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WRIGHT, Erik Olin (1947-2019)

Libros, autores, cómics, publicaciones, colecciones... La lectura refuerza poderosamente la razón.
Erik Olin Wright

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Introducción

    [fuente] Berkeley, California (EE.UU.), 1947. Sociólogo estadounidense, miembro destacado del marxismo analítico. Sus mayores contribuciones están relacionadas con su revisión de la teoría marxista de las clases sociales, así como con su esfuerzo por llevar esta revisión teórica hacia el terreno de la investigación empírica. Partiendo de la teoría de la explotación de Roemer, considera que, además de los bienes de capital que había considerado Marx, en las sociedades de capitalismo avanzado también podemos hablar de bienes de organización y de bienes de cualificación. Los primeros se refieren a la posición jerárquica en la empresa, mientras que los segundos hacen referencia a las credenciales educativas. Ambos bienes permiten a quienes los detentan explotar al resto de la fuerza de trabajo, pero al mismo tiempo, sus propietarios son explotados por quienes detendan los bienes de capital. Esto hace que las nuevas clases medias se hallen en posiciones contradictorias de clase, y que, dependiendo de las características particulares de cada formación social, como por ejemplo, las políticas públicas de bienestar, se orienten más hacia una conciencia proletaria o a apoyar al capital. Su versión acabada de esta teoría puede encontrarse en castellano en Clases (1994), en Siglo XXI. Este proyecto generó investigación empírica en distintos países, parte de la cual puede encontrarse en su trabajo, no traducido al castellano, Count Classes (Verso, 1997). En España, el trabajo empírico generado se conoce como "Estructura, conciencia y biografía de clase (ECBC)", que generó varias publicaciones de sociólogos como Julio Carabaña, Juan Jesús González u Olga Salido.

    Sus estudios tienen como base la estimación comparativa, lo que ha sido de enorme utilidad para comprender los fenómenos de transculturación en Estados Unidos o, en el área propiamente de la teoría sociológica, entender las síntesis de Talcott Parsons desde una visión contemporánea. "Las teorías sociológicas no son sólo intentos de explicar el mundo sino esfuerzos para evaluarlo, para comprender más amplias cuestiones de sentido. Como son formulaciones existenciales y no sólo científicas, invariablemente tienen enormes implicaciones políticas. Por esta razón, siempre se las debe comparar con la política de su tiempo".

    Olin Wright es miembro del Consejo Editorial de la revista política Sin Permiso. Actualmente es el Presidente de la Asociación Americana de Sociología.




Ensayo





Artículos





Sobre E. Olin Wright (artículos)





:str: Vídeos:

    Reseña de Juan Carlos Monedero a Construyendo utopías reales (programa "En la Frontera", nº 57, el 17 de abril de 2018)




Relacionado:



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Héctor G. Barnés, en «El adiós de Erik Olin Wright. “Me muero como elegí”: las reflexiones del último gran pensador antes de su muerte», en El Confidencial, el 23 de enero de 2019, escribió:

La entrada del blog del californiano Erik Olin Wright del pasado 4 de enero cayó como un jarro de agua fría entre los seguidores de este sociólogo marxista, uno de los más influyentes de las últimas décadas. “Puedo dar noticias definitivas sobre mi situación médica”, desvelaba. “Según los últimos indicadores, me quedan tres o cuatro semanas de vida”. En la nota añadía que había comunicado a los médicos que su prioridad ante el cáncer de hígado era maximizar sus energías para poder seguir escribiendo y despedirse de familia, seres queridos y antiguos alumnos. No se quejaba: han sido 72 años maravillosos, recordaba. En la tarde del 23 de enero, uno de sus alumnos publicaba un tuit en el que confirmaba la muerte de Wright.

