ver sobre todo con la supply chain management, esto es, con la gestión logística de la oferta en román paladino. Contra la sociología para gurús que insiste en el poder de las marcas, en la importancia de la publicidad, cuyos debates suelen ser sobre la (falta de) autonomía del consumidor, Bologna repasa —uno a uno— los negocios exitosos desde los años 80. Todos tienen alguna relación con mejoras en la organización interna en vistas a maximizar los recursos invertidos en transporte y distribución del producto. ¿Alguien ha parado a preguntarse por qué Amazon, una compañía cuya presencia online está por ahora limitada a su página web, figura siempre entre las mejor vistas de las empresas digitales 2.0?

En el cambio de siglo, gestionar el tráfico de armas yanquis (Maersk), depredar servicios postales ajenos (Deutsche Bahn) o centralizar la fase de tinte (Benetton) fueron, según nos detalla Bologna, las iniciativas logísticas mayormente exitosas acometidas por las empresas europeas punteras desde el cambio de siglo. Así las cosas, resulta evidente que la orientación de los sectores productivos a cuestiones cerebrales —pace Richard Florida— nada tiene que ver con la contratación de intelectuales para así lanzar mejor la enésima campaña de marketing parasitaria de los movimientos contraculturales. Los community managers son carne de cañón, nunca vanguardia. Llegan cuando toda la maquinaria logística lleva eones puesta a punto.

En cuanto a los mitos contados sobre las pymes como musculatura de cualquier economía saludable, el hecho de que los primeros países a la cabeza del trabajo en pymes sean los primeros cadáveres de la economía financiera (Grecia, España, Portugal) debería resultar más que suficiente para diagnosticar los límites y los sesgos de quienes realizan su plegarias diarias en dirección hacia el emprendizaje individual como hacen los alemanes. Sobre este último punto, la llamada a medir nuestra estatura con las potencias del continente, conviene reproducir aquí las perspectivas empresariales que tenían nuestros queridos alemanes hace una década, solo sea por recordar aquello de primero como farsa y después como tragedia (¿o era al revés?):

    «El Informe sobre Alemania del año 2003 concluía diciendo: “Los alemanes, en comparación con la población adulta de otros países, parecen muy pesimistas con respecto a las oportunidades de crearse en el futuro una posición como trabajadores por cuenta propia; tienen, en comparación con los demás, mucho miedo a toparse con un fracaso”. Y, ciertamente, es imposible no darles la razón. El número de empresas en quiebra ha crecido en Alemania, entre 2002 y 2003, un 50 por 100 respecto a 1995. Con la crisis del año 2000, se produjo un aumento impresionante, que elevó, solo en el año 2003, los casos de empresas de distintos tamaños que presentaron solicitudes de quiebra a la cifra de 39.320, mientras que el valor de las declaraciones de insolvencia, incluidas las de los consumidores, ascendió en el mismo año a cifras cercanas a los 30.000 millones de euros».

Qué decir tiene que el trabajo logístico, salvando algunos cuadros técnicos superiores, está muy lejos del imaginario idílico del brave new world, por mucho que intuyamos que la precariedad sigue siendo algo común tanto a los becarios del departamento de Filosofía como a los estibadores cuya suerte les depara a vivir atados a la trazabilidad y el just on time. «Un experto en logística fue de visita al Cargo Center del aeropuerto Kennedy de Nueva York en pleno boom de la new economy y le preguntó al director general: “¿Cuánto tiempo se quedan trabajando aquí sus peones de almacén?”. La respuesta fue: “No más de un mes de media, señor. Si después de un mes todavía están aquí, significa que son tan incapaces de encontrar un puesto mejor que me conviene echarles. O bien, si después de un més están todavía por aquí, quiere decir que roban y a mi me conviene despedirles por precaución”».

