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EASTON, Dossie

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EASTON, Dossie

Nota Vie Mar 10, 2017 6:31 pm
Dossie Easton

Portada
(wikipedia | página oficial)


[fuente] Dorothy "Dossie" Easton (26 de febrero de 1944) es una escritora y terapeuta de familia estadounidense.

Easton es escritora y poeta. Fue la co-autora de los libros The Ethical Slut: a Guide to Infinite Sexual Possibilities, Radical Ecstasy, When Someone You Love is Kinky, The New Topping Book y The New Bottoming Book con Janet W. Hardy (quien también escribe bajo el seudónimo de Catherine A. Liszt).

Ha sido oradora en muchas conferencias, especialmente las llevadas a cabo por la Asociación Americana de Educadores Sexuales, Consejeros y Terapistas (AASECT), la Sociedad para el Estudio Científico del Sexo y la Universidad de Hamburgo. Ha dado charlas en muchas instituciones educativas como la Universidad de California, el Colegio de Pomona y la Universidad Estatal de San Francisco.





Ensayo


Re: EASTON, Dossie

Nota Vie Mar 10, 2017 7:50 pm
fuente: http://www.lahuelladigital.com/etica-pr ... -con-etica



“Ética promiscua”: guía práctica para putones con ética



Neus Llop Rodríguez

La Huella Digital // 19 de enero de 2015




    16 años ha necesitado esta obra maestra para aterrizar, ya traducida, en España. Léase despacio, con protección y risas: su sexualidad y relaciones se lo agradecerán.


Escrito y publicado en 1997 por las polifacéticas putonas con ética, Dossie Easton (terapeuta especializada en sexualidades alternativas y relaciones) y Janet W.Hardy (editora de libros sexualmente arriesgados), llega a nuestras manos gracias a la traducción de Miguel Vagalume y el empeño de la editorial Melusina Ética promiscua (“Ethical Slut” en original), un recomendadísimo tándem entre guía práctica y manifiesto político de cómo vivir las relaciones ética y honestamente.

Se trata de una declaración de intenciones para todas aquellas personas que desean explorar de manera consensuada el poliamor, pero también es de lectura obligatoria para las que no, puesto que las autoras no sólo plantean la necesidad de desarmar las creencias culturales monogamocéntricas, sino también aquellas que pueden ser antisexuales y codependientes, con infinidad de ejemplos, ideas y reflexiones que hacen del libro una obra maestra de la complejidad relacional.

Ética promiscua se convierte además, con un lenguaje cuidado y claramente no sexista, en una guía para las posibilidades: contempla la diversidad sexual (LGTBIA+), insiste en la importancia del sexo seguro, no evita los interrogantes sobre cómo criar la prole, refuerza la gestión de los miedos e inseguridades y se zambulle en los retos que suponen los celos o abrir una relación ya existente.

Para aquellas personas que no queden muy convencidas y necesiten de propuestas estatales, el guiño a Golfxs con principios y Brigitte Vasallo a la hora de hablar de este libro es necesario. Las primeras, por ser un grupo base en Madrid que promueve una visión positiva del sexo no convencional y participan en Ética Promiscua a través de la elaboración de recursos. Y la segunda, por conseguir en sus talleres de #OccupyLove que nos replanteemos la monogamia sin dejarnos el pellejo, las ganas y la diversión en el intento.

Voces que suman para decir sin tapujos aquello que las autoras de Ética promiscua no dejan de repetirnos a lo largo del libro. No nos creemos el cuento de la monogamia y la heterosexualidad obligatoria. Venimos a disfrutar de nuestra naranja entera, sin medias partes ni medias tintas, de peras, de melocotones, de sandías. Apostamos por la macedonia entera y los cuidados colectivos, del sexo y el placer desde una visión positiva y no convencional, en definitiva, de la promiscuidad con ética, sin fakes.