Hace apenas unos días, este 18 de enero, había publicado lo que sonaba a despedida (aunque después haya añadido una entrada más, con un extracto de una de las cartas que va a dejar a sus nietos). Tras anunciar que la posibilidad de regenerar o trasplantar su médula ósea estaba definitivamente descartada, lo que lo único que le quedaba era seguir sobreviviendo a base de transfusiones de sangre que serían cada vez menos eficientes, hasta terminar cayendo en un sueño que le mecerá hasta la muerte. “Me queda una cantidad limitada de tiempo en esta maravillosa forma de polvo de estrellas”, escribía. “No siento ningún terror. Quiero aseguraros que no tengo ningún miedo”.

Wright, nacido en Berkeley, fue uno de los académicos clave del marxismo analítico, una corriente académica que explotó a finales de los 70 como reacción al oscurantismo de otros marxistas. En las últimas cuatro décadas, revisó la teoría de las clases sociales, que reflejó en libros como Clases y Comprender las clases sociales, que reeditó recientemente en nuestro país Akal. Propuso el concepto de las “localizaciones de clase contradictorias”, con el cual intentaba solucionar los problemas que presenta la definición de las clases medias. En realidad, explicaba, las personas que pertenecen a ellas se sitúan en varias clases distintas con intereses contradictorios. “Uno de los objetivos de la transformación y emancipación sociales es crear un mundo en el que sea más fácil para la gente ser amable y generosa”, escribió en una ocasión.

Wright explicaba cómo iba a enfrentarse a sus últimos días. En el mejor de los casos, a medida que su cuerpo recibiese cada vez menos oxígeno, iría durmiendo cada vez más y, en el tiempo que permaneciese despierto, quizá podría mantener una conversación con los que le rodean. Al final, se quedaría dormido y nunca volvería a abrir los ojos. En el peor, alguna de las dos infecciones que sufre acabarían con él. Pero, en sus propias palabras, “la muerte que estoy teniendo es la que habría elegido”. Sin embargo, admite haber aprendido que la calidad de vida es mucho más relevante de lo que había imaginado y que, por lo tanto, su prioridad en el tiempo que le quedaba era el confort, estar física y mentalmente cómodo.


Un adiós sin ira

“Parece bastante mezquino quejarse después de haber vivido 72 años en esta extraordinaria forma de existencia que pocas moléculas en el universo llegan a experimentar”, revelaba en su nota final. “De hecho, utilizar la palabra 'experiencia' es maravilloso. Los átomos no tienen experiencia. No son más que materia. Todo lo que soy es materia. Pero organizada de forma tan compleja a varios niveles, que es capaz de reflexionar sobre sí misma y lo extraordinario que ha sido estar vivo y consciente de estar vivo”.

Wright hace hincapié en haber vivido una existencia aventajada, no solo por la casualidad cósmica que lo convirtió en humano sino por haber vivido en una época que le permitió dedicar su vida a mejorar la sociedad. “Me encuentro en este rincón privilegiado de lo humano que ha conseguido, contra todas las probabilidades, no vivir una existencia de miedo y sufrimiento por las crueldades de nuestra civilización, que nunca ha sentido el miedo por el hambre, por su seguridad física, que siempre ha tenido los recursos necesarios para sacar adelante a su maravillosa familia, a sus hijos, en un entorno en el que creo que ellos también han sentido la seguridad física y han dispuesto de las necesidades básicas para florecer”.

No es baladí que esta reflexión sobre el privilegio de la seguridad material en los estertores de una vida provenga de un sociólogo marxista. Desde los seis años, reconoce, ha sido consciente de esa situación. Y por eso, como él mismo explica en la introducción de Construyendo utopías reales, decidió dedicarse a estudiar sociología en la Universidad de California en Berkeley. “Decidí aprovecharme de este privilegio extraordinario, no para llevar una vida de autoindulgencia sino para crear significado para mí y los demás intentando hacer del mundo un lugar mejor”, explica ahora. El contexto era propicio: “Lo hice de manera históricamente ligada a las corrientes intelectuales y la agitación de los últimos 60 y primeros 70”.