En suma, un libro de hoja perenne dichosamente recomendable para oxigenar nuestra ideas acerca de la economía que hemos tenido el destino de padecer. Una apuesta fabulosa por comprender qué pasa cuando siguen echando "Tiempos modernos", los pensadores de la República de Weimar aguantan el juicio del tiempo, por mucho que digan los publicistas del trabajo inmaterial, cognitivo o llámalo X.

fuente: http://ernestocastro.tumblr.com/post/14 ... terrorismo



Filosofía del terrorismo


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Ernesto Castro Córdoba

27 de junio de 2016




El término “terrorismo” proviene obviamente del latín, idioma en el que encontramos expresiones como terrori hostibus esse (ser el terror de los enemigos) o terrere aliquem magnitude poenae (aterrorizar a alguien con la magnitud de la pena). En la Roma antigua hubo bandas de latrones que podríamos calificar retrospectivamente de terroristas como la Bulla Felix durante el imperio de Séptimo Severo. Sin embargo no nos han quedado apenas reflexiones filosóficas de la Antigüedad sobre el terrorismo, salvo que consideremos tales la historia del tiranicidio de Harmodio y Aristogitón contada por Heródoto y Tucidides, o el retrato favorable de Bruto, el magnicida de César, escrito por Plutarco, o las consideraciones de Aristóteles sobre el papel dramático y retórico del miedo, esa “suerte de dolor o agitación derivada de la imaginación de un futuro destructivo o un mal dañino” que “inclina a las personas a la deliberación”.

El terrorismo ha jugado un papel central en la historia de la guerra. Hugo Grocio da por sentado en el El derecho de la guerra y de la paz que la victoria militar implica el uso de “la fuerza y del terror”. El término “terrorismo” se aplicará sin embargo por primera vez de manera sistemática sobre una facción política bastante pacifista: los jacobinos (“esos perros del infierno llamados terroristas”, en palabras de Edmund Burke). Maximilien Robespierre se opuso tácticamente a la idea de exportar la revolución por la vía de las armas en un contexto de cerco internacional a la República: “Los franceses no sienten la obsesión de hacer libre y feliz a ninguna otra nación contra su voluntad. Todos los reyes podrían holgazanear o morir impunes sobre sus tronos ensangrentados, con tal de respetar la independencia del pueblo francés”.

En cuanto a la guerra contra el enemigo interno, biografías recientes del Incorruptible como la de Peter McPhee han rebajado el perfil de sangriento dictador trazado por la propaganda contrarrevolucionaria. Robespierre argumentó en 1791 que “la pena de muerte es esencialmente injusta” porque “multiplica más crímenes de los que previene” y durante el estado de excepción y de guerra civil conocido como “el Terror” preservó sustancialmente la libertad de culto y de prensa, intervino personalmente para salvar la vida de 70 girondinos y rompió su amistad con Joseph Fouché, el “Ametrallador” de Lyon, exigiéndole rendición de cuentas. Un indicio de que Robespierre no monopolizó la “voluntad general” de la Revolución se encuentra en el hecho de solo 77 de los 920 decretos emitidos por el Comité de Salud Pública en el otoño de 1793 llevan su firma y solo 14 de los 608 emitidos durante el polémico mes de Pradial de 1794. Solo será tras los atentados fallidos contra su persona a cargo de Renault y Admirat que Robespierre perderá lo que McPhee califica de “su buen juicio táctico” aprobando la ley del 22 de Pradial, que duplicará las condenas del Tribunal Revolucionario, y prestándose a encabezar una fiesta del Ser Supremo que consolidará los rumores de tiranía y aspiración a dictadura.

Se cuenta que los filósofos G. W. F. Hegel y Friedrich Schelling y el poeta Friedrich Hölderlin plantaron un “árbol de la libertad” en el seminario de Tubinga bajo el que se reunían a leer periódicos revolucionarios de contrabando. Hegel habla oscuramente del Terror sin mencionarlo en un pasaje de la Fenomenología del espíritu que reproduce las tesis de filósofos reaccionarios como Louis de Bonald o Joseph de Maistre: el “papel mojado” de la Declaración de los derechos del hombre y el ciudadano es un delirio de la razón que buscando eliminar las diferencias entre los individuos termina imponiendo el reino de la muerte que todo lo iguala. Por decirlo en palabras de Hegel: “la única obra y acto de la libertad universal es la muerte, y por cierto, una muerte que no envuelve nada interior, ni tiene cumplimiento alguno, pues lo negado es el punto sin colmar ni cumplir del sí-mismo absolutamente libre; es, entonces, la muerte más gélida y trivial, sin más significado que el de cortar de un hachazo una col o beber un sorbo de agua”. En los Lineamientos de la filosofía del derecho Hegel califica a esta muerte de “infinito malo” y expone el topicazo sobre el carácter práctico del pueblo francés frente al intelectual del alemán que luego repetirán Heinrich Heine, Karl Marx y hasta Friedrich Nietzsche.