Re: EASTON, Dossie

Nota Sab Mar 11, 2017 9:26 am
fuente: http://diario16.com/amor-libre-pero-dentro-de-un-orden



Amor libre, pero dentro de un orden



Alejandro Jiménez Cid

Diario 16 // 8 de agosto de 2016




El poliamor está de moda. Lo que no quiere decir, ni mucho menos, que la gente lo ponga en práctica de forma masiva, sino tan solo que se ha vuelto trending topic en las redes y tema de conversación en los bares. Entre las novedades editoriales encontramos distintos libros que abordan el tema: de ultramar nos han llegado, en esmeradas traducciones de Miguel Vagalume, Ética promiscua, de Dossie Easton y Janet W. Hardy, y Opening Up, de Tristan Taormino; nuestra Lucía Etxebarría también se ha animado a tratar el poliamor en Más peligroso es no amar. Basta hojear un poco estos tres títulos para darnos cuenta de que estamos ante libros de autoayuda. ¡Que esto no os espante, fatuos intelectuales! La autoayuda es un género que sería un error menospreciar; se puede considerar que su obra inaugural son las Meditaciones de Marco Aurelio, y nos ha dado ensayos tan memorables como La conquista de la felicidad de Bertrand Russell. Así que estos manuales del buen promiscuo (o, como dicen Easton y Hardy, “putón con ética”) merecen que nos acerquemos a ellos sin prejuicios… y con mucha curiosidad. Pero antes entremos en contexto.

Lo de poner en cuestión la monogamia no es nada nuevo. El rechazo a la institución matrimonial, tanto en su dimensión jurídica como ética, ha sido una constante del pensamiento anarquista y/o anarquizante, de William Godwin a Agustín García Calvo. La idea de que todo ser humano tiene derecho a ejercer la libertad de compartir su cuerpo y su placer con quien buenamente le dé la gana es de raigambre libertaria, más que libertina. El amor libre, a raíz de las revueltas estudiantiles del 68, devino reivindicación política. El acoso y derribo de las estructuras ideológicas y emocionales de la pareja monógama tradicional, soporte del orden social existente, venía acompañando al movimiento que Wilhelm Reich llamó “revolución sexual”, con todas las connotaciones amenazantes para el sistema que lleva consigo la palabra “revolución”.

Luego vino la generación del SIDA, el retorno al conservadurismo. Explotó sin ruido la burbuja hippy del Make love not war. Y, cual testaruda ave fénix, de las cenizas del amor libre surgió en los noventa este invento nuevo del poliamor. ¿Mismo perro, distintos collares? ¿O estamos ante un fenómeno esencialmente distinto? Arranquemos nuestras pesquisas examinando la palabra misma: “poliamor” es traducción directa del neologismo inglés polyamory, un refrito del griego polys (“mucho” o “muchos”) y el latín amor. No me negaréis que el término en sí es bastante cutre. Y es que quien lo acuñó no fue ningún sesudo académico postestructuralista, sino una pintoresca y sonriente sacerdotisa neopagana, Morning Glory Zell-Ravenheart. Esta señora, luciendo sempiternas coronas de flores y túnicas de colorines, vivía en pleno campo con su marido y sus amantes en una comuna californiana de rollo medievalista. Así que esto del poliamor tiene su origen en un reducto de friquis que parece salido de un cuento de Tolkien, convenientemente aliñado con testosterona.

Puesto que las visiones y versiones del poliamor son muchas, voy a ceñirme de ahora en adelante a la que ofrecen Dossie Easton y Janet W. Hardy en su Ética promiscua, una obra publicitada en nuestro país como “La Biblia del poliamor”. Ambas autoras, terapeutas de profesión y aventureras sexuales de afición, se han curtido durante décadas en el ambiente kinky de San Francisco, y antes de Ética promiscua habían escrito, más específicamente, libros sobre protocolo en las relaciones sexuales de dominación y sumisión. Tener presente la filiación de Easton y Hardy con la comunidad BDSM es, a mi juicio, la clave para entender el discurso sobre el poliamor que desarrollan en su libro. De este modo se explican dos tendencias recurrentes en él:

1) La obsesión por establecer reglas y límites. La comunidad BDSM, puesto que en su seno se desarrollan actividades de intercambio de poder susceptibles de incluir agresiones, restricciones y humillaciones de todo tipo, ha adoptado el mantra de que toda práctica sexual potencialmente violenta, a fin de evitar que degenere en maltrato o que cause daños psíquicos (o daños físicos no deseados), debe ser segura, sensata y consensuada (safe, sane and consensual). Todo se habla por anticipado y se pactan unos límites. Pues bien, exactamente el mismo patrón es el que Easton y Hardy aplican a la praxis del poliamor: el más mínimo detalle ha de ser negociado previamente con cada integrante de nuestra red de contactos sexuales. Así nos aseguramos de no herir los sentimientos de nadie, delimitando una zona compartida de “confort emocional”. Para garantizar una promiscuidad respetuosa, la actividad sexual ha de estar precedida por una intrincada actividad diplomática a varias bandas: diálogos, pactos, concesiones, vetos, consensos, votaciones. Por añadidura, la amenaza de las enfermedades de transmisión sexual se cierne sobre las diversiones de los “putones con ética”, y las autoras de Ética promiscua insisten en la necesidad de usar no solo condones, sino también guantes de plástico (como en la frutería del Carrefour) y barreras dentales de goma. Por dondequiera que se mire, la sobreabundancia de normas es asfixiante, lindante casi con la paranoia. Poca semejanza hay entre esta dinámica, donde nada se deja al azar, con el amor libre que cantaba Allen Ginsberg: salvaje, caníbal, transgresor, indomeñable.

2) La vocación de comunidad, consciente de su condición de minoría sexual. El poliamor, que nació en una comuna rural, se define en las ciudades mediante estrategias de tribu urbana. Quienes aspiran a tener una red de contactos poliamorosos, a imitación de quienes practican BDSM, han de ponerse de acuerdo para seguir un modus operandi que les permita funcionar como grupo cerrado, identificarse entre ellos y aislarse del resto de la sociedad y sus códigos éticos, construyendo así su pequeño gueto de pseudo-libertinaje organizado. Así, hay una subcomunidad de poliamorosos, igual que hay emos, góticos, rastafaris, rosacrucianos, Alcohólicos Anónimos, Ángeles del Infierno, Legionarios de Cristo y todos los demás clubes, exclusivos y excluyentes, que salvaguardan una identidad grupal en nuestra jungla 2.0. Todo este sectarismo está en las antípodas de la revolución sexual y su vocación universalista.

Así pues, el poliamor es una versión domesticada del amor libre, concebida para la sociedad del bienestar y de la inteligencia emocional. Es más: si bien la revolución sexual de los sesenta suponía un ataque frontal al orden establecido (esto es, al capitalismo), el poliamor de Easton y Hardy está, por el contrario, perfectamente imbricado en la sociedad de consumo. Se puede considerar, en ciertos aspectos, hiperconsumista, y por ello ha sido criticado por activistas sexuales con una mentalidad más punk y contracultural: Ética promiscua promueve abiertamente comprar sin límites juguetes eróticos y ropa sexy (un medio estupendo, según el texto, para subir tu autoestima), sacar a cenar a todos tus amantes y hasta celebrar convenciones de poliamorosos en hoteles y demás espacios para eventos, sin miramiento alguno para los gastos. Desde este punto de vista, lejos de suponer una amenaza para el sistema, el poliamor es en potencia un dinamizador de mercados que podría sacarnos de la crisis. Todo esto tiene más de liberalismo que de libertinaje.

Re: EASTON, Dossie

Nota Sab Mar 11, 2017 9:43 am
fuente: http://www.pikaramagazine.com/2015/09/n ... -feminista



No eres tú, es la estructura: desmontando la poliamoría feminista



Coral Herrera Gómez

Píkara Magazine // 4 de septiembre de 2015




    A nivel teórico y discursivo estamos haciendo grandes rupturas sobre el modelo de amor romántico monógamo y lo tenemos muy claro; a nivel emocional, son muchos siglos de patriarcado los que tenemos encima. El poliamor también genera mitos, finales felices, procesos enriquecedores, experiencias fascinantes, decepciones y frustraciones variadas.