No obstante, y como demuestra que Wright siguiese fiel a la perspectiva marxista incluso después de que su influencia decreciese en el ámbito académico a partir de los años 90, no considera que su trabajo sea mero resultado de su coyuntura histórica. “Creo que mis intentos obstinados por revitalizar la tradición marxista y hacerla más relevante para la justicia y transformación sociales están asentados en un entendimiento científicamente válido de cómo funciona el mundo de verdad”, matiza. “No tengo quejas. Moriré en unas pocas semanas, satisfecho”, era como coronaba la carta. “No estoy feliz por morir, pero sí profundamente contento con la vida que he vivido, y que he podido compartir con todos vosotros”.

El optimismo activista del que hace gala en su despedida es una constante en toda su obra. Su lado analista le condujo a identificar sobre le terreno las posibles alternativas al capitalismo, incluso después de que la caída del bloque soviético provocase la desilusión entre sus compañeros de generación. Pero, como él mismo escribía citando a Gramsci, “el optimismo de la voluntad es esencial si se quiere transformar el mundo”. De ahí que encontrase otras vías en propuestas que desde entonces se han consolidado como los presupuestos participativos, la Wikipedia, la renta básica universal o las cooperativas de trabajadores (como Mondragón) guías que podían señalar el camino a otro mundo de “igualdad social, libertad genuina y desarrollo de las potencialidades humanas”.


Un marxista en España

La relación de Wright con nuestro país fue relativamente estrecha. En España, el Proyecto Internacional sobre Estructura, Conciencia y Biografía de Clase, que inició el californiano en 1977 con el objetivo de llevar el vacío de investigación empírica cuantitativa marxista, tuvo su traducción en la Encuesta ECBC de 1991. Fue uno de los intentos pioneros de establecer un mapa de la estructura de clases española. En 1995, se celebró un seminario en torno a Wright dirigido por Julio Carabaña. Sus visitas a nuestro país eran frecuentes.

En sus utopías, por ejemplo, explicaba cómo el socialismo participativo ya estaba en acción en algunas escuelas públicas de Barcelona, a través de las conocidas como “comunidades de aprendizaje” que involucran a padres, profesores y vecinos. No obstante, su análisis más pormenorizado de un fenómeno español fue el de la corporación Mondragón, a la que utilizaba como ejemplo de una cooperativa de trabajadores viable, una mezcla de democracia representativa y directa que integraba principios capitalistas y cooperativistas. Wright participó en diversos debates con los trabajadores para analizar el futuro que le esperaba a la corporación, en un contexto en el que cada vez menos de los trabajadores eran miembros propietarios de las cooperativas, y antes de la gran crisis de Fagor.

La importancia de Wright no se encuentra tanto en él como en su influencia internacional de igual manera que prefería hablar de la tradición marxista que de Marx. En una de las últimas publicaciones, el sociólogo relataba la visita de 25 antiguos alumnos al hospital, entre los que se encontraba un antiguo estudiante taiwanés al que había dado clase durante los años 80 y que había llevado a sus dos hijas para que le conociesen. “Conté historias, me hicieron preguntas”, relata. “Al final de la tarde, estaba sentado en una silla de ruedas cerca de la puerta de la habitación del hospital, y uno por uno, los estudiantes vinieron y se agacharon para decirme adiós. Fue realmente bello y significativo”.

Vivek Chibber, en "Erik Olin Wright (1947-2019)", en Viento Sur, el 27 de enero de 2019, escribió:Erik Olin Wright falleció ayer [por el 23 de enero], pocos meses después de serle diagnosticada una leucemia avanzada. En los días siguientes al diagnóstico había dado los últimos retoques a su libro How to be an Anti-Capitalist for the Twenty-First Century, que se publicará a lo largo de este año.

De haber vivido, no hay duda de que este libro no sería el último. Aunque Erik tenía setenta y un años, una edad en la que los pensamientos de la mayoría de académicos se dirigen hacia la jubilación, no tenía tales intenciones. “Mi plan es seguir predicando hasta el final”, solía bromear. Todavía estaba increíblemente activo, escribiendo de forma prolífica, supervisando doctorandos, viajando y dando conferencias.