“En Alemania este mismo principio recabó para si el interés de la conciencia, pero solo se desarrolló de un modo teórico. Tenemos, los alemanes, toda clase de rumores dentro y fuera de la cabeza, pero preferimos meditar con el gorro de dormir puesto”, escribe Hegel en maledicencia a Immanuel Kant. La relación de la filosofía kantiana con el Terror se estudia actualmente por dos vías distintas. Los teóricos del neorrepublicanismo contemporáneo han subrayado por un lado el espíritu inopinadamente kantiano de algunos de los argumentos terroristas de Robespierre. La sentencia de que “castigar a los opresores de la humanidad es clemencia; perdonarlos es barbarie” recuerda a la concepción retributiva de la justicia que presupone Kant cuando sostiene que la pena capital es un reconocimiento a la dignidad, autonomía y responsabilidad del criminal que ha violado la ley a conciencia y no fruto de un condicionamiento pasajero:

    “Si se acusa de traición a un colectivo integrado tanto por personas honradas como por gente abyecta, carente de toda dignidad, y son todos condenados a muerte o a ser encerrados de por vida, pudiendo elegir entre ambos castigos, a buen seguro que los primeros optarán por la muerte, mientras que los otros escogen la prisión”.

A esta deontología kantiana tenemos que sumarle en los jacobinos una pertenencia rousseauniana de los ciudadanos a la nación y una vigilancia sobre la virtud de los fideicomisarios del pueblo hasta el punto de que la Revolución devore a sus propios hijos. Saint-Just había dicho: “Un patriota es aquel que sostiene la República en masa; quienquiera que la combata en el detalle es un traidor”. Y Robespierre poco antes de ser guillotinado: “¿Qué me importa el peligro? Mi vida pertenece a la Patria; mi corazón está libre de miedo y si, debo morir, lo haré sin reproche y sin ignominia”.

Por otro lado, los estetas posmodernos han subrayado el carácter sublime, esto es, la apariencia de una amenaza contemplada desde un lugar seguro, como quien ve los toros desde la barrera, que presentaba para el autor de La crítica del juicio el Terror visto desde la distancia prudencial de Königsberg. Este “pathos de la distancia” se ha discutido ad nauseam en los debates actuales sobre la dimensión estética del yihadismo, que según críticos culturales como Jean Baudrillard o Susan Sontag se trata de un simulacro mediático posmoderno, mientras que filósofos como Jacques Derrida o Jürgen Habermas hablan de un desafío interno a la propia idea de modernidad.

La definición robespierreana del terrorismo como “emanación” de la virtud civil en contextos de emergencia nacional se vio sustituida en la segunda mitad del siglo XIX por la idea de cuño anarquista del terrorismo como “propaganda por el hecho”. El origen de esta mutación del terrorismo del Estado contra la población al terrorismo de grupos revolucionarios contra el Estado (15 jefes de Estado asesinados entre 1875 y 1914) y eventualmente contra ciertos segmentos de la población (el atentado del Liceu de Barcelona) se encuentra en el fracaso de las revoluciones nacionalburguesas de 1848. El demócrata radical Karl Heinzen pasa por ser el primer teórico de este tipo de terrorismo desde abajo por haber defendido en su panfleto La muerte (1848) que “si hay que volar la mitad del continente y derramar un mar de sangre para derrotar al partido de los bárbaros, no hay que tener ni escrúpulos ni conciencia”, pero en realidad este plan de destrucción creativa del orden burgués ya había sido expuesto por Mijail Bakunin en 1842, aunque no será hasta la Comuna de Lyon (1870) que intentará ponerlo en práctica, como le escribió al comunero Albert Richard:

    "Debemos promover la anarquía y, en medio de la tempestad popular, debemos ser los pilotos invisibles que guíen la revolución, no mediante un poder visible de ningún tipo sino mediante la dictadura colectiva de todos nuestros aliados, una dictadura sin engaños, sin títulos oficiales, sin atribuciones oficiales y por ello tanto más poderosa, porque está desprovista de las galas del poder".