La poliamoría feminista es una nueva utopía colectiva para las que soñamos con un mundo igualitario, feminista y diverso. En este mundo ideal, las mujeres no estaríamos divididas en dos grupos: las buenas (fieles y sumisas sin deseo sexual), y las malas (ninfómanas, promiscuas y libres). Todas tendríamos derecho a tener las relaciones que quisiéramos sin sentirnos culpables, sin rendir cuentas a nadie, sin que se desate el escándalo social, sin que nos insulten, nos discriminen, nos castiguen o nos maten por ello.

Además, tendríamos mucho más tiempo para amar, para disfrutar de la vida y los afectos, para investigar y construir relaciones diversas, con o sin sexo, con o sin romanticismo. En el mundo poliamoroso feminista ideal no nos avergonzaríamos de nuestros cuerpos, no existiría el pecado ni la culpa, y podríamos disfrutar de nuestra sexualidad y nuestros multiorgasmos sin ningún tipo de traumas ni complejos.

Construiríamos una especie de ética amorosa para evitar las guerras románticas y las luchas de poder, y aprenderíamos a juntarnos y separarnos con cariño. En este código el objetivo general sería cuidar a los demás y cuidarse a una misma, aprender a resolver los conflictos sin violencia, evitar el sufrimiento innecesario, y aprender a disfrutar del amor y de la vida.

En un mundo de poliamoría feminista y queer no seríamos egoístas, celosas, ni posesivas, ni sufriríamos si nuestra pareja se enamora locamente de otra persona y necesita su espacio para disfrutar del colocón del enamoramiento. Podríamos llegar a ser, entonces, gente humilde y generosa que ama su libertad y la de los demás. Seríamos menos egocéntricas, pues no necesitaríamos sentirnos únicas ni especiales para alguien las veinticuatro horas del día. No aspiraríamos, como ahora, a ser el centro del Universo de la persona amada, pues en el mundo poliamoroso no hay centros, todo son redes interconectadas. Todos los afectos estarían en el mismo nivel, sin jerarquías: cada pareja se construiría desde la interacción y el presente, no habría amores clandestinos, y el amor no se encerraría en sí mismo, sino que fluiría libre, multiplicándose y expandiéndose.

En la poliamoría feminista no habría etiquetas que nos distinguiesen y encajonasen como heterosexuales, lesbianas o bisexuales, pues no serían identidades, sino estados temporales, transiciones del ser en el espacio y el tiempo por las que fluiríamos sin mayores problemas. También la masculinidad y la feminidad dejarían de ser estados puros: no tendríamos que dar explicaciones a nadie sobre nuestro estado de género, nuestras orientaciones, gustos o apetencias, porque no tendría importancia.

La poliamoría feminista sería queer, inclusiva y diversa, con múltiples praxis y formas de vivirla. La monogamia no estaría mal vista, ni tampoco se asociaría con el patriarcado. Todo el mundo podría ser monógamo en un sistema poliamoroso feminista sin que ello suponga ningún problema, porque en la poliamoría feminista no hay leyes escritas ni normas que seguir fielmente: cada una se diseña su tejido sexual, afectivo, erótico y romántico a su gusto, sin seguir patrones establecidos, sin etiquetarse ni encajonarse en estructuras externas.

En este mundo ideal, además, seríamos todas estupendas personas, porque no tendríamos que mentir, engañar, traicionar a nadie, ni sentirnos culpables por lo que hacemos o lo que sentimos. No habría arrepentimientos, ni escenas dramáticas, ni tendríamos por qué avergonzarnos de nuestros sentimientos, o pedir perdón por ellos. Seríamos libres para querer a mucha gente de diversas formas, y para construir nuestras relaciones como queramos, sin adaptarnos a ninguna estructura que no sea nuestra, creada por nosotras en la interacción con la gente.

Suena la alarma y me despierto en el siglo XXI, el patriarcado goza de muy buena salud, lo llevamos aún inserto en el ADN, y no existe tal mundo poliamoroso feminista (aún). El patriarcado es la tela envolvente en la que se desarrolla nuestra Realidad, y está muy dentro de cada una de nosotras y nosotros, seamos heteros, lesbianas o bisex, practiquemos la monogamia o el amor libre.