La enorme obra que nos deja abarca más de cuarenta años, pero conforma una agenda que ha quedado abruptamente interrumpida. Quienes lo conocíamos y queríamos hemos perdido a un preciado amigo. Y la izquierda, que muestra señales de renacimiento tras años de retrocesos, se ha quedado sin uno de sus intelectuales más brillantes.


La centralidad de la clase

Erik será recordado como el más importante teórico de la clase en la segunda mitad del siglo XX y como el mayor sociólogo marxista de su tiempo.

Irónicamente, cuando comenzó su doctorado en la Universidad de Berkeley (California), su intención era clarificar rápidamente el estatuto de la clase en la teoría marxiana para volcarse en su verdadero interés, que era la teoría del Estado. Pero pronto descubrió que el asunto no admitía un tratamiento sumarial. Resolver las dificultades para conceptualizar la clase y aclarar las proposiciones teóricas y las predicciones empíricas asociadas a ella llevaría algo más de tiempo, pensó que quizás unos pocos años.

Lo que terminó ocurriendo es que fueron necesarios cuatro libros, decenas de artículos y un equipo de investigación repartido por diferentes países, todo ello a lo largo de un cuarto de siglo. Pero cuando dio paso al siguiente proyecto, Erik no sólo había refinado el concepto de clase mejor de lo que cualquier marxista hubiera hecho antes, también había obligado al resto del establishment académico a admitir su validez por primera vez en el siglo XX.

Por más que se le soliera describir como neomarxista –una expresión que sugiere un alejamiento de la tradición clásica– el modo en que Erik conceptualizó la clase era firmemente ortodoxo. Estaba basado en tres proposiciones clave.

Primero, mientras que las teorías convencionales entienden que la clase está conectada con los ingresos, Erik resucitó la visión de Marx según la cual se trata de una relación social basada en la explotación. La explotación ocurre cuando un grupo obtiene su sustento gracias al control del trabajo de otro grupo. De modo que no son los ingresos de una persona lo que determinan su clase, sino cómo obtiene esos ingresos. Segundo, puesto que la clase descansa en la forzosa extracción de trabajo, posee una dimensión necesariamente antagonista. Exige que la clase dominante socave el bienestar de los grupos subordinados, lo que a su vez tiende a generar resistencias de su parte. Tercero, este antagonismo, bajo ciertas condiciones, tomará la forma de un conflicto organizado entre clases, la lucha de clases.

Pero esta formulación creaba un rompecabezas central para todas las teorías marxistas de la clase: ¿cómo dar cuenta de la clase media? Si el capitalismo es un sistema económico en el que hay explotadores y explotados, ¿qué sucede entonces con la gente que está en el medio y no parece encajar con ninguno de los dos?

Muchos marxistas respondieron de una de estas dos formas. Primero, sugiriendo que el propio capitalismo resolvería el problema de la clase media deshaciéndose de ella. Algunas de las formulaciones del propio Marx daban a entender eso: con el tiempo, las personas pertenecientes a esta clase se hundirían hacia la clase trabajadora o se elevarían a las filas de los capitalistas. El desafío conceptual tenía fecha de caducidad.

La segunda solución consistía en señalar que, por más que mucha gente pareciera estar en el medio, no era más que una ilusión que desaparecía tras una inspección más próxima. Al observar con mayor atención, continuaba el argumento, la mayoría de las personas de clase media no eran en realidad más que trabajadores; y un número muy pequeño, capitalistas.

De modo que mientras la primera postura aseguraba que habría sólo dos clases en algún momento del futuro, la otra afirmaba que eso ya ocurría ahora mismo. En ambos casos se terminaba con sólo dos clases.