La expulsión de los bakunitas de la Primera Internacional y la represión de la Comuna de París obligará a anarquistas como Paul Brousse, Errico Malatesta o Johann Most a replantear su estrategia apostando por los grupos pequeños de acción directa que intentarán romper el silencio político-mediático del orden burgués mediante la propaganda de “la palabra, el texto, la daga, el fusil y la dinamita” (Carlo Cafiero) a sabiendas de que “un edificio basado sobre siglos de historia no se destruye con unos cuantos kilos de explosivos” (Piotr Kropotkin). Su modelo eran los autodenominados terroristas rusos, calificados de nihilistas por los conversos al tradicionalismo como el Fiódor Dostoyevski de Los demonios simplemente porque no creían en el libre arbitrio, aunque en realidad la mayoría no suscribía una concepción apocalíptica o mesiánica de la violencia como purificación sagrada (Walter Benjamin), sino que a lo sumo se acogían a un derecho al tiranicidio no muy distinto del argumentado por Cicerón, Juan de Salisbury, Philippe Duplessis-Mornay o Juan de Mariana.

Contra el tópico del fetichismo libertario de la violencia, difundido principalmente por sicarios socialrrevolucionarios como Boris Savinkov en su novela El caballo amarillo, nos encontramos con que en Rusia dirigentes supuestamente anarquistas como Nikolái Morozov de Narórdnaya Volia (Voluntad del pueblo) abogaban por un uso eficiente y limitado del terror, vinculado con su concepción personalista del poder (pensaban que bastaba con matar al zar Alejandro II para acabar con el zarismo), mientras que los defensores de un uso más indiscriminado del terror solían estar en posiciones ideológicamente más próximas a la socialdemocracia y el marxismo. Vera Zasúlich, la corresponsal de Marx que le planteó la pregunta sobre la transición al comunismo directamente desde el mir, la comuna campesina tradicional rusa, es la misma a la que Iván Turguéniev dedicó su poema “El umbral” tras haber sido absuelta de haber atentado fallidamente contra el general Fyodor Trepov, y fue en una carta a Friedrich Engels que el protoleninista Piotr Tkachov formuló su solución final revolucionaria consistente en “cortarle la cabeza a todo súbdito del imperio de más de 25 años”. Compárese con el tono de la misiva que le hacen llegar los Narórdnaya Volia a Alejandro III nada más haber asesinado a su padre:

    “Esté usted seguro de que, tan pronto como el poder supremo deje de ser despótico, tan pronto como tome la firme resolución de escuchar lo que exige la conciencia nacional y su conciencia, esté usted seguro de que entonces podrá despedir a los espías que ponen en entredicho al Gobierno, enviar su escolta a los cuarteles y quemar las horcas que desmoralizan al pueblo”.

En la primera mitad del siglo XX aparece una nueva forma de terrorismo administrada por los regímenes totalitarios soviético y nazi que encuentra en Hannah Arendt su filósofa de cabecera. En Los orígenes del totalitarismo Arendt sostiene que los regímenes totalitarios no se pueden comprender según los esquemas de la filosofía política tradicional porque su búsqueda de la dominación total del hombre por parte del hombre (homo homini lupus) no responde a una lógica práctica de medios y fines sino a la tendencia irrefrenable del mundo burocrático y desencantado (Max Weber) a convertir en superflua toda forma de espontaneidad humana. El campo de concentración tal y como lo describen Primo Levi y David Rousset es la máxima expresión de esa banalidad del mal en la que “mandaos” de las SS como Adolf Eichmann, que “solo cumplen las órdenes de sus superiores”, terminan privando a millones de individuos de su personalidad jurídica y de su subjetividad moral mediante el hambre, los castigos corporales, los trabajos forzados y la exposición de los elementos naturales hasta convertirlos en “cadáveres vivientes” (Muselmänner).