A nivel teórico y discursivo estamos haciendo grandes rupturas y lo tenemos muy claro; a nivel emocional, nos queda mucho camino por recorrer. Yo no tengo muy claro que el cambio emocional sea algo que pueda darse con sólo desearlo y trabajar duro para lograrlo, porque son muchos siglos de patriarcado los que tenemos encima. Siempre animo a la gente a que lleve la teoría a la práctica, pero admito que es sumamente complicado: a mí misma me cuesta ser plenamente coherente, y no puedo dejar de sentir las cosas que siento por mucho que me lo proponga.

Nuestra cultura entera está basada en el mito de que “cuando una quiere, una puede”, o lo que es lo mismo, esa idea absurda que vende el mito del sueño norteamericano (cualquier puede llegar a ser presidente de los Estados Unidos, basta con trabajar duro). Nos hemos creído la idea de que podemos hacer cualquier cosa que nos propongamos con mucho tesón, alegría, esfuerzo, disciplina y un poquito de buena suerte.

Tanto es así que los gurús nos aseguran que es más fácil que te toque la lotería si lo deseas intensamente y le pones energía al tema. Es el secreto de la posmodernidad: yes, you can. Sí, tú puedes. Bajo esta lógica, se puede admitir que el mercado de trabajo esté fatal y el número de personas desempleadas sea indecente, pero tú podrás conseguir lo que todos ellos no pueden. Porque tú eres especial, porque tú lo vales, porque tú puedes hacer tus sueños realidad (los demás que se busquen la vida como tú lo haces).

Esta es entonces la lógica según la cual podemos adelgazar si nos lo proponemos, podemos despatriarcalizarnos y evitar la monogamia si queremos. Por eso hay tanta gente siguiendo dietas de adelgazamiento o extirpándose las acumulaciones de grasa, por eso hay tanta gente tratando de despojarse de conceptos como la propiedad privada, la exclusividad, la posesividad, y todo aquello que constriñe nuestro deseo y nuestra libertad para amar.

Estando donde estamos (en el patriarcado capitalista posmoderno), queremos probar, aventurarnos, explorar, e intentarlo. Queremos hacer realidad nuestros sueños y convertirnos en personas abiertas y generosas que jamás sienten celos ni coartan la libertad de sus compañeras y compañeros para tener otras parejas. Igual que estamos desmontando la maternidad patriarcal y otras estructuras como el amor romántico o la democracia patriarcal, también queremos desmontar la monogamia construyendo una utopía poliamorosa en la que todas vamos a ser muy maduras, coherentes y felices.

El batacazo nos lo llevamos cuando nos damos cuenta de que no tenemos las herramientas. Tenemos la teoría, pero nos faltan los instrumentos con los que llevar a cabo el cambio. Nuestros conocimientos en torno a la gestión de las emociones son aún limitados, y no hemos entrenado lo suficiente para poder asumir y vivir las emociones con estos conocimientos. Sabemos que el cambio ha de ser individual y colectivo, pero estamos tratando de convertir el discurso en acción un poco a ciegas, pues no tenemos modelos que seguir, nadie tiene la fórmula mágica, y las referencias que tenemos en nuestra cultura son tan antiguas que ya no nos valen.

Nuestros sentimientos no evolucionan tan rápidamente como nuestras teorías, y la sociedad tampoco evoluciona al mismo ritmo que nuestros sueños húmedos y utópicos. Las compañeras heteros comprueban que sus compañeros varones no se lo están trabajando al mismo ritmo que nosotras. Es cierto que hay hombres igualitarios y feministas trabajándoselo, pero son muy pocos aún.

Son muchos siglos de opresión patriarcal, demasiados. A veces (generalmente cuando veo en algún bar la televisión por cable), pierdo la fe en la Humanidad y me pongo pesimista pensando que necesitamos otros cuantos siglos más para poder interiorizar todos esos cambios que queremos hacer. Incluso aunque ahora mismo se produjese el milagro y toda la industria cultural comenzase a lanzarnos otros mensajes, nos contara otros cuentos con otras tramas, otros personajes y otras historias felices, nuestras estructuras emocionales no cambiarían de pronto. Porque las tenemos muy adentro: las heredamos a través de la familia, la escuela, las películas y las canciones, y no resulta nada fácil vaciarse de toda esta carga cultural. Además, creemos devotamente en la magia de la transformación instantánea, por eso usamos amuletos, tótems, talismanes, figuritas y piedras sagradas, del mismo modo que los héroes de nuestros cuentos logran lo que se proponen frotando la lámpara de Aladino, besando a la rana, matando al dragón, poniéndose el anillo…