Erik rechazó ambas posiciones. En primer lugar, estaba claro que la clase media no era una categoría residual, obligada a desaparecer con el tiempo. El capitalismo creaba activamente las ocupaciones que identificamos con ese estrato: siempre habría comerciantes, gerentes de nivel intermedio, profesionales asalariados, etc. En segundo lugar, aunque es cierto que que bastantes profesionales son solo trabajadores muy cualificados, muchos son más que eso. Poseen una autoridad real sobre otros trabajadores, sus ingresos se derivan sólo en parte de los salarios y tienen un verdadero control sobre su propio trabajo. Su poder y su margen de elección parecen cualitativamente distintos a los de un trabajador asalariado. Así que la clase media es real. La cuestión es cómo incorporarla en el marco marxista.

La solución de Erik parece simple, pero era también profunda. Definió a la clase media como aquellos grupos que poseían elementos de ambas clases: capitalista y trabajadora. Los comerciantes comparten algunos rasgos con los capitalistas, ya que poseen los medios de producción, pero también con los trabajadores, en el sentido de que tienen que participar activamente en el trabajo de su negocio. Los gerentes intermedios tienen algunos de los poderes de los capitalistas, ya que mandan sobre los trabajadores, pero como los trabajadores, carecen de control real sobre las decisiones de inversión.

De aquí sacó Erik su famosa conclusión de que la clase media ocupa posiciones contradictorias dentro de la estructura de clase. El significado político de ello era que dicha clase se veían empujada en ambas direcciones, hacia el trabajo y hacia el capital. No podía predecirse hacia qué lado se decantarían finalmente sus miembros, lo que dependía de la combinación de circunstancias históricas y factores políticos de cada momento.

Soñar de forma realista

Erik entendía que si bien los marxistas usan la clase como un concepto científico, ésta posee una dimensión normativa. Decir que el capitalismo se basa en la explotación implica una denuncia moral del sistema. Nos invita a trabajar en pos de una sociedad que no se base en la subordinación sistemática de un grupo a otro, y donde las posibilidades para el desarrollo individual no queden ahogadas por la privación y la inseguridad.

Pero conforme el siglo XX llegaba a su fin, muchos progresistas perdieron la confianza en la posibilidad de dicha alternativa. En los buenos tiempos de la izquierda había dos fuentes de esperanza. Para muchos, la existencia de la Unión Soviética era una evidencia concreta de que el capitalismo podía ser superado. Una segunda fuente provenía del interior del propio marxismo, en concreto de su teoría de la historia, cuya promesa era que el capitalismo daría paso, tarde o temprano, a un nuevo sistema económico, al igual que los anteriores habían sucumbido a formas más avanzadas de organización social.

Ambas esperanzas estaban hechas jirones a la altura del fin de siècle. El modelo soviético no sólo había colapsado, sino que había desacreditado la propia idea de una sociedad poscapitalista. Y muchos marxistas, quizás la mayoría, habían llegado a la conclusión de que el materialismo histórico ortodoxo era una teoría claramente equivocada.

El propio Erik llegó a esta conclusión, tras mucho reflexionar sobre la teoría tal y como la había desarrollado su amigo Gerald Cohen. No existía un telos histórico que condujera al futuro socialista. No sólo había grandes sectores de la izquierda escépticos con la posibilidad del socialismo, es que ni siquiera estaba claro qué tipo de diseño institucional podría encarnarlo.

Reconociendo el efecto debilitador que eso tenía sobre la práctica política, Erik lanzó el siguiente gran proyecto de su carrera: la colección "Real Utopias". La idea básica era simple. Los marxistas habían seguido a Marx en su desdén por los planos detallados para la sociedad futura, que a menudo degeneraban en fantasías utópicas. Pero como señaló Erik, esa costumbre de rechazar tales modelos sociales se había convertido ahora en un lastre. Si pides a la gente que se sacrifique y arriesgue por un futuro mejor, la gente necesita tener una idea, más allá de una serie de principios, de aquello por lo que lucha. Necesita saber cuál podría ser la alternativa.