Un caso peculiar de terrorismo totalitario lo encontramos en los juicios de Moscú en los que Iósif Stalin purgó a la vieja guardia bolchevique (Lev Kámenev, Grigori Zinóviev, Alekséi Rýkov, Nikolái Bujarin, etc.) acusándoles entre otras cosas de haber conspirado para desmembrar a la URSS en beneficio de potencias imperialistas como Japón y Alemania y de haber asesinado a Maksim Gorki y Serguéi Kirov. El fiscal del caso fue Andréi Vyshinski, quien posteriormente defenderá en su Teoría de las pruebas judiciales en la justicia soviética que la comisión del crimen no es necesaria para dictaminar la culpabilidad del acusado, basta con que el caso resulte ejemplar en términos de la lucha de clases. A pesar de que sus sentencias se sostuvieron exclusivamente sobre confesiones arrebatadas a base de promesas incumplidas de inmunidad para los familiares y semanas de tortura (véase el famoso “sistema transportador” en el que los vigilantes se turnaban para mantener despierto al reo durante días enteros), Vyshisnski estaba de acuerdo con Bujarin, uno de sus acusados, en que “la confesión es un principio medieval de la jurisprudencia”. La condena de Bujarin fue especialmente discutida por el lenguaje esópico que utilizó el acusado al reconocer su culpabilidad en la totalidad de los cargos “independientemente de si yo sabía o de si yo tomé parte directa de algún acto en particular” para luego negar cualquier conocimiento o participación de los casos concretos. Arthur Koestler en El cero y el infinito y Maurice Merleau-Ponty en Humanismo y terror interpretaron esta contradicción como una constatación del conflicto entre el individuo y el colectivo, o entre la intención subjetiva y el sentido objetivo de la Historia. Lo más razonable para comprender la situación en la que se encontraba Bujarin seguramente sea atenerse a los términos que él mismo utilizó (“duplicidad mental”, “semiparálisis de la voluntad”, “conciencia desdichada hegeliana”) y que el novelista George Orwell popularizó en 1984.

Durante la segunda mitad del siglo XX las organizaciones internacionales han hecho más esfuerzos que muchos filósofos por definir el concepto de terrorismo sin llegar tampoco a ninguna conclusión definitiva. En el artículo 33 de la Cuarta Convención de Ginebra de 1949 se estipula que “están prohibidos los castigos colectivos, así como toda forma de intimidación o de terrorismo” y en el proyecto de código de crímenes contra la paz y la seguridad de la humanidad de la Comisión Internacional de la ONU de 1954 se establece que son los Estados, y no los individuos, los objetos y sujetos del terrorismo, pero hay que esperar hasta la resolución 49/60 de la Asamblea General de la ONU de 1995 para encontrar una definición exhaustiva de terrorismo (“actos criminales con fines políticos concedidos o planeados para provocar un estado de terror en la población en general, en un grupo de personas o en personas determinadas”), una caracterización que será modificada por el convenio internacional de 1999 para la represión de la financiación del terrorismo, donde se llama terrorista a cualquier acto “destinado a causar la muerte o lesiones corporales graves a un civil o a cualquier otra persona que no participe activamente en las hostilidades en una situación de conflicto armado” siempre que “el propósito de dicho acto, por su naturaleza o contexto, sea intimidar a una población, u obligar a un gobierno o a una organización internacional a realizar un acto o a abstenerse de hacerlo”.

No obstante, la definición institucional que más se aproxima a la concepción sostenida por la mayoría de los filósofos analíticos contemporáneos es la del Departamento de Estado de EEUU: “violencia premeditada, con motivación política, perpetrada por grupos no estatales o agentes clandestinos contra personas no combatientes, habitualmente con el propósito de influir en una audiencia”. Entre estos filósofos destaca Igor Primoratz, quien ha elaborado una teoría del terrorismo que intenta superar la tesis relativista de que los terroristas de un bando son los mártires del otro, teniendo para ello en cuenta la concepción de la justicia de los propios terroristas. Solo se considera terrorismo, según Primoratz, si los terroristas reconocen como inocentes a los individuos contra los que atentan. El atentado del Hipercor sería, en este sentido, un acto terrorista, mientras que el asesinato de Carrero Blanco sería meramente un atentado político.