Pero no, no vamos a levantarnos un día por la mañana y vamos a descubrir que ya no somos celosas. Es probable que ni trabajándote el tema duramente logres siquiera dejar de sentir celos. Quizás en el proceso obtengas herramientas para aprender a gestionarlos y para que no afecten a tus seres queridos, pero las emociones no desaparecen mágicamente de nuestros cuerpos, porque están construidas a base de mitos.

Hemos interiorizado todos y cada uno de estos mitos a través de los cuentos, por eso la labor de desmontar el romanticismo patriarcal y desmontarnos a nosotras mismas no es nada fácil, y puede ser incluso tremendamente dolorosa. Creo que esto explica por qué hay tanta gente atormentada por los miedos y las profundas contradicciones posmodernas (lo que me gustaría que hubiese y lo que hay, lo que pienso y lo que siento, lo que digo y lo que hago, lo que soy y lo que querría ser).

Muchas de nosotras queremos llevar la teoría a la práctica y alcanzar la coherencia total entre nuestros discursos, acciones, y sentimientos. Pero nadie es completamente coherente con sus ideas, y después de haber recibido tanta ideología patriarcal en vena durante toda nuestra infancia y adolescencia (aprendimos a amar monógama y patriarcalmente), desaprender todo esto es sumamente complicado.

En mi caso, yo me complico la vida cada vez menos, y me adapto a todo lo que venga. A veces estoy hetero, otras lesbiana, a veces monógama y otras veces no, según me apetezca y según sea la interacción con la otra persona. Ahora por ejemplo estoy hetero y monógama, y en otras etapas estoy de otras maneras. En mi práctica amorosa voy construyendo las relaciones según como vengan: con cada persona establezco unos pactos que pueden revisarse o transformarse en cualquier momento. Depende de cómo estoy yo, de mis necesidades y apetencias, y las suyas, de lo que cada una de nosotras queremos… Cada una de ellas diferente a las demás, y yo misma voy cambiando con los años, de modo que con cada una de ellas la experiencia amorosa ha sido diferente. Al no encajonarme en ningún estilo amoroso, me he sentido más libre para explorar y probar cosas nuevas… tengo grandes logros en mi camino (por ejemplo, ahora soy menos celosa que en la adolescencia), y tengo todavía muchas cosas por trabajar. Lo que sí evito es seguir modas, patrones, soluciones totalizantes, o verdades absolutas.

Me encanta la diversidad de formas de amar que existen, pero huyo de las religiones del amor que aseguran haber encontrado la fórmula mágica para ser felices. El poliamor, por ejemplo, está de moda, pero es también una estructura que nos viene de fuera, o sea, que no la hemos creado nosotras. Aunque nos resuelve algunos problemas, nos trae otros: no es la panacea, ni la salvación. A unos les viene estupendo, y otros sufren horrores tratando de adaptarse a la nueva estructura. Porque cada estructura tiene sus problemas.

La utopía poliamorosa es tan romántica como la utopía monógama: el poliamor también genera mitos, finales felices, procesos enriquecedores, experiencias fascinantes, y paraísos hechos a medida. Y por ello, también genera decepciones y frustraciones variadas, como cuando lo estamos intentando y nos damos cuenta de que no podemos por mucho que queramos. Le ponemos todo el amor del mundo, pero nos duele… ¿qué hacemos? Y ahí nos divide de nuevo la dicotomía patriarcal: o volver a la monogamia, o trabajar contra la monogamia. Volver a la monogamia supone traicionar a tu gente y traicionarte a ti, saber que vuelves a lo cómodo, a la doble moral, a la hipocresía, al deseo de exclusividad. Y te sientes patriarcal porque la dinámica general es ir abriéndolo todo…

Romper con la monogamia supone ir contracorriente, pero no sólo a nivel político y social: también es ir a contracorriente de todas las emociones y sentimientos que heredamos y que son nuestras, habitan dentro de nosotras, nos influyen, nos limitan, nos condicionan. La batalla entonces es doble: luchas contra la monogamia capitalista heteropatriarcal, y a la vez luchas contra tus sentimientos monógamos, capitalistas y patriarcales. O sea, contra ti misma.