El lanzamiento del proyecto "Real Utopias" pretendía generar propuestas institucionales concretas en las que cristalizaran los principios socialistas. Era utópico en el sentido de que las ideas aspiraban a ser muy ambiciosas, dispuestas a pensar diseños sociales sustancialmente distintos a los del capitalismo. Pero estaban ancladas en la realidad por basarse en la experiencia real dentro del capitalismo.

Presentó el argumento básico que subyacía al proyecto en su libro Construyendo utopías reales. Pero como ocurrió antes con el de la estructura de clase, también éste fue un proyecto colaborativo e internacional. Durante más de quince años, generó media docena de volúmenes, cada uno de ellos organizado alrededor de una propuesta concreta –la reforma legislativa, la igualdad de género, la democracia en la empresa, etc., e involucró a decenas de destacados académicos.


Firmeza moral

La inmersión de Erik en la teoría marxista y su posterior desarrollo duró medio siglo. Llegó a finales de los años sesenta, cuando muchos de los estudiantes universitarios se estaban radicalizando. Pero a pesar de que su generación terminó apartándose de la política socialista, él mantuvo su compromiso inicial.

Lo que resulta todavía más excepcional es que lo hiciera con pocos de los puntos de apoyo que se presuponen en estos casos. Erik nunca estuvo en una organización política. No le sostuvo un medio intelectual como el Socialist Register o la New Left Review. No participó activamente en la política local. Incluso sus círculos sociales se asemejaban a los típicos de un académico de élite norteamericano. Nada en su contexto social e intelectual le empujaba a un compromiso de décadas con el marxismo.

La firmeza de Erik provino de su interior: de una integridad moral e intelectual excepcional. Fue una de esas raras personas que, una vez que reconocen la verdad de una proposición, simplemente no pueden abandonarla. Continuo siendo marxista porque su brújula moral le impedía alejarse. Es tan simple como esto. Y precisamente por su simplicidad, tan asombroso. La resistencia de Erik se basó en la fuerza desnuda de su personalidad, incluso cuando el conjunto de apoyos sociales y políticos dejó de ser suficiente para sostener el compromiso de tantos de su generación.

La misma integridad brilló en su relación con sus estudiantes. Es una suerte de cliché elogiar a los académicos fallecidos por su dedicación a la docencia. Pero en el caso de Erik, la descripción no solo es cierta, sino que resulta difícil de imaginar. A lo largo de su carrera, supervisó docenas de tesis doctorales, sobre una sorprendente variedad de temas, de estudiantes de todos los continentes.

Sus comentarios a cualquier documento que se le entregara no sólo llegaban rápido, sino que a menudo eran más largos que el propio documento. Su capacidad para llegar al núcleo de una argumentación era maravillosa. Normalmente reformulaba un argumento mejor de lo que estaba en su forma original. De hecho, uno de los grandes favores que hizo a sus interlocutores fue elevar sus argumentos a un nivel superior, para que fueran dignos de crítica.

Erik vivió una vida increíblemente rica y deja atrás un legado asombroso. Pero era demasiado pronto para el final. Ni siquiera había empezado a bajar el ritmo, no digamos ya a quedar desfondado. Fue una de las personas más felices que ha conocido nunca. Si alguien le preguntaba qué tal estaba, a menudo le escuchaba responder: “Bien, supongo que podría estar mejor, pero no puedo imaginarme cómo”. Cuando el cáncer lo sorprendió, se esforzó por combinar una perspectiva realista con el sentido del optimismo, justo como había hecho con sus compromisos morales. Estaba profundamente triste por su inminente fallecimiento, pero aseguró a su familia y a sus seres queridos que no tenía miedo.

En uno de sus últimos posts rechazaba entregarse a las fantasías románticas sobre la vida futura y demás. Tan sólo “soy –escribió– polvo de estrellas que terminó por azar en este maravilloso rincón de la Vía Láctea”. Pero eso no es del todo cierto. Es verdad que la mayoría somos sólo eso. Pero unos pocos, muy pocos, son algo más. Descansa en paz, Erik.


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