El problema de esta caracterización es que no valora lo razonable o irrazonable de la concepción de la justicia de los terroristas (¿qué pasaría si ETA juzgara que todos los españoles son culpables por el mero hecho de serlo?) y paradójicamente no contempla que el terror sea un aspecto del terrorismo. Otros filósofos contemporáneos, como Carl Wellman o Robert E. Goodin, pecan por exceso al definir el terrorismo exclusivamente en términos del uso del terror como medio de intimidación. Wellman habla del “terrorismo del aula” para referirse a las amenazas que lanza un profesor sobre los alumnos que no cumplan sus deberes y Goodwin no considera necesario ni siquiera formular la amenaza: para ser terrorista basta con advertir a los demás acerca de las consecuencias intimidantes de sus actos.

En cuanto a la posible justificación del terrorismo, el consecuencialista Kai Nielsen sostiene que su legitimidad depende de su eficiencia, medida en términos de utilidad agregada, a la hora de alcanzar objetivos políticos y morales valiosos como “una sociedad verdaderamente socialista” o la liberación respecto del dominio colonial. La elección del terrorismo es, según Nielsen, una decisión táctica, “como la elección de un arma en tiempos de guerra”. Otros consecuencialistas como Nicolas Fotion le ponen las siguientes condiciones a le elección de Nielsen: (i) que el bien buscado sea lo bastante bueno como para justificar los medios, (ii) que el medio será de hecho alcanzado por la vía del terrorismo, y (iii) que el fin no pueda alcanzarse por otra vía moralmente menos costosa.

Por último tenemos posiciones como las de Virginia Held que apelan a una teoría de la justicia distributiva según la cual el terrorismo es legítimo si combate eficientemente la violación de los derechos de una parte de la población dañando los derechos, que hasta entonces solo han sido privilegios, del resto de la población, sentando las bases para una sociedad más igualitaria, aunque sea a la baja. Un ejemplo de terrorismo legítimo serían las campañas de “llevar el sufrimiento” a los barrios blancos de Sudáfrica durante el apartheid.


Apéndice: filosofía del terrorismo islámico.

El terrorismo por motivos religiosos ha existido desde siempre. En la Roma del siglo I estaban los sicarii judíos, famosos por las dagas (sicae) con las que ejecutaban a sus víctimas, normalmente judíos helenizados a los que consideraban colaboradores del dominio romano. Entre los siglos XI y XIII existieron los hashshashin de la rama ismaelita del chiísmo que asesinó a gobernantes musulmanes y cruzados hasta que fueron aplastados por los mongoles. Los thugees se infiltraban en caravanas de viajeros para estrangularlos en sacrificio a la diosa Kali, aunque se sospecha que su principal motivación era el robo, hasta que fueron eliminados por la administración británica de la India a comienzos del siglo XIX.

No obstante, la forma más emblemática de terrorismo religioso de nuestro tiempo es el yihadismo. Como es habitual en la jurisprudencia islámica, los teóricos de cabecera del salafismo y del ismailismo radicales argumentan citando como autoridad y precedente pasajes del Corán, los hadices y la tradición de los ulemas, en este orden de importancia. Como es sabido, el Corán distingue entre una yihad mayor entendida como una lucha moral interior y una yihad menor entendida como el derecho y hasta cierto punto el deber de combatir a los infieles, ya sean estos politeistas que niegan la unicidad de Dios (tawhid) o monoteístas que lo “asocian” con otras deidades, como según los musulmanes lo hacen los cristianos con la Santísima Trinidad, tal y como lo estipula la llamada “aleya de la espada”: “Y cuando hayan pasado los meses inviolables, matad a los asociadores donde quiera que los halléis. Capturadlos, sitiadlos y tendedles toda clase de emboscadas; pero si se retractan, establecen la oración (salat) y la limosna (zakat), dejad que sigan su camino”.