Y a veces una se pregunta: ¿merece la pena tanta batalla?, o ¿por qué no me estoy divirtiendo?, ¿no será que el ritmo que me impongo es demasiado fuerte, y será que necesito más tiempo para mi proceso individual?, ¿no será que no es esta una batalla personal, sino colectiva, y que sola no puedo hacer frente a un cambio tan descomunal?…

Al final se sufre igual en la monogamia que en el poliamor, y eso es porque la estructura amorosa sigue siendo patriarcal. Amar en libertad sería más fácil si la cultura en la que vivimos no estuviese basada en el individualismo, la propiedad privada, las jerarquías, las luchas de poder, las prohibiciones y los tabúes. Amar en libertad sería posible en un mundo sin machismo, sin doble moral, sin la explotación económica de unos pocos sobre la gran mayoría. Amar en libertad sería más fácil si las mujeres gozásemos de autonomía económica, si no dependiéramos económicamente de los hombres, si no sufriésemos discriminación y violencia.

Podríamos amar en libertad si nos organizásemos de otra manera, si la pareja monogámica heterosexual dejase de ser el pilar de nuestro sistema, si dejasen de bombardearnos con su idea de la “normalidad”, si viviésemos en un mundo diverso e igualitario, si tuviéramos las herramientas precisas para disfrutar de todo esto. Pero no las tenemos, por eso nos liberamos de algunas opresiones, y nos imponemos otras; rompemos unos mitos, y construimos otros; sustituimos unas creencias y unos tabúes por otros, y acabamos sintiéndonos tan aprisionadas como en cualquier otra estructura.

Para liberarnos, hay que acabar con las estructuras que vienen de fuera, y construir las nuestras propias. Entre la monogamia absoluta-traicionera, y el poliamor buenrollista-feliciano, hay muchas más alternativas. No tenemos por qué dividirnos en dos bandos, ni tenemos por qué elegir uno u otro modelo: entre el blanco y el negro hay toda una gama de colores y matices diversos, pues tan diversas son las personas como las relaciones que construimos entre nosotras.

Creo que se disfruta más sin esclavizarse a las modas, transitando por el mundo según las apetencias del momento, y sin encasillarse en ninguna etiqueta que nos limite o nos condicione. Yo creo que no hay fórmulas mágicas para sufrir menos y disfrutar más: vivimos en la era de la customización y cada cual tiene que confeccionarse su propia utopía, su propia Realidad y sus estructuras. Lo que le sirve a unos, no les sirve a otros. Y lo que te sirvió en una etapa de tu vida, no te sirve en otra, porque el paso de los años te va cambiando, vas mejorando y creciendo como persona, acumulas experiencias que te llevan a diseñar otro tipo de estrategias, y tienes otro tipo de problemas.

El proceso de cambio ha de ser individual, pero también colectivo: es más fácil si en nuestros procesos podemos juntarnos con la gente para hablarlo, para compartir herramientas, dudas, problemas, teorías y prácticas. Para cuestionar todos los mitos, sean monógamos o poliamorosos, todas las normas, las modas, las prohibiciones y opresiones que pesan sobre nuestra cultura amorosa. Somos cada vez más personas con ganas de investigar y desmontar el patriarcado, reivindicar la diversidad sexual y amorosa, y trabajar personal y colectivamente por una transformación total (sexual, económica, política, social, afectiva, cultural). Sin embargo, la labor de destrozar estructuras no tiene por qué significar asumir estructuras nuevas igual de tiranizantes y dolorosas: cada cual que se construya la suya propia de acuerdo a sus gustos, necesidades y apetencias. En estas rupturas y estos cambios, es fundamental que podamos elegir con libertad nuestra manera de querernos y amarnos.

Lo romántico es político: el proceso de transformación es individual y colectivo, pero tiene que ser divertido.


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