Una de las cosas que se suele echar en cara a los muyahidín es su hipocresía al pretender imponer sobre los demás una sharia que ellos mismo no son capaces de aplicarse (los casos de muyahidín alcohólicos y comecerdo son bien conocidos) pero una cosa que se suele ignorar en estas acusaciones es el permiso que concede la tradición islámica sobre diversas formas de engaño. En los hadices de al-Bujari Mahoma se justifica por haber asesinado a traición al judío desarmado Usayr ibn Zarim diciendo que “la guerra es una conspiración” (makara), en el sentido en el que el Corán dice que Alá es “el mejor de los conspiradores” (su voluntad es inescrutable) y que “Alá no te impondrá una culpa por lo que hubiera de inintencionado en tus juramentos sino por lo que se haya ganado tu corazón”. De ahí que haya toda una rama de la jurisprudencia islámica ocupada sobre los casos legítimos de engaño (hiyal) dentro de los cuales caen el ocultamiento de las intenciones o de las opiniones (kitman), el ocultamiento de la identidad religiosa musulmana (taqiyya), los dobles sentidos verbales (tawriya), la flexibilidad a la hora de aplicar los principios islámicos (muruna) y la mentira útil en caso de guerra, crisis matrimonial o desunión de la umma.

La inmolación kamikaze se ha convertido en una de las señas de identidad del yihadismo desde el fenómeno de los niños bomba chiitas que buscaban emular el martirio de Husein ibn Alí durante la guerra irano-iraquí pese a que el Corán prohíbe el suicidio. Aquí los muyahidín se remiten al precedente del joven que en los hadices de Múslim es condenado a muerte por un rey que no está dispuesto a reconocer ninguna autoridad superior a sí mismo. La intervención milagrosa de Alá impide dos veces la ejecución hasta que el rey accede a ejecutar al joven públicamente tal y como él se lo reclama: disparándole una flecha “en el nombre de Alá, Señor de la juventud”. La multitud expectante rompe a aclamar a Alá mientras el rey manda encender una hoguera y que salten a ella los que no vayan a renunciar a su religión. Al momento se presenta una madre decidida con su recién nacido.

Esta historia resume a la perfección la indistinción moral entre acciones y omisiones en la que se mueve la teoría moral yihadista: tan legítimo es el martirio causado por uno mismo (la madre) como el permitido o el mandado a otros sobre uno mismo (el joven) siempre y cuando ello resulte beneficioso para la umma. En palabras del shafi’ita Ibn Hajar al-Asqalani: “Sobre la cuestión de que uno solo hombre se enfrente a muchos enemigos, hay un acuerdo colectivo de que si acomete tal iniciativa para acrecentar su coraje, pensando que de este modo aterrará a sus enemigos o envalentonará a los musulmanes contra ellos o algo de similar efecto, entonces está bien. Pero si lo hace por pura temeridad, entonces está prohibido”.

Sobre la legitimidad de asesinar inocentes, la tradición islámica prohíbe explícitamente la muerte de los varones musulmanes y de las mujeres y niños con independencia de su religión, pero incluso sobre este punto hay casos muy controvertidos como el cerco de Constantinopla, en el que los bizantinos mandaban a los presos musulmanes a recoger agua fuera de las murallas rompiendo de este modo el corte de suministros a sabiendas de que los turcos no se atreverían a disparar sobre sus correligionarios. Y ello a pesar de que el malikita cordobés Al-Qurtubi ya había establecido en el siglo XIII un protocolo claro de intervención en estos casos: “Está permitido matar al escudo humano sin que haya desacuerdo (Alá lo quiera) si la ventaja obtenida es imperativa, universal y cierta. “Imperativa” significa que no se puede alcanzar a los infieles sin matar al escudo humano; “universal” significa que la ventaja obtenida al matar el escudo humano beneficia a todos los musulmanes (porque, en caso de dejar en paz a los infieles, estos podrían destruir por completo la umma); y “cierta” significa que el beneficio ganado al matar al escudo humano es definitivo”. En cuanto a los niños y las mujeres, el propio Mahoma asedió la ciudad de Taif con catapultas presuponiendo alguna versión de la doctrina del doble efecto posteriormente desarrollada por Santo Tomás según la cual bombardear durante una yihad es legítimo siempre y cuando el blanco sean los varones (culpables por infieles) y las mujeres y niños muertos sean daños colaterales no intencionados.